La noticia suicida

Este verano me sumergí en algunas hemerotecas digitales (El País, La Vanguardia, El Mundo) en busca del suicidio. Los libros de estilo de los diarios españoles no han incorporado las recomendaciones de la suicidología a la hora de informar sobre el particular. Aunque parece que esta última tampoco ha tenido en cuenta a los periodistas a la hora de elaborar sus prontuarios. Porque, observados en su conjunto, la pregunta no es si los medios pueden contribuir a la extensión de casos, sino si dado un caso cualquiera el periodista puede informar sin miedo al diablo. Urgía una síntesis. Y me puse a escribir un decálogo.

1. Olvídate del porqué. En un suicidio intervienen multitud de factores, así que nadie se suicida por haber sacado malas notas.

2. Recuerda que el 95% de los suicidas sufre un trastorno mental en el momento de su muerte y que es cuestión de tiempo que la suicidología desentrañe modalidades subclínicas en el 5% restante.

3. Remonta la vida del difunto en busca de factores de riesgo (intentos previos, ansiedad, aislamiento, etc.) teniendo en cuenta que aunque el suicidio se pueda prevenir, éste en concreto no se pudo evitar.

4. No describas el suicidio como un acto heroico, ni romántico, ni mucho menos libre, tipo “esa forma trágica y extrema de libertad que es el suicidio”.

5. Combate el kilómetro sentimental. Es decir, si titulas Hunter S. Thompson se suicidó, no escribas después que Andrés Montes fue hallado muerto.

6. Piensa, con Matt Ridley, que naturaleza y entorno son inextricables, se influyen. En consecuencia: describe el aluminio y la ceniza, pero añade los álbumes de fotos y los partes médicos.

7. No transformes un suicidio en un homicidio, tipo “Amaya Egaña, una exconcejal socialista de 53 años, se lanzó al vacío desde su casa en Barakaldo (Bizkaia) mientras la comitiva judicial subía la escalera para echarla de allí”.

8. Recuerda que el efecto contagio no está demostrado científicamente y que el hecho de que muchos suicidas puedan ser admiradores de Robin Williams, no demuestra nada, salvo que Robin Williams es famoso.

9. No conviertas los detalles en un manual de instrucciones. Pero recuerda que la información salva vidas.

10. Si publicas una carta de suicidio, ten en cuenta que también sirven para mentir.

 

(FronteraD)

 

 

 

 

 

Escribir, y suicidándose

Tengo dos cartas sobre la mesa, escritas por suicidas. Un hombre muerto y una mujer viva. Del primer caso dispongo sólo de detalles periféricos. Hace tres años el hombre entró en la sala de reuniones de su empresa, colgó un folio en la puerta diciendo no abrir sin llamar antes al 112 y se pegó un tiro en la cabeza. En el segundo cajón de su despacho, dejó un sobre. Alguna vez había informado a sus allegados de que si algún día ocurría algo, miraran allí: “Ante la autoridad que pueda corresponder [...], en pleno uso de mis facultades mentales, declaro que soy el único y total responsable de mi muerte [y] de cualquier irregularidad que pueda existir en las empresas [...], quedando por tanto exoneradas las demás personas. Firmo el presente libre y espontáneamente”. A pesar de que no dispongo de ningún dato de tipo médico, estoy en condiciones de afirmar que el hombre miente. Sé, con el doctor Jonathan Cavanagh, que los suicidas están muy lejos de poseer plenas facultades en el momento de su muerte. Alguien podrá objetar, ciertamente, que el trastorno mental sólo se observa en el 95 por ciento de los casos. Pero estoy convencido de que es cuestión de tiempo que la suicidología desentrañe modalidades subclínicas, léase depresiones, con las que el cinco por ciento restante doblegue el instinto de supervivencia. De ahí que no crea en la libertad de los suicidas. Ni en su libertad, ni en su espontaneidad.

La segunda me afecta más personalmente. Conozco a la mujer y su historial médico. Hace un año, desde su habitación, llamó por teléfono a un familiar para despedirse e ingirió una indeterminada cantidad de pastillas. En algún momento dejó escrita esta carta en la cubierta de una libreta con recetas de cocina: “Para [...], mi hija. Te quiero. Cuida mucho a mi nietecito. Un beso para los dos. Y un fuerte abrazo de tu madre. Siempre he querido lo mejor para ti y tus hermanitos. Pero no escucharon”. El lavado de estómago que le practicaron en la ambulancia de camino a un hospital le salvó la vida. Lo último que recuerda haberles dicho a los camilleros es que la dejaran morir, y a su pareja, que por favor la incinerara. Estuve en su habitación vacía horas después del suceso. Y al día siguiente acudí al departamento psiquiátrico donde la habían derivado y donde esperé en el pasillo mirando mucho los azulejos. Estos son los antecedentes que rezan en su informe clínico: amigdalectomía, apendicectomía, colecistectomía, ooforectoctomía, diagnosticada de colon irritable, hipotiroidismo, síndrome depresivo, poliartrosis con lumbalgias frecuentes, pendiente operación de rodilla. La mujer llevaba dos años con muletas, pasaba gran parte del día tumbada en la cama y no se hablaba con ninguno de sus tres hijos. Es decir, aislamiento, dolor físico, dependencia, depresión, todos ellos factores de riesgo, warnings. Pero no quería ir por ahí ahora.

Sobre las notas de suicidio se ha desplegado una notable cantidad de mitos. ¡Cómo sobre el suicidio! El primero afecta a su frecuencia: sólo una cuarta parte de los suicidas escribe antes. Es un dato importante, dado que se sabe de algún investigador enredado con la lista de la compra del difunto y dilucidando entre suicidio/homicidio. Pero sobre todo, para suavizar la angustia e incertidumbre en los familiares. Un segundo alude al contenido. El porqué de un suicidio no se halla ni en las cartas, centradas en gran medida en asuntos cotidianos tipo las llaves del coche están sobre la mesa y acuérdate de pagar la factura de la luz. Y otro mito, derivado, se cierne sobre la sintaxis. El lector se habrá percatado de que existe una clara diferencia entre las dos notas: en la de la mujer hay despedida, cierto vuelo emocional. Es extraño, porque los suicidas no suelen decir adiós, tal es su desconexión con el mundo. Su discurso suele ser desafinado pero impasible. De ahí que sólo cuando se despiden, podamos devolverlos a la vida.

(FronteraD)

 

 

 

 

Postdata

postdata

Estamos en una tarde calurosa de 1997, no demasiado lejos de la Facultad de Periodismo de la Autónoma de Barcelona. Dieciséis años después resulta improbable que algún día me diagnostiquen de esquizofrenia y sé que nunca he considerado el suicidio como una salida. A pesar de ello, esa tarde le digo a una amiga, estudiante de psicología, que voy a pegarme un tiro. Entiéndase la frivolidad. ¿Cómo pude olvidarme de esta escena? No recuerdo por qué lo dije exactamente, aunque recuerdo que durante el primer año acudí a clase con repulsión y pasaba mucho tiempo solo.

A los 19 años, juego en el equipo de fútbol de la universidad, poseo un regate endiablado y como el esquizofrénico, soy delantero. Probablemente llevo el número 11. No meto goles desde el córner, pero puede decirse que poseo una buena rosca. Salgo por las noches, fumo como un loco, ambos somos enamoradizos. Tampoco soy violento, pero recuerdo una pelea a puñetazos. Incluso en las horas más negras de la carrera fantaseo con matricularme en Filosofía, donde curso algunos créditos de libre elección. Mi fuerte es Historia de la comunicación social. ¡Saco matrícula de honor! No me cuesta estudiar. En el internado católico de Lérida, donde he pasado los cuatro años del instituto, existía un régimen estricto de reflexión, desayuno, instituto, comida, estudio, deporte, cena y estudio, que se sustituía los sábados por cánticos y los domingos por ir a misa. Estaban prohibidos, sin embargo, los libros que no formaran parte de las lecturas obligatorias del instituto y los curas te interrogaban cuando recibías cartas de chicas. Me la machacaba y pedía clemencia a Dios. Es un lugar común. De las bildungsroman. ¡Pero yo soy un personaje literario! No había periódicos, no había radios, no había televisión. Subía a la terraza, con el anorak y leía lo que me caía en las manos. Años después separaré a las personas en dos grupos: las que han leído Moby Dick y las que no. Fui feliz los tres primeros años. El último año no lo soportaba más, deseaba salir. Me matriculé en periodismo: quería escribir libros, artículos, ser alguien.

Sigo. Me gusta pensar que ambos somos educados y políticamente neutros, independientes, al margen. Fue justamente la frase del profesor B.B en aquella aula verde: “Yo no recuerdo a Vicente como alguien politizado, el más bien se mantenía al margen”. Me aburren esos columnistas que a las dos líneas ya sabes si son de derechas o de izquierdas. Y me enorgullezco de la confesión del profesor. Me he perdido…

Cuando vuelvo a mi pueblo por vacaciones (navidad, semana santa o verano) llamo por teléfono a mi padre, que trabaja como jefe de seguridad en la autopista, para acordar el lugar de encuentro y volver a casa juntos en el coche. Suelo viajar hasta Valencia en tren y si no, en el cercanías hasta Gandía. Nos saludamos torpemente y apenas hablamos en los trayectos. Sólo los cinco o diez primeros minutos y las preguntas de rigor. Él: ¿Cuándo tienes exámenes? ¿Viste el partido del otro día? ¿Qué día tienes la vuelta? Yo: ¿Cómo está la mamá? ¿Y Angela y Ana? ¿Viste el partido del otro día? Las respuestas son tenísticas: “A finales de enero”, “Disfruté, disfruté” o “El día 7″. Es ahora mismo  la imagen que me viene a la cabeza y la que seguramente conserve siempre. Los dos en silencio, sólo quizás la radio, por la autopista, es de noche y huele a tabaco negro.

Digo todo esto porque al ver una fotografía del esquizofrénico leyendo pensé que nuestras juventudes respectivas se asemejarían. No conozco a nadie de mi familia con esa afición, así que pensé que la fotografía debía decir algo sobre mí. Ni siquiera sé todavía qué tipo de libros leía. Mi padre dice que era un gran lector, pero ya dije que a mi padre no lo he visto nunca con un libro y  puede que exagere. Volvamos. No es el caso. Yo no recuerdo una presión asfixiante por los estudios, ni a mi padre desenfundando el cinturón para corregirme, nunca he probado las centraminas. Supongo que él las necesitó más. Yo me invento que tengo epilepsia para resultar más interesante ante las chicas. Él causaba envidia en el resto de alumnos. Él escuchaba voces. Yo, a los 35, sólo he visto morir a mi abuelo materno.

Una tarde le hice a mi padre una de las preguntas de esta historia: por qué nunca nos había hablado a mis hermanas o a mí de su hermano. “No me pareció que se debieran desenterrar esas cosas, revivirlas”, respondió. Es una frase errónea. Nunca han estado enterradas y aquí hay ya algunas pruebas. Hace poco también vi a un psicólogo por televisión: “Para pasar página, primero hay que leerla”. Me pareció más acertado, aunque el consejo pecara también de un excesivo optimismo. Hay que leerla, ¡para eso se escribe! pero es imposible pasar página. No hay más libros que leer. Como mucho, algún día mi padre no se lo reprochará tanto, yo me sentiré menos culpable, no convertiremos el suicidio en un accidente, no nos consideraremos bichos raros. Estaría bien. Pero ¿cuántas veces ha leído secretamente esa página? Desde el principio empecé a preguntarme que sentía en esos viajes nocturnos que emprendió en el Renault 5  para enterrarlos mientras cruzaba el país. Siempre ha acudido a préstamos. Como si no se hallara en el diccionario la palabra para describirlo: “Pues, imagínate” o “Un compañero de la autopista que vivió las tres muertes me dijo que nunca había visto nada igual, que se trataba como de una maldición”. Es una explicación absurda, pero adivino que para él la palabra maldición empezó a explicar esas cosas mejor que cualquier otra. Y que fue en ese momento, al borde del volante, cuando se instauró el silencio y la vergüenza. Ni una palabra más, ningún riesgo. Escribo esto y no puedo dejar de relacionar ese silencio con la derrota y la debilidad. A los fuertes se les debe poder atravesar.

Sin embargo, hay una página que mi padre no ha leído. No todavía. Y es preciso, me digo cogiendo fuerzas, que yo la ponga en limpio. Encontré a la embarazada. Vicente tuvo una hija. Sólo un inconveniente: la embarazada me pidió que le ayudase a buscarla. Estoy hecho de una pasta que me lleva a avergonzarme ahora de la euforia que sentí tras nuestra primera conversación telefónica. También es una historia dolorosa, pero la palabra maldición puede servirme. ¡Cuánto más azotado sería sucumbir a ella y seguir creyendo en demonios al acecho!

Coda: Hasta el momento, las investigaciones más cuidadas no han permitido responsabilizar de la esquizofrenia a ningún factor ambiental. Sí se ha verificado, sin embargo, una sobrecarga de acontecimientos vitales “estelares” (cambios de trabajo, de residencia, divorcios, partos, muertes de allegados, etc.) En cualquier caso, no es tarea sencilla interpretar esos hallazgos. (Antonio Colodrón. Las esquizofrenias)

Nota: El blog dejará de actualizarse durante un largo tiempo.

Tropicana, 1971

La historia de la Tropicana. He pedido que me la cuenten tantas veces, la he escuchado tanto, que ya parece una leyenda. El grupo tenía la veintena cumplida y estaba formado por mi padre (el Turi), Javi, sus hermanos Tito y José, Trapero y Losi, un hijo del inspector de la policía leonesa. Corría el año 1971. El tiempo de Legrá, Folledo, Gayo. Los sábados por la noche acudían a las veladas de boxeo del Club Radio. Y los domingos a los partidos de la Cultural Leonesa con carnets falsos. No serían sus únicas falsificaciones, ni las más sonadas. Un día descubrieron en la puerta de la sala de baile del Hotel Riosol un puñado de entradas rotas en una papelera. Se les ocurrió que podrían cortarlas con un cúter, pegarlas con pegamento, entintarlas y revenderlas más baratas. Los más mayores, Tito, José, Javi y mi padre, las entradas de los chicos, y los más jóvenes, Trapero, Losada y Vicente, que sólo excepcionalmente formaba parte, las de las chicas. Mi padre aclara que era más que nada para que les dejaran tranquilos y que les daban pocas. Con el tiempo, desplazaron el negocio hacia la sala de baile Tropicana, mucho más grande. Domingo tras domingo durante cinco o seis meses. Hasta la noche que Trapero no olvidará mientras viva.

Estaba haciendo la mili en el cuartel militar. Saltaba la tapia, se cambiaba de ropa e iba a revender entradas. Cuando acababa, volvía a saltar, pasaba revista y salía de nuevo. Cuenta  que aquella noche, cuando iba a entrar en la sala con la entrada que se había guardado, un tipo le cogió del brazo y le preguntó de dónde la había sacado. Dijo que la había comprado. Y el tipo lo empujó hacia dentro, donde otros policías y el dueño custodiaban al resto de la pandilla.  ¿Sonaría en algún momento la canción de las botas, una de las que más le gustaba a mi padre? La policía los esposó por parejas: el Turi y Trapero por un lado, y Tito y José por otro. Y fue entonces cuando el Turi, antes de atravesar la sala, se echó una gabardina encima del brazo para disimular la detención. Los metieron en un taxi rumbo a la comisaría y una vez allí, mi padre, que había escondido las dos mil quinientas pesetas del delito en el asiento trasero y memorizado la matrícula, le salvó el pellejo a Trapero diciendo a los gendarmes que él se la había vendido. Es probable que secretamente también le diera algún consejo, porque una vez libre, Trapero no paró de correr hasta alcanzar otra vez la Tropicana, buscar a Javi, que desconocía lo ocurrido, y largarse ambos al piso de la calle Norte a quemar en la cocina de carbón el resto de las entradas que guardaban en libros. A las tres de la madrugada, calcula, entró de nuevo en el cuartel y se metió en la cama. No pegó ojo. Era huérfano de padre, no quería causarle disgustos a su madre, y todavía hoy, me dijo, le asalta alguna pesadilla.

Los primeros ecos llegaron con la diana: la policía había cogido a una organización de falsificadores que copiaba entradas con una fotocopiadora, entre ellos un cabo primero del campamento del Ferral. Es decir, mi padre. Y al que tenían, porque la policía no podía detener a un militar, en el calabozo de aquel mismo cuartel. Trapero dice que bajó a ver si necesitaba algo y lo encontró jugando al póker: “No te preocupes, estoy bien”, le contestó. Luego le dio la matrícula del taxi y le dijo que mirara bien en la parte de atrás. Trapero buscó a Vicente y se subieron al taxi. Trapero delante para dar conversación al taxista y Vicente detrás, buscando.  No encontraron nada. Como un macguffin. Y se bajaron maldiciendo.

Mi abuelo fue a ver a mi padre  una de aquellas mañanas al calabozo del Ferral donde lo habían trasladado. Podía haberlo sacado en aquel preciso instante, dada su larga hoja de servicios. Muy al contrario, le dijo: “Te vas a quedar aquí una buena temporada”. Cuando el resto de la pandilla, que sólo pasó una noche en comisaría, acudía a visitarlo, el Turi les encarecía para que exageraran cuando le vieran: “Decidle que me duele la pierna y que me habéis visto muy mal”. Por si se ablandaba.  No se ablandó. Y el cabo primero del Ferral pasó dos semanas a la sombra. ¿Cómo acabó todo? Mi padre dice que le dijeron a Losi que había llegado el momento de echar mano de su padre. El inspector de la policía leonesa se acercó a la Tropicana  y conminó al dueño a dejar el tema en paz. “Vamos a tranquilizarnos”, lo imitaba Trapero en su salón en penumbra.

La historia de la Tropicana fue lo primero que contó mi padre después de aceptar mi propuesta. Como quien dice: prefiero ser yo el que te lo diga. Sentado en la cocina de su casa, se me hizo evidente que desconocía a mi propio padre. Desconocía al esquizofrénico de las fotografías. Desconocía mis raíces leonesas. Y por lo tanto, es muy dudoso que supiera realmente quién era yo, aparte de un idiota sin empatía y con aires de listillo. ¿En qué mundo había vivido durante todos estos años? ¿Cómo había podido ser tan necio? En fin. Volvamos.

Los días más eufóricos, la pandilla se acercaba al gimnasio de Nando en la avenida Padre Isla a echar unos guantes. La condición para subir al ring era que partieran  algo de leña con un hacha, que el gerente vendía después. Puñetazos ligeros, elegantes, nada de dinamita. Esa era la otra condición. La que más costaba meterle en la cabeza al bruto del Losi. Cuando quedaban con alguna chica, los mayores del grupo, Javi y mi padre, trataban de dar esquinazo al resto. Alguno, sin embargo, se descolgaba y les seguía, como Trapero, que siempre les cobraba cinco duros a cambio de su desaparición.

Las tardes en que mi padre se sentaba a jugar a las cartas para sacar algo de dinero, la pandilla le escoltaba de pie. Se escondía una y despellejaba a los de la mesa lentamente. Para disimular, algunos días se dejaba perder, aunque no demasiado. En la cafetería Isla empezó a jugar con las cartas marcadas. Compraba una baraja, se encerraba en su habitación y le aplicaba a conciencia un punzón. Cuando la partida iba a empezar, se levantaba para comprar una baraja nueva en la barra y daba el cambiazo. La única vez que el resto descubrió el fraude él ya se había retirado. Uno de los participantes le informó al día siguiente y él empezó a decir qué quién sería el hijoputa y que a él también debían devolverle el dinero. La partida de la discordia había acabado  con uno de los estafados pidiendo en la barra el número de teléfono del mismísimo Heraclio Fournier. Es la historia que más me gusta y con la que más me río. Hola, ¿está Heraclio?

Trapero también me contó en Tarragona que iban a las mejores cafeterías y se marchaban sin pagar. Así  invitaba mi padre. Entraban, él preguntaba tú que quieres, tú que quieres, se lo tomaban y al acabar les decía esperadme fuera. Cuando salían, él apuraba el trago y salía caminando con la sangre muy fría. Una vez en el Oasis, el camarero se asomó a la puerta y les dijo con grave ironía: caballeros, que se olvidan la vuelta. Trapero dice que se puso muy nervioso y le tocó el brazo a mi padre. Es probable que Losi, que siempre empezaba a correr, buscara con la mirada la bocacalle más oportuna. Mi padre se giró afectando desorientación y Trapero recuerda que dijo: “Da igual, déjala de bote”.

Abrevio. No estudiaban. Callejeaban. Y salvo un día en que robaron una bici para ir a una fábrica a trasladar las tejas recién cocidas con una carretilla, tampoco parece que trabajaran. Éste era el grupo del que mi padre mantenía alejado a su hermano, aunque éste se muriera por entrar. Dice que no era ambiente para él. Ya he dicho que lo consideraba un crío. Aunque yo creo también que la posibilidad de que su hermano perteneciera hubiera rebajado varios grados sus áticos consejos de hermano mayor sobre la categoría, la personalidad, el estudio y el esfuerzo. Si la historia de la Tropicana no lo desautorizó por completo.

Es obvio que su hermano sólo pudo entrar plenamente en el grupo cuando mi padre abandonó la ciudad. Al principio por trabajo y después y lentamente por vergüenza. Pero ¿cómo un líder pandillero, osado y calavera, acabó convertido en un hombre opaco, trabajador y doméstico? Durante algún tiempo me intrigó esa metamorfosis. Sus antiguos amigos reconocen que fue dejándoles de lado. Y alguno todavía se lo reprocha, silenciosamente. Fuller Torrey señala en su prontuario sobre la enfermedad que la vergüenza empuja a los familiares de esquizofrénicos tan lejos como sea posible de la casa familiar. ¿Por qué nunca hemos ido a León?, le pregunté una tarde. No tenía nada que hacer allí, fue su respuesta. Durante algún tiempo, eché este desvío exclusivamente en la cuenta de la tragedia. Ahora no. Ahora advierto una combinación. Otra cuenta, en boca de mi madre, más prosaica: “A los treinta le pasó lo que te pasa a ti, que tienes un hijo y ya no quieres salir de casa”.

Como al esquizofrénico, a mi también me cuesta despegarme. “Vicente era muy apegado a León”, me dijo una vez mi padre. Sin embargo, debo volver allí, porque León es la ciudad donde los listillos cumplen su penitencia.

El periodista y la obsesión

el periodista y la obsesión

 Epub y Mobi. 146 pág. 2,99€

El periodismo como territorio obsesivo. Los grandes reportajes, crónicas y perfiles, esconden a menudo a un periodista obsesionado. La obsesión, sin embargo, no garantiza nada.  Es sólo una condición previa de la investigación.  La verdad requiere pruebas. Nadie espere tampoco hacer fortuna. Si la búsqueda se prolonga quizás arruine su salud, carrera o  matrimonio. Incluso, en alguna ocasión, los protagonistas de sus  reportajes iniciarán un pleito acorde con su estatuto real.  Al final llega la necrológica, que si es buena estará escrita con cierta antelación y dirá que el periodista murió solo, como es fama en los traidores. El periodista y la obsesión se dedica a ilustrar este lead.

 

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Coming soon (ebook)

el periodista y la obsesión

El crimen detallado

Hace algún tiempo, no mucho, me entrevisté con familiares, amigos, y compañeros de trabajo de un ahorcado. También con un guardia civil. Durante una semana acudía puntual para charlar con el hijo del difunto en el backoffice de una empresa de recambios sanitarios. Mi intención era recomponer los instantes finales remontando al hombre. Fracasé. Es decir, no supe dar con el equilibrio que buscaba entre la vida y su estertor. Si una era un breve, el otro parecía una enciclopedia. Pero no me engaño: fue mi culpa. Entre las notas que todavía conservo no hay nada, a excepción de su currículum, sus haciendas, y su familia, que le recuerde. Ni viajes, ni comuniones, ni enfermedades, ni anécdotas memorables. Del trabajo a casa y al pueblo por la feria. En cambio, tuve un extraordinario acceso a su suicidio y sus herramientas. Medí la viga, toqué el sillón donde se sentó a fumar, subí la escalera, y hasta compré una de las novelitas del oeste que leía, Espuela defectuosa, de Marcial Lafuente Estefanía.  De vez en cuando la hojeo, pero soy incapaz de seguir su rastro hasta Holbrook. Creáme que lo siento, sheriff.

El crimen es alguien que se levanta, baja al bar, sube a casa, ve un rato la televisión, vuelve al bar, conduce hasta el almacén de material donde trabaja, limpia los restos del asado del día anterior, fuma, cuelga una braga de montacargas a una viga del techo, llama a un compañero de trabajo, le dice lo que se propone, y se ahorca. Cuando se publicó hubo gente que me echo en cara el morbo refiriéndose a los detalles. Algunas instituciones y organismos oficiales aconsejan al periodismo evitarlos. Es curioso dado que una de las preguntas que fundan el oficio remite precisamente al cómo. Sin embargo, creo que en la habitual asociación entre los detalles y lo escabroso de los deontólogos hay algo más. La obligación de detallar la vida si se detalla el crimen. Los periódicos son una tumba, pero sobre ella ha de escribirse una vida. Cerrar dignamente el ataúd. También los protagonistas menores tienen derecho a su epitafio. No hacerlo es darle la razón a los piensan que sólo las malas noticias son noticia. O a los que sólo imprimen los crímenes aliados con la fama y luego lavan su conciencia en tribunas sobre Las desventuras del joven Werther y su supuesto efecto contagio.

Gordon Burn murió de cáncer en julio de 2009 con 61 años. Colaboró en Esquire, Rolling Stone y The Guardian. “Examinó la obsesión contemporánea por la celebridad en una serie de libros que abarca tres décadas”, se lee en la necrológica del último. Uno de esos libros, de lo más detallado, trata de la Casa de los Horrores y sus moradores Fred y Rose West. He leído tantas veces la última página que temo no distinguir ya entre el periodismo y los periódicos: “Una vez arrasada la casa y rellenado el sótano, pusieron bloques de asfalto ordenados en espiguilla; plantaron tres arbolitos y levantaron bordillos fijados con cemento de grano grueso: cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. Instalaron postes para farolas Urbis pintados en negro brillante y farolas Son-T sobre columnas de acero de cinco metros. Cuatro farolas. Pusieron topes en forma de bolardos de hierro fundido para tapar las entradas de los dos extremos e impedir el acceso a los vehículos: siete en el lado de Cromwell Street y cuatro en St Michael’s Square; cinco en medio para que a nadie se le ocurriera jugar a la pelota”. Cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. La máxima precisión es la única forma de contarlo.

Voces, 1976-1977

Vicente leyendo

En el verano de 1976 viajó en autostop desde de León a Vinaroz para pasar unos días en la playa con su hermano. Ya se le había diagnosticado de esquizofrenia y había estado ingresado un par de semanas en el Hospital San Juan de Dios. Antes de llegar al destino, alquiló una habitación en una pensión de la provincia. Mi padre no recuerda el pueblo, pero dice que no estaba demasiado lejos, puede que fuera Torreblanca. Por la noche empezó a armar escándalo y el dueño llamó a la Guardia Civil. Telefonearon a León para comprobar algunos datos y al día siguiente siguió a dedo hasta la playa. Pidió las llaves en recepción y se sentó a esperar a su hermano en el bungalow. Durante ese intervalo mi abuela llamó a mi padre preguntándole si había llegado ya. Dijo que no. Cuando llegó a casa y lo encontró, le preguntó qué había pasado. Y el esquizofrénico dijo nada, que dos tipos querían entrar en la habitación a robarme. Mi padre dice que al principio se lo creyó, pero que después dedujo lo contrario. Mientras se sentaban en algún bar a tomar algo y su hermano pequeño se agitaba creyendo que todos le miraban, por ejemplo. Se agitaba tanto que una vez, mi padre y un compañero de la autopista tuvieron que disculparse frente al aludido: “Perdone, pero es que no está bien”.

Las sesiones de grabación con mi padre se interrumpieron en enero y se reanudaron a finales de agosto. En el viaje a León había acumulado tanto material que urgía trabajar sobre él. No quería que nada se perdiera. Pero, a excepción de las declaraciones de Remedios, ningún testimonio remitía a la enfermedad. Las preguntas que yo tenía que hacer sólo podía responderlas mi padre. Así que nos sentamos y le pedí que empezáramos desde el principio. Y el principio era el sueño. Se le había perturbado y la primera en advertirlo había sido mi abuela. Desde la muerte de mi abuelo, vivían los dos solos con una pensión de viudedad: “Yo recuerdo que me llamó una vez a Vinaroz, al poco de morir mi padre, y me dijo que Vicente hablaba mucho por las noches y que eso le extrañaba. Pero bah, yo no le daba importancia. Luego en verano ocurrió lo de la pensión y lo de los bares. Él oía voces, yo de eso me di cuenta. Te decía lo que estaban hablando dos tipos detrás de la pared”.

El 27 de septiembre de ese año, mi tío cumplió 24 años. Ese día enterraron a su madre. Mi padre había pedido tres o cuatro días en el trabajo que no le alcanzaron para decirle nada en el hospital. Estaba sedada. Por la noche fue el único que se quedó a dormir en el piso vacío de Maestro Uriarte. Su hermano se quedó en el piso de patrona del barrio de Crucero y su hermana durmió en Guardo. Mi padre dice que apenas durmió. Su cabeza era la rueda de un hámster y el cable mal enrollado de una estufa buscaba su posición haciendo ruido. Por la mañana, Mary y Vicente hicieron acto de presencia. Mi tía le preguntó qué tal la noche. Mi padre dijo que mal y explicó lo del cable. Cuando mi padre desapareció por el pasillo, el esquizofrénico se apresuró a desafiar el sentido común de su hermana: “¿Ves, Venancio también oye ruidos!”

Las fotografías de sus estancias en Calpe a partir de marzo de 1977 ofrecen una lectura sintomática. Vicente en pijama en la puerta del bungalow. Vicente durmiendo en el sofá junto a un cachorro de pastor alemán. Vicente y la mascota frente a un plato con un huevo duro y una loncha de bacon en el jardín. Dormía de día y permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada. El resto del día languidecía. Estaba apático. Leía en el jardín. O se fundía con el sofá fumando como un poseso. Los días más luminosos, iba a la playa andando. Mi padre me había contado que le consiguió una entrevista para entrar a trabajar en su empresa como ayudante de topógrafo llevando el trípode. Lo desecharon. También dice que salían de vez en cuando y trataban de divertirse y que a veces lo conseguían. Aquel julio eran cuatro en el Renault 5 naranja: mi padre y mi madre, como novios; Vicente y Pili, una prima de mi madre, como acompañantes. Una tarde fui a ver a mi madrina Pili. Describió a un chico educado, amable y culto, aunque deprimido. “Nos sentábamos detrás en el coche de tu padre y me hacía reír. Éramos las alcahuetas. Paseábamos, íbamos a las cafeterías de entonces. Se notaba que era extrovertido sólo con la gente con la que tenía confianza”. Un día le contó que sus padres habían muerto y de vez en cuando ella recuerda que se detenía en medio de alguna conversación y que lo notaba triste.

Mi padre también recuerda haberle llamado la atención algunas veces. Volvía del trabajo por la tarde y lo veía tumbado en el sofá con la mesa por recoger y moscas en el plato. A mi tío no le gustaba que le corrigiesen. Enseguida se cabreaba. Una vez mi padre le echó una bronca por haber cogido un taxi para ir a una discoteca, que estaba a un par de kilómetros. “Yo le daba dinero, pero le dije que debíamos arrimar el hombro todos y él empezó pues si no me lo quieres dar, no me lo des. Yo le respondí que sí que se lo daba, pero que no era necesario coger un taxi, que podía ir andando”. Puede que aquella fuera la última discusión entre ambos. La memoria de mi padre se apelmaza al llegar aquí e intuyo que si siguiera se le quebraría la voz. Dice que no recuerda nada más. ¿Lo olvidó para sobrevivir? Es probable y respeto mucho ese instinto, pero soy partidario de poner la supervivencia en sus justos términos de censura y superstición. No recuerda que la estancia de Vicente coincidiera por ejemplo con la de su prima Tere y su marido, el escultor Hipólito. Al teléfono, Tere me había contado que Vicente desapareció durante algunos días, al cabo de los cuales volvió. Ella le  preguntó dónde había estado y él sólo dijo: “Vengo a despedirme de mi hermano, porque no voy a venir a la boda”. Al día siguiente, un día cualquiera entre el 5 y el 15 de agosto, Tere, su madre, su marido Hipólito, los hijos de éstos y Vicente se subieron en el coche hasta Madrid. Tere recuerda que iban cantando. ¿Cantarían un elefante se balanceaba? ¿El árbol de la montaña, quizás? Lo dejaron en la estación de autobuses de Madrid, desde donde continúo hasta León, donde le esperaba su cuñado J. L. para llevarlo a Guardo. Fue la última vez que mi padre lo vio. Le había preguntado por qué no se quedaba faltando tan poco para la boda. El esquizofrénico debió dar alguna excusa.

Una de aquellas tardes agitadas mi padre cuenta que él y su amigo Román, que disfrutaba de unos días de vacaciones en el bungalow con su mujer y sus dos hijos, le propusieron ir a un médico en su consulta privada. El esquizofrénico aceptó. La consulta estaba en un edificio del centro del pueblo y el doctor tenía una barba negra y caudalosa con un gran puro en medio. Mi padre y Román esperaron fuera. He imaginado muchas veces esta escena y el sentimiento de humillación y rabia que me produce nunca ha menguado. Salieron al cabo de un rato. Primero el esquizofrénico y muy cerca el doctor que tal vez llevara todavía el puro entre los dientes o tal vez lo hubiera dejado apagado o humeante en el cenicero de la mesa. Al despedirse, el doctor le dio una palmada en la espalda y le dijo al paciente como para que los presentes lo oyeran: “Pórtate bien, si no quieres que te encierren en un chiquero”.

Había escrito esta frase para rematarla: “No consta que nadie se abalanzara sobre el barbudo y le hiciera tragarse el puro”. ¿Por qué no se abalanzaron? ¿Por qué ni siquiera le afearon el gesto? He tardado en comprender que la vida real no funciona así.  En la vida real los familiares oyen chiquero, agachan la cabeza y se vuelven a casa arrastrando un poco más de vergüenza. La intención, además, resultaba tan obvia que repugnaba: pretendía salvarme. Y por ese camino, no lo conseguiré.

Expiación

canarias 1977

¿Qué historia me vas a contar? La pregunta está en medio de un email de Braulio. Añade: Si es la historia de una búsqueda, ¿de qué búsqueda? Le respondo, sintetizando, que se trata de la búsqueda de Vicente y que la joven embarazada es sólo una parte. Pero es más, mucho más: el silencio tras pasar por un tanque de revelado. Luego le describo una escena que ignora: mi padre viajó hace poco a León para acudir a una boda. En algún momento se separó de mi madre y mis dos hermanas y se acercó a la vivienda familiar. Entró en la galería interior y husmeó. Se fijó en los cambios. Es decir, hizo lo que yo había hecho seis meses antes. Viajó a la ciudad que él no había pisado en 30 años y en la que yo acababa de hacerlo por primera vez. Se había separado de mi madre y mis hermanas. Aquello me alegró primero y me desalentó después. ¿Qué esperaba?

Recientemente  fui a ver a mi madre a la casita de campo para hablar de Vicente. Desde que había empezado el proyecto temía su reacción. Uno de los días que yo había salido por televisión, me había dicho que el suicidio no era un tema que le gustase, ciertamente. A mi tampoco. Pero yo no había podido elegir. Esto último no se lo dije.  Sin embargo, aquel día habló con una extraña serenidad. ¿También vas a escribir sobre mí?  Mi padre y ella nunca habían hablado del asunto. Ella nunca le había preguntado. Ni mis hermanas. Y el silencio había resultado imbatible. La única vez que le había oído hablar de ello fue cuando con ocho años me habían llevado al psicólogo por la historia de la uña. De vez en cuando la he contado a las visitas entre los restos desperdigados de una cena, pero de pequeño la historia de la uña me había traumatizado durante mucho tiempo. Una noche en el cine de verano del pueblo había sentido un pinchazo en la garganta mientras bebía un refresco. Se me metió en la cabeza que tenía una uña atravesada en la garganta. Salí del cine y fui  a casa con la boca abierta y muy histérico para decirle que mirara bien adentro. No había nada. Una faringitis. Pero a partir de entonces, cada vez que me servían pescado, lo desmenuzaba con las manos y lo machacaba hasta asegurarme de que allí no había ninguna raspa. Por no hablar del miedo que empecé a dedicarle a las agujas. Temía que por un inesperado azar una de ellas saliera del costurero y se me atravesara en la garganta. Me llevaron  a varios médicos. Duró tanto la chifladura que de vuelta a Guadalajara, donde pasábamos el resto del año, me habían llevado al psicólogo. Me sentaba enfrente, me daban papel y lápices de colores y dibujaba gánsters. “Tu padre te veía tan obsesionado que le contó al psicólogo lo de su hermano”, dijo mi madre.

Comprendí que desde pequeño, aunque no lo supiera, llevaba al esquizofrénico atravesado en la garganta. Él organizaba todos nuestros miedos. Era la historia que había convertido a mi padre en un supersticioso y que había engullido al resto de nuestra familia convirtiéndonos en seres mutilados, con vidas censuradas. ¿Por qué si no se había opuesto a que de pequeño jugara el fútbol en un equipo? ¿Por qué nos había prohibido a mis hermanas y a mi viajar en el autobús del colegio los días de excursión ofreciéndose él, cuando insistíamos en acudir, a llevarnos en su coche? ¿De dónde surgía esa protección asfixiante, esa exageración permanente de las amenazas? Su madre era una mujer pesimista. Probablemente él heredó su carácter, pero también una tragedia sin nombre. Para mi padre, un hombre temeroso, sombrío y amargo, aunque con destellos de un humor antiguo, la historia de su familia se había convertido en lo que no podía volver a suceder. Pero antes de permitir defendernos, como había hecho indirectamente en la consulta del psicólogo, había decidido no tentar al diablo.

Ella tenía 19 años. Él 30. Se conocieron en marzo de 1977, en la oficina de la empresa familiar donde ella trabajaba, dedicada a la provisión de tejas, ladrillos y cemento a pequeños constructores locales. La misma empresa en la que yo trabajaré 30 años después aunque emplazada en otro lugar. Ella era guapa, castaña y tenía los huesos muy fuertes. Él estaba deprimido por la muerte de sus padres. Se estaba quedando calvo. Ella dice que lo conoció así. A los dos meses ella se había quedado embarazada de mi. Y recuerda al esquizofrénico como a un tipo aparentemente serio, pero con un gran sentido del humor. Un mes antes de que se casaran se había suicidado. Ella no viajó al entierro en León. Él había vuelto medio mudo. Se casaron en la iglesia parroquial de Calpe el 27 de septiembre, en una ceremonia en la que Mary no lloró precisamente de emoción. Viajaron de luna de miel a Tenerife y en las fotografías mi madre baja del avión, entra en el Loro Park y corona el Teide.

Pero había algo en lo que yo no había reparado hasta que ella lo dijo: el embarazo y la boda le habían cerrado la puerta al esquizofrénico. Significaba que a partir de entonces no podría visitar con tanta asiduidad a su hermano. En Guardo, Mary y J. L ya tenían tres hijos. El horizonte aparecía francamente ennegrecido. Es obvio por qué habían guardado silencio: nadie habla de la víctima en presencia del asesino. Mejor aún: nadie abre el pico delante de un asesino. ¿Lo habían hecho para que no me sintiera culpable? ¿Sabían quizás que en cuanto lo supiera me obsesionaría, que me dispondría al instante a expiar mi crimen? ¿Por qué lo había colocado yo al principio de aquel borrador de novela? ¿Intuiría ya que era aquel secreto era la prueba de fuego para convertirme en escritor, lo que me impedía dar la cara y amenazaba con dar al traste con mis aspiraciones?

No sabía si lo que yo escribiera aliviaría a mi padre, pero debía darle aliento al muerto. De lo contrario, algún día también yo corría el riesgo de tener que hablarle a mi hijo de miedo y de derrota.  Una situación dramática, sin duda, para alguien que cuando le acompañaba al colegio despreciaba secreta y furiosamente al resto de padres exitosos con los que se cruzaba en la puerta antes de despedirse de él. No estaba dispuesto, sinceramente.

El email de Braulio situaba también el asunto en ese territorio agonístico tan propicio a mi carácter. Él decía: “Puestos a fracasar, que sea a lo grande”. Yo iba más lejos aún: o escribir esta historia hasta el fondo o callarme para siempre. No debía haber nada en medio.

Cuatro veranos

guía de las cuevas

La vida laboral de Vicente es un documento exiguo con apenas cuatro contratos. Tenía 24 cuando murió. Bien. Pero también estaba loco y los locos no trabajan. A partir de 1974 sólo consta que lo hiciera un día. Fue para una sociedad cooperativa y probablemente se tratara de una jornada en la vendimia dado el septiembre. Es cierto también que era estudiante, pero desde octubre de 1975 en su expediente sólo rezan dos aprobados. Y uno de ellos, regalado. El resto de fechas del informe consigna tres temporadas como guía en Valporquero, 1970, 1971 y 1973. También lo hizo en 1972, pero sin que le dieran de alta. ¿Volvería a las Cuevas después de aquella historia con la joven embarazada? Esta pregunta siempre me había llevado a suponer que ocurrió en 1973. Es decir, a suponer que no volvió.

Mi padre recuerda también un trabajo de invierno como informador en la estación de esquí de San Isidro y cree que fue tras abandonar Valporquero. Pudiera ser el invierno de 1974. O el del 75. Tanto el trabajo de guía subterráneo como el de informador en la nieve dependían de la Diputación, es decir, de la mano de mi abuelo. “Después de morir mi padre, Vicente no tuvo interés por nada”, es su frase inaugural y que señala, seguramente, el pistoletazo esquizofrénico.

En su primera carta, I. cree recordar otro trabajo: “A los 14 años, creo recordar, que por el verano trabajó en una droguería de recadero, yo lo hice en una ortopedia. [...] Recuerdo que mi suelto era de 750 pesetas al mes, es decir 4,51 euros, por lo que imagino que el suyo sería igual o parecido”. También está la postal que reseña un trabajo esporádico como albañil en 1970.

El trabajo de guía era otra cosa: les pagaban bien, les llevaban en un jeep y les daban un uniforme con la banderita de España. “Nosotras estábamos ociosas y los guías tenían mucho éxito: ligaban donde quiera que fuesen”, me dijo al teléfono una de las chicas que veraneaba por allí, cuarenta años después y sin la reválida pendiente. Cuando acababan la jornada en la Cueva, las chicas les esperaban en la puerta o sentadas en el merendero. El furor del uniforme. El aburrimiento de las chicas. Las estalagmitas. Los pueblos leoneses. Una carta bucólica, sin duda. Una carta de presentación.

Es cosa de hombres, 1962-1975

Mi padre tiene 15 años, Mary 17 y Vicente 10 cuando la familia viaja a León en invierno de 1963. Mi padre dice que él llegó tres meses antes. Se instaló en un piso de patrona y después en un cuartel militar. Lo hicieron así para que el traslado no le partiera el curso. Estudia quinto de bachiller, baja a comer y cenar al comedor castrense y el resto del tiempo se aburre de frío. Sólo algún domingo acude a la doble sesión del cine Trianón. Confía en que mi abuelo rechace la plaza en la Diputación y tenga que volverse a Asturias donde le esperan sus amigotes. Su plan fracasa. Y la familia ocupa un segundo piso en el número 18 de la calle La Sierra (después Maestro Uriarte). Yo lo estuve contemplando una tarde desde la acera de enfrente por si asomaba por la ventana el esquizofrénico. Había llegado a través de las indicaciones que él mismo me había marcado en un mapa antes de partir. Crucé una galería que daba al patio interior y me encontré a un anciano regando las plantas. Una tarde en el campo con su mujer y mis abuelos, recordaba, una tormenta repentina les había obligado a recoger el picnic y meterse en el coche muy deprisa. Era el único que quedaba de aquella época, me dijo. Como cambiaran la numeración de los portales le pregunté y me señaló el piso que mi padre describe ahora como con forma de tenedor.

Él comparte habitación con su hermano, y la habitación de Mary está en la otra punta, junto a la de mis abuelos. Sus vidas siguen edificándose a partir de la sobriedad económica. Una de las chilabas marroquíes acaba convertida, tras pasar por la máquina de coser de mi abuela, en un abrigo kitsch. De cortarle el pelo a los chicos se ocupa mi abuelo, disimulando los trasquilones con betún y provocando que en los días de lluvia un reguero negro les recorra la mejilla. Mi padre y yo nos reímos al unísono mientras lo cuenta. Comen cocidos y zurcen calcetines. Y por navidad, él se acerca a La Robla para cortar un pino con Marcelino, el guarda forestal y marido de Remedios, que se trae de vuelta en el tren.

Mi abuelo también es el encargado de remendar los zapatos, siempre los domingos y siempre después de comer, en una mesa supletoria que arma en la cocina. Les cambia la suela y les arregla el tacón, añadiéndole al de Vicente unos centímetros de más. No debería ocuparme de supuestos complejos. Acabaré convertido en uno de esos que se sientan de perfil y concluyen que el suicidio es sólo furia volcada hacia dentro y que con palabras se libera.  Pero ¿qué significado tiene ese gesto? ¿Se lo pidió Vicente o fue iniciativa suya, una forma de protegerlo frente al mundo? Ya se ve que es un diálogo sordo. El reparto del amor familiar, sin embargo, había quedado así: Mary es el ojito derecho de su padre, mi padre el de su madre y Vicente el protegido de todos.

¿A qué se dedica exactamente mi abuelo? Mi padre habla de un trabajo gris y rutinario, pero solemne. Como auxiliar administrativo se encarga de traspasar manualmente los recibos de la contribución de los municipios a libros contables en unas mazmorras. Todos llevan chaleco, traje y sombrero. La ciudad, pétrea y exasperada, produce este tipo de hombres. Fecundamente. Aunque mi abuelo  vistiera así desde antes. Con el tiempo se exacerbará su carácter entusiasta y volcánico: suelta frases en supuesto árabe, hace imitaciones al compás del televisor y se inventa bailes. Esto no le impide sacarse el cinturón y zurrar a sus hijos adolescentes, salvo a Mary, para corregirles la conducta. O cerrarle la puerta a mi padre cuando llega con la madrugada liquidada para que duerma en las escaleras. Mi abuela también intentará corregirles, pero con la zapatilla y sin eficacia. Es, según mi padre, una mujer de su tiempo: a excepción de las compras en un par de comercios y visitas esporádicas para tomar café fuerte en casa de las vecinas, permanece confinada en casa. Ésa es la imagen que él tiene: ella, una lámpara, hilo y aguja.

Releo lo anterior y me divierto pensando en las veces que yo, ¡golfo!, he dormido también en esas escaleras adolescentes.

Nada más llegar a la ciudad, mi tía Mary empieza Magisterio, aunque salvo una sustitución nunca lo ejercerá después de casarse. Mi padre la define por entonces como una joven impetuosa, guapa y acaparadora. A diferencia de Vicente, al que define como abnegado y abierto. Y describe la relación entre los hermanos como excelente. Aunque reconoce que entre Mary y él, quizás fuera más estrecha, por edad. La imagen que guarda de su hermano pequeño es la de un virtuoso del balón, un estilo Fleitas, que nunca se revolvía cuando un contrario lo tiraba al suelo. Él ve en esa actitud una muestra de educación y buen comportamiento. Yo veo, sin embargo, a un joven susceptible de padecer esquizofrenia y por lo tanto, insensible al dolor y a las temperaturas bajas. Para sortear la sobriedad, insiste, él y su pandilla leonesa se aliaron con la audacia. Incluso con el delito. Vicente, no. “Vicente”, dice como protegiéndolo, “no era así”. “No era un bala”.

Zanjando, ¿de dónde surgía toda esa presión por los estudios? La respuesta de mi padre es rápida y seca: “De que no teníamos un duro”. Mary acaba Magisterio, mi padre se saca Minas. Los dos se van fuera. Cuando mueren mis abuelos, Vicente se queda solo en León y ya no los alcanzará.

Dice también que a mi abuelo se le daban muy bien las cartas. Sabía encabezarlas según quién fuera el destinatario. Casi siempre otro militar al que requería un favor. Ésas las escribía a máquina. Las que enviaba a la familia, más afectuosas, a mano. Un día, ya de los últimos, será él el que le pida a mi padre que le escriba a su hermano aconsejándole. El motivo pudo ser un suspenso o algún renuncio descubierto, según mi padre. La cuestión es que a mi abuelo le gustó tanto la carta que se la guardó para un caso de emergencia. Una carta sobre el esfuerzo y la recompensa, debió ser. Yo no la tengo. Pero tengo una postal. Salou, 1970. Mi padre está haciendo la mili en Lérida y pasa unos días en la playa:

“Recibí vuestra carta con las señas, aunque bastante tardía. Aquí el recibir cartas es una de las cosas que nos alegra. Vicente, no seas tonto y sal de la obra, todo eso de que “es cosa de hombres” está muy bien, pero aún está mejor la categoría y personalidad que uno tiene. Me estoy enterando si algún superior sirvió en Regulares y me parece que hay uno”.

Categoría y personalidad son dos palabras que no suele pronunciar mi padre. Me sorprende que se las esculpiera a su hermano. Aunque puede que también hayan sido engullidas. El joven Vicente había acabado quinto de bachiller y mientras llegaba el otoño le ponía remedio a la sobriedad. Cosa de hombres. ¿Sería una inercia como ésa la que le llevaría a fantasear con las oposiciones al finalizar el curso preuniversitario? ¿Por qué, en cambio, se matriculó finalmente en Filosofía y Letras? ¿Sentiría que se estaba traicionando así mismo?

Dos años antes, en 1968, mi abuela le había detectado un bulto en el cuello a su marido. “Si no me duele”, dijo él. Le extirparon el linfoma en un hospital militar de Valladolid, pero con el tiempo volvió a manifestarse. Empezaron periódicas sesiones de radioterapia en el Hospital Princesa Sofía. Perdió peso. En las últimas fotografías es una sombra del comercial subido a una Vespa y con traje que visitaba los pueblos de Asturias vendiendo zapatos. También una sombra del instructor regular. Murió el 19 de octubre de 1975 en una cama del hospital. Mi padre dice que le telefonearon y que condujo toda la noche desde Gandía y que cuando llegó se fue directamente allí. La habitación estaba vacía y les preguntó a dos enfermeras. “El hombre que estaba aquí ya falleció”, le dijeron. Él respondió: “Pero si era mi padre…”. Subió otra vez al ascensor y empezó a llorar.