Una persona deprimida no se sube a ese avión

Los diccionarios presentan una definición muy similar de suicidio. El de María Moliner, por ejemplo, donde suicidarse es matarse voluntariamente a sí mismo. Y donde la voluntad pretende despejar cualquier accidente. En History of Suicide, George Minois explica que el término nació en Inglaterra, tras una racha de suicidios que llevó a considerarlo un asunto estrictamente inglés. El neologismo apareció escrito por primera vez en 1636 en La religión de un médico, de Thomas Browne y, a semejanza de homicidio, conjugaba el latín: sui (sí mismo) y cadere (matar). La voluntad, sin embargo, es en ocasiones difícil de dilucidar: ¿Se suicidó aquel delincuente acorralado que se acercó a la policía negándose a poner las manos en alto? ¿aquel conductor dispuesto a estrellarse con su automóvil y que pisó el freno en el último suspiro? ¿el enfermo que se negó a recibir tratamiento pese a su gravedad?

El 24 de marzo, un copiloto alemán de la aerolínea Germanwings, Andreas Lubitz, aprovechando que el comandante del avión había ido al lavabo, cerró la cabina, cogió los mandos y estrelló el avión en el que viajaban 149 personas en un macizo de los Alpes. Aunque en los primeros instantes se pensó en un accidente, de los periódicos gotearon paulatinamente algunos detalles: Lubitz, de 27 años, fascinado desde joven por los aviones, corredor de medio fondo y aficionado al parapente, había informado de un episodio de depresión grave en 2009 por el que había recibido tratamiento psicoterapeútico y medicación durante 10 meses. A una inconsistente salud mental se sumaba un problema de visión que previsiblemente le harían perder su licencia en junio. El 24 de marzo, el copiloto rompió el parte de baja que le incapacitaba para volar y se subió al avión lanzando un grave desafío definitorio: ¿puede haber suicidio dentro de un acto tan monstruoso?

Quise saber lo que opinaba el psiquiatra Enrique Baca García, pero la conversación se había cortado cuando el jefe de servicio de la Fundación Jiménez Díaz enfilaba las escaleras del metro de Madrid. Con tono serio había dicho que la asociación entre lo sucedido y la depresión suponía una carga terrible para los enfermos. Media hora después volví a llamarlo. Continuó:

-Es que lo del copiloto no es ni siquiera un suicidio ampliado. Es decir, ese porcentaje mínimo de personas muy deprimidas que antes de suicidarse matan a su familia porque creen que sin ellos van a sufrir. Esto es otra cosa, que tiene que ver más con características de personalidad previas que con un trastorno afectivo (depresiones). Las personas deprimidas no pueden hacer una planificación como ésa. No se suben a ese avión. Esto una cosa más compleja. Y de la que sabemos muy poco.

Desde el punto de vista de su aprehensión, el suicidio presenta notables inconvenientes en los periódicos. Como la enfermedad mental. 3870 suicidios anuales no hay dinero ni espacio que los incluya en un periódico. Con cierta regularidad, sin embargo, un periodista informa de que un hombre se suicida después de matar a su pareja. Un porcentaje de casos que según un estudio de 1990 no supera en Estados Unidos el 1,5 por ciento del total. 3870 suicidios anuales pasan prácticamente inadvertidos. El homicidio masivo de un Lubitz adosa el suicidio y la enfermedad mental a las portadas durante una semana.

-¿Qué porcentaje de violencia presentan los enfermos mentales frente a la población general?- le pregunté.

-Muy similar. Incluso, en estudios controlados, se ha demostrado que los enfermos mentales sufren más violencia de la que causan.

El psiquiatra Juanjo Martínez Jambrina es director del equipo de tratamiento asertivo comunitario de Avilés y jura por la exactitud de esa afirmación. Añade: “La violencia no es algo inherente a la enfermedad mental. No te digo ya si el enfermo tiene un mínimo de medicación. Entonces el porcentaje de violencia se reduce prácticamente a cero”. Cuando le llamé, un domingo a mediodía, Jambrina estaba, justamente, escribiendo un artículo sobre el caso centrado en el secreto médico y le pedí que habláramos. Según él, los pilotos, como los cirujanos, eran profesiones con un refuerzo muy positivo por sus intervenciones, y eso les dificultaba mucho asumir errores, gestionar conflictos. Luego siguió:

-Este hombre tenía claro que su fin profesional estaba cerca. Aquí la enfermedad mental juega un papel muy secundario. Y lo que empieza a despuntar es la venganza. Ten en cuenta que la compañía va a ser denunciada por imprudencia temeraria y si pierde el juicio las indemnizaciones serán millonarias. Hasta el punto de que no sólo tengan que dimitir directores generales, sino que la compañía se pueda ir al traste.

-¿Maldad?

-Sí, la maldad existe-respondió-. Alemania, por su historia, tiene un serio problema. Y es que les cuesta admitir que pueda haber malos entre ellos.

-Pero explicar su comportamiento a partir de la maldad, ¿no es hacer el mismo agujero por el otro lado del tabique?-inquirí.

-No, no lo creo- dijo tras una pausa-. Aquí hay venganza pura y dura. Un problema laboral. “Algún día haré algo que cambiará el sistema”. Con una base de enfermedad mental y un cuadro de ansiedad.

A nadie debería escapársele la desproporción entre los problemas de salud de Lubitz y la tragedia desatada. Uno de los rasgos del deprimido, según la psiquiatría, es que antes de actuar piensa constantemente en el porvenir de los suyos. Aunque entiendo los problemas de algunos periodistas. Yo también los tengo. Depresión, enfermedad mental y suicidio, encajan. Depresión, enfermedad mental y lo que hizo Lubitz, no. La fiscalía de Düsseldorf que investiga el caso, no obstante, sigue sin desvelar el trastorno por el que Lubitz estaba recibiendo tratamiento y que la policía encontró en el parte de baja roto en la papelera de su piso. ¿Una psicosis cicloide, es decir, una breve salida de la realidad de la que el paciente se recupera totalmente después, pero que le incapacitaría para volar? ¿Un trastorno de la personalidad de tipo narcicista?

-Podría ser- comenta Jambrina-. Lo que yo descarto es que Lubitz fuera un esquizofrénico.

Miro las fotos de Lubitz publicadas por la prensa. No parece que haya una relación de continuidad entre el episodio de depresión en 2009 y la tragedia de seis años después. Aquel mismo año, corriendo el medio maratón en Hamburgo. En 2013, corriendo el de Lufthansa. El copiloto haciéndose un selfie. Leo a salto de mata. Una barbacoa con su novia y amigos en el club de vuelo de su ciudad natal, Montabaur, el año pasado. Vuelos sin motor sobre los Alpes con un amigo durante las vacaciones. La novia confirma que habían roto. La compra de dos audis. Supuestos planes de boda para el 2016. Ensayos en el vuelo de ida. Una de las aerolíneas más seguras del mundo. Sin embargo, ¿por qué alguien que busca en internet formas de suicidarse el día anterior estrella un avión con 149 pasajeros? Olvidándonos de la filtración al New York Times: ¿pudo Lubitz fingir un accidente para evitar el dolor familiar o proteger su reputación? He estado mucho tiempo dándole vueltas a estas preguntas. De vez en cuando se las repetía a alguien y notaba un extraño silencio. Son cuestiones que requieren un inmenso borrado de la información disponible. Hasta concluir que para fingir un accidente se requiere de un mínimo de empatía, de la que no dio pruebas el copiloto.

Existe el mito, compartido por algunos psiquiatras, según el cual el suicidio es una venganza. Yo no lo creo. Al menos, no como un ingrediente fundamental. Hay muchas otras cosas dentro de un suicida: soledad, tristeza, sentimientos de inutilidad e incomprensión. Incluso la percepción equivocada de que quitándose del medio habrá más espacio para los demás. Nada de esto parece encontrarse en la biografía, aún escueta y por escribir, del copiloto. Y ésa es una de las diferencias más finas frente al homicidio. Entre suicidarse y estrellar un avión, Lubitz estrelló un avión. El suicidio es, dolorosamente, algo mucho más triste y discreto.

 

(Ctxt, mayo 2015)

 

 

 

 

 

 

 

 

Se oye un disparo

Vincent van Gogh: Trigal con cuervos

El 7 de agosto de 1890, un diario de la región de Isla de Francia, L´Écho Pontoisien, publica la siguiente noticia: “El domingo 27 de julio un sujeto holandés llamado Van Gogh, de 37 años, pintor, de paso por Auvers, se ha disparado un tiro con un revólver en los campos y herido ha vuelto a su habitación donde ha muerto al día siguiente”. 125 años despúes, los pulitzers Gregory White Smith y Steven Naifeh, autores de una biografía del pintor donde apostaban decididamente por el homicidio, vuelven sobre aquel disparo en Vanity Fair: “¿Qué clase de persona, por desequilibrada que esté, trata de quitarse la vida disparándose en el abdomen? ¿Y, en lugar de rematarse con una segunda bala, recorre a duras penas más de un kilómetro hasta su habitación agonizando de dolor?”. Son cuestiones fascinantes y terribles. Como siempre que se enredan suicidio y homicidio. Pero incluyen una falacia: la de que el suicida siempre querrá morir y no hay espacio ahí para el instinto de supervivencia. Sea miedo o arrepentimiento.

Leí el artículo un viernes y el sábado ya estaba comprando la correspondencia del pintor con su hermano Theo. ¡Qué documento más extraordinario y útil! Hasta el punto de preguntarme, muy seriamente, si los biógrafos leen. Escriben en su artículo: “Una carta, hallada supuestamente entre su ropa después de su muerte, resultó ser el borrador de la última misiva que dirigió a su hermano Theo el día del disparo fatal: el 27 de julio de 1890. En el escrito hablaba con ilusión, incluso con entusiasmo, del futuro”. Responde Van Gogh en la misma epístola: “Pues bien, en mi trabajo arriesgo mi vida y en él mi razón se ha hundido a medias”. Continúan los pulitzers: “Pocos meses antes de su deceso se publicó una desmedida y elogiosísima crítica de su obra en una destacada revista parisina. La historia de los últimos días de Van Gogh no encajaba con la de una persona que se suicidaba por desesperación, pero el relato era ya imparable”. Replica el pintor en una carta del 29 de abril de 1890: “Hazme el favor de rogar al señor Aurier que no escriba más artículos sobre mi pintura; dile con insistencia que, para empezar, sus chismes sobre mí se engañan, puesto que realmente me siento demasiado entristecido para poder enfrentarme a la publicidad. Hacer cuadros me distrae; pero si oigo hablar de ellos, me causa una pena que él no sabe”.

En el prólogo de la correspondencia, de 1968, habla el artista Fayad Jamís a partir de un estudio seminal de Karl Jaspers, de esquizofrenia. Un diagnóstico erróneo.  Como ha argumentado la psiquiatría posteriormente. Los síntomas, el curso y la historia psiquiátrica familiar de Van Gogh se corresponden, más bien, con una enfermedad maníaco depresiva, lo que hoy se denomina trastorno bipolar. Fases de enérgico engrandecimiento y de tristeza inabarcable. Esto que le escribía a Theo: “Yo siento en mí un fuego que no puedo dejar extinguir, que, al contrario, debo atizar, aunque no sepa hacia qué salida va a conducirme. No me asombraría que esta salida fuese sombría”. Más esto: “¿Qué decirte de estos dos meses pasados? Esto no va muy bien; estoy triste y embrutecido, más de lo que sabría expresar y no sé ya dónde estoy”. Actualmente, se estima que hasta un diez por ciento de las personas con trastorno bipolar se suicidan.

Me enteré de que el psiquiatra Francisco Toledo había dado una conferencia tituladaVan Gogh y el trastorno bipolar el mes pasado en Murcia y quise hablar con él de todo esto. Nacido en 1960, Toledo es titular de la Unidad de Agudos del Hospital Virgen de la Arrixaca y profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina. Sobre el holandés también versó su discurso de ingreso en la Real Academia de Medicina de Murcia, en 2012.

-Van Gogh vivió en cinco países, hablaba cuatro idiomas, se enamoró cinco veces y tuvo hasta cinco oficios: librero, predicador, marchante, profesor y pintor – dice al teléfono-. Esa es la psicobiografía típica del sujeto con trastorno bipolar. El episodio en que se va a predicar entre los mineros de Bélgica. O la idea de montar una cooperativa de pintores en Arles en 1888. Ese altruismo es muy frecuente. Yo lo veo habitualmente en mis pacientes.

-¿Sabemos si el trastorno bipolar era I o II?- le pregunto.

-Sí. El I. Claramente. La diferencia entre el I y el II es que el II puede pasar perfectamente desapercibido. Los pacientes no requieren ingreso. Y lo que predomina en ellos son las historias de depresiones. En el I los episodios maníacos deben durar más de una semana. Además: uno de cada cuatro pacientes con trastorno bipolar presentan síntomas psicóticos. Ese es el caso de Van Gogh. Se ha hablado alguna vez de esquizofrenia, pero si hubiera sido esquizofrénico no hubiera alcanzado el nivel de producción que tuvo, porque el deterioro esquizofrénico es mucho mayor. Antes no existía medicación. El litio se utilizó por primera vez en 1949. Y la cloropromazina en 1952.

El psiquiatra habla con el acento de la región y sus frases corren como la pólvora. Le pregunto qué piensa de la teoría del homicidio involuntario. Dice:

-Qué va, en absoluto. Ten en cuenta que su sobrino había nacido meses antes. Él dependía del dinero de su hermano. Se sentía una carga. Es evidente.

-Y la historia de la automutilación.

-Además, eso. Se la dió a una prostituta. Sobre el episodio de la oreja tengo otra conferencia. Te la enviaré.

La conversación, obviamente, no prueba nada sobre el autor del disparo. Uno puede estar pensando en suicidarse y de repente se acerca un joven aficionado a las historias del Oeste, uno de esos que te echan pimienta en los pinceles, sal en el té y hasta una serpiente en la caja de pinturas y dispararte con una pistola “que funcionaba cuando quería”. Así que releí el artículo de los pulitzers. “Versiones primigenias del chapucero intento de suicidio”, dicen, como si el pintor no hubiera muerto. En la última parte, se alza la voz de un reputado forense  analizando los colores de la herida y la supuesta ausencia de hollín, pólvora o quemaduras: “A tenor de los indicios médicos, Van Gogh no se infligió la herida”. No puedo pronunciarme sobre el particular. Pero debo preguntar por qué se extrañan de que el pintor pudiera dispararse con la mano derecha sobre la parte izquierda del abdomen mientras se subía la camisa y no de que el joven, ¡en un accidente!, hiciera diana directamente sobre la piel. Aún: aquella decisiva pregunta sobre las teorías conspirativas: ¿cómo pudo tanta gente guardar silencio durante tanto tiempo? Aunque para qué.

El 27 de julio de 1890, el autor de Trigal con Cuervos, aquejado de un trastorno bipolar se disparó en el abdomen muriendo 29 horas después. Hay algo peor que no enterrar a los suicidas como merecen. Y es desenterrarlos para pegarles otro tiro.

(FronteraD)

16 meses después

Los últimos 16 meses de María del Carmen Cordero Bulnes. Quizá algún día alguien escriba esa historia. Un periodista del Diario de Cádiz, por ejemplo. El único que acertó a conjugar la Avenida Portugal de Cádiz y la Giralda de Sevilla, cumpliendo esa regla formalizada por Furio Colombo según la cual la noticia rara vez se forma donde parece sino más río arriba.

Aprovechando que afuera llovía y no iba a salir a correr, había llamado al psicólogo clínico Javier Jiménez (Presidente de Aipis). La semana anterior había leído algunos estudios donde se cuestionaba el papel de la impulsividad en el suicidio y pensé que podríamos hablar de lo que quedaba de ella tras las autopsias psicológicas. No mucho, ciertamente. Pero quería discutirlo con él. Sobre todo, después de caer sobre la guía para la detección y prevención de la conducta suicida de la Comunidad de Madrid, ¡No estás sólo!, donde rezaba un educado término medio: “El suicidio puede ser resultado de un acto impulsivo repentino o de una planificación muy cuidadosa”.

-Ten en cuenta que la tipología suicida es muy amplia. Yo no te aseguro que si a mis hijas les pasara algo, yo no me suicidaría- dijo Jiménez al teléfono. Luego añadió: Mira, te voy a poner un ejemplo reciente: esa mujer que se suicidó desde la Giralda después de que su marido, que era psicólogo en la Armada, matara a su hija y se suicidara.

-Bueno, tendríamos que saber cuánto tiempo pasó. No parece que suicidarse sea como chascar los dedos.

Jiménez no lo recordaba. Estaba en los periódicos. La conversación siguió durante una hora hasta que lo dejamos y miré en el buscador. Allí estaba, el 16 de enero. Un cadáver anónimo. Mujer, 58 años, Giralda, 15.45 horas. Salvo para el Diario de Cádiz, que lo embalsamaba: “se trata de María del Carmen Cordero, esposa del psicólogo militar que en agosto de 2013 mató a su hija de un disparo en la sien y luego se suicidó”. Seguí en el periódico gaditano. El 26 de agosto del 2013, en el domicilio de la Avenida Portugal de Cádiz, Rafael Gil de Haza, psicólogo militar de 56 años y en tratamiento psiquiátrico por depresión, había matado a su hija de 12 años con una pistola no reglamentaria y después se había suicidado, en presencia de su mujer. Este párrafo sin orillas: “Mari Carmen Cordero Bulnes […] se encuentra en casa de unos familiares pasando estos momentos durísimos que todavía la mantienen en estado de shock. Los expertos consideran que conforme vayan pasando las horas llegará un duelo terrible, porque al principio el sujeto se encuentra en un estado de confusión tal que apenas si es capaz de distinguir la realidad. Puede que fuera por ello por lo que los investigadores se sorprendieran de la templanza de la mujer para afrontar una situación tan complicada”. También se informaba de que según los que lo conocían, en los últimos tiempos, el psicólogo militar, taciturno y solitario, se había refugiado en el alcohol.

Había pasado un mes desde la muerte de María del Carmen. Y fantaseé sobre sus últimos meses de vida, sobre cuántas veces habría subido a la Giralda. Así que busqué a algún familiar en Sevilla, de donde era natural, y encontré a una hermana. Cogí aire frente al teléfono. No estaba en casa. Empecé a apuntar mi conversación con Jiménez. Volví a llamar a Sevilla. Suavemente le expliqué quién era y a qué me dedicaba. Se mostró sorprendida.

-Es un tema triste del que como usted comprenderá no voy a decir nada.

-¿Puedo preguntarle por qué?

La hermana de María del Carmen no quería hablar y no insistí. Le dije que lo comprendía y nos despedimos. ¿Empezó a pensar en el suicidio aquel agosto? ¿Cuándo se le ocurrió lo de la Giralda? ¿Cómo se vive después de ver lo que vio María del Carmen? ¿Será capaz alguien algún día de escribir algo sólido sobre ella? En 1985, cuando los periodistas convocaban a los canónigos para hablar del suicidio, se produjo este titular ejemplar: “El Cabildo pone rejas en la Giralda para evitar que los suicidas maten a inocentes”. No creo que haya una descripción más exacta del lugar que ocupa el suicidio en el inconsciente colectivo. Algo que sólo preocupa si te cae encima. Pero me estoy yendo. Y estaba copiando mi conversación con Jiménez.

-Yo no creo que alguien que se suicida, improvise. Existe un plan en el cajón. Una preparación mental. Algo a lo que se le ha dado vueltas meses, incluso años. La cuestión es cuándo se pondrá en marcha –iba diciendo yo al teléfono.

-Hay gente que se tira por la ventana en medio de una reunión de trabajo –respondió el psicólogo.

-Sí. Y hay gente que antes ha ido a una entrevista. Son ambivalentes. Pero el hecho de que los intentos previos sean el principal factor de riesgo indica que suicidarse no es algo fácil. Creer en el suicidio impulsivo implica creer en el suicidio por desahucio.

-Sí -dice-. Yo no creo en eso.

-Bueno. Sólo quería que habláramos de esto –nos despedimos y separé el teléfono de la oreja.

(FronteraD)

Cae la noche

Kay Redfield Jamison, profesora de psiquiatría en la Universidad John Hopkins, es la autora de Night falls fast, publicado en 1999. Un considerable recuento sobre el escalofriante aumento del suicidio entre los adolescentes. El libro tiene un prólogo explosivo. Un verano en Beberly Hills, ella y su amigo Ryan, hablando del suicidio. Ambos, bipolares. Ella come cangrejo y bebe whisky. Su amigo le propone que se casen. Ella no se lo toma en serio. Hacen un pacto: si alguno de los dos vuelve a pensar en el suicidio, se alojaran en la casa de Ryan en Cape Cod. Y uno intentará convencer al otro de que abandone la idea y vuelva al litio. De la misma forma que habían acordado que ninguno de los dos comprara una pistola. Andarán por la orilla. Se darán una semana. Si no funciona, al menos lo habrán intentado. Gritan hurra y brindan. El escepticismo de la profesora es palpable. Nunca durante cualquier episodio de depresión –a los 28 años intentó suicidarse– ha llamado a ningún amigo pidiendo ayuda. El tiempo pasa. Ryan se casa y ella se muda a Washington. Un día, recibe una llamada desde California. Ryan se ha pegado un tiro en la cabeza.

Según el Manual diagnóstico de enfermedades mentales (DSM), la biblia de la psiquiatría, el paciente con trastorno bipolar, oscila vertiginosamente entre episodios maniacos (grandiosidad, delirios, ideas expansivas, ánimo gozoso y energía sin fin) y episodios de depresión severa. La alteración del sueño, la irritabilidad, la pérdida de concentración y la ideación suicida son algunos de sus síntomas. Y su diagnóstico dependería, grosso modo, de qué lado de la balanza se incline el paciente, si manía con depresión (tipo I) o depresión con hipomanía, una versión ligera de la manía (tipo II). Como los suicidios, leo en otro manual, los episodios maniacos o hipomaniacos tienden a concentrarse en la primavera. Y durante los maniacos, los pacientes están demasiado ocupados para dormir.

No sabemos qué ocurrió en la cabeza del amigo hasta su muerte. Una elipsis. A veces, un autor cubre varios años con una frase, dado su escaso interés. Dudo de que ese sea el caso de los suicidios. Si hay una tarea urgente frente a la muerte autoinfligida es la de remontar la corriente. Como ha demostrado, por cierto, la psiquiatra Rocío Herrera, de Avilés, tras examinar un año de prensa española: el 92 por ciento de las informaciones no refiere antecedentes de salud mental ni factores de riesgo. En los periódicos antiguos se podía leer, por ejemplo, que un tipo había subido a una cafetería de la última planta, había dejado su cartera sobre la barra y se había arrojado por la ventana, sin mayor rastro de enfermedad. Como máximo, en alguna esquina del texto se informaba que dejaba viuda e hijo y poseía una empresa. Ahora, las elipsis provocan otro tipo de malentendidos, como el de creer que el suicidio es un acto impulsivo frente al desahucio, las deudas o, mi favorita, una broma radiofónica. La noche cae rápido, sí. Pero sólo si aceptamos que hubo muchas otras noches.

Un ejemplo antitético es el capítulo sobre Drew Sopirak, un carismático cadete de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, diagnosticado de trastorno bipolar y cuyo descenso a la locura es uno de los más sobrecogedores que yo haya leído jamás. Escribe la profesora: “En medio de su insomnio, cada vez más maníaco, Drew se convenció de que poseía muchas o la mayoría de las respuestas a los problemas del mundo y de que era el mensajero de Dios. […]. A principios de julio, mientras estaba en las montañas, oía a Dios pidiéndole que se purificara. En respuesta, se quitó la ropa y corrió desnudo por los bosques. Más tarde, asustado, confuso, y lleno de cortes y moratones, aterrorizado de que el mundo se estuviera acabando, se dirigió a la casa del capellán”. El lector ve al antiguo cadete buscando alguna excusa cuando le preguntan por qué ha abandonado la academia, luchando denodadamente por hallarle un sentido a lo que le ocurre, escapando del hospital en medio de una inmensa tormenta de nieve, lee las respuestas que da en los tests psiquiátricos, convencido de que todo el mundo le etiquetará como un enfermo hasta el día en que se muera, y va preguntándose qué demonios haremos con la vergüenza: “En sólo un año y medio, un joven prometedor había pasado de un mundo de estudiantes, atletas, oficiales y caballeros, a ser un desempleado sin esperanza”. Drew se disparó a las afueras de Pensylvania a principios de 1996, después de abandonar su medicación y, como dijo su familia en el funeral, con la enfermedad moviéndose más rápido que su aceptación.

Dice la profesora que empezó a escribir ese capítulo un día de invierno en la biblioteca de la Universidad escocesa de Saint Andrews. Y que de vez en cuando se levantaba a mirar el mar del Norte por la ventana, tratando de aplacar el horror de aquellos informes psiquiátricos. Pero que tenía una foto de Drew al lado de un avión en el escritorio. Le consolaban. La foto y un verso de un poeta escocés.

Me he ido.

(FronteraD)

100 gramos

El periodista italiano Andrea Rossini ha escrito un libro sobre el ciclista Pantani desmontando la teoría del homicidio. Muy bien. Pero no parece el libro definitivo. Tengo subrayadas algunas frases de la crónica que Carlos Arribas publicó hace poco en El País:

1. El 9 de febrero de 2004, a las 13.25, Marco Pantani se bajó de un taxi […] y recorrió 1.000 metros de la calle […] con 10.000 euros en la mano. Unas horas después, encontrado al fin un camello que dudaba, los 10.000 euros se habían trasformado en 100 gramos de cocaína.

2. El 14 de febrero, San Valentín, a las nueve de la noche, el conserje de un hotel del mismo viale Regina Elena, logró desatrancar la puerta, bloqueada desde el interior por una pila de muebles y electrodomésticos.

3. Llevaba sin competir desde junio de 2003, desde que quedó 14º en su último Giro.

4. […] la conclusión de su investigación, la de que Marco Pantani había muerto solo y de sobredosis accidental.

5. […] emprendido solo el viaje a la destrucción.

6. No era la primera vez que Pantani se encerraba varios días para ahogarse en cocaína, una adicción que comenzó en verano de 1999, como búsqueda de una cura imposible para la depresión que le produjo la exclusión […] de un Giro que ya tenía ganado.

7. Los últimos días, cuenta Rossini, antes de encerrarse con 100 gramos de coca que esnifaría, fumaría y hasta intentaría comer envuelta en miga de pan, Pantani había emprendido un viaje hacia la soledad absoluta rompiendo con todas las personas que habían significado algo en su vida.

8. A Christina, la novia danesa que le abandonó cuando lo vio sumergirse, la llamó por teléfono. Con sus padres y con su agente, Manuela Rochi, había discutido violentamente el 31 de enero, cuando se negó a acudir a una clínica de rehabilitación.

9. Se fue sin mirar atrás, sin maleta, sin teléfono móvil. Se encerró en un hotel de Milán, donde soportó a palo seco varios días el mono. Después, el 9 de febrero, en un taxi, un Mercedes E270 negro, viajó a Rímini […].

Ni una sola vez aparece la palabra suicidio. El psicólogo clínico Javier Jiménez, una mañana: “Lo que más le interesa a la policía, lógicamente, es que no se trate de un homicidio, es decir, que no haya terceros implicados”. Tecleo Pantani y suicidio en google. En marzo de 2004, un mes después de la muerte, la autopsia del forense Giuseppe Fortuni revela “una intoxicación aguda de cocaína (sobredosis), con el consiguiente edema cerebral y congestión pulmonar” y que “no existen elementos concretos que puedan apoyar la hipótesis de una muerte causada por una voluntad suicida”. Se trata de un argumento de autoridad, pero no rige para los perros. Busco en la web de la Asociación Americana de Suicidología las señales de alerta que anuncian peligro: ideación, abuso de sustancias, apatía, sentirse atrapado, desesperanza, retiro, ira, temeridad, ansiedad y fluctuaciones en el estado anímico. E intento abrocharles una frase del texto a cada una. A bote pronto, me salen ocho de diez. Algunas surgen claramente vinculadas con la adicción. Otras, no tanto. Escribo apatía al lado de llevaba sin competir desde junio del 2003. Para ira sólo dispongo de la discusión violenta con sus padres y su agente 15 días antes. Y para desesperanza, su negativa a ingresar en la clínica de rehabilitación. Ignoro si existió ideación, pero ¿para qué colocó los muebles en la puerta si no para impedir el rescate? ¿Por qué no cogió ninguna maleta ni su teléfono móvil? Sobre variaciones en su estado anímico, ¿no se suben los cocainómanos a la montaña rusa?

Releo la crónica de Arribas. El último viaje de Pantani. 10.000 euros. 100 gramos. 14 de febrero. Depresión. Puerta atrancada. Sin maleta. Sin móvil. Sin novia. Un accidente. Entiendo, entiendo. Como aquel policía del que hablaba Joiner. El suicida se había tumbado sobre las vías en posición fetal y el tren lo había arrollado. Ingresó en el hospital con múltiples fracturas en las piernas y heridas en la cabeza. Fue entonces cuando el policía impagable, ante la frecuencia con la que el suceso se repetía, dijo:

-We need to get the word out to people. Don´t sleep on the train tracks.

 

(FronteraD)

 

Ratones y cerebros

Cojo el coche por la autopista hasta el Instituto de Neurociencias de Alicante. A toda mecha. El campus de la universidad Miguel Hernández presenta los ritmos zombies de primera hora: transeúntes esperando al autobús, barrenderos arrastrando cubos, estudiantes apresurados y una notable ausencia de aparcamientos libres. El Instituto es un edificio alargado de color beige, rodeado de un bonito jardín con setos. El recepcionista me da una identificación y le pregunto cómo llegar al laboratorio del profesor Jorge Manzanares, neuropsicofarmacólogo. Ya he escrito sobre él. Hace cuatro años. Le pregunté si algún día se podría actuar sobre el suicida con la misma concreción que sobre un diabético. Respondió: “Probablemente sí, pero eso ni usted ni yo lo veremos”. Un compañero de su laboratorio me abre la puerta y me dice que espere. Al rato, entro sin hacer ruido. Manzanares es un hombre corpulento, con barba, camisa a rayas azulonas y una pantalla de ordenador muy grande delante. Encima de la mesa hay un post-it con mi nombre y mi número de teléfono. Es evidente que la cita es hoy. Me siento y le pido que hagamos un poco de historia. Minutos después, trato de recordar dónde diablos leí que la ciencia necesitaba algo de poesía para compartir sus hallazgos.

De mi cuaderno de notas: Finales de los 70. La neuropsicofarmacología. ¿Cómo puede ser que algo extraído de una planta actúe sobre el cerebro de un mamífero? El descubrimiento del sistema canabinoide. Dos receptores que intervenían en la regulación de los procesos emocionales. CB1 y CB2. El laboratorio del profesor y los ratones modificados genéticamente. El ratón Knockout. Sin CB2. Mostraba un mayor refuerzo por cocaína que los ratones que tenían el receptor. Se enganchaba más, digamos. También al alcohol. Aunque menos a la nicotina. A los ratones le enseñaban a darle a una palanca para que se administrasen nicotina por vía intravenosa. El ratón KO iba menos que el ratón control. El ratón KO mostraba trastornos de memoria, déficit de atención y una anormal producción de neuronas, características psicóticas. Estaba menos protegido frente al estrés y la ansiedad que el ratón control.

-Bien- se detiene el profesor- ¿Qué dirías que descubrimos en el cerebro de los suicidas?

-Ni idea. ¿No tenían CB2?

-No. Los ratones no tenían CB2 porque los modificamos. Los suicidas tienen CB2. Pero la expresión del gen en ese receptor está disminuida entre un 40 y un 50 por cien. Y a menor expresión del gen, mayor vulnerabilidad a la depresión.

-Bueno. Pero a lo mejor los fármacos lo alteraron.

-No. Los cerebros que estudiamos estaban limpios. Los cerebros que estudiamos eran normales.

-¿Cómo que normales?

El profesor frunce ligeramente el ceño y se detiene un instante. ¿Habré levantado la voz? Luego dice:

-Yo opino como tú. Hoy en día hay que seguir explicando que dentro del suicida hay un enfermo. Pero para entendernos: los cerebros que estudiamos no tenían ningún trastorno diagnosticado.

-Hay síntomas que no son suficientes para elevar un diagnóstico y que luego salen en las autopsias psicológicas- insisto, arrepintiéndome en el acto.

-Ya. Pero bueno, no tenían diagnóstico. Ni fármacos sobre el sistema nervioso central, que es lo que nos interesa. El forense también entrevistó a los familiares.

Se trata de una de las razones por las que en siete años, el equipo de Manzanares sólo ha conseguido 30 cerebros suicidas para su examen (en el estudio del receptor se utilizaron 13,  junto con otros 13 cerebros control). Otra son los exigentes controles bioquímicos que deben pasar. El calor afecta mucho a los cerebros. Si el tiempo trascurrido entre la muerte y la introducción de la nuez en una nevera a 4 grados superaba las 8 horas, se descartaba. Se llama intervalo post-mortem hasta la refrigeración. El forense del Instituto de Medicina Legal de Alicante, dado el clima desértico, sólo toma muestras entre noviembre y mayo. Aún: los cerebros siempre son de varones. No recuerdo ahora por qué. Y tampoco hay rastro en el cuaderno. Aunque vistas las elevadas exigencias, parece lógico que escogieran los de quienes se suicidan más. El forense le entrega al profesor unas fichas con el nombre, la ocupación, la edad, el método empleado y algunos datos toxicológicos, como que están libres de heroína, alcohol, etc. Y éste las guarda en un armario al que sólo él tiene acceso. Pepe Pérez, pongamos, se convierte fuera de ahí en un número. Las muestras judiciales. La confidencialidad. Los comités de ética.

-Bueno, entonces: ¡sí que hay algo extraño en esos cerebros!- digo, descubriendo Cartago.

-Sí. El problema es que no sabemos por qué. Algunas de las cosas que hemos medido también están alteradas en pacientes depresivos. Puede deberse a factores epigenéticos: circunstancias, ambiente. Pero todavía habrá que averiguarlo. Lo único que podemos sugerir es que quizá si modificáramos ese receptor de alguna forma, podríamos influir en ese estado.

Manzanares me imprime los dos estudios publicados. El del receptor CB2 y otro, sobre las alteraciones descubiertas en la corteza prefrontal dorsolateral y la amígdala de los suicidas. Aparecieron en Psychoneuroendocrinology y Molecular Neurobiology en 2012 y 2013. Al levantarse de la silla, compruebo que Manzanares es un hombre muy alto que si estirara el brazo probablemente tocaría el techo. Me dice que las dudas que tenga a partir del día 15 se las envíe por e-mail, que estará de viaje. Pero yo ya voy excitado.

Es la hora de Donner y su panfleto inmortal: “Todo lo nunca dicho, lo oscuro, que fuera objeto de tanto secreto sufrimiento […] Cuando dentro del cerebro, entre las neuronas, descubrimos los fenómenos clínicos que desencadenan el miedo o el amor, si eso pone en peligro la espiritualidad del hombre, lo lamentamos por la espiritualidad”. Yo lo lamento por el suicidio libre, el filosófico y el racional. Se miró debajo de la tapa: not found. Ignoro si el laboratorio de Manzanares averiguará a qué se debe la expresión anormal de ese gen FKBP5. Si logrará separar claramente causa y efecto, nature y nurture. Ignoro, incluso, si el profesor es consciente de lo que tiene entre manos. Pero es evidente que los suicidas albergan una vulnerabilidad frente a la vida, que a veces va cargada.

Me subo al coche y contemplo mi cara en el retrovisor. Las cuevas de los ojos. La frente. Los pómulos. Las manchas. ¿Qué habrá debajo? ¿qué historia asomará ahí dentro? ¿qué tipo de historias nos contaremos después de haber escuchado esa?

Arranco. Enciendo la radio. Y los árboles empiezan a sonar.

 

 

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Descifrar un cluster

¿Quién duda de que la imitación es una herramienta fundamental del aprendizaje? ¿Quiere decir eso que se aplica en cualquier contexto? Después de un día en el puerto observando a mi hijo coger cangrejos, busco en el garaje el libro de Durkheim, dentro de una caja desde la última criba. Leo el capítulo dedicado al asunto: “Pero hay una razón más general que explica por qué los efectos de la imitación no son apreciables a través de la estadística; y es que, reducida a sus propias fuerzas, la imitación no influye nada sobre el suicidio”. Es decir, y como explica en otro sitio, que la supuesta emulación sólo se apreciaría en sujetos altamente vulnerables, agrupando suicidios que acabarían produciéndose, aunque más dispersos en el tiempo. Podría pensarse que con estos párrafos, y otros no siempre tan expeditivos, Durkheim clavó una estaca en el corazón del supuesto contagio. Nada más lejos.

Ha pasado más de un siglo y algunos investigadores, ¡y muchos periodistas!, siguen diciendo que el suicidio se contagia, sin mayor explicación mecánica. Yo no estoy dispuesto a aceptarlo. Me pregunto cómo piensan proteger a los enfermos si no se puede hablar con ellos del particular. Otros, suavemente, empiezan a sustituirlo por el término cluster, mucho más aséptico. Pero ¿qué es un cluster? La suicidología ha observado que, esporádicamente, algunos suicidios aparecen apiñados en espacio y tiempo. Como un racimo. Sin salirme del libro de Durkheim: “Ya hemos hablado de aquel corredor en que quince inválidos vinieron sucesivamente a ahorcarse, y de aquella famosa garita del campo de Polonia, que fue en poco tiempo teatro de muchos suicidios […] En 1813, en la pequeña población de Saint-Pierre-Monjan, una mujer se ahorcó de un árbol; otros muchos vinieron después a ahorcarse a corta distancia”.

-¿Sabemos qué perfil tienen los que se suicidan en racimo?

-La intuición nos dice que se trata mayormente de personas con trastornos de personalidad, y menos de enfermos mentales graves, como los esquizofrénicos. Y principalmente, que se trata de gestos e intentos suicidas más que de suicidios consumados, pero todo esto habrá que verlo.

Es Juanjo Martínez Jambrina al teléfono, psiquiatra y director de Salud Mental en Avilés. Antes de llamarle he vuelto a leer uno de sus artículos en El Comercio. Se titula Mezquina muerte. Es de septiembre y asoma Pavlov: somos donde estamos.

-¿Qué tipo de relación mantienen entre ellos? No parece que no se conozcan.

-Yo diría que son relaciones basadas en cuestiones superficiales. Es decir, personas que comparten determinados factores de riesgo como intentos previos, temeridad, abuso de sustancias. No tanto de amigos de toda la vida. Y con una estructura de personalidad o trastorno mental común.

Asturias es una de las comunidades autónomas con mayor tasa de suicidio: 12,2 por cien mil habitantes en 2012, según el Instituto Nacional de Estadística. La media española es de 7,5. El psiquiatra tiene observado, por ejemplo, lo que ocurre en la comarca de Pravia, al norte, donde los matrimonios de consanguinidad han sido frecuentes y donde a un suicidio le siguen otros dos o tres durante los dos meses siguientes y con un intervalo de 15 días. O la rareza que entrañan los vaqueiros de alzada: pastores de los pastizales cantábricos, que al alcanzar la edad de la prórroga, comprueban que sus hijos no les necesiten y se ahorcan sin una psicopatología aparente. Y que según un estudio del siglo pasado, muestran un índice de suicidios superior a la media asturiana. Mientras habla imagino un mapa con puntitos rojos y azules, como en los thrillers. La exculpación del suicida en el agro. El psiquiatra la incluye, junto a los genes y el aislamiento, como uno de los factores que explicarían los niveles asturianos. Algo que no se vislumbra en las ciudades. Hace poco lanzó una pregunta en las redes sociales: ¿Importa más el código postal que el genético en un suicidio? Él va pensando que sí: que los que nacemos en Alicante tenemos menos probabilidades de matarnos.

Tras colgar, y como hemos acordado, me envía por correo un póster de un equipo de Málaga sobre clusters en la comarca de Antequera, lleno de mapas, escalas, distribución de errores, simulaciones de Monte Carlo, K-funciones de Ripley, signos P = < y dos cifras en verde. Lo descarto todo dados mis límites y leo las conclusiones: “la propagación de suicidios en comarcas con núcleos de población pequeños y aislados se produce dentro de la población y con una distancia de no más de 2,5 km entre ellos, sin expandirse a zonas colindantes y en períodos de a lo sumo dos semanas a partir del evento disparador”. Por lo que fuera, el equipo de Málaga se detuvo ahí. Una semana después, vuelvo a llamarle.

-¿Cuál sería el siguiente paso?

Según el psiquiatra, después de establecer el cluster, los investigadores recogerían los datos sociodemográficos de los suicidas a través de la historia clínica; harían autopsias psicológicas a través de notas personales, avisos previos y entrevistas con familiares; y por último, comprobarían si los factores de riesgo que se han aislado sirven para prevenir futuros suicidios: comparando con otra red sanitaria o utilizando grupos de control. Me pregunto, sin embargo, qué pruebas hacen falta para calificar un suicidio como imitativo. ¿Un recorte de periódico? ¿La noticia llevada en volandas por los vecinos? ¿que el método empleado coincida con el método exhibido? Jambrina se muestra cauto. La conceptualización. Habría que concretarla. Habría que traducir el libro de Ferran Toutain, Imitació de l´home. Es una cuestión importante. Pero sólo hasta que nos preguntamos si habrá algo en el mundo libre de ser imitado.

-¿Qué es lo que se imita?

-Yo más bien diría qué es lo que se pierde: el miedo a morir.

-¿Se cargan de valor al ver que alguien del grupo lo ha conseguido?

-Eso es.

(FronteraD)

Llegan a un hotel

Mi amiga Silvia Cruz subió hace poco a su cuenta de Facebook una noticia francesa sobre el suicidio de dos españoles preguntándose por qué aquí el impacto había sido nulo. Vaya novedad, pensé. Hasta que leí más detenidamente el 20 minutes: “Un hombre de 44 años y su mujer de 35, que sufría una enfermedad incurable, se suicidaron en una habitación de hotel de París el miércoles. Los empleados del establecimiento, ubicado en el distrito nueve, descubrieron los dos cuerpos, colgados, junto con una carta explicando sus acciones. […] La pareja llegó el lunes a la capital”. Le Parisien informaba, por su parte, de que los empleados del hotel no se habían vuelto a cruzar con la pareja desde su llegada y que él la ayudó a ella, según la carta. Una pareja llega el lunes a un hotel en el extranjero y el miércoles aparece ahorcada. ¿Llegarían a salir de la habitación? A pesar de que los detalles eran muy vagos, dos aspectos me llamaron la atención. Cogí la agenda y llamé a Javier Jiménez, presidente de la Asociación para la Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio. Era jueves a mediodía y estaba preparando la comida a sus hijas.

-¿Por qué alguien busca compañía para suicidarse? ¿dónde queda la soledad y el aislamiento?

-Bueno, si quieres hablamos hipotéticamente…

Le expliqué el caso y Jiménez empezó por Japón, donde la policía navegaba por internet atenta a los suicidas desesperados que no se atrevían a dar el paso solos. Suicidarse da miedo y es importante que siga dándolo. Y donde los gendarmes podían actuar sin necesidad de denuncia previa, al contrario que en España. ¿Y lo de matarse lejos de casa? Dice Jiménez: “Bueno, en algunos casos se trata de eliminar la posibilidad de rescate. Llegan a un hotel y dicen que no les limpien la habitación”. La conversación siguió, pero sin tocar el principio.

Llamé al psiquiatra Enrique Baca, de la Fundación Jiménez Díaz. Estaba ocupado y quedamos para más tarde. Para entretener la espera, ojeé los libros de Joiner, psicólogo de Atlanta. Esta frase: “Aunque la analogía puede parecer chirriante, algunas personas eligen el lugar de su muerte de una forma que recuerda la elección de su luna de miel”. Chirriante, desde luego. Busqué en google los lugares más frecuentados por los suicidas: acantilados robustos, profundas cataratas, puentes art déco y bosques medievales. Todos idóneos para enviar desde ellos una postal. Y volví a llamar a Baca. Según él, en los suicidios en pareja había sobre todo razones económicas y culturales: la muerte del marido y la economía que estrangula, y el pensamiento de acabar juntos lo que juntos se empieza. Luego sintetizó:

-En el suicidio hay sobre todo dos intenciones: huir y dejar marca en los que quedan.

-¿Venganza?

-Hay un componente agresivo, sí.

París parece un lugar demasiado alejado para una venganza, pero quién sabe. El suicidio es una muerte violenta y quizás venganza sea un término demasiado ceñido. Puede ser también que algunos suicidas tengan la deferencia de evitar a sus allegados la visión fatal. Y es probable que, a otros, la búsqueda de soledad les empuje tan lejos que el suicidio les alcance a muchos kilómetros de casa. E incluso, como sostiene Joiner, que la belleza sea un factor importante para algunos a la hora de escoger un lugar donde morir. Como quien, en vida, decide alquilar una cabaña frente al lago. Desentrañar las intenciones suicidas es una tarea difícil e inacabada. Así que lo dejé y me puse a cumplir el recado de Baca:

-Mírate el artículo de Nature del mayo pasado. Número 509, 421-423. Sacarás ideas.

 

 

(FronteraD)

La noticia suicida

Este verano me sumergí en algunas hemerotecas digitales (El País, La Vanguardia, El Mundo) en busca del suicidio. Los libros de estilo de los diarios españoles no han incorporado las recomendaciones de la suicidología a la hora de informar sobre el particular. Aunque parece que esta última tampoco ha tenido en cuenta a los periodistas a la hora de elaborar sus prontuarios. Porque, observados en su conjunto, la pregunta no es si los medios pueden contribuir a la extensión de casos, sino si dado un caso cualquiera el periodista puede informar sin miedo al diablo. Urgía una síntesis. Y me puse a escribir un decálogo.

1. Olvídate del porqué. En un suicidio intervienen multitud de factores, así que nadie se suicida por haber sacado malas notas.

2. Recuerda que el 95% de los suicidas sufre un trastorno mental en el momento de su muerte y que es cuestión de tiempo que la suicidología desentrañe modalidades subclínicas en el 5% restante.

3. Remonta la vida del difunto en busca de factores de riesgo (intentos previos, ansiedad, aislamiento, etc.) teniendo en cuenta que aunque el suicidio se pueda prevenir, éste en concreto no se pudo evitar.

4. No describas el suicidio como un acto heroico, ni romántico, ni mucho menos libre, tipo “esa forma trágica y extrema de libertad que es el suicidio”.

5. Combate el kilómetro sentimental. Es decir, si titulas Hunter S. Thompson se suicidó, no escribas después que Andrés Montes fue hallado muerto.

6. Piensa, con Matt Ridley, que naturaleza y entorno son inextricables, se influyen. En consecuencia: describe el aluminio y la ceniza, pero añade los álbumes de fotos y los partes médicos.

7. No transformes un suicidio en un homicidio, tipo “Amaya Egaña, una exconcejal socialista de 53 años, se lanzó al vacío desde su casa en Barakaldo (Bizkaia) mientras la comitiva judicial subía la escalera para echarla de allí”.

8. Recuerda que el efecto contagio no está demostrado científicamente y que el hecho de que muchos suicidas puedan ser admiradores de Robin Williams, no demuestra nada, salvo que Robin Williams es famoso.

9. No conviertas los detalles en un manual de instrucciones. Pero recuerda que la información salva vidas.

10. Si publicas una carta de suicidio, ten en cuenta que también sirven para mentir.

 

(FronteraD)

 

 

 

 

 

Escribir, y suicidándose

Tengo dos cartas sobre la mesa, escritas por suicidas. Un hombre muerto y una mujer viva. Del primer caso dispongo sólo de detalles periféricos. Hace tres años el hombre entró en la sala de reuniones de su empresa, colgó un folio en la puerta diciendo no abrir sin llamar antes al 112 y se pegó un tiro en la cabeza. En el segundo cajón de su despacho, dejó un sobre. Alguna vez había informado a sus allegados de que si algún día ocurría algo, miraran allí: “Ante la autoridad que pueda corresponder […], en pleno uso de mis facultades mentales, declaro que soy el único y total responsable de mi muerte [y] de cualquier irregularidad que pueda existir en las empresas […], quedando por tanto exoneradas las demás personas. Firmo el presente libre y espontáneamente”. A pesar de que no dispongo de ningún dato de tipo médico, estoy en condiciones de afirmar que el hombre miente. Sé, con el doctor Jonathan Cavanagh, que los suicidas están muy lejos de poseer plenas facultades en el momento de su muerte. Alguien podrá objetar, ciertamente, que el trastorno mental sólo se observa en el 95 por ciento de los casos. Pero estoy convencido de que es cuestión de tiempo que la suicidología desentrañe modalidades subclínicas, léase depresiones, con las que el cinco por ciento restante doblegue el instinto de supervivencia. De ahí que no crea en la libertad de los suicidas. Ni en su libertad, ni en su espontaneidad.

La segunda me afecta más personalmente. Conozco a la mujer y su historial médico. Hace un año, desde su habitación, llamó por teléfono a un familiar para despedirse e ingirió una indeterminada cantidad de pastillas. En algún momento dejó escrita esta carta en la cubierta de una libreta con recetas de cocina: “Para […], mi hija. Te quiero. Cuida mucho a mi nietecito. Un beso para los dos. Y un fuerte abrazo de tu madre. Siempre he querido lo mejor para ti y tus hermanitos. Pero no escucharon”. El lavado de estómago que le practicaron en la ambulancia de camino a un hospital le salvó la vida. Lo último que recuerda haberles dicho a los camilleros es que la dejaran morir, y a su pareja, que por favor la incinerara. Estuve en su habitación vacía horas después del suceso. Y al día siguiente acudí al departamento psiquiátrico donde la habían derivado y donde esperé en el pasillo mirando mucho los azulejos. Estos son los antecedentes que rezan en su informe clínico: amigdalectomía, apendicectomía, colecistectomía, ooforectoctomía, diagnosticada de colon irritable, hipotiroidismo, síndrome depresivo, poliartrosis con lumbalgias frecuentes, pendiente operación de rodilla. La mujer llevaba dos años con muletas, pasaba gran parte del día tumbada en la cama y no se hablaba con ninguno de sus tres hijos. Es decir, aislamiento, dolor físico, dependencia, depresión, todos ellos factores de riesgo, warnings. Pero no quería ir por ahí ahora.

Sobre las notas de suicidio se ha desplegado una notable cantidad de mitos. ¡Cómo sobre el suicidio! El primero afecta a su frecuencia: sólo una cuarta parte de los suicidas escribe antes. Es un dato importante, dado que se sabe de algún investigador enredado con la lista de la compra del difunto y dilucidando entre suicidio/homicidio. Pero sobre todo, para suavizar la angustia e incertidumbre en los familiares. Un segundo alude al contenido. El porqué de un suicidio no se halla ni en las cartas, centradas en gran medida en asuntos cotidianos tipo las llaves del coche están sobre la mesa y acuérdate de pagar la factura de la luz. Y otro mito, derivado, se cierne sobre la sintaxis. El lector se habrá percatado de que existe una clara diferencia entre las dos notas: en la de la mujer hay despedida, cierto vuelo emocional. Es extraño, porque los suicidas no suelen decir adiós, tal es su desconexión con el mundo. Su discurso suele ser desafinado pero impasible. De ahí que sólo cuando se despiden, podamos devolverlos a la vida.

(FronteraD)