Ratones y cerebros

Cojo el coche por la autopista hasta el Instituto de Neurociencias de Alicante. A toda mecha. El campus de la universidad Miguel Hernández presenta los ritmos zombies de primera hora: transeúntes esperando al autobús, barrenderos arrastrando cubos, estudiantes apresurados y una notable ausencia de aparcamientos libres. El Instituto es un edificio alargado de color beige, rodeado de un bonito jardín con setos. El recepcionista me da una identificación y le pregunto cómo llegar al laboratorio del profesor Jorge Manzanares, neuropsicofarmacólogo. Ya he escrito sobre él. Hace cuatro años. Le pregunté si algún día se podría actuar sobre el suicida con la misma concreción que sobre un diabético. Respondió: “Probablemente sí, pero eso ni usted ni yo lo veremos”. Un compañero de su laboratorio me abre la puerta y me dice que espere. Al rato, entro sin hacer ruido. Manzanares es un hombre corpulento, con barba, camisa a rayas azulonas y una pantalla de ordenador muy grande delante. Encima de la mesa hay un post-it con mi nombre y mi número de teléfono. Es evidente que la cita es hoy. Me siento y le pido que hagamos un poco de historia. Minutos después, trato de recordar dónde diablos leí que la ciencia necesitaba algo de poesía para compartir sus hallazgos.

De mi cuaderno de notas: Finales de los 70. La neuropsicofarmacología. ¿Cómo puede ser que algo extraído de una planta actúe sobre el cerebro de un mamífero? El descubrimiento del sistema canabinoide. Dos receptores que intervenían en la regulación de los procesos emocionales. CB1 y CB2. El laboratorio del profesor y los ratones modificados genéticamente. El ratón Knockout. Sin CB2. Mostraba un mayor refuerzo por cocaína que los ratones que tenían el receptor. Se enganchaba más, digamos. También al alcohol. Aunque menos a la nicotina. A los ratones le enseñaban a darle a una palanca para que se administrasen nicotina por vía intravenosa. El ratón KO iba menos que el ratón control. El ratón KO mostraba trastornos de memoria, déficit de atención y una anormal producción de neuronas, características psicóticas. Estaba menos protegido frente al estrés y la ansiedad que el ratón control.

-Bien- se detiene el profesor- ¿Qué dirías que descubrimos en el cerebro de los suicidas?

-Ni idea. ¿No tenían CB2?

-No. Los ratones no tenían CB2 porque los modificamos. Los suicidas tienen CB2. Pero la expresión del gen en ese receptor está disminuida entre un 40 y un 50 por cien. Y a menor expresión del gen, mayor vulnerabilidad a la depresión.

-Bueno. Pero a lo mejor los fármacos lo alteraron.

-No. Los cerebros que estudiamos estaban limpios. Los cerebros que estudiamos eran normales.

-¿Cómo que normales?

El profesor frunce ligeramente el ceño y se detiene un instante. ¿Habré levantado la voz? Luego dice:

-Yo opino como tú. Hoy en día hay que seguir explicando que dentro del suicida hay un enfermo. Pero para entendernos: los cerebros que estudiamos no tenían ningún trastorno diagnosticado.

-Hay síntomas que no son suficientes para elevar un diagnóstico y que luego salen en las autopsias psicológicas- insisto, arrepintiéndome en el acto.

-Ya. Pero bueno, no tenían diagnóstico. Ni fármacos sobre el sistema nervioso central, que es lo que nos interesa. El forense también entrevistó a los familiares.

Se trata de una de las razones por las que en siete años, el equipo de Manzanares sólo ha conseguido 30 cerebros suicidas para su examen (en el estudio del receptor se utilizaron 13,  junto con otros 13 cerebros control). Otra son los exigentes controles bioquímicos que deben pasar. El calor afecta mucho a los cerebros. Si el tiempo trascurrido entre la muerte y la introducción de la nuez en una nevera a 4 grados superaba las 8 horas, se descartaba. Se llama intervalo post-mortem hasta la refrigeración. El forense del Instituto de Medicina Legal de Alicante, dado el clima desértico, sólo toma muestras entre noviembre y mayo. Aún: los cerebros siempre son de varones. No recuerdo ahora por qué. Y tampoco hay rastro en el cuaderno. Aunque vistas las elevadas exigencias, parece lógico que escogieran los de quienes se suicidan más. El forense le entrega al profesor unas fichas con el nombre, la ocupación, la edad, el método empleado y algunos datos toxicológicos, como que están libres de heroína, alcohol, etc. Y éste las guarda en un armario al que sólo él tiene acceso. Pepe Pérez, pongamos, se convierte fuera de ahí en un número. Las muestras judiciales. La confidencialidad. Los comités de ética.

-Bueno, entonces: ¡sí que hay algo extraño en esos cerebros!- digo, descubriendo Cartago.

-Sí. El problema es que no sabemos por qué. Algunas de las cosas que hemos medido también están alteradas en pacientes depresivos. Puede deberse a factores epigenéticos: circunstancias, ambiente. Pero todavía habrá que averiguarlo. Lo único que podemos sugerir es que quizá si modificáramos ese receptor de alguna forma, podríamos influir en ese estado.

Manzanares me imprime los dos estudios publicados. El del receptor CB2 y otro, sobre las alteraciones descubiertas en la corteza prefrontal dorsolateral y la amígdala de los suicidas. Aparecieron en Psychoneuroendocrinology y Molecular Neurobiology en 2012 y 2013. Al levantarse de la silla, compruebo que Manzanares es un hombre muy alto que si estirara el brazo probablemente tocaría el techo. Me dice que las dudas que tenga a partir del día 15 se las envíe por e-mail, que estará de viaje. Pero yo ya voy excitado.

Es la hora de Donner y su panfleto inmortal: “Todo lo nunca dicho, lo oscuro, que fuera objeto de tanto secreto sufrimiento […] Cuando dentro del cerebro, entre las neuronas, descubrimos los fenómenos clínicos que desencadenan el miedo o el amor, si eso pone en peligro la espiritualidad del hombre, lo lamentamos por la espiritualidad”. Yo lo lamento por el suicidio libre, el filosófico y el racional. Se miró debajo de la tapa: not found. Ignoro si el laboratorio de Manzanares averiguará a qué se debe la expresión anormal de ese gen FKBP5. Si logrará separar claramente causa y efecto, nature y nurture. Ignoro, incluso, si el profesor es consciente de lo que tiene entre manos. Pero es evidente que los suicidas albergan una vulnerabilidad frente a la vida, que a veces va cargada.

Me subo al coche y contemplo mi cara en el retrovisor. Las cuevas de los ojos. La frente. Los pómulos. Las manchas. ¿Qué habrá debajo? ¿qué historia asomará ahí dentro? ¿qué tipo de historias nos contaremos después de haber escuchado esa?

Arranco. Enciendo la radio. Y los árboles empiezan a sonar.

 

 

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Descifrar un cluster

¿Quién duda de que la imitación es una herramienta fundamental del aprendizaje? ¿Quiere decir eso que se aplica en cualquier contexto? Después de un día en el puerto observando a mi hijo coger cangrejos, busco en el garaje el libro de Durkheim, dentro de una caja desde la última criba. Leo el capítulo dedicado al asunto: “Pero hay una razón más general que explica por qué los efectos de la imitación no son apreciables a través de la estadística; y es que, reducida a sus propias fuerzas, la imitación no influye nada sobre el suicidio”. Es decir, y como explica en otro sitio, que la supuesta emulación sólo se apreciaría en sujetos altamente vulnerables, agrupando suicidios que acabarían produciéndose, aunque más dispersos en el tiempo. Podría pensarse que con estos párrafos, y otros no siempre tan expeditivos, Durkheim clavó una estaca en el corazón del supuesto contagio. Nada más lejos.

Ha pasado más de un siglo y algunos investigadores, ¡y muchos periodistas!, siguen diciendo que el suicidio se contagia, sin mayor explicación mecánica. Yo no estoy dispuesto a aceptarlo. Me pregunto cómo piensan proteger a los enfermos si no se puede hablar con ellos del particular. Otros, suavemente, empiezan a sustituirlo por el término cluster, mucho más aséptico. Pero ¿qué es un cluster? La suicidología ha observado que, esporádicamente, algunos suicidios aparecen apiñados en espacio y tiempo. Como un racimo. Sin salirme del libro de Durkheim: “Ya hemos hablado de aquel corredor en que quince inválidos vinieron sucesivamente a ahorcarse, y de aquella famosa garita del campo de Polonia, que fue en poco tiempo teatro de muchos suicidios […] En 1813, en la pequeña población de Saint-Pierre-Monjan, una mujer se ahorcó de un árbol; otros muchos vinieron después a ahorcarse a corta distancia”.

Después de varios años carteándonos, llamo a Juanjo Martínez Jambrina, psiquiatra y director de Salud Mental en Avilés. Antes he vuelto a leer uno de sus artículos en El Comercio. Se titula Mezquina muerte. Es de septiembre y asoma Pavlov: somos donde estamos.

-¿Sabemos qué perfil tienen los que se suicidan en racimo?

-La intuición nos dice que se trata mayormente de personas con trastornos de personalidad, y menos de enfermos mentales graves, como los esquizofrénicos. Y principalmente, que se trata de gestos e intentos suicidas más que de suicidios consumados, pero todo esto habrá que verlo – responde al teléfono.

-¿Qué tipo de relación mantienen entre ellos? No parece que no se conozcan.

-Yo diría que son relaciones basadas en cuestiones superficiales. Es decir, personas que comparten determinados factores de riesgo como intentos previos, temeridad, abuso de sustancias. No tanto de amigos de toda la vida. Y con una estructura de personalidad o trastorno mental común.

Asturias es una de las comunidades autónomas con mayor tasa de suicidio: 12,2 por cien mil habitantes en 2012, según el Instituto Nacional de Estadística. La media española es de 7,5. El psiquiatra tiene observado, por ejemplo, lo que ocurre en la comarca de Pravia, al norte, donde los matrimonios de consanguinidad han sido frecuentes y donde a un suicidio le siguen otros dos o tres durante los dos meses siguientes y con un intervalo de 15 días. O la rareza que entrañan los vaqueiros de alzada: pastores de los pastizales cantábricos, que al alcanzar la edad de la prórroga, comprueban que sus hijos no les necesiten y se ahorcan sin una psicopatología aparente. Y que según un estudio del siglo pasado, muestran un índice de suicidios superior a la media asturiana. Mientras habla imagino un mapa con puntitos rojos y azules, como en los thrillers. La exculpación del suicida en el agro. El psiquiatra la incluye, junto a los genes y el aislamiento, como uno de los factores que explicarían los niveles asturianos. Algo que no se vislumbra en las ciudades. Hace poco lanzó una pregunta en las redes sociales: ¿Importa más el código postal que el genético en un suicidio? Él va pensando que sí: que los que nacemos en Alicante tenemos menos probabilidades de matarnos.

Tras colgar, y como hemos acordado, me envía por correo un póster de un equipo de Málaga sobre clusters en la comarca de Antequera, lleno de mapas, escalas, distribución de errores, simulaciones de Monte Carlo, K-funciones de Ripley, signos P = < y dos cifras en verde. Lo descarto todo dados mis límites y leo las conclusiones: “la propagación de suicidios en comarcas con núcleos de población pequeños y aislados se produce dentro de la población y con una distancia de no más de 2,5 km entre ellos, sin expandirse a zonas colindantes y en períodos de a lo sumo dos semanas a partir del evento disparador”. Por lo que fuera, el equipo de Málaga se detuvo ahí. Una semana después, vuelvo a llamarle.

-¿Cuál sería el siguiente paso?

Según el psiquiatra, después de establecer el cluster, los investigadores recogerían los datos sociodemográficos de los suicidas a través de la historia clínica; harían autopsias psicológicas a través de notas personales, avisos previos y entrevistas con familiares; y por último, comprobarían si los factores de riesgo que se han aislado sirven para prevenir futuros suicidios: comparando con otra red sanitaria o utilizando grupos de control. Me pregunto, sin embargo, qué pruebas hacen falta para calificar un suicidio como imitativo. ¿Un recorte de periódico? ¿La noticia llevada en volandas por los vecinos? ¿que el método empleado coincida con el método exhibido? Jambrina se muestra cauto. La conceptualización. Habría que concretarla. Habría que traducir el libro de Ferran Toutain, Imitació de l´home. Es una cuestión importante. Pero sólo hasta que nos preguntamos si habrá algo en el mundo libre de ser imitado.

-¿Qué es lo que se imita?

-Yo más bien diría qué es lo que se pierde: el miedo a morir.

-¿Se cargan de valor al ver que alguien del grupo lo ha conseguido?

-Eso es.

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Llegan a un hotel

Mi amiga Silvia Cruz subió hace poco a su cuenta de Facebook una noticia francesa sobre el suicidio de dos españoles preguntándose por qué aquí el impacto había sido nulo. Vaya novedad, pensé. Hasta que leí más detenidamente el 20 minutes: “Un hombre de 44 años y su mujer de 35, que sufría una enfermedad incurable, se suicidaron en una habitación de hotel de París el miércoles. Los empleados del establecimiento, ubicado en el distrito nueve, descubrieron los dos cuerpos, colgados, junto con una carta explicando sus acciones. […] La pareja llegó el lunes a la capital”. Le Parisien informaba, por su parte, de que los empleados del hotel no se habían vuelto a cruzar con la pareja desde su llegada y que él la ayudó a ella, según la carta. Una pareja llega el lunes a un hotel en el extranjero y el miércoles aparece ahorcada. ¿Llegarían a salir de la habitación? A pesar de que los detalles eran muy vagos, dos aspectos me llamaron la atención. Cogí la agenda y llamé a Javier Jiménez, presidente de la Asociación para la Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio. Era jueves a mediodía y estaba preparando la comida a sus hijas.

-¿Por qué alguien busca compañía para suicidarse? ¿dónde queda la soledad y el aislamiento?

-Bueno, si quieres hablamos hipotéticamente…

Le expliqué el caso y Jiménez empezó por Japón, donde la policía navegaba por internet atenta a los suicidas desesperados que no se atrevían a dar el paso solos. Suicidarse da miedo y es importante que siga dándolo. Y donde los gendarmes podían actuar sin necesidad de denuncia previa, al contrario que en España. ¿Y lo de matarse lejos de casa? Dice Jiménez: “Bueno, en algunos casos se trata de eliminar la posibilidad de rescate. Llegan a un hotel y dicen que no les limpien la habitación”. La conversación siguió, pero sin tocar el principio.

Llamé al psiquiatra Enrique Baca, de la Fundación Jiménez Díaz. Estaba ocupado y quedamos para más tarde. Para entretener la espera, ojeé los libros de Joiner, psicólogo de Atlanta. Esta frase: “Aunque la analogía puede parecer chirriante, algunas personas eligen el lugar de su muerte de una forma que recuerda la elección de su luna de miel”. Chirriante, desde luego. Busqué en google los lugares más frecuentados por los suicidas: acantilados robustos, profundas cataratas, puentes art déco y bosques medievales. Todos idóneos para enviar desde ellos una postal. Y volví a llamar a Baca. Según él, en los suicidios en pareja había sobre todo razones económicas y culturales: la muerte del marido y la economía que estrangula, y el pensamiento de acabar juntos lo que juntos se empieza. Luego sintetizó:

-En el suicidio hay sobre todo dos intenciones: huir y dejar marca en los que quedan.

-¿Venganza?

-Hay un componente agresivo, sí.

París parece un lugar demasiado alejado para una venganza, pero quién sabe. El suicidio es una muerte violenta y quizás venganza sea un término demasiado ceñido. Puede ser también que algunos suicidas tengan la deferencia de evitar a sus allegados la visión fatal. Y es probable que, a otros, la búsqueda de soledad les empuje tan lejos que el suicidio les alcance a muchos kilómetros de casa. E incluso, como sostiene Joiner, que la belleza sea un factor importante para algunos a la hora de escoger un lugar donde morir. Como quien, en vida, decide alquilar una cabaña frente al lago. Desentrañar las intenciones suicidas es una tarea difícil e inacabada. Así que lo dejé y me puse a cumplir el recado de Baca:

-Mírate el artículo de Nature del mayo pasado. Número 509, 421-423. Sacarás ideas.

 

 

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La noticia suicida

Este verano me sumergí en algunas hemerotecas digitales (El País, La Vanguardia, El Mundo) en busca del suicidio. Los libros de estilo de los diarios españoles no han incorporado las recomendaciones de la suicidología a la hora de informar sobre el particular. Aunque parece que esta última tampoco ha tenido en cuenta a los periodistas a la hora de elaborar sus prontuarios. Porque, observados en su conjunto, la pregunta no es si los medios pueden contribuir a la extensión de casos, sino si dado un caso cualquiera el periodista puede informar sin miedo al diablo. Urgía una síntesis. Y me puse a escribir un decálogo.

1. Olvídate del porqué. En un suicidio intervienen multitud de factores, así que nadie se suicida por haber sacado malas notas.

2. Recuerda que el 95% de los suicidas sufre un trastorno mental en el momento de su muerte y que es cuestión de tiempo que la suicidología desentrañe modalidades subclínicas en el 5% restante.

3. Remonta la vida del difunto en busca de factores de riesgo (intentos previos, ansiedad, aislamiento, etc.) teniendo en cuenta que aunque el suicidio se pueda prevenir, éste en concreto no se pudo evitar.

4. No describas el suicidio como un acto heroico, ni romántico, ni mucho menos libre, tipo “esa forma trágica y extrema de libertad que es el suicidio”.

5. Combate el kilómetro sentimental. Es decir, si titulas Hunter S. Thompson se suicidó, no escribas después que Andrés Montes fue hallado muerto.

6. Piensa, con Matt Ridley, que naturaleza y entorno son inextricables, se influyen. En consecuencia: describe el aluminio y la ceniza, pero añade los álbumes de fotos y los partes médicos.

7. No transformes un suicidio en un homicidio, tipo “Amaya Egaña, una exconcejal socialista de 53 años, se lanzó al vacío desde su casa en Barakaldo (Bizkaia) mientras la comitiva judicial subía la escalera para echarla de allí”.

8. Recuerda que el efecto contagio no está demostrado científicamente y que el hecho de que muchos suicidas puedan ser admiradores de Robin Williams, no demuestra nada, salvo que Robin Williams es famoso.

9. No conviertas los detalles en un manual de instrucciones. Pero recuerda que la información salva vidas.

10. Si publicas una carta de suicidio, ten en cuenta que también sirven para mentir.

 

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Escribir, y suicidándose

Tengo dos cartas sobre la mesa, escritas por suicidas. Un hombre muerto y una mujer viva. Del primer caso dispongo sólo de detalles periféricos. Hace tres años el hombre entró en la sala de reuniones de su empresa, colgó un folio en la puerta diciendo no abrir sin llamar antes al 112 y se pegó un tiro en la cabeza. En el segundo cajón de su despacho, dejó un sobre. Alguna vez había informado a sus allegados de que si algún día ocurría algo, miraran allí: “Ante la autoridad que pueda corresponder […], en pleno uso de mis facultades mentales, declaro que soy el único y total responsable de mi muerte [y] de cualquier irregularidad que pueda existir en las empresas […], quedando por tanto exoneradas las demás personas. Firmo el presente libre y espontáneamente”. A pesar de que no dispongo de ningún dato de tipo médico, estoy en condiciones de afirmar que el hombre miente. Sé, con el doctor Jonathan Cavanagh, que los suicidas están muy lejos de poseer plenas facultades en el momento de su muerte. Alguien podrá objetar, ciertamente, que el trastorno mental sólo se observa en el 95 por ciento de los casos. Pero estoy convencido de que es cuestión de tiempo que la suicidología desentrañe modalidades subclínicas, léase depresiones, con las que el cinco por ciento restante doblegue el instinto de supervivencia. De ahí que no crea en la libertad de los suicidas. Ni en su libertad, ni en su espontaneidad.

La segunda me afecta más personalmente. Conozco a la mujer y su historial médico. Hace un año, desde su habitación, llamó por teléfono a un familiar para despedirse e ingirió una indeterminada cantidad de pastillas. En algún momento dejó escrita esta carta en la cubierta de una libreta con recetas de cocina: “Para […], mi hija. Te quiero. Cuida mucho a mi nietecito. Un beso para los dos. Y un fuerte abrazo de tu madre. Siempre he querido lo mejor para ti y tus hermanitos. Pero no escucharon”. El lavado de estómago que le practicaron en la ambulancia de camino a un hospital le salvó la vida. Lo último que recuerda haberles dicho a los camilleros es que la dejaran morir, y a su pareja, que por favor la incinerara. Estuve en su habitación vacía horas después del suceso. Y al día siguiente acudí al departamento psiquiátrico donde la habían derivado y donde esperé en el pasillo mirando mucho los azulejos. Estos son los antecedentes que rezan en su informe clínico: amigdalectomía, apendicectomía, colecistectomía, ooforectoctomía, diagnosticada de colon irritable, hipotiroidismo, síndrome depresivo, poliartrosis con lumbalgias frecuentes, pendiente operación de rodilla. La mujer llevaba dos años con muletas, pasaba gran parte del día tumbada en la cama y no se hablaba con ninguno de sus tres hijos. Es decir, aislamiento, dolor físico, dependencia, depresión, todos ellos factores de riesgo, warnings. Pero no quería ir por ahí ahora.

Sobre las notas de suicidio se ha desplegado una notable cantidad de mitos. ¡Cómo sobre el suicidio! El primero afecta a su frecuencia: sólo una cuarta parte de los suicidas escribe antes. Es un dato importante, dado que se sabe de algún investigador enredado con la lista de la compra del difunto y dilucidando entre suicidio/homicidio. Pero sobre todo, para suavizar la angustia e incertidumbre en los familiares. Un segundo alude al contenido. El porqué de un suicidio no se halla ni en las cartas, centradas en gran medida en asuntos cotidianos tipo las llaves del coche están sobre la mesa y acuérdate de pagar la factura de la luz. Y otro mito, derivado, se cierne sobre la sintaxis. El lector se habrá percatado de que existe una clara diferencia entre las dos notas: en la de la mujer hay despedida, cierto vuelo emocional. Es extraño, porque los suicidas no suelen decir adiós, tal es su desconexión con el mundo. Su discurso suele ser desafinado pero impasible. De ahí que sólo cuando se despiden, podamos devolverlos a la vida.

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Postdata

postdata

Estamos en una tarde calurosa de 1997, no demasiado lejos de la Facultad de Periodismo de la Autónoma de Barcelona. Dieciséis años después resulta improbable que algún día me diagnostiquen de esquizofrenia y sé que nunca he considerado el suicidio como una salida. A pesar de ello, esa tarde le digo a una amiga, estudiante de psicología, que voy a pegarme un tiro. Entiéndase la frivolidad. ¿Cómo pude olvidarme de esta escena? No recuerdo por qué lo dije exactamente, aunque recuerdo que durante el primer año acudí a clase con repulsión y pasaba mucho tiempo solo.

A los 19 años, juego en el equipo de fútbol de la universidad, poseo un regate endiablado y como el esquizofrénico, soy delantero. Probablemente llevo el número 11. No meto goles desde el córner, pero puede decirse que poseo una buena rosca. Salgo por las noches, fumo como un loco, ambos somos enamoradizos. Tampoco soy violento, pero recuerdo una pelea a puñetazos. Incluso en las horas más negras de la carrera fantaseo con matricularme en Filosofía, donde curso algunos créditos de libre elección. Mi fuerte es Historia de la comunicación social. ¡Saco matrícula de honor! No me cuesta estudiar. En el internado católico de Lérida, donde he pasado los cuatro años del instituto, existía un régimen estricto de reflexión, desayuno, instituto, comida, estudio, deporte, cena y estudio, que se sustituía los sábados por cánticos y los domingos por ir a misa. Estaban prohibidos, sin embargo, los libros que no formaran parte de las lecturas obligatorias del instituto y los curas te interrogaban cuando recibías cartas de chicas. Me la machacaba y pedía clemencia a Dios. Es un lugar común. De las bildungsroman. ¡Pero yo soy un personaje literario! No había periódicos, no había radios, no había televisión. Subía a la terraza, con el anorak y leía lo que me caía en las manos. Años después separaré a las personas en dos grupos: las que han leído Moby Dick y las que no. Fui feliz los tres primeros años. El último año no lo soportaba más, deseaba salir. Me matriculé en periodismo: quería escribir libros, artículos, ser alguien.

Sigo. Me gusta pensar que ambos somos educados y políticamente neutros, independientes, al margen. Fue justamente la frase del profesor B.B en aquella aula verde: “Yo no recuerdo a Vicente como alguien politizado, el más bien se mantenía al margen”. Me aburren esos columnistas que a las dos líneas ya sabes si son de derechas o de izquierdas. Y me enorgullezco de la confesión del profesor. Me he perdido…

Cuando vuelvo a mi pueblo por vacaciones (navidad, semana santa o verano) llamo por teléfono a mi padre, que trabaja como jefe de seguridad en la autopista, para acordar el lugar de encuentro y volver a casa juntos en el coche. Suelo viajar hasta Valencia en tren y si no, en el cercanías hasta Gandía. Nos saludamos torpemente y apenas hablamos en los trayectos. Sólo los cinco o diez primeros minutos y las preguntas de rigor. Él: ¿Cuándo tienes exámenes? ¿Viste el partido del otro día? ¿Qué día tienes la vuelta? Yo: ¿Cómo está la mamá? ¿Y Angela y Ana? ¿Viste el partido del otro día? Las respuestas son tenísticas: “A finales de enero”, “Disfruté, disfruté” o “El día 7″. Es ahora mismo  la imagen que me viene a la cabeza y la que seguramente conserve siempre. Los dos en silencio, sólo quizás la radio, por la autopista, es de noche y huele a tabaco negro.

Digo todo esto porque al ver una fotografía del esquizofrénico leyendo pensé que nuestras juventudes respectivas se asemejarían. No conozco a nadie de mi familia con esa afición, así que pensé que la fotografía debía decir algo sobre mí. Ni siquiera sé todavía qué tipo de libros leía. Mi padre dice que era un gran lector, pero ya dije que a mi padre no lo he visto nunca con un libro y  puede que exagere. Volvamos. No es el caso. Yo no recuerdo una presión asfixiante por los estudios, ni a mi padre desenfundando el cinturón para corregirme, nunca he probado las centraminas. Supongo que él las necesitó más. Yo me invento que tengo epilepsia para resultar más interesante ante las chicas. Él causaba envidia en el resto de alumnos. Él escuchaba voces. Yo, a los 35, sólo he visto morir a mi abuelo materno.

Una tarde le hice a mi padre una de las preguntas de esta historia: por qué nunca nos había hablado a mis hermanas o a mí de su hermano. “No me pareció que se debieran desenterrar esas cosas, revivirlas”, respondió. Es una frase errónea. Nunca han estado enterradas y aquí hay ya algunas pruebas. Hace poco también vi a un psicólogo por televisión: “Para pasar página, primero hay que leerla”. Me pareció más acertado, aunque el consejo pecara también de un excesivo optimismo. Hay que leerla, ¡para eso se escribe! pero es imposible pasar página. No hay más libros que leer. Como mucho, algún día mi padre no se lo reprochará tanto, yo me sentiré menos culpable, no convertiremos el suicidio en un accidente, no nos consideraremos bichos raros. Estaría bien. Pero ¿cuántas veces ha leído secretamente esa página? Desde el principio empecé a preguntarme que sentía en esos viajes nocturnos que emprendió en el Renault 5  para enterrarlos mientras cruzaba el país. Siempre ha acudido a préstamos. Como si no se hallara en el diccionario la palabra para describirlo: “Pues, imagínate” o “Un compañero de la autopista que vivió las tres muertes me dijo que nunca había visto nada igual, que se trataba como de una maldición”. Es una explicación absurda, pero adivino que para él la palabra maldición empezó a explicar esas cosas mejor que cualquier otra. Y que fue en ese momento, al borde del volante, cuando se instauró el silencio y la vergüenza. Ni una palabra más, ningún riesgo. Escribo esto y no puedo dejar de relacionar ese silencio con la derrota y la debilidad. A los fuertes se les debe poder atravesar.

Sin embargo, hay una página que mi padre no ha leído. No todavía. Y es preciso, me digo cogiendo fuerzas, que yo la ponga en limpio. Encontré a la embarazada. Vicente tuvo una hija. Sólo un inconveniente: la embarazada me pidió que le ayudase a buscarla. Estoy hecho de una pasta que me lleva a avergonzarme ahora de la euforia que sentí tras nuestra primera conversación telefónica. También es una historia dolorosa, pero la palabra maldición puede servirme. ¡Cuánto más azotado sería sucumbir a ella y seguir creyendo en demonios al acecho!

Coda: Hasta el momento, las investigaciones más cuidadas no han permitido responsabilizar de la esquizofrenia a ningún factor ambiental. Sí se ha verificado, sin embargo, una sobrecarga de acontecimientos vitales “estelares” (cambios de trabajo, de residencia, divorcios, partos, muertes de allegados, etc.) En cualquier caso, no es tarea sencilla interpretar esos hallazgos. (Antonio Colodrón. Las esquizofrenias)

Nota: El blog dejará de actualizarse durante un largo tiempo.

Tropicana, 1971

La historia de la Tropicana. He pedido que me la cuenten tantas veces, la he escuchado tanto, que ya parece una leyenda. El grupo tenía la veintena cumplida y estaba formado por mi padre (el Turi), Javi, sus hermanos Tito y José, Trapero y Losi, un hijo del inspector de la policía leonesa. Corría el año 1971. El tiempo de Legrá, Folledo, Gayo. Los sábados por la noche acudían a las veladas de boxeo del Club Radio. Y los domingos a los partidos de la Cultural Leonesa con carnets falsos. No serían sus únicas falsificaciones, ni las más sonadas. Un día descubrieron en la puerta de la sala de baile del Hotel Riosol un puñado de entradas rotas en una papelera. Se les ocurrió que podrían cortarlas con un cúter, pegarlas con pegamento, entintarlas y revenderlas más baratas. Los más mayores, Tito, José, Javi y mi padre, las entradas de los chicos, y los más jóvenes, Trapero, Losada y Vicente, que sólo excepcionalmente formaba parte, las de las chicas. Mi padre aclara que era más que nada para que les dejaran tranquilos y que les daban pocas. Con el tiempo, desplazaron el negocio hacia la sala de baile Tropicana, mucho más grande. Domingo tras domingo durante cinco o seis meses. Hasta la noche que Trapero no olvidará mientras viva.

Estaba haciendo la mili en el cuartel militar. Saltaba la tapia, se cambiaba de ropa e iba a revender entradas. Cuando acababa, volvía a saltar, pasaba revista y salía de nuevo. Cuenta  que aquella noche, cuando iba a entrar en la sala con la entrada que se había guardado, un tipo le cogió del brazo y le preguntó de dónde la había sacado. Dijo que la había comprado. Y el tipo lo empujó hacia dentro, donde otros policías y el dueño custodiaban al resto de la pandilla.  ¿Sonaría en algún momento la canción de las botas, una de las que más le gustaba a mi padre? La policía los esposó por parejas: el Turi y Trapero por un lado, y Tito y José por otro. Y fue entonces cuando el Turi, antes de atravesar la sala, se echó una gabardina encima del brazo para disimular la detención. Los metieron en un taxi rumbo a la comisaría y una vez allí, mi padre, que había escondido las dos mil quinientas pesetas del delito en el asiento trasero y memorizado la matrícula, le salvó el pellejo a Trapero diciendo a los gendarmes que él se la había vendido. Es probable que secretamente también le diera algún consejo, porque una vez libre, Trapero no paró de correr hasta alcanzar otra vez la Tropicana, buscar a Javi, que desconocía lo ocurrido, y largarse ambos al piso de la calle Norte a quemar en la cocina de carbón el resto de las entradas que guardaban en libros. A las tres de la madrugada, calcula, entró de nuevo en el cuartel y se metió en la cama. No pegó ojo. Era huérfano de padre, no quería causarle disgustos a su madre, y todavía hoy, me dijo, le asalta alguna pesadilla.

Los primeros ecos llegaron con la diana: la policía había cogido a una organización de falsificadores que copiaba entradas con una fotocopiadora, entre ellos un cabo primero del campamento del Ferral. Es decir, mi padre. Y al que tenían, porque la policía no podía detener a un militar, en el calabozo de aquel mismo cuartel. Trapero dice que bajó a ver si necesitaba algo y lo encontró jugando al póker: “No te preocupes, estoy bien”, le contestó. Luego le dio la matrícula del taxi y le dijo que mirara bien en la parte de atrás. Trapero buscó a Vicente y se subieron al taxi. Trapero delante para dar conversación al taxista y Vicente detrás, buscando.  No encontraron nada. Como un macguffin. Y se bajaron maldiciendo.

Mi abuelo fue a ver a mi padre  una de aquellas mañanas al calabozo del Ferral donde lo habían trasladado. Podía haberlo sacado en aquel preciso instante, dada su larga hoja de servicios. Muy al contrario, le dijo: “Te vas a quedar aquí una buena temporada”. Cuando el resto de la pandilla, que sólo pasó una noche en comisaría, acudía a visitarlo, el Turi les encarecía para que exageraran cuando le vieran: “Decidle que me duele la pierna y que me habéis visto muy mal”. Por si se ablandaba.  No se ablandó. Y el cabo primero del Ferral pasó dos semanas a la sombra. ¿Cómo acabó todo? Mi padre dice que le dijeron a Losi que había llegado el momento de echar mano de su padre. El inspector de la policía leonesa se acercó a la Tropicana  y conminó al dueño a dejar el tema en paz. “Vamos a tranquilizarnos”, lo imitaba Trapero en su salón en penumbra.

La historia de la Tropicana fue lo primero que contó mi padre después de aceptar mi propuesta. Como quien dice: prefiero ser yo el que te lo diga. Sentado en la cocina de su casa, se me hizo evidente que desconocía a mi propio padre. Desconocía al esquizofrénico de las fotografías. Desconocía mis raíces leonesas. Y por lo tanto, es muy dudoso que supiera realmente quién era yo, aparte de un idiota sin empatía y con aires de listillo. ¿En qué mundo había vivido durante todos estos años? ¿Cómo había podido ser tan necio? En fin. Volvamos.

Los días más eufóricos, la pandilla se acercaba al gimnasio de Nando en la avenida Padre Isla a echar unos guantes. La condición para subir al ring era que partieran  algo de leña con un hacha, que el gerente vendía después. Puñetazos ligeros, elegantes, nada de dinamita. Esa era la otra condición. La que más costaba meterle en la cabeza al bruto del Losi. Cuando quedaban con alguna chica, los mayores del grupo, Javi y mi padre, trataban de dar esquinazo al resto. Alguno, sin embargo, se descolgaba y les seguía, como Trapero, que siempre les cobraba cinco duros a cambio de su desaparición.

Las tardes en que mi padre se sentaba a jugar a las cartas para sacar algo de dinero, la pandilla le escoltaba de pie. Se escondía una y despellejaba a los de la mesa lentamente. Para disimular, algunos días se dejaba perder, aunque no demasiado. En la cafetería Isla empezó a jugar con las cartas marcadas. Compraba una baraja, se encerraba en su habitación y le aplicaba a conciencia un punzón. Cuando la partida iba a empezar, se levantaba para comprar una baraja nueva en la barra y daba el cambiazo. La única vez que el resto descubrió el fraude él ya se había retirado. Uno de los participantes le informó al día siguiente y él empezó a decir qué quién sería el hijoputa y que a él también debían devolverle el dinero. La partida de la discordia había acabado  con uno de los estafados pidiendo en la barra el número de teléfono del mismísimo Heraclio Fournier. Es la historia que más me gusta y con la que más me río. Hola, ¿está Heraclio?

Trapero también me contó en Tarragona que iban a las mejores cafeterías y se marchaban sin pagar. Así  invitaba mi padre. Entraban, él preguntaba tú que quieres, tú que quieres, se lo tomaban y al acabar les decía esperadme fuera. Cuando salían, él apuraba el trago y salía caminando con la sangre muy fría. Una vez en el Oasis, el camarero se asomó a la puerta y les dijo con grave ironía: caballeros, que se olvidan la vuelta. Trapero dice que se puso muy nervioso y le tocó el brazo a mi padre. Es probable que Losi, que siempre empezaba a correr, buscara con la mirada la bocacalle más oportuna. Mi padre se giró afectando desorientación y Trapero recuerda que dijo: “Da igual, déjala de bote”.

Abrevio. No estudiaban. Callejeaban. Y salvo un día en que robaron una bici para ir a una fábrica a trasladar las tejas recién cocidas con una carretilla, tampoco parece que trabajaran. Éste era el grupo del que mi padre mantenía alejado a su hermano, aunque éste se muriera por entrar. Dice que no era ambiente para él. Ya he dicho que lo consideraba un crío. Aunque yo creo también que la posibilidad de que su hermano perteneciera hubiera rebajado varios grados sus áticos consejos de hermano mayor sobre la categoría, la personalidad, el estudio y el esfuerzo. Si la historia de la Tropicana no lo desautorizó por completo.

Es obvio que su hermano sólo pudo entrar plenamente en el grupo cuando mi padre abandonó la ciudad. Al principio por trabajo y después y lentamente por vergüenza. Pero ¿cómo un líder pandillero, osado y calavera, acabó convertido en un hombre opaco, trabajador y doméstico? Durante algún tiempo me intrigó esa metamorfosis. Sus antiguos amigos reconocen que fue dejándoles de lado. Y alguno todavía se lo reprocha, silenciosamente. Fuller Torrey señala en su prontuario sobre la enfermedad que la vergüenza empuja a los familiares de esquizofrénicos tan lejos como sea posible de la casa familiar. ¿Por qué nunca hemos ido a León?, le pregunté una tarde. No tenía nada que hacer allí, fue su respuesta. Durante algún tiempo, eché este desvío exclusivamente en la cuenta de la tragedia. Ahora no. Ahora advierto una combinación. Otra cuenta, en boca de mi madre, más prosaica: “A los treinta le pasó lo que te pasa a ti, que tienes un hijo y ya no quieres salir de casa”.

Como al esquizofrénico, a mi también me cuesta despegarme. “Vicente era muy apegado a León”, me dijo una vez mi padre. Sin embargo, debo volver allí, porque León es la ciudad donde los listillos cumplen su penitencia.

El periodista y la obsesión

el periodista y la obsesión

 Epub y Mobi. 146 pág. 2,99€

El periodismo como territorio obsesivo. Los grandes reportajes, crónicas y perfiles, esconden a menudo a un periodista obsesionado. La obsesión, sin embargo, no garantiza nada.  Es sólo una condición previa de la investigación.  La verdad requiere pruebas. Nadie espere tampoco hacer fortuna. Si la búsqueda se prolonga quizás arruine su salud, carrera o  matrimonio. Incluso, en alguna ocasión, los protagonistas de sus  reportajes iniciarán un pleito acorde con su estatuto real.  Al final llega la necrológica, que si es buena estará escrita con cierta antelación y dirá que el periodista murió solo, como es fama en los traidores. El periodista y la obsesión se dedica a ilustrar este lead.

 

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el periodista y la obsesión

El crimen detallado

Hace algún tiempo, no mucho, me entrevisté con familiares, amigos, y compañeros de trabajo de un ahorcado. También con un guardia civil. Durante una semana acudía puntual para charlar con el hijo del difunto en el backoffice de una empresa de recambios sanitarios. Mi intención era recomponer los instantes finales remontando al hombre. Fracasé. Es decir, no supe dar con el equilibrio que buscaba entre la vida y su estertor. Si una era un breve, el otro parecía una enciclopedia. Pero no me engaño: fue mi culpa. Entre las notas que todavía conservo no hay nada, a excepción de su currículum, sus haciendas, y su familia, que le recuerde. Ni viajes, ni comuniones, ni enfermedades, ni anécdotas memorables. Del trabajo a casa y al pueblo por la feria. En cambio, tuve un extraordinario acceso a su suicidio y sus herramientas. Medí la viga, toqué el sillón donde se sentó a fumar, subí la escalera, y hasta compré una de las novelitas del oeste que leía, Espuela defectuosa, de Marcial Lafuente Estefanía.  De vez en cuando la hojeo, pero soy incapaz de seguir su rastro hasta Holbrook. Creáme que lo siento, sheriff.

El crimen es alguien que se levanta, baja al bar, sube a casa, ve un rato la televisión, vuelve al bar, conduce hasta el almacén de material donde trabaja, limpia los restos del asado del día anterior, fuma, cuelga una braga de montacargas a una viga del techo, llama a un compañero de trabajo, le dice lo que se propone, y se ahorca. Cuando se publicó hubo gente que me echo en cara el morbo refiriéndose a los detalles. Algunas instituciones y organismos oficiales aconsejan al periodismo evitarlos. Es curioso dado que una de las preguntas que fundan el oficio remite precisamente al cómo. Sin embargo, creo que en la habitual asociación entre los detalles y lo escabroso de los deontólogos hay algo más. La obligación de detallar la vida si se detalla el crimen. Los periódicos son una tumba, pero sobre ella ha de escribirse una vida. Cerrar dignamente el ataúd. También los protagonistas menores tienen derecho a su epitafio. No hacerlo es darle la razón a los piensan que sólo las malas noticias son noticia. O a los que sólo imprimen los crímenes aliados con la fama y luego lavan su conciencia en tribunas sobre Las desventuras del joven Werther y su supuesto efecto contagio.

Gordon Burn murió de cáncer en julio de 2009 con 61 años. Colaboró en Esquire, Rolling Stone y The Guardian. “Examinó la obsesión contemporánea por la celebridad en una serie de libros que abarca tres décadas”, se lee en la necrológica del último. Uno de esos libros, de lo más detallado, trata de la Casa de los Horrores y sus moradores Fred y Rose West. He leído tantas veces la última página que temo no distinguir ya entre el periodismo y los periódicos: “Una vez arrasada la casa y rellenado el sótano, pusieron bloques de asfalto ordenados en espiguilla; plantaron tres arbolitos y levantaron bordillos fijados con cemento de grano grueso: cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. Instalaron postes para farolas Urbis pintados en negro brillante y farolas Son-T sobre columnas de acero de cinco metros. Cuatro farolas. Pusieron topes en forma de bolardos de hierro fundido para tapar las entradas de los dos extremos e impedir el acceso a los vehículos: siete en el lado de Cromwell Street y cuatro en St Michael’s Square; cinco en medio para que a nadie se le ocurriera jugar a la pelota”. Cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. La máxima precisión es la única forma de contarlo.

Voces, 1976-1977

Vicente leyendo

En el verano de 1976 viajó en autostop desde de León a Vinaroz para pasar unos días en la playa con su hermano. Ya se le había diagnosticado de esquizofrenia y había estado ingresado un par de semanas en el Hospital San Juan de Dios. Antes de llegar al destino, alquiló una habitación en una pensión de la provincia. Mi padre no recuerda el pueblo, pero dice que no estaba demasiado lejos, puede que fuera Torreblanca. Por la noche empezó a armar escándalo y el dueño llamó a la Guardia Civil. Telefonearon a León para comprobar algunos datos y al día siguiente siguió a dedo hasta la playa. Pidió las llaves en recepción y se sentó a esperar a su hermano en el bungalow. Durante ese intervalo mi abuela llamó a mi padre preguntándole si había llegado ya. Dijo que no. Cuando llegó a casa y lo encontró, le preguntó qué había pasado. Y el esquizofrénico dijo nada, que dos tipos querían entrar en la habitación a robarme. Mi padre dice que al principio se lo creyó, pero que después dedujo lo contrario. Mientras se sentaban en algún bar a tomar algo y su hermano pequeño se agitaba creyendo que todos le miraban, por ejemplo. Se agitaba tanto que una vez, mi padre y un compañero de la autopista tuvieron que disculparse frente al aludido: “Perdone, pero es que no está bien”.

Las sesiones de grabación con mi padre se interrumpieron en enero y se reanudaron a finales de agosto. En el viaje a León había acumulado tanto material que urgía trabajar sobre él. No quería que nada se perdiera. Pero, a excepción de las declaraciones de Remedios, ningún testimonio remitía a la enfermedad. Las preguntas que yo tenía que hacer sólo podía responderlas mi padre. Así que nos sentamos y le pedí que empezáramos desde el principio. Y el principio era el sueño. Se le había perturbado y la primera en advertirlo había sido mi abuela. Desde la muerte de mi abuelo, vivían los dos solos con una pensión de viudedad: “Yo recuerdo que me llamó una vez a Vinaroz, al poco de morir mi padre, y me dijo que Vicente hablaba mucho por las noches y que eso le extrañaba. Pero bah, yo no le daba importancia. Luego en verano ocurrió lo de la pensión y lo de los bares. Él oía voces, yo de eso me di cuenta. Te decía lo que estaban hablando dos tipos detrás de la pared”.

El 27 de septiembre de ese año, mi tío cumplió 24 años. Ese día enterraron a su madre. Mi padre había pedido tres o cuatro días en el trabajo que no le alcanzaron para decirle nada en el hospital. Estaba sedada. Por la noche fue el único que se quedó a dormir en el piso vacío de Maestro Uriarte. Su hermano se quedó en el piso de patrona del barrio de Crucero y su hermana durmió en Guardo. Mi padre dice que apenas durmió. Su cabeza era la rueda de un hámster y el cable mal enrollado de una estufa buscaba su posición haciendo ruido. Por la mañana, Mary y Vicente hicieron acto de presencia. Mi tía le preguntó qué tal la noche. Mi padre dijo que mal y explicó lo del cable. Cuando mi padre desapareció por el pasillo, el esquizofrénico se apresuró a desafiar el sentido común de su hermana: “¿Ves, Venancio también oye ruidos!”

Las fotografías de sus estancias en Calpe a partir de marzo de 1977 ofrecen una lectura sintomática. Vicente en pijama en la puerta del bungalow. Vicente durmiendo en el sofá junto a un cachorro de pastor alemán. Vicente y la mascota frente a un plato con un huevo duro y una loncha de bacon en el jardín. Dormía de día y permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada. El resto del día languidecía. Estaba apático. Leía en el jardín. O se fundía con el sofá fumando como un poseso. Los días más luminosos, iba a la playa andando. Mi padre me había contado que le consiguió una entrevista para entrar a trabajar en su empresa como ayudante de topógrafo llevando el trípode. Lo desecharon. También dice que salían de vez en cuando y trataban de divertirse y que a veces lo conseguían. Aquel julio eran cuatro en el Renault 5 naranja: mi padre y mi madre, como novios; Vicente y Pili, una prima de mi madre, como acompañantes. Una tarde fui a ver a mi madrina Pili. Describió a un chico educado, amable y culto, aunque deprimido. “Nos sentábamos detrás en el coche de tu padre y me hacía reír. Éramos las alcahuetas. Paseábamos, íbamos a las cafeterías de entonces. Se notaba que era extrovertido sólo con la gente con la que tenía confianza”. Un día le contó que sus padres habían muerto y de vez en cuando ella recuerda que se detenía en medio de alguna conversación y que lo notaba triste.

Mi padre también recuerda haberle llamado la atención algunas veces. Volvía del trabajo por la tarde y lo veía tumbado en el sofá con la mesa por recoger y moscas en el plato. A mi tío no le gustaba que le corrigiesen. Enseguida se cabreaba. Una vez mi padre le echó una bronca por haber cogido un taxi para ir a una discoteca, que estaba a un par de kilómetros. “Yo le daba dinero, pero le dije que debíamos arrimar el hombro todos y él empezó pues si no me lo quieres dar, no me lo des. Yo le respondí que sí que se lo daba, pero que no era necesario coger un taxi, que podía ir andando”. Puede que aquella fuera la última discusión entre ambos. La memoria de mi padre se apelmaza al llegar aquí e intuyo que si siguiera se le quebraría la voz. Dice que no recuerda nada más. ¿Lo olvidó para sobrevivir? Es probable y respeto mucho ese instinto, pero soy partidario de poner la supervivencia en sus justos términos de censura y superstición. No recuerda que la estancia de Vicente coincidiera por ejemplo con la de su prima Tere y su marido, el escultor Hipólito. Al teléfono, Tere me había contado que Vicente desapareció durante algunos días, al cabo de los cuales volvió. Ella le  preguntó dónde había estado y él sólo dijo: “Vengo a despedirme de mi hermano, porque no voy a venir a la boda”. Al día siguiente, un día cualquiera entre el 5 y el 15 de agosto, Tere, su madre, su marido Hipólito, los hijos de éstos y Vicente se subieron en el coche hasta Madrid. Tere recuerda que iban cantando. ¿Cantarían un elefante se balanceaba? ¿El árbol de la montaña, quizás? Lo dejaron en la estación de autobuses de Madrid, desde donde continúo hasta León, donde le esperaba su cuñado J. L. para llevarlo a Guardo. Fue la última vez que mi padre lo vio. Le había preguntado por qué no se quedaba faltando tan poco para la boda. El esquizofrénico debió dar alguna excusa.

Una de aquellas tardes agitadas mi padre cuenta que él y su amigo Román, que disfrutaba de unos días de vacaciones en el bungalow con su mujer y sus dos hijos, le propusieron ir a un médico en su consulta privada. El esquizofrénico aceptó. La consulta estaba en un edificio del centro del pueblo y el doctor tenía una barba negra y caudalosa con un gran puro en medio. Mi padre y Román esperaron fuera. He imaginado muchas veces esta escena y el sentimiento de humillación y rabia que me produce nunca ha menguado. Salieron al cabo de un rato. Primero el esquizofrénico y muy cerca el doctor que tal vez llevara todavía el puro entre los dientes o tal vez lo hubiera dejado apagado o humeante en el cenicero de la mesa. Al despedirse, el doctor le dio una palmada en la espalda y le dijo al paciente como para que los presentes lo oyeran: “Pórtate bien, si no quieres que te encierren en un chiquero”.

Había escrito esta frase para rematarla: “No consta que nadie se abalanzara sobre el barbudo y le hiciera tragarse el puro”. ¿Por qué no se abalanzaron? ¿Por qué ni siquiera le afearon el gesto? He tardado en comprender que la vida real no funciona así.  En la vida real los familiares oyen chiquero, agachan la cabeza y se vuelven a casa arrastrando un poco más de vergüenza. La intención, además, resultaba tan obvia que repugnaba: pretendía salvarme. Y por ese camino, no lo conseguiré.