Fósiles vivientes

A principios de los años noventa del siglo XX, el psicólogo evolutivo Denys DeCatanzaro se enfrentó a una aparente paradoja: ¿Tiene el suicidio un significado adaptativo? ¿cómo ha perseverado a través de la evolución un acto que atenta tan radicalmente contra la supervivencia y la trasmisión genética? La hipótesis que iba a poner a prueba era si éste tenía más probabilidades de darse en individuos que vieran su eficacia biológica gravemente mermada. Es decir, aquellos que se percibieran como una carga para sus parientes, con los que compartían genes.

A partir de un sencillo cuestionario y una  muestra que englobaba desde el común a pacientes de hospital psiquiátrico, convictos, ancianos y homosexuales, el psicólogo confirmó una estrecha relación entre la ideación suicida y los siguientes ítems: sentimiento de representar una carga, poco sexo en el último mes, poco éxito en el emparejamiento, ninguna relación sexual, escasa estabilidad emocional, poco sexo en el último año, escaso número de hijos, baja contribución familiar, mala salud, futuros problemas financieros, homosexualidad, escaso número de amigos y soledad. Para los suicidas, según DeCatanzaro, la muerte es mucho más valiosa en términos genéticos que la vida. Algo ligeramente distinto del suicidio altruista formalizado por Durkheim, defensor de la tabla rasa y autor de esta frase: “Cada vez que un fenómeno social se explica directamente gracias a un fenómeno psicológico, podemos estar seguros de que la explicación es falsa”. Donde el fundador de la sociología acentuaba el bien del grupo, el evolucionista subraya el propio éxito biológico. El problema del estudio de DeCatanzaro es que la ideación suicida es sólo una parte de la historia. Pero, ¿y si algún día se verificara en suicidios consumados?

Hay gran cantidad de ejemplos en el resto de animales que apoyan la hipótesis adaptativa. Las migraciones caóticas que emprenden los lemmings y que les hacen precipitarse desde los acantilados cuando su población supera sus fuentes alimenticias. O las llamadas hormigas de fuego, en las que el macho segrega todo el esperma que necesitará la hembra para el resto de su vida, antes de ser canibalizado por ella. Pero también, arañas australianas, leones, chimpancés, monos Rhesus. El suicidio y las autolesiones no son conductas exclusivamente humanas, como saben los empleados de los zoológicos. Como método para regular emociones están documentadas en primates y pacientes con trastorno borderline de personalidad. Alguien aducirá que el suicidio implica conciencia de la propia muerte, cierto sentido de la individualidad, pero me parece una descripción algo inflada. Lo fundamental es la autodestrucción.

Estoy leyendo un libro muy limpio y entretenido, Las mejores decisiones, editado por John Brockman, de Edge. En un artículo sobre narración psicológica, Timothy D. Wilson cita a Steve Pinker cuando señala que no todo es adaptación: “el color rojo de la sangre no tiene por qué deberse a la selección natural. Pero la verdad es que es muy fácil crear una narración que explique por qué es roja. Supongamos que en los primeros mamíferos la sangre era más oscura que ahora y que se produjo una mutación que la hizo más roja y que acabó favoreciendo la supervivencia: si un animal de sangre roja sangraba había más probabilidades de que los demás lo notaran y lamieran la herida. Puesto que lamer una herida contribuye a que se cure, la sangre roja era una ventaja para la supervivencia y la selección natural la conservó. ¿Estoy en lo cierto? ¿O tiene razón Steve cuando dice que el color rojo no es una adaptación? Quién sabe. La plausibilidad de una narración no permite resolver científicamente una cuestión”. Por supuesto, la verosimilitud no es la verdad. Pero tampoco, como dice el autor más abajo, la evolución es una teoría. Somos nosotros.

Da muchos problemas decir que el suicidio es una adaptación, si alguna vez lo fue. ¡Como si dijéramos que es un acto de supervivencia! Conozco a algunos familiares a los que esta posibilidad ofende. La posibilidad de que sus seres queridos se considerasen una carga y acabaran soltando lastre. Pero la psicología evolutiva ha abierto una línea de investigación muy interesante donde se instalan cómodamente la soledad, el desorden mental, incluso los sentimientos de culpa de los supervivientes. No parece descabellado que algunos mecanismos psicológicos dictados por la selección natural en el pasado les hagan sentirse una carga. Como tampoco, que por debajo del dolor y la tristeza, en los familiares de vez en cuando aparezca una huella de alivio.

Lo dice una madre al final de ese inmenso documental, The bridge: “Ahora estoy triste, pero cuando recibí la noticia sentí un desahogo, porque él nunca más estaría decepcionado o triste”.

 

FronteraD, 2015

10 de septiembre

Ha muerto Norman Farberow a los 97 años. La noticia me la trae Alfonso Armada, director de esta revista. Farberow fue un psicólogo muy importante. Junto al psicólogo Edwin Shneidman y el psiquiatra Robert Litman, fundó el primer centro de prevención del suicidio, en Estados Unidos. Aunque su fama le viene, mayormente, de su investigación en la muerte de Marilyn Monroe y la formalización de la autopsia psicólogica, una especial recolección de datos destinada a recomponer el perfil psicológico de alguien en el momento de su muerte. Ese método que sería el mejor plan de prevención en España, si a los periodistas y a los políticos (salvo excepciones) les importaran esos 3870 muertos anuales para algo más que para arrojárselos a la cabeza, ciertamente desahuciada.

Una de las aportaciones inestimables de Farberow fue la de la ambivalencia. El psicólogo, convertido en forense de Los Ángeles en 1950, tuvo acceso a una cantidad formidable de informes de autopsia, expedientes judiciales y notas de despedida. Se sentó enfrente y concluyó que una décima parte de los suicidas nunca quiso morir. Ignoro si existe un drama mayor. El invierno pasado le escribí al psicólogo Thomas Joiner, autor de Why people die by suicide. Sostenía que la mayoría de los que lo intentaban se arrepentían después y quise saber qué porcentaje y cómo encajaba todo con el hecho de que los intentos previos fueran el principal indicador de riesgo individual. Respondió escuetamente que dos tercios. Y que por el tercio restante eran importantes los intentos previos. Me quedé sorprendido, pero no puedo extenderme más allá de este párrafo suyo: “Incluso aquellos que han desarrollado hasta el extremo la capacidad para infligirse un daño letal, retienen cierto miedo al suicidio debido al extraordinario poder del instinto de supervivencia. Ese miedo produce el deseo de ser rescatado”. El instinto de supervivencia y el miedo a la muerte son universales y parece lógico pensar que persistan hasta en aquellos que los han suprimido hasta el punto de beber veneno o saltar desde un rascacielos. La ambivalencia contribuye, además, a desmantelar un poderoso mito: el de que los suicidas no hacen planes de futuro. Los hacen. Aunque no todos, desde luego. Pasado mañana tienen una entrevista de trabajo, incluso días antes anuncian su próximo viaje por Europa. La suicidología parece hasta el momento más una ciencia de excepciones que de reglas.

Aún Farberow. Fue un pionero en la lucha contra el estigma y antes del desarrollo del tratamiento farmacológico de los trastornos mentales, estableció un sencillo protocolo de escucha, que se extendió velozmente por el mundo y que empezaba de manera muy gentil: ¿En qué puedo ayudarle? Algunas de sus conclusiones adolecen de un cierto ambientalismo, pero es que el ambientalismo fue la ideología dominante en el S.XX.

Un azar amable quiso que muriera el día que se conmemora en el mundo la prevención del problema al que consagró su vida. Días antes se había caído por unas escaleras.

 

FronteraD, 2015

 

 

El duelo

Cecilia Borrás tenía 43 años cuando sonó el teléfono. Había nacido en Barcelona en 1966 y su infancia había tenido una luz discreta. Vivía en un piso del barrio de Poblenou, donde su padre regentaba un comercio de biclicetas y recambios de automoción. Se levantaba e iba al colegio. En cuanto a su madre, sentaba a los cinco hijos en la mesa del salón con los plumieres hasta que la letra no salía torcida. Salvo la perserverancia, nunca ocurría nada. Y Borrás recuerda pasar el trapo en la tienda los sábados y pedalear con el abuelo los domingos con un orgullo tonificante. El padre le había dicho que quería dejarla a las puertas de la universidad. Las cruzó. Estudió psicología clínica y se doctoró en psicología con una tesis sobre la demencia en pacientes con esclerosis múltiple. Aquella mañana, marzo de 2009, dirigía una empresa que ofrecía recursos de investigación a la industria farmacéutica. Al teléfono, su marido le estaba preguntando por Miquel. Ella se había despedido de su hijo al salir de casa y no sabía nada. Al colgar, recordó haber oído previamente el sonido de un mensaje en su móvil. T’estimo molt, a tu i al papa, ho sento pel que faré. Es sabido que los suicidas suelen emplear tiempos verbales futuros. Cogió el coche hasta la estación de Arco de Triunfo, llamó al móvil de su hijo sin obtener respuesta y empezó a rogar para sus adentros que no lo hiciera.

Ni Borrás ni su marido han visto las imágenes registradas por las cámaras de seguridad del metro. Pero hay una imagen donde todavía lleva anclada la angustia y la incredulidad de aquel día: los dos, custodiados por un policía de paisano en unos vestuarios de la estación, gritando. Así es muchas veces: se grita con todas las fuerzas tratando de espantar la realidad. Incluso puede que antes del grito le dijera al policía: “Vamos, usted está de broma, mi hijo estará pintando algún graffiti por ahí”. El psicólogo de urgencia fue el último en llegar. El matrimonio llevaba allí abajo una hora y media, en la que no había llamado a nadie. Como si coger el teléfono certificase la tragedia. Al final llamaron a un cuñado. Llegó el psicólogo y dio una serie de instrucciones que Borrás todavía considera valiosas para que el dolor no se encapsule: nada de hipnóticos ni de diazepam. Que lloren, que griten, que no coman si no quieren. Sólo oblíguenlos a beber.

Existe una diferencia notable entre el duelo de los padres y de las madres que han perdido a un hijo por suicidio, según los expertos: los padres lamentan la desaparición del futuro, incluso con rabia. La graduación que no fotografiaran, ufanos, y la boda en la que no figurarán como padrinos. Las madres, el presente desaparecido: ¿a quién cuido yo ahora?, se repetía Borrás. Dice que le costó algunas semanas aceptar que su hijo no estaba de colonias. Cualquier ligero movimiento representaba un esfuerzo descomunal. Ella, no obstante, se obligó a salir de casa y pasear un cuarto de hora con las gafas de sol. Un día se quedó dudando en la puerta del supermercado. Le molestaba la luz, el color, la música. Al final entró, compró una barra de pan y salió corriendo. Otro día, repasó de arriba abajo el Manual diagnóstico de las enfermedades mentales, DSM-IV, en busca de su hijo y empezó a leer sus notas y citarse con amigos y profesores como en una autopsia psicológica. Nada. Miquel tenía 19 años. Estudiaba diseño gráfico. No fumaba, no bebía, no se drogaba. Pintaba graffitis. Planeaba un interrail para el verano. Le había escrito a una amiga diciéndole que era feliz. Acababa de discutir con su novia, cierto. Pero la vida va llena. ¿Entonces? Borrás habla de un intervalo de una hora entre ideación y ejecución. Es su hipótesis y la de la psiquiatra Carmen Tejedor. Un trastorno mental transitorio. Un desequilibrio en la actividad de los neurotransmisores equivalente a una depresión muy profunda. Pero en el peor de los escenarios:”Si hubiese estado en otro sitio quizás la hubiese emprendido contra una papelera”.

El matrimonió dedicó el fin de semana a preparar la despedida del hijo. Escogieron canciones y elaboraron un powerpoint con fotografías. A Miquel le gustaban Bach, Dire Straits, el rap. Los amigos grafitteros pintarían el ataúd en el departamento de pompas fúnebres. Dos días después del entierro, entregaron tarjetas de agradecimiento a los profesores. Y una semana después, se incorporaron al trabajo. Dejarte ayudar, ser flexible, estar activo, declina Borrás. En 2012, fundaron la asociación de supervivientes, Después del suicidio, que ella preside. En sus conferencias, suele comenzar con una diapositiva de la zona cero de Nueva York. Buscaba una imagen que conjugase la sensación de irrealidad y la desolación más absoluta y le pareció exacta. Sobre el aparente desajuste entre el término supervivientes y la realidad, explica: “Evidentemente no se trata de un accidente de avión. Pero hay un momento del duelo en que sólo te dedicas a sobrevivir. Se trata de un proceso muy marcado. Estás enfadado y te sientes culpable. Incluso, aunque aprendas a convivir con ello, la tristeza sigue presente en momentos muy señalados. Tú, por ejemplo, no podrías dirigirme la palabra el día de la madre”.

Recordé una frase de Annie Ernaux en aquel libro inaudito, El acontecimiento (2001) y pensé que me gustaría recitársela la próxima vez (“El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, da el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe una verdad inferior”). Y  preguntarle si, respecto al suicidio, no se trataba también de una dolorosa obligación. Respondió que no. No se puede obligar a nadie. Ella vive, sin embargo, con la intimidad exhibida. Desde aquel día en que se sentó delante de las cámaras de Informe Semanal y despedazó el tabú diciendo: “Se muere de suicidio como de cualquier otra causa”. Yo estaba sentado en la butaca del salón y me pregunté cuándo se habría escuchado por televisión algo semejante.

(FronteraD, 2015)

Nueve mitos

Nunca en la historia el suicidio ha estado desligado de la censura. Esta circunstancia ha provocado que se cierna sobre él una excepcional cantidad de mitos. Algunos felizmente superados, como el que recomendaba atravesar el corazón de los suicidas con una estaca o sepultarlos extramuros del cementerio. Los siguientes nueve quizá se hayan instalado en la cabeza del lector. Trataré de deconstruirlos:

1. El suicidio es una venganza. Ciertos investigadores insisten en equiparar el suicidio al homicidio. ¡Al fin y al cabo sólo hay que girar la pistola! Craso error. La venganza es un elemento primordial cuando se trata de inflingir daño a terceros. Pero no cuando alguien se suicida. A pesar del sufrimiento, la culpa, la vergüenza, incluso el cabreo de los familiares, el suicidio no es una venganza. El caso del piloto Lubitz. ¿Suicida? ¿homicida? Se suicidó, de acuerdo. Pero sólo porque era la única forma de estrellar un avión con 149 pasajeros y tratar de hundir a la compañía.

2. El suicidio aumenta en invierno. Se trata de un mito con una larga tradición. Escribe el político Joseph Adisson en el S. XVIII: “En el plomizo mes de noviembre, cuando los ingleses se ahorcan y ahogan”. Desde que existen registros, sin embargo, los meses con mayor con mayor número de suicidios son abril, mayo y junio. Es decir, primavera. Lo que en el hemisferio sur corresponde a los meses, nada plomizos, de octubre, noviembre y diciembre.

3. El suicidio es impulsivo. Los suicidólogos no acaban de ponerse de acuerdo sobre si impulsividad o planificación, de ahí que algunos opten por un educado fifty/fifty. Yo apuesto por la planificación. Uno de mis mantras: suicidarse no es fácil. Lo indica el que los intentos previos sean el principal factor de riesgo o que 54.000 lo intenten diariamente en el mundo y 2.700 mueran.

4. Los periódicos contagian. Lamentablemente, hay que insistir. Arcadi Espada: “Si lo hicieran [si los periódicos informaran sobre el suicidio], es muy probable que no se dieran ni el supuesto efecto contagio ni tampoco la agrupación temporal de los casos. Porque esas dos hipótesis cuentan con la excepcionalidad de las noticias sobre suicidios, reservadas a unos casos, digamos, noticiosos: personas conocidas, circunstancias especialmente llamativas”.

5. El suicidio es un acto de extrema libertad. Hace medio año la justicia condenó a tres sanitarios madrileños por el suicidio de un paciente que acababa de intentarlo y que seguía proclamando sus intenciones. Dos años de prisión en un caso y 400 euros al resto, por negligencia y dejación. Más otras indemnizaciones. En el hospital, el paciente utilizó una cuerda con jirones de sábana y vaqueros, a pesar de que una psiquiatra había ordenado que se le vigilara permanentemente. Es obvio que entre la libertad y la vida, el juez escogió la vida.

6. El viento influye. En 1982, los sociólogos Estruch & Cardús publicaron un estudio pionero donde analizaban los 444 suicidios ocurridos en la isla de Menorca entre 1915 y 1979. El viento, desde el Ampurdán hasta Yecla, es un mito de amplio espectro. Este párrafo: “Después de haber repasado día a día, desde el año 1938 hasta el 1978, seis variables climáticas -temperatura, humedad, pluviosidad, presión atmosférica, dirección e intensidad del viento- con dos lecturas diarias, y tras confrontar la información así obtenida en forma de gráficos con nuestros casos de suicidios, el resultado fue absolutamente insignificante”.

7. El suicidio racional existe. El porcentaje de suicidas con un trastorno mental oscila entre un 90 y un 95 por cien, según las autopsias psicológicas. Es por el 5 y el 10 por ciento restantes que los suicidólogos no descartan el suicidio racional. Sin embargo, en la diferencia entre el 95 y el 100 por cien diría que hay algo más. El efecto de certeza, descrito por Kahneman: “A resultados casi ciertos se les da un valor menor del que su probabilidad justificaría”. Es decir, la posibilidad de que los síntomas del 5 por ciento restante sean insuficientes para elevar un diagnóstico.

8. El suicidio no tiene remedio. Hace poco hablé con José Juan Uriarte, psiquiatra en Vizcaya. Se juntaron diversos temas en la conversación. Nuestra incapacidad para prever cualquier conducta y la estabilidad de las estadísticas de suicidio. Eso no implica cruzarse de brazos, dijo. La analogía sigue siendo la de los accidentes de tráfico. Aunque seamos incapaces de salvar a cualquier conductor concreto, los accidentes se reducen. ¿Por dónde empezar? En 2008 y 2009, el gasto en el Reino Unido en campañas de seguridad vial, con anuncios en televisión, ascendió a 19 millones de libras. Durante ese tiempo, el gasto en investigación del suicidio fue de 1,5 millones. Empecemos por el dinero.

9. Los suicidas escriben antes. Sólo una cuarta parte de los suicidas deja cartas de despedida, dada su desconexión con el mundo. Que en Luxemburgo para catalogar una muerte como suicidio se exija tal documento confirma el éxito del mito y su pernicioso aliento sobre las estadísticas.

 

 

FronteraD, 2015

Una persona deprimida no se sube a ese avión

Los diccionarios presentan una definición muy similar de suicidio. El de María Moliner, por ejemplo, donde suicidarse es matarse voluntariamente a sí mismo. Y donde la voluntad pretende despejar cualquier accidente. En History of Suicide, George Minois explica que el término nació en Inglaterra, tras una racha de suicidios que llevó a considerarlo un asunto estrictamente inglés. El neologismo apareció escrito por primera vez en 1636 en La religión de un médico, de Thomas Browne y, a semejanza de homicidio, conjugaba el latín: sui (sí mismo) y cadere (matar). La voluntad, sin embargo, es en ocasiones difícil de dilucidar: ¿Se suicidó aquel delincuente acorralado que se acercó a la policía negándose a poner las manos en alto? ¿aquel conductor dispuesto a estrellarse con su automóvil y que pisó el freno en el último suspiro? ¿el enfermo que se negó a recibir tratamiento pese a su gravedad?

El 24 de marzo, un copiloto alemán de la aerolínea Germanwings, Andreas Lubitz, aprovechando que el comandante del avión había ido al lavabo, cerró la cabina, cogió los mandos y estrelló el avión en el que viajaban 149 personas en un macizo de los Alpes. Aunque en los primeros instantes se pensó en un accidente, de los periódicos gotearon paulatinamente algunos detalles: Lubitz, de 27 años, fascinado desde joven por los aviones, corredor de medio fondo y aficionado al parapente, había informado de un episodio de depresión grave en 2009 por el que había recibido tratamiento psicoterapeútico y medicación durante 10 meses. A una inconsistente salud mental se sumaba un problema de visión que previsiblemente le harían perder su licencia en junio. El 24 de marzo, el copiloto rompió el parte de baja que le incapacitaba para volar y se subió al avión lanzando un grave desafío definitorio: ¿puede haber suicidio dentro de un acto tan monstruoso?

Quise saber lo que opinaba el psiquiatra Enrique Baca García, pero la conversación se había cortado cuando el jefe de servicio de la Fundación Jiménez Díaz enfilaba las escaleras del metro de Madrid. Con tono serio había dicho que la asociación entre lo sucedido y la depresión suponía una carga terrible para los enfermos. Media hora después volví a llamarlo. Continuó:

-Es que lo del copiloto no es ni siquiera un suicidio ampliado. Es decir, ese porcentaje mínimo de personas muy deprimidas que antes de suicidarse matan a su familia porque creen que sin ellos van a sufrir. Esto es otra cosa, que tiene que ver más con características de personalidad previas que con un trastorno afectivo (depresiones). Las personas deprimidas no pueden hacer una planificación como ésa. No se suben a ese avión. Esto una cosa más compleja. Y de la que sabemos muy poco.

Desde el punto de vista de su aprehensión, el suicidio presenta notables inconvenientes en los periódicos. Como la enfermedad mental. 3870 suicidios anuales no hay dinero ni espacio que los incluya en un periódico. Con cierta regularidad, sin embargo, un periodista informa de que un hombre se suicida después de matar a su pareja. Un porcentaje de casos que según un estudio de 1990 no supera en Estados Unidos el 1,5 por ciento del total. 3870 suicidios anuales pasan prácticamente inadvertidos. El homicidio masivo de un Lubitz adosa el suicidio y la enfermedad mental a las portadas durante una semana.

-¿Qué porcentaje de violencia presentan los enfermos mentales frente a la población general?- le pregunté.

-Muy similar. Incluso, en estudios controlados, se ha demostrado que los enfermos mentales sufren más violencia de la que causan.

El psiquiatra Juanjo Martínez Jambrina es director del equipo de tratamiento asertivo comunitario de Avilés y jura por la exactitud de esa afirmación. Añade: “La violencia no es algo inherente a la enfermedad mental. No te digo ya si el enfermo tiene un mínimo de medicación. Entonces el porcentaje de violencia se reduce prácticamente a cero”. Cuando le llamé, un domingo a mediodía, Jambrina estaba, justamente, escribiendo un artículo sobre el caso centrado en el secreto médico y le pedí que habláramos. Según él, los pilotos, como los cirujanos, eran profesiones con un refuerzo muy positivo por sus intervenciones, y eso les dificultaba mucho asumir errores, gestionar conflictos. Luego siguió:

-Este hombre tenía claro que su fin profesional estaba cerca. Aquí la enfermedad mental juega un papel muy secundario. Y lo que empieza a despuntar es la venganza. Ten en cuenta que la compañía va a ser denunciada por imprudencia temeraria y si pierde el juicio las indemnizaciones serán millonarias. Hasta el punto de que no sólo tengan que dimitir directores generales, sino que la compañía se pueda ir al traste.

-¿Maldad?

-Sí, la maldad existe-respondió-. Alemania, por su historia, tiene un serio problema. Y es que les cuesta admitir que pueda haber malos entre ellos.

-Pero explicar su comportamiento a partir de la maldad, ¿no es hacer el mismo agujero por el otro lado del tabique?-inquirí.

-No, no lo creo- dijo tras una pausa-. Aquí hay venganza pura y dura. Un problema laboral. “Algún día haré algo que cambiará el sistema”. Con una base de enfermedad mental y un cuadro de ansiedad.

A nadie debería escapársele la desproporción entre los problemas de salud de Lubitz y la tragedia desatada. Uno de los rasgos del deprimido, según la psiquiatría, es que antes de actuar piensa constantemente en el porvenir de los suyos. Aunque entiendo los problemas de algunos periodistas. Yo también los tengo. Depresión, enfermedad mental y suicidio, encajan. Depresión, enfermedad mental y lo que hizo Lubitz, no. La fiscalía de Düsseldorf que investiga el caso, no obstante, sigue sin desvelar el trastorno por el que Lubitz estaba recibiendo tratamiento y que la policía encontró en el parte de baja roto en la papelera de su piso. ¿Una psicosis cicloide, es decir, una breve salida de la realidad de la que el paciente se recupera totalmente después, pero que le incapacitaría para volar? ¿Un trastorno de la personalidad de tipo narcicista?

-Podría ser- comenta Jambrina-. Lo que yo descarto es que Lubitz fuera un esquizofrénico.

Miro las fotos de Lubitz publicadas por la prensa. No parece que haya una relación de continuidad entre el episodio de depresión en 2009 y la tragedia de seis años después. Aquel mismo año, corriendo el medio maratón en Hamburgo. En 2013, corriendo el de Lufthansa. El copiloto haciéndose un selfie. Leo a salto de mata. Una barbacoa con su novia y amigos en el club de vuelo de su ciudad natal, Montabaur, el año pasado. Vuelos sin motor sobre los Alpes con un amigo durante las vacaciones. La novia confirma que habían roto. La compra de dos audis. Supuestos planes de boda para el 2016. Ensayos en el vuelo de ida. Una de las aerolíneas más seguras del mundo. Sin embargo, ¿por qué alguien que busca en internet formas de suicidarse el día anterior estrella un avión con 149 pasajeros? Olvidándonos de la filtración al New York Times: ¿pudo Lubitz fingir un accidente para evitar el dolor familiar o proteger su reputación? He estado mucho tiempo dándole vueltas a estas preguntas. De vez en cuando se las repetía a alguien y notaba un extraño silencio. Son cuestiones que requieren un inmenso borrado de la información disponible. Hasta concluir que para fingir un accidente se requiere de un mínimo de empatía, de la que no dio pruebas el copiloto.

Existe el mito, compartido por algunos psiquiatras, según el cual el suicidio es una venganza. Yo no lo creo. Al menos, no como un ingrediente fundamental. Hay muchas otras cosas dentro de un suicida: soledad, tristeza, sentimientos de inutilidad e incomprensión. Incluso la percepción equivocada de que quitándose del medio habrá más espacio para los demás. Nada de esto parece encontrarse en la biografía, aún escueta y por escribir, del copiloto. Y ésa es una de las diferencias más finas frente al homicidio. Entre suicidarse y estrellar un avión, Lubitz estrelló un avión. El suicidio es, dolorosamente, algo mucho más triste y discreto.

 

(Ctxt, mayo 2015)

 

 

 

 

 

 

 

 

Se oye un disparo

Vincent van Gogh: Trigal con cuervos

El 7 de agosto de 1890, un diario de la región de Isla de Francia, L´Écho Pontoisien, publica la siguiente noticia: “El domingo 27 de julio un sujeto holandés llamado Van Gogh, de 37 años, pintor, de paso por Auvers, se ha disparado un tiro con un revólver en los campos y herido ha vuelto a su habitación donde ha muerto al día siguiente”. 125 años despúes, los pulitzers Gregory White Smith y Steven Naifeh, autores de una biografía del pintor donde apostaban decididamente por el homicidio, vuelven sobre aquel disparo en Vanity Fair: “¿Qué clase de persona, por desequilibrada que esté, trata de quitarse la vida disparándose en el abdomen? ¿Y, en lugar de rematarse con una segunda bala, recorre a duras penas más de un kilómetro hasta su habitación agonizando de dolor?”. Son cuestiones fascinantes y terribles. Como siempre que se enredan suicidio y homicidio. Pero incluyen una falacia: la de que el suicida siempre querrá morir y no hay espacio ahí para el instinto de supervivencia. Sea miedo o arrepentimiento.

Leí el artículo un viernes y el sábado ya estaba comprando la correspondencia del pintor con su hermano Theo. ¡Qué documento más extraordinario y útil! Hasta el punto de preguntarme, muy seriamente, si los biógrafos leen. Escriben en su artículo: “Una carta, hallada supuestamente entre su ropa después de su muerte, resultó ser el borrador de la última misiva que dirigió a su hermano Theo el día del disparo fatal: el 27 de julio de 1890. En el escrito hablaba con ilusión, incluso con entusiasmo, del futuro”. Responde Van Gogh en la misma epístola: “Pues bien, en mi trabajo arriesgo mi vida y en él mi razón se ha hundido a medias”. Continúan los pulitzers: “Pocos meses antes de su deceso se publicó una desmedida y elogiosísima crítica de su obra en una destacada revista parisina. La historia de los últimos días de Van Gogh no encajaba con la de una persona que se suicidaba por desesperación, pero el relato era ya imparable”. Replica el pintor en una carta del 29 de abril de 1890: “Hazme el favor de rogar al señor Aurier que no escriba más artículos sobre mi pintura; dile con insistencia que, para empezar, sus chismes sobre mí se engañan, puesto que realmente me siento demasiado entristecido para poder enfrentarme a la publicidad. Hacer cuadros me distrae; pero si oigo hablar de ellos, me causa una pena que él no sabe”.

En el prólogo de la correspondencia, de 1968, habla el artista Fayad Jamís a partir de un estudio seminal de Karl Jaspers, de esquizofrenia. Un diagnóstico erróneo.  Como ha argumentado la psiquiatría posteriormente. Los síntomas, el curso y la historia psiquiátrica familiar de Van Gogh se corresponden, más bien, con una enfermedad maníaco depresiva, lo que hoy se denomina trastorno bipolar. Fases de enérgico engrandecimiento y de tristeza inabarcable. Esto que le escribía a Theo: “Yo siento en mí un fuego que no puedo dejar extinguir, que, al contrario, debo atizar, aunque no sepa hacia qué salida va a conducirme. No me asombraría que esta salida fuese sombría”. Más esto: “¿Qué decirte de estos dos meses pasados? Esto no va muy bien; estoy triste y embrutecido, más de lo que sabría expresar y no sé ya dónde estoy”. Actualmente, se estima que hasta un diez por ciento de las personas con trastorno bipolar se suicidan.

Me enteré de que el psiquiatra Francisco Toledo había dado una conferencia tituladaVan Gogh y el trastorno bipolar el mes pasado en Murcia y quise hablar con él de todo esto. Nacido en 1960, Toledo es titular de la Unidad de Agudos del Hospital Virgen de la Arrixaca y profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina. Sobre el holandés también versó su discurso de ingreso en la Real Academia de Medicina de Murcia, en 2012.

-Van Gogh vivió en cinco países, hablaba cuatro idiomas, se enamoró cinco veces y tuvo hasta cinco oficios: librero, predicador, marchante, profesor y pintor – dice al teléfono-. Esa es la psicobiografía típica del sujeto con trastorno bipolar. El episodio en que se va a predicar entre los mineros de Bélgica. O la idea de montar una cooperativa de pintores en Arles en 1888. Ese altruismo es muy frecuente. Yo lo veo habitualmente en mis pacientes.

-¿Sabemos si el trastorno bipolar era I o II?- le pregunto.

-Sí. El I. Claramente. La diferencia entre el I y el II es que el II puede pasar perfectamente desapercibido. Los pacientes no requieren ingreso. Y lo que predomina en ellos son las historias de depresiones. En el I los episodios maníacos deben durar más de una semana. Además: uno de cada cuatro pacientes con trastorno bipolar presentan síntomas psicóticos. Ese es el caso de Van Gogh. Se ha hablado alguna vez de esquizofrenia, pero si hubiera sido esquizofrénico no hubiera alcanzado el nivel de producción que tuvo, porque el deterioro esquizofrénico es mucho mayor. Antes no existía medicación. El litio se utilizó por primera vez en 1949. Y la cloropromazina en 1952.

El psiquiatra habla con el acento de la región y sus frases corren como la pólvora. Le pregunto qué piensa de la teoría del homicidio involuntario. Dice:

-Qué va, en absoluto. Ten en cuenta que su sobrino había nacido meses antes. Él dependía del dinero de su hermano. Se sentía una carga. Es evidente.

-Y la historia de la automutilación.

-Además, eso. Se la dió a una prostituta. Sobre el episodio de la oreja tengo otra conferencia. Te la enviaré.

La conversación, obviamente, no prueba nada sobre el autor del disparo. Uno puede estar pensando en suicidarse y de repente se acerca un joven aficionado a las historias del Oeste, uno de esos que te echan pimienta en los pinceles, sal en el té y hasta una serpiente en la caja de pinturas y dispararte con una pistola “que funcionaba cuando quería”. Así que releí el artículo de los pulitzers. “Versiones primigenias del chapucero intento de suicidio”, dicen, como si el pintor no hubiera muerto. En la última parte, se alza la voz de un reputado forense  analizando los colores de la herida y la supuesta ausencia de hollín, pólvora o quemaduras: “A tenor de los indicios médicos, Van Gogh no se infligió la herida”. No puedo pronunciarme sobre el particular. Pero debo preguntar por qué se extrañan de que el pintor pudiera dispararse con la mano derecha sobre la parte izquierda del abdomen mientras se subía la camisa y no de que el joven, ¡en un accidente!, hiciera diana directamente sobre la piel. Aún: aquella decisiva pregunta sobre las teorías conspirativas: ¿cómo pudo tanta gente guardar silencio durante tanto tiempo? Aunque para qué.

El 27 de julio de 1890, el autor de Trigal con Cuervos, aquejado de un trastorno bipolar se disparó en el abdomen muriendo 29 horas después. Hay algo peor que no enterrar a los suicidas como merecen. Y es desenterrarlos para pegarles otro tiro.

(FronteraD)

16 meses después

Los últimos 16 meses de María del Carmen Cordero Bulnes. Quizá algún día alguien escriba esa historia. Un periodista del Diario de Cádiz, por ejemplo. El único que acertó a conjugar la Avenida Portugal de Cádiz y la Giralda de Sevilla, cumpliendo esa regla formalizada por Furio Colombo según la cual la noticia rara vez se forma donde parece sino más río arriba.

Aprovechando que afuera llovía y no iba a salir a correr, había llamado al psicólogo clínico Javier Jiménez (Presidente de Aipis). La semana anterior había leído algunos estudios donde se cuestionaba el papel de la impulsividad en el suicidio y pensé que podríamos hablar de lo que quedaba de ella tras las autopsias psicológicas. No mucho, ciertamente. Pero quería discutirlo con él. Sobre todo, después de caer sobre la guía para la detección y prevención de la conducta suicida de la Comunidad de Madrid, ¡No estás sólo!, donde rezaba un educado término medio: “El suicidio puede ser resultado de un acto impulsivo repentino o de una planificación muy cuidadosa”.

-Ten en cuenta que la tipología suicida es muy amplia. Yo no te aseguro que si a mis hijas les pasara algo, yo no me suicidaría- dijo Jiménez al teléfono. Luego añadió: Mira, te voy a poner un ejemplo reciente: esa mujer que se suicidó desde la Giralda después de que su marido, que era psicólogo en la Armada, matara a su hija y se suicidara.

-Bueno, tendríamos que saber cuánto tiempo pasó. No parece que suicidarse sea como chascar los dedos.

Jiménez no lo recordaba. Estaba en los periódicos. La conversación siguió durante una hora hasta que lo dejamos y miré en el buscador. Allí estaba, el 16 de enero. Un cadáver anónimo. Mujer, 58 años, Giralda, 15.45 horas. Salvo para el Diario de Cádiz, que lo embalsamaba: “se trata de María del Carmen Cordero, esposa del psicólogo militar que en agosto de 2013 mató a su hija de un disparo en la sien y luego se suicidó”. Seguí en el periódico gaditano. El 26 de agosto del 2013, en el domicilio de la Avenida Portugal de Cádiz, Rafael Gil de Haza, psicólogo militar de 56 años y en tratamiento psiquiátrico por depresión, había matado a su hija de 12 años con una pistola no reglamentaria y después se había suicidado, en presencia de su mujer. Este párrafo sin orillas: “Mari Carmen Cordero Bulnes […] se encuentra en casa de unos familiares pasando estos momentos durísimos que todavía la mantienen en estado de shock. Los expertos consideran que conforme vayan pasando las horas llegará un duelo terrible, porque al principio el sujeto se encuentra en un estado de confusión tal que apenas si es capaz de distinguir la realidad. Puede que fuera por ello por lo que los investigadores se sorprendieran de la templanza de la mujer para afrontar una situación tan complicada”. También se informaba de que según los que lo conocían, en los últimos tiempos, el psicólogo militar, taciturno y solitario, se había refugiado en el alcohol.

Había pasado un mes desde la muerte de María del Carmen. Y fantaseé sobre sus últimos meses de vida, sobre cuántas veces habría subido a la Giralda. Así que busqué a algún familiar en Sevilla, de donde era natural, y encontré a una hermana. Cogí aire frente al teléfono. No estaba en casa. Empecé a apuntar mi conversación con Jiménez. Volví a llamar a Sevilla. Suavemente le expliqué quién era y a qué me dedicaba. Se mostró sorprendida.

-Es un tema triste del que como usted comprenderá no voy a decir nada.

-¿Puedo preguntarle por qué?

La hermana de María del Carmen no quería hablar y no insistí. Le dije que lo comprendía y nos despedimos. ¿Empezó a pensar en el suicidio aquel agosto? ¿Cuándo se le ocurrió lo de la Giralda? ¿Cómo se vive después de ver lo que vio María del Carmen? ¿Será capaz alguien algún día de escribir algo sólido sobre ella? En 1985, cuando los periodistas convocaban a los canónigos para hablar del suicidio, se produjo este titular ejemplar: “El Cabildo pone rejas en la Giralda para evitar que los suicidas maten a inocentes”. No creo que haya una descripción más exacta del lugar que ocupa el suicidio en el inconsciente colectivo. Algo que sólo preocupa si te cae encima. Pero me estoy yendo. Y estaba copiando mi conversación con Jiménez.

-Yo no creo que alguien que se suicida, improvise. Existe un plan en el cajón. Una preparación mental. Algo a lo que se le ha dado vueltas meses, incluso años. La cuestión es cuándo se pondrá en marcha –iba diciendo yo al teléfono.

-Hay gente que se tira por la ventana en medio de una reunión de trabajo –respondió el psicólogo.

-Sí. Y hay gente que antes ha ido a una entrevista. Son ambivalentes. Pero el hecho de que los intentos previos sean el principal factor de riesgo indica que suicidarse no es algo fácil. Creer en el suicidio impulsivo implica creer en el suicidio por desahucio.

-Sí -dice-. Yo no creo en eso.

-Bueno. Sólo quería que habláramos de esto –nos despedimos y separé el teléfono de la oreja.

(FronteraD)

Cae la noche

Kay Redfield Jamison, profesora de psiquiatría en la Universidad John Hopkins, es la autora de Night falls fast, publicado en 1999. Un considerable recuento sobre el escalofriante aumento del suicidio entre los adolescentes. El libro tiene un prólogo explosivo. Un verano en Beberly Hills, ella y su amigo Ryan, hablando del suicidio. Ambos, bipolares. Ella come cangrejo y bebe whisky. Su amigo le propone que se casen. Ella no se lo toma en serio. Hacen un pacto: si alguno de los dos vuelve a pensar en el suicidio, se alojaran en la casa de Ryan en Cape Cod. Y uno intentará convencer al otro de que abandone la idea y vuelva al litio. De la misma forma que habían acordado que ninguno de los dos comprara una pistola. Andarán por la orilla. Se darán una semana. Si no funciona, al menos lo habrán intentado. Gritan hurra y brindan. El escepticismo de la profesora es palpable. Nunca durante cualquier episodio de depresión –a los 28 años intentó suicidarse– ha llamado a ningún amigo pidiendo ayuda. El tiempo pasa. Ryan se casa y ella se muda a Washington. Un día, recibe una llamada desde California. Ryan se ha pegado un tiro en la cabeza.

Según el Manual diagnóstico de enfermedades mentales (DSM), la biblia de la psiquiatría, el paciente con trastorno bipolar, oscila vertiginosamente entre episodios maniacos (grandiosidad, delirios, ideas expansivas, ánimo gozoso y energía sin fin) y episodios de depresión severa. La alteración del sueño, la irritabilidad, la pérdida de concentración y la ideación suicida son algunos de sus síntomas. Y su diagnóstico dependería, grosso modo, de qué lado de la balanza se incline el paciente, si manía con depresión (tipo I) o depresión con hipomanía, una versión ligera de la manía (tipo II). Como los suicidios, leo en otro manual, los episodios maniacos o hipomaniacos tienden a concentrarse en la primavera. Y durante los maniacos, los pacientes están demasiado ocupados para dormir.

No sabemos qué ocurrió en la cabeza del amigo hasta su muerte. Una elipsis. A veces, un autor cubre varios años con una frase, dado su escaso interés. Dudo de que ese sea el caso de los suicidios. Si hay una tarea urgente frente a la muerte autoinfligida es la de remontar la corriente. Como ha demostrado, por cierto, la psiquiatra Rocío Herrera, de Avilés, tras examinar un año de prensa española: el 92 por ciento de las informaciones no refiere antecedentes de salud mental ni factores de riesgo. En los periódicos antiguos se podía leer, por ejemplo, que un tipo había subido a una cafetería de la última planta, había dejado su cartera sobre la barra y se había arrojado por la ventana, sin mayor rastro de enfermedad. Como máximo, en alguna esquina del texto se informaba que dejaba viuda e hijo y poseía una empresa. Ahora, las elipsis provocan otro tipo de malentendidos, como el de creer que el suicidio es un acto impulsivo frente al desahucio, las deudas o, mi favorita, una broma radiofónica. La noche cae rápido, sí. Pero sólo si aceptamos que hubo muchas otras noches.

Un ejemplo antitético es el capítulo sobre Drew Sopirak, un carismático cadete de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, diagnosticado de trastorno bipolar y cuyo descenso a la locura es uno de los más sobrecogedores que yo haya leído jamás. Escribe la profesora: “En medio de su insomnio, cada vez más maníaco, Drew se convenció de que poseía muchas o la mayoría de las respuestas a los problemas del mundo y de que era el mensajero de Dios. […]. A principios de julio, mientras estaba en las montañas, oía a Dios pidiéndole que se purificara. En respuesta, se quitó la ropa y corrió desnudo por los bosques. Más tarde, asustado, confuso, y lleno de cortes y moratones, aterrorizado de que el mundo se estuviera acabando, se dirigió a la casa del capellán”. El lector ve al antiguo cadete buscando alguna excusa cuando le preguntan por qué ha abandonado la academia, luchando denodadamente por hallarle un sentido a lo que le ocurre, escapando del hospital en medio de una inmensa tormenta de nieve, lee las respuestas que da en los tests psiquiátricos, convencido de que todo el mundo le etiquetará como un enfermo hasta el día en que se muera, y va preguntándose qué demonios haremos con la vergüenza: “En sólo un año y medio, un joven prometedor había pasado de un mundo de estudiantes, atletas, oficiales y caballeros, a ser un desempleado sin esperanza”. Drew se disparó a las afueras de Pensylvania a principios de 1996, después de abandonar su medicación y, como dijo su familia en el funeral, con la enfermedad moviéndose más rápido que su aceptación.

Dice la profesora que empezó a escribir ese capítulo un día de invierno en la biblioteca de la Universidad escocesa de Saint Andrews. Y que de vez en cuando se levantaba a mirar el mar del Norte por la ventana, tratando de aplacar el horror de aquellos informes psiquiátricos. Pero que tenía una foto de Drew al lado de un avión en el escritorio. Le consolaban. La foto y un verso de un poeta escocés.

Me he ido.

(FronteraD)

100 gramos

El periodista italiano Andrea Rossini ha escrito un libro sobre el ciclista Pantani desmontando la teoría del homicidio. Muy bien. Pero no parece el libro definitivo. Tengo subrayadas algunas frases de la crónica que Carlos Arribas publicó hace poco en El País:

1. El 9 de febrero de 2004, a las 13.25, Marco Pantani se bajó de un taxi […] y recorrió 1.000 metros de la calle […] con 10.000 euros en la mano. Unas horas después, encontrado al fin un camello que dudaba, los 10.000 euros se habían trasformado en 100 gramos de cocaína.

2. El 14 de febrero, San Valentín, a las nueve de la noche, el conserje de un hotel del mismo viale Regina Elena, logró desatrancar la puerta, bloqueada desde el interior por una pila de muebles y electrodomésticos.

3. Llevaba sin competir desde junio de 2003, desde que quedó 14º en su último Giro.

4. […] la conclusión de su investigación, la de que Marco Pantani había muerto solo y de sobredosis accidental.

5. […] emprendido solo el viaje a la destrucción.

6. No era la primera vez que Pantani se encerraba varios días para ahogarse en cocaína, una adicción que comenzó en verano de 1999, como búsqueda de una cura imposible para la depresión que le produjo la exclusión […] de un Giro que ya tenía ganado.

7. Los últimos días, cuenta Rossini, antes de encerrarse con 100 gramos de coca que esnifaría, fumaría y hasta intentaría comer envuelta en miga de pan, Pantani había emprendido un viaje hacia la soledad absoluta rompiendo con todas las personas que habían significado algo en su vida.

8. A Christina, la novia danesa que le abandonó cuando lo vio sumergirse, la llamó por teléfono. Con sus padres y con su agente, Manuela Rochi, había discutido violentamente el 31 de enero, cuando se negó a acudir a una clínica de rehabilitación.

9. Se fue sin mirar atrás, sin maleta, sin teléfono móvil. Se encerró en un hotel de Milán, donde soportó a palo seco varios días el mono. Después, el 9 de febrero, en un taxi, un Mercedes E270 negro, viajó a Rímini […].

Ni una sola vez aparece la palabra suicidio. El psicólogo clínico Javier Jiménez, una mañana: “Lo que más le interesa a la policía, lógicamente, es que no se trate de un homicidio, es decir, que no haya terceros implicados”. Tecleo Pantani y suicidio en google. En marzo de 2004, un mes después de la muerte, la autopsia del forense Giuseppe Fortuni revela “una intoxicación aguda de cocaína (sobredosis), con el consiguiente edema cerebral y congestión pulmonar” y que “no existen elementos concretos que puedan apoyar la hipótesis de una muerte causada por una voluntad suicida”. Se trata de un argumento de autoridad, pero no rige para los perros. Busco en la web de la Asociación Americana de Suicidología las señales de alerta que anuncian peligro: ideación, abuso de sustancias, apatía, sentirse atrapado, desesperanza, retiro, ira, temeridad, ansiedad y fluctuaciones en el estado anímico. E intento abrocharles una frase del texto a cada una. A bote pronto, me salen ocho de diez. Algunas surgen claramente vinculadas con la adicción. Otras, no tanto. Escribo apatía al lado de llevaba sin competir desde junio del 2003. Para ira sólo dispongo de la discusión violenta con sus padres y su agente 15 días antes. Y para desesperanza, su negativa a ingresar en la clínica de rehabilitación. Ignoro si existió ideación, pero ¿para qué colocó los muebles en la puerta si no para impedir el rescate? ¿Por qué no cogió ninguna maleta ni su teléfono móvil? Sobre variaciones en su estado anímico, ¿no se suben los cocainómanos a la montaña rusa?

Releo la crónica de Arribas. El último viaje de Pantani. 10.000 euros. 100 gramos. 14 de febrero. Depresión. Puerta atrancada. Sin maleta. Sin móvil. Sin novia. Un accidente. Entiendo, entiendo. Como aquel policía del que hablaba Joiner. El suicida se había tumbado sobre las vías en posición fetal y el tren lo había arrollado. Ingresó en el hospital con múltiples fracturas en las piernas y heridas en la cabeza. Fue entonces cuando el policía impagable, ante la frecuencia con la que el suceso se repetía, dijo:

-We need to get the word out to people. Don´t sleep on the train tracks.

 

(FronteraD)

 

Ratones y cerebros

Cojo el coche por la autopista hasta el Instituto de Neurociencias de Alicante. A toda mecha. El campus de la universidad Miguel Hernández presenta los ritmos zombies de primera hora: transeúntes esperando al autobús, barrenderos arrastrando cubos, estudiantes apresurados y una notable ausencia de aparcamientos libres. El Instituto es un edificio alargado de color beige, rodeado de un bonito jardín con setos. El recepcionista me da una identificación y le pregunto cómo llegar al laboratorio del profesor Jorge Manzanares, neuropsicofarmacólogo. Ya he escrito sobre él. Hace cuatro años. Le pregunté si algún día se podría actuar sobre el suicida con la misma concreción que sobre un diabético. Respondió: “Probablemente sí, pero eso ni usted ni yo lo veremos”. Un compañero de su laboratorio me abre la puerta y me dice que espere. Al rato, entro sin hacer ruido. Manzanares es un hombre corpulento, con barba, camisa a rayas azulonas y una pantalla de ordenador muy grande delante. Encima de la mesa hay un post-it con mi nombre y mi número de teléfono. Es evidente que la cita es hoy. Me siento y le pido que hagamos un poco de historia. Minutos después, trato de recordar dónde diablos leí que la ciencia necesitaba algo de poesía para compartir sus hallazgos.

De mi cuaderno de notas: Finales de los 70. La neuropsicofarmacología. ¿Cómo puede ser que algo extraído de una planta actúe sobre el cerebro de un mamífero? El descubrimiento del sistema canabinoide. Dos receptores que intervenían en la regulación de los procesos emocionales. CB1 y CB2. El laboratorio del profesor y los ratones modificados genéticamente. El ratón Knockout. Sin CB2. Mostraba un mayor refuerzo por cocaína que los ratones que tenían el receptor. Se enganchaba más, digamos. También al alcohol. Aunque menos a la nicotina. A los ratones le enseñaban a darle a una palanca para que se administrasen nicotina por vía intravenosa. El ratón KO iba menos que el ratón control. El ratón KO mostraba trastornos de memoria, déficit de atención y una anormal producción de neuronas, características psicóticas. Estaba menos protegido frente al estrés y la ansiedad que el ratón control.

-Bien- se detiene el profesor- ¿Qué dirías que descubrimos en el cerebro de los suicidas?

-Ni idea. ¿No tenían CB2?

-No. Los ratones no tenían CB2 porque los modificamos. Los suicidas tienen CB2. Pero la expresión del gen en ese receptor está disminuida entre un 40 y un 50 por cien. Y a menor expresión del gen, mayor vulnerabilidad a la depresión.

-Bueno. Pero a lo mejor los fármacos lo alteraron.

-No. Los cerebros que estudiamos estaban limpios. Los cerebros que estudiamos eran normales.

-¿Cómo que normales?

El profesor frunce ligeramente el ceño y se detiene un instante. ¿Habré levantado la voz? Luego dice:

-Yo opino como tú. Hoy en día hay que seguir explicando que dentro del suicida hay un enfermo. Pero para entendernos: los cerebros que estudiamos no tenían ningún trastorno diagnosticado.

-Hay síntomas que no son suficientes para elevar un diagnóstico y que luego salen en las autopsias psicológicas- insisto, arrepintiéndome en el acto.

-Ya. Pero bueno, no tenían diagnóstico. Ni fármacos sobre el sistema nervioso central, que es lo que nos interesa. El forense también entrevistó a los familiares.

Se trata de una de las razones por las que en siete años, el equipo de Manzanares sólo ha conseguido 30 cerebros suicidas para su examen (en el estudio del receptor se utilizaron 13,  junto con otros 13 cerebros control). Otra son los exigentes controles bioquímicos que deben pasar. El calor afecta mucho a los cerebros. Si el tiempo trascurrido entre la muerte y la introducción de la nuez en una nevera a 4 grados superaba las 8 horas, se descartaba. Se llama intervalo post-mortem hasta la refrigeración. El forense del Instituto de Medicina Legal de Alicante, dado el clima desértico, sólo toma muestras entre noviembre y mayo. Aún: los cerebros siempre son de varones. No recuerdo ahora por qué. Y tampoco hay rastro en el cuaderno. Aunque vistas las elevadas exigencias, parece lógico que escogieran los de quienes se suicidan más. El forense le entrega al profesor unas fichas con el nombre, la ocupación, la edad, el método empleado y algunos datos toxicológicos, como que están libres de heroína, alcohol, etc. Y éste las guarda en un armario al que sólo él tiene acceso. Pepe Pérez, pongamos, se convierte fuera de ahí en un número. Las muestras judiciales. La confidencialidad. Los comités de ética.

-Bueno, entonces: ¡sí que hay algo extraño en esos cerebros!- digo, descubriendo Cartago.

-Sí. El problema es que no sabemos por qué. Algunas de las cosas que hemos medido también están alteradas en pacientes depresivos. Puede deberse a factores epigenéticos: circunstancias, ambiente. Pero todavía habrá que averiguarlo. Lo único que podemos sugerir es que quizá si modificáramos ese receptor de alguna forma, podríamos influir en ese estado.

Manzanares me imprime los dos estudios publicados. El del receptor CB2 y otro, sobre las alteraciones descubiertas en la corteza prefrontal dorsolateral y la amígdala de los suicidas. Aparecieron en Psychoneuroendocrinology y Molecular Neurobiology en 2012 y 2013. Al levantarse de la silla, compruebo que Manzanares es un hombre muy alto que si estirara el brazo probablemente tocaría el techo. Me dice que las dudas que tenga a partir del día 15 se las envíe por e-mail, que estará de viaje. Pero yo ya voy excitado.

Es la hora de Donner y su panfleto inmortal: “Todo lo nunca dicho, lo oscuro, que fuera objeto de tanto secreto sufrimiento […] Cuando dentro del cerebro, entre las neuronas, descubrimos los fenómenos clínicos que desencadenan el miedo o el amor, si eso pone en peligro la espiritualidad del hombre, lo lamentamos por la espiritualidad”. Yo lo lamento por el suicidio libre, el filosófico y el racional. Se miró debajo de la tapa: not found. Ignoro si el laboratorio de Manzanares averiguará a qué se debe la expresión anormal de ese gen FKBP5. Si logrará separar claramente causa y efecto, nature y nurture. Ignoro, incluso, si el profesor es consciente de lo que tiene entre manos. Pero es evidente que los suicidas albergan una vulnerabilidad frente a la vida, que a veces va cargada.

Me subo al coche y contemplo mi cara en el retrovisor. Las cuevas de los ojos. La frente. Los pómulos. Las manchas. ¿Qué habrá debajo? ¿qué historia asomará ahí dentro? ¿qué tipo de historias nos contaremos después de haber escuchado esa?

Arranco. Enciendo la radio. Y los árboles empiezan a sonar.

 

 

(FronteraD)