La perífrasis y el sesgo negativo

El Congreso Anual de la Asociación Nacional de Informadores de Salud celebrado en Navarra ha tratado el asunto del suicidio y los medios. Han proyectado el siguiente póster y creo que con eso está casi todo dicho: “También es importante un uso correcto y delicado del lenguaje. El suicidio se despenalizó en 1961 y desde entonces algunas personas consideran ofensivo el uso de la expresión “se suicidó”; son preferibles las alternativas “quitarse la vida” o “matarse””. Si algunas personas hubiesen escrito una sola línea en su vida sabrían que suicidarse es mucho mejor que quitarse la vida. El consejo forma parte de las Recomendaciones a los medios audiovisuales sobre el tratamiento informativo de la muerte por suicidio que el Consejo Audiovisual de Cataluña, el Departamento de Salud y la asociación Después del suicidio presentaron hace algunos meses, donde se ve bien que la primera victoria del tabú es la perífrasis.

La admirable Cecilia Borrás, presidenta de Después del suicidio, ha dicho que “el suicidio no es noticia, sino una muerte trágica que debe tratarse en la intimidad”. Salvo que se trate de un famoso o el suicidio tenga una relevancia social, ha añadido. De acuerdo. Pero sólo porque los suicidios españoles no caben en un periódico. ¡A ver qué diría Borrás si el crimen de pareja no fuera noticia, sino una muerte trágica que debiera tratarse en la intimidad! Que en España se suiciden 3910 y no 53 obliga a establecer un criterio regular en el tratamiento del suicidio más parecido al de los accidentes de tráfico. Pero si los periódicos aspiran a ser un instrumento ilustrado y no una tira enfangada deben revertir forzosamente el patrón actual, donde 53 mujeres ocupan 306 noticias y 3910 suicidios sólo 18.

Sobre lo de evitar el cómo, el dónde y hasta el quién de un suicidio, hoy mismo trae El País una investigación sobre Anthony Abbott, un británico de 36 años, suicidado en los calabozos de Benidorm con jirones de manta sujetos a los barrotes, y aprovechando la ausencia de cámaras y vigilancia. Tengo escrito en algún sitio que la información salva vidas. El suicidio de Abbott, modificación de las celdas e instalación de cámaras mediante, probablemente salve la de algunos de los próximos detenidos en esos calabozos. Bastaría para comprobarlo el número de casos antes y después. Pero entiendo que sea difícil de aceptar. Exagerar las (malas) consecuencias de la información sobre el suicidio ha sido uno de los principales éxitos de la teoría del contagio. Un caso práctico del sesgo negativo del que se ocupa el escéptico Michael Shermer en su respuesta a la pregunta Edge de este año. Ese que insiste en que el mal contamina el bien más que el bien purifica el mal.

(FronteraD, 2017)

El suicidio no es noticia

En su libro Un matemático lee el periódico, John Allen Paulos recorre las secciones de un diario imaginario a hombros de la estadística: “Si se quiere realzar la seriedad de un problema, lo normal es que se hable de la cantidad de afectados a escala nacional. Si se quiere mitigar su importancia, lo más problable es que se hable del índice de incidencia. Así, si una persona de cada 100.000 tiene determinada enfermedad, a nivel nacional habrá 2500 casos. La segunda cantidad parece más alarmante y en ella harán hincapié los maximizadores. Cargar las tintas de la situación de algunas de estas 2500 personas publicando o televisando entrevistas con los familiares y amigos hará aún más dramático el problema. Los minimizadores, por su lado podrían comparar la situación con un atestado campo de béisbol durante una eliminatoria de copa y señalar a continuación que solamente una persona de cada dos campos deportivos así de llenos padece la enfermedad en cuestión. […] Es más fácil y natural reaccionar emocionalmente que afrontar estadísticas con imparcialidad o, para el caso, con fracciones, porcentajes y decimales. Los medios informativos (en realidad, todo el mundo) suelen resolver este problema desterrando los números de las noticias y ocultándolos bajo palabras tan imprecisas como “muchos” o “excepcionales”, que carecen casi totalmente de contenido”. Se trata de una sagaz observación. No sólo porque en el caso particular que nos ocupa, los suicidios sean muchos, sino también porque son excepcionales.

Imaginemos que alguien acaba de morir en España. ¿Cuál es la probabilidad de que se haya suicidado? Un 1%. ¿Cuál es, en cambio, la probabilidad de que el fallecimiento se deba a una enfermedad cardiovascular o a algún tipo de tumor? Un 30%. Por un lado, 3910 suicidios en un año -uno cada dos horas- son muchos. Por el otro, la muerte autoinfligida es un tipo de muerte infrecuente. España, además, es un país sacudido por el suicidio a un nivel inferior (8,4 por 100.000 habitantes) que el de la media mundial (11,4).

El problema surge cuando los suicidios (3910) se comparan con otras formas de muerte violenta, como los crímenes de pareja (53), los muertos en accidentes de tráfico (1873) o los debidos a la siniestralidad laboral (565). Y se examina su correspondiente repercusión mediática. Hace una semana conté las noticias dedicadas a cada uno de estos asuntos en El País durante el año 2014, al que corresponden las cifras reseñadas. Los resultados, tras eludir las noticias que no se refirieran a España, fueron: violencia de género (306), accidentes de tráfico (212), accidentes laborales (43), suicidio (18). Se observará que la llamada violencia de género goza de una atención desproporcionada a tenor de su peligrosidad. Erraríamos, no obstante, si pensáramos que los resultados subrayan una singularidad del diaro El País. Estoy convencido de que los resultados de cualquier otro periódico arrojarían un orden similar de prioridades. Incluso nos equivocaríamos si los interpretáramos en clave exclusivamente periodística o española. Por cada estudio publicado sobre el suicidio entre 2008 y 2013 en las dos principales revistas de psiquiatría, American Journal of Psychiatry y Archives of General Psychiatry, había seis sobre la esquizofrenia, cuya incidencia es menor.

Pero los periódicos resultan ideales para otear una determinada apreciación general. Diríjase el lector a la persona que tenga más a mano y láncele las siguientes preguntas: ¿Cuántas mujeres crees que mueren al año en España a manos de su pareja? ¿Cuántos suicidios crees que se producen al año en España? Yo lo he hecho. Y puedo decir que resulta extraordinario encontrar a alguien que no subestime el número de suicidios y sobreestime el de mujeres muertas hasta el punto de situar el primero por debajo del segundo.

Entre los motivos de esta desigual cobertura periodística está, por supuesto, el tabú, representado en el efecto contagio. Ese que los deontólogos nunca enarbolan sobre los crímenes de pareja o el suicidio de un personaje famoso, aunque ambos casos sean susceptibles de ser imitados. Y sin que hasta el momento nadie haya discutido, lógicamente, la conveniencia de su difusión. Los periódicos salvan vidas. Cuesta muchísimo trabajo demostrarlo. Pero así es, si aceptamos que a menudo e injustamente también las destrozan. La desproporción tiene un correlato elemental en la atención institucional y social que reciben las mujeres asesinadas y la oscuridad que acompaña a los suicidas, en los que el número de hombres, por cierto, triplica al de mujeres. A las mujeres asesinadas por sus parejas se destinan políticas, leyes, juzgados, presupuestos. Los suicidas ni siquiera obtienen un estatuto diferenciado en las partidas de salud mental. Deben considerarlo un riguroso ejercicio de libertad.

No parece que esta actitud haya sido siempre la de los periódicos. Si hacemos caso a historiadores como George Minois, a principios del SXVIII, los principales periódicos ingleses informaban no sólo de las cifras de suicidios sino que publicaban artículos sobre los casos más extravagantes. Es decir, el tipo de historias que hoy llamaríamos de interés humano, en las que los pioneros no se abstenían de indagar en las causas. Estas palabras de Minois: “A través de las cifras en bruto, los lectores de periódicos no sólo se percataron de que el suicidio era algo permanente en la vida urbana, sino que los comentarios, escritos u orales, mantuvieron y amplificaron la impresión de que la situación era seria. La prensa también contribuyó a secularizar la visión que se tenía del suicidio, presentándolo bajo una luz exclusivamente humana”.

Es probable que la lectura de aquellos artículos ingleses convocase hoy cierta incomodidad. No parecen desdeñables, sin embargo, las consecuencias derivadas de su publicación. La palabra clave es secularizar. La religión es uno de los ingredientes fundamentales del tabú sobre el suicidio. Un silencio que la ciencia ha ido descontando lenta y trabajosamente. Desde la formalización de la autopsia psicológica (una herramienta destinada a recomponer el perfil psicológico y aislar factores de riesgo) hasta los actuales estudios post-mortem de tejido cerebral. Pero los periódicos siguen anclados en las viejas creencias y mostrándose temerosos de Dios. Como si a los suicidas todavía se les enterrase en los cruces de caminos o se les colgase en los vertederos.

Hay excepciones, por supuesto, reflejadas en los manuales de estilo. Antes he aludido al suicidio de un personaje famoso, pero también están aquellos suicidios que, según definen tan vagamente, responden a un hecho social de interés general. En este segundo tipo deben inscribirse aquellos casos que el periodismo considera perfectamente penetrables para el público lector. El suicidio de un hombre afectado por preferentes. El suicidio de un hombre que iba a ser desahuciado. El suicidio de un hombre después de asesinar a su mujer. El suicidio en prisión de un presunto asesino. Es decir, una minoría de casos. Pero que deja a las claras que para la prensa la muerte autoinfligida es una cuestión indigna de tratarse a solas y donde siempre hay culpables. El suicidio convertido en homicidio. Sin ningún vahído en el firmamento moral del lector.

No creo que haya otro asunto donde se revele tan claramente el profundo enraizamiento de la prensa en el mito y la superstición.

(Claves de la Razón Práctica, enero-febrero, 2017)

Cazadores del Pleistoceno

En 2014 se suicidaron en España 2938 hombres y 972 mujeres. En todos los países del mundo, salvo China, la media es de cuatro hombres por cada mujer. Quizá haya personas a las que sorprendan estas cifras. El suicidio masculino no es sólo una de las graves incertidumbres de nuestro tiempo, sino una de las más desatendidas. Hace algunos años, en el único estudio específico que conozco, The gender gap in suicide and premature death or: why are men so vulnerable?, la psiquiatra Anne Möller sostenía la tesis de que la masculinidad había entrado en crisis en los años 70. Y que al hombre, aunque en una escala mayor, le estaría sucediendo algo parecido a la mujer de los años 50 y 60, cuya tasa aumentó debido a los profundos cambios en el patrón femenino de comportamiento. El problema es que Möller se remonta demasiado en el tiempo, dado que la suicidología nació hace apenas 50 años y que este hecho ensombrece cualquier estadística anterior. Es posible que el hombre esté inmerso en un proceso en que la nueva masculinidad no acaba de nacer y la vieja no acaba de morir. Yo no lo sé. Pero la cuestión empalidece si se atiende a que las mujeres lo intentan tres veces más y sufren depresión en la misma superior proporción. En este sentido, siempre me pareció más real y prudente la argumentación del psicólogo Thomas Joiner. Si el suicidio es una combinación entre el deseo de morir y la ausencia de miedo, es lógico pensar que la misma composición biológica que convirtió a los hombres en cazadores a la intemperie durante el Pleistoceno les dote de una mayor eficacia a la hora de cazarse a sí mismos y doblegar el instinto de supervivencia. ¿Por qué se matan más los hombres? Porque pueden. Es la única respuesta, de momento.

Pero no me resisto a tratar uno de los rasgos más sangrantes de esta brecha. Me refiero a la prensa, obviamente. Aunque el ejemplo es transferible a la sociedad y las instituciones. Hace poco comparé el tratamiento que recibieron en El País los 3910 suicidios y las 53 víctimas de pareja (masculina) de 2014. Los resultados, una vez desalojadas las noticias que no aludieran a España, fueron los siguientes: 306 noticias sobre violencia doméstica y 18 sobre suicidio. Desgraciadamente, en ningún lugar parece mejor confirmada la hipótesis de que las mujeres buscan ayuda y los hombres mueren que en los periódicos.

(The Objective, 2016)

Con la ayuda de Dios

La suicidología muestra una gran confianza en el efecto disuasor de las creencias religiosas. Dado que Dios les da la vida, señala, los creyentes no se sienten con derecho a arrebatársela con sus propias manos. El primero en poner en duda este razonamiento fue, justamente, Durkheim en su clásico ensayo El suicidio. Una de las conclusiones que podían extraerse de aquel libro era que si los católicos, protestantes y judíos se suicidaban en menor proporción que los no creyentes no era porque el suicidio fuera pecado, sino porque la religión era una sociedad. Es decir, algo que promovía un feliz sentido de pertenencia y dificultaba la alienación. Ser miembro de una iglesia quedaría emparentado así con ser seguidor de cualquier equipo con una amplia masa social. Y es sintomático, en este sentido, el descenso de los niveles de suicidio en Estados Unidos durante el famoso domingo de la Super Bowl en comparación con otros días festivos. Otra teoría apunta a la supuesta reducción del estrés y el consiguiente alargamiento de la vida que generarían las creencias religiosas. Es posible. Aunque, en mi opinión, el milagro deba encarar todavía el sagaz escepticismo de Steven Pinker: “Una persona congelada no encuentra consuelo en creer que está caliente; a una persona que está cara a cara con un león no se le facilitan las cosas por la convicción de que ese león es un conejo”.

Pero si relativa resulta la influencia protectora de la religión, mucho más evidente resulta su carga maligna. El miedo y la ignorancia que extiende sobre la mayoría de asuntos se ha cernido sobre el suicidio con especial virulencia a lo largo de la historia. Desde las estacas clavadas en el corazón de los suicidas hasta los enterramientos extramuros del cementerio. Es una reacción natural rechazar cualquier acto que atente contra la preservación de la especie. Pero creo que podemos ponernos de acuerdo en que nada como la religión ha contribuido más firmemente al fortalecimiento del tabú. Lo que la convierte, de algún modo, en responsable indirecta de infinidad de suicidios. Por no hablar de la devaluación de la vida humana. Los creyentes siempre esperan reunirse en otro lugar, incomparablemente más bello y confortable. La huella de esta devaluación puede rastrearse fácilmente en suicidios colectivos como el de Jonestown (918 muertos), el de Kanunga (cerca de 800) o el de la Orden del Templo Solar (74). Alguien podría objetar que se trata de excepciones, ligadas una multitud azuzada. Pero tengo delante las notas de despedida de dos hombres que se suicidaron hace poco. Este fragmento: “Nunca me he sentido tan mezquino, tan ruin … tan engañado… tan dolido… No me queda 1 gr de fuerza para pasar por el final… Jesús ayúdame… no sé que os explicarán de por qué os quedásteis sin papá tan pequeños y tan de repente … pero no puedo … no puedo … ahora no podría aportaros nada bueno … Jesús ayúdame”. Y éste otro: “No sé lo que Dios tendrá guardado para mí. Le pido perdón de todo corazón por el daño que he hecho en esta vida. No hagáis esquelas mortuorias, decidme una misa en Madrid y de allí al cementerio del Burgo”. Lo que no sólo demuestra que Dios espera al otro lado y ayuda en el difícil tránsito, sino que arroja la incómoda sospecha de si los suicidólogos no habrán ido demasiadas veces de la teoría a la práctica y no al revés. Y no al revés.

 

(FronteraD, 2016)

Cómo funciona una pistola

Hace diez años, el psicólogo estadounidense Thomas Joiner publicó un libro importante, Why people die by suicide, donde formulaba un novedoso marco teórico. Apoyándose en diversos de estudios sobre la superior tolerancia al dolor de los suicidas frente a la población general, Joiner concluía que el suicidio era una aleación entre el deseo de morir y la ausencia de miedo, dicho sea rápidamente. Leyéndolo uno aprendía, entre otras cosas, que querer suicidarse no era lo mismo que poder hacerlo. Se requería cierta habilidad que normalmente aparecía con la práctica, aunque también fortuitamente. Pero que una vez adquirida, y al contrario que el volátil deseo de morir, se solidificaba como las perlas o las estalactitas: “Las personas que se han lesionado (intencionadamente sobre todo, pero también accidentalmente), que saben cómo funciona una pistola, que han investigado las propiedades tóxicas y letales de una sobredosis de droga, que saben hacer nudos, y que son capaces de mirar a alguien a los ojos y mostrar resolución para seguir adelante con el suicidio, son poseedores de un substancial riesgo”. Estudio tras estudio, la suicidología ha ido demostrando la exactitud de esta sentencia. La presencia de un arma en casa está asociada de forma significativa con un mayor riesgo de suicidio, especialmente entre los jóvenes. Hasta el punto, como reseñaba hace poco un tal Hemenway en Scientific American, de explicar las diferentes tasas entre ciudades, regiones y estados, mejor que otros factores como las enfermedades mentales, el número de psiquiatras, la ideación o los intentos. La relación no es causal, obviamente. Pero apunta a la posibilidad de que tener armas alrededor reduzca el miedo a su potencia mortífera. Sin un arma al lado sólo los muy frívolos dicen que van a pegarse un tiro.

El problema español surge, naturalmente, cuando los que se suicidan son los que deben llevarlas. Hay un debate realmente obsceno en los periódicos entorno a las causas de la alta tasa de suicidios en la Guardia Civil (14,5 por 100.000 en 2012). El doble que la española, si tuviera sentido comparar dos tasas a partir de tramos de edad diferentes. La principal asociación de guardia civiles ha utilizado esas cifras para atacar, ¡como un sindicato!, las condiciones laborales y la naturaleza militar del instituto armado, y el Ministerio del Interior se ha defendido aleteando causas personales y familiares. Me gustaría decirles que en medio siglo, y con todo el peso de la ciencia a sus espaldas, la suicidología sólo ha logrado elaborar una lista con factores de riesgo, como haberlo intentado anteriormente, poseer una historia familiar de suicidio o sufrir un trastorno mental. Pero qué duda cabe de que ésta es la profundidad del debate público de mi país entorno al suicidio: dar con el asesino. Con todo, entre el griterío se han descolgado algunos datos del máximo interés. Mientras la Organización Mundial de la Salud calcula que por cada suicidio en el mundo hay entre diez y veinte intentos, en el instituto armado hubo entre 2005 y 2014, el doble de suicidios (116) que de tentativas (52). Otro dato se refiere al método. A pesar de que en España los más utilizados son el ahorcamiento y la precipitación, la inmensa mayoría de guardia civiles, más de un 95%, se dan muerte con su arma de fuego.

He estado leyendo algunos documentos relativos al suicidio y la guardia civil. Entre lo más interesante y con cierta aspiración objetiva está el perfil del agente suicida trazado por el psicólogo Miguel Ángel Vidal, de la Universidad CEU de Valencia hace una década y del que dio cuenta ABC. Examínese este párrafo a la luz de Joiner: “Respecto a las causas que llevan a los agentes a quitarse o intentar quitarse la vida, éstas no son fijas ni comunes. Van desde las situaciones estresantes, cambios en la rutina, problemas en el ámbito laboral o en la familia. Y se vislumbran habitualmente en un proceso de paulatino aislamiento. Además comienzan a gastar innecesariamente y a realizar prácticas de riesgo para sus vidas, como conducir a toda velocidad o un alto consumo sustancias. De hecho, entre los fallecidos se encontraron muchos accidentes de tráfico precedentes al suicidio”. En efecto. Las causas no son fijas ni comunes. Un paso más y dirán que son confusas. A diferencia del riesgo. En España faltan todavía muchos estudios clave sobre las profesiones con mayores tasas. Una ausencia fatal, desde luego. Saber cómo funciona una pistola y luchar contra el crimen, con la erosión del miedo que lleva aparejado el sintagma, confieren a los agentes un riesgo considerable. Al que habría que añadir el más modesto de ser hombres, en su mayoría. No parece casual que los únicos planes de prevención sobre grupos se dediquen a la guardia civil y los presos. La ley y la delincuencia. A las que, en brutal paradoja, hay que chequear por igual sobre sus deseos de morir.

(FronteraD, 2016)

De una simplicidad bíblica

“Ciertos autores que atribuyen a la imitación un poder que no tiene, han pedido que se prohíba a los periódicos el relato de suicidios y de crímenes. Es posible que esta prohibición sirviese para disminuir en algunas unidades el total anual de estos actos. Pero es muy dudoso que pueda modificar la cifra social. La intensidad de la inclinación colectiva permanecería la misma, y el estado moral de los grupos no se modificaría por eso. Si se pusiesen frente a las problemáticas y débiles ventajas que podría tener esta medida, los graves inconvenientes que lleva consigo la supresión de toda publicidad judicial, se concebiría que el legislador no se apresurase a seguir el consejo de los especialistas. En realidad lo que puede contribuir al desarrollo del suicidio y del homicidio no es el hecho de hablar de él, sino la manera como se habla. Allí donde estas prácticas son aborrecidas, los sentimientos que originan se traducen a través de los relatos que de ellos se hacen y, por consiguiente, neutralizan más que excitan las predisposiciones individuales. Pero, a la inversa, cuando la sociedad está desamparada, el estado de incertidumbre en que se encuentra le inspira una especie de indulgencia para los actos inmorales, que se exterioriza cada vez que de ellos se habla y que hace menos sensible la imitación. Entonces el ejemplo resulta verdaderamente nocivo, no en cuanto ejemplo, sino porque la tolerancia o la indiferencia social disminuyen la repulsión que debiera inspirar.

Lo que prueba, sobre todo, este capítulo, es lo poco fundado de la teoría que hace de la imitación el supremo manantial de toda la vida colectiva. No hay hecho tan fácilmente transmisible por vía de contagio como el suicidio, y acabamos de ver que esta capacidad de contagio no produce efectos sociales. Si en este caso se encuentra tan desprovista de influencia social, no tendrá más, probablemente, en los otros; las virtudes que se le atribuyen son, pues, imaginarias. Puede muy bien determinar en un círculo muy restringido algunas repeticiones de un mismo pensamiento o de una misma acción, pero no alcanza nunca repercusiones tan extensas y tan profundas que afecten y modifiquen el alma de la sociedad. Los estados colectivos, gracias a la adhesión casi unánime y generalmente secular de que son objeto, resultan demasiado resistentes para que pueda modificarlos una innovación privada. ¿Cómo un individuo que sólo es un individuo, podría tener fuerza bastante para formar la sociedad a su imagen? Si no nos representáramos todavía el mundo social tan groseramente como el hombre primitivo el mundo físico, si contrariando todas las inducciones de la ciencia no admitiéramos, al menos tácitamente y hasta sin darnos cuenta, que los fenómenos sociales no son proporcionados a sus causas, no nos detendríamos en una concepción que, a la vez que de una simplicidad bíblica, está en contradicción flagrante con los principios fundamentales del pensamiento”.

 

Emile Durkheim, El suicidio

 

 

¿Qué será de ellos?

Ayer vi Saving 10.000, un documental sobre el suicidio en Japón. Su autor, Rene Duignan, un economista irlandés que trabajaba para la delegación de la Unión Europea en Tokyo, se decidió a realizarlo tras el suicidio de una vecina de su apartamento. La mujer le visitaba frecuentemente para contarle sus penas, Duignan se cansó y no le abrió la puerta más. La culpa es un excelente motor de la acción. En el segundo capítulo, titulado Economy, se ve a Duignan impartiendo una conferencia: “Usted ha perdido su trabajo. Le afectó el recorte de los subsidios. Le faltan por pagar 20 años de hipoteca y la educación de sus hijos. ¿Qué hacer? La solución está al alcance. Es muy fácil. Además de saldar todas sus deudas, liquidará el pago de su hipoteca y sus hijos tendrán una buena educación. Recibirá unos 300.000 dólares por el módico precio de su vida. La gente firmaba una póliza y a continuación se tiraba al tren más cercano. Al darse cuenta, las aseguradoras establecieron un período de exención de un año. Que el suscriptor de la póliza espere un año a quitarse la vida o no cobra. No es mal trato, si estás desesperado. La tasa de suicidios se disparaba al decimotercer mes”.

Hay varios mitos que salen malparados. Uno es la creencia, mero reflejo de la desolación en la que quedan las familias, de que los suicidas no reparan en las consecuencias de sus actos. En absoluto. ¡Y no sólo hasta el punto de firmar una póliza, sino hasta el de disfrazar su suicidio como un accidente! Otro es el de la improvisación. La creencia de que el suicidio suele sobrevenir en un momento de arrebato. Es difícil establecer reglas generales, pero me atrevería a decir que en la mayoría de casos no es así. Dado que en la muerte autoinfligida se alinean dos tipos de miedo, el de matar y el de morir, suicidarse es un acto mucho más difícil que el homicidio. Y una de las pruebas es que en Japón haya 300.000 intentos al años y sólo 30.000 suicidios, aproximadamente.

Es obvio que estoy pensando en la noticia en la que el Tribunal Supremo condenaba a una compañía aseguradora a indemnizar con 1.500.000 euros a la familia de un hombre que se suicidó al decimotercer mes. Tengo delante la sentencia. Aegón Seguros alega que el hombre había mentido sobre su nivel de endeudamiento y sobre sus antecedentes familiares de suicidio. Son cuestiones importantes, aunque supeditadas a los plazos previstos en la ley para la invalidación. Poseer una historia familiar de suicidio parece duplicar el riesgo de un individuo, bajo de por sí, incrementándolo o reduciéndolo en función del número de familiares suicidados. Y el estrés, generado por las deudas o por cualquier otra circunstancia, es un factor nada despreciable entre los que se dan muerte. Sin embargo, hay algo más llamativo. Esta frase de la sentencia: “No entiende el Tribunal de apelación, fuera del ámbito meramente especulativo, que el asegurado concertase el seguro un año antes con la finalidad de suicidarse”. Los pruritos profesionales son muy loables, pero en este caso algo excesivos y alejados de la navaja de Occam. Si alguien contrata una póliza por la que su familia recibirá 1.500.000 euros si se suicida al cabo de un año y al cumplirse el plazo se suicida dejando una nota de despedida en la que dice “para que mi familia salga adelante”, hay poco espacio para que intervenga el azar. El suicidio de este hombre no se pudo evitar. Pero que no sepamos lo que tenía en la cabeza en el momento de suscribir la póliza no significa que no sepamos lo que hizo: firmar, pagar y esperar.

La preocupación por el futuro de sus familiares es una característica ampliamente compartida por los suicidas, sobre todo si se tienen hijos. Y que actúa a menudo como un eficaz disuasor. Creo que es un error de extrema gravedad que las compañías aseguradoras, aun parcialmente, lo resuelvan.

 

(FronteraD, 2016)

Alfa y omega

Cuando escribí sobre el caso del piloto Lubitz lo hice en un estado de ignorancia superior. Lo he corregido este verano leyendo The Perversion of Virtue, lo último de Thomas Joiner, una vigorosa actualización de todo lo que se sabe, incluso se intuye, sobre el morir matando. En Estados Unidos se calcula que un 2% de todos los suicidios ocurren dentro de ese dramático contexto. Que ese porcentaje mínimo cope portadas de periódicos, minutos de radio y televisión y que el 98% restante pase prácticamente inadvertido, dice algunas cosas de interés sobre el profundo desequilibrio con el que los medios reflejan el mundo. Y quizá otras sobre el estigma de la enfermedad mental, aunque en este caso los reproches, en mi opinión, deban ser más tenues. El psicólogo Joiner, que perdió a su padre por suicidio, es uno de los mayores especialistas del mundo en la materia, y la noticia que trae encuentra el benéfico acomodo de la actualidad: es el suicidio y no el asesinato el que dicta los pasos a seguir. Para demostrarlo se apoya en diversas similitudes y no es la menor que mientras el número de asesinatos desciende en todo el mundo, el de suicidios y asesinatos suicidios se mantenga estable. Otras son la premeditación, tan común a los suicidas como a los asesinos suicidas; el trastorno mental (la mayoría de asesinos a secas no lo presentan); el uso de antidepresivos o las tentativas previas. Que los asesinos suicidas se parezcan más a los suicidas que a los asesinos, sin embargo, no los convierte en suicidas. Sólo significa que una vez tomada la decisión de suicidarse pueden dedicarse más concienzudamente a la matanza. Los periódicos se escriben desde el lugar de las víctimas entre otras cosas porque es imposible adentrarse en ninguna cabeza. Aunque también desde Joiner porque esas cabezas están manejadas por la Virtud. Una pareja que acuerda suicidarse y examina la difícil situación en la que quedaran sus retoños y decide darles muerte antes de quitarse la vida es una pareja con una visión defectuosa la realidad. Y los periódicos no deberían exagerar. Un hombre al que se le había denegado el asilo se suicida en Alemania dejando 15 heridos. La exageración.

Joiner trata de manera muy oblicua el terrorismo yihadista. Y creo que hace bien. No sólo porque Dios esté detrás, sino por su carácter grupal y su absoluto desdén por la identidad de las víctimas. El terrorismo yihadista, al contrario del asesinato con suicidio, no es una cuestión personal. El libro se publicó en Estados Unidos en 2014, antes de la tragedia de los Alpes. Salvo con la tripulación, no parece que el narcisista guardara ninguna relación con sus víctimas. Un caso excepcional, desde luego. Aunque yo diría (“Algún día haré algo que cambiará el sistema”) que sabía perfectamente a quién pertenecía el avión.

La vigilancia

“En The Final Months, el extenso estudio de Eli Robins sobre 134 muertos por suicidio, aproximadamente el 70% comunicó abiertamente sus intenciones a otras personas. De ese 70%, la media de avisos fue de tres. Me gustaría señalar, sin embargo, que existen personas que proclaman sus intenciones durante décadas y que nunca intentan suicidarse. Este hecho no debe producir menosprecio, porque no demuestra que estas personas estén mintiendo, sino más bien que no son capaces de cometer un acto tan horrible como el suicidio. Tampoco debería provocar sorpresa, porque hay muchos asuntos así. Por ejemplo, hay células de la piel precancerosas que, no obstante, durante décadas, no desarrollan cáncer. Y sería reprochable si un dermatólogo, después de detectarlas, dijera:`Oh, no se preocupe por esto, si fueran a desarrollar un cáncer ya lo habrían hecho´. También sería contraproducente aplicar inmediatamente alta cirugía invasiva. ¿Qué hace un dermatólogo competente en este caso? Tomar medidas moderadas como la extirpación del área afectada y, en una palabra, vigilar. Es decir, una monitorización periódica de la situación clínica, con la intención de que las próximas decisiones a tomar dependan de un información actualizada. Si durante dicha monitorización se produce cualquier emergencia entonces se opta por la hospitalización o la cirugía. Los profesionales de salud mental competentes actúan así sobre el supuesto riesgo de suicidio.

Por decirlo de otra forma, sobre un determinado grupo de personas con crónicos sentimientos suicidas, no hay forma de saber, en un punto determinado, quién morirá o no. […] Pero ¿por qué este hecho provoca desdeño en algunos profesionales de salud mental y las células precancerosas activan la vigilancia en los dermatólogos? Mi opinión es que es debido a la estigmatización de la enfermedad mental y la conducta suicida, perceptible incluso en el personal de salud mental”.

Thomas Joiner, The Perversion of Virtue

Estudiantes preguntan

Durkheim
– ¿Cómo deberían tratarse según el código deontológico las noticias sobre un suicidio? ¿Se cumplen estas normas?
– La primera norma y fundamental diría que es saber que en la mayoría de casos hay un trastorno mental detrás y actuar en consecuencia. Esto es: no describir el suicidio en términos románticos ni como un ejercicio de libertad, etc. Estas normas en la mayoría de casos no se cumplen. Pero es que incluso en España los libros de estilo desaconsejan la publicación de suicidios, salvo en casos de famosos o que sugieran un problema social. Como si el suicidio no fuera ya de por si un problema social o como si el efecto de imitación no pudiera desatarse en estos casos. De cualquier forma, aunque el suicidio no se aborde demasiado bien (en las contadas ocasiones en que se aborda) me atrevería a decir que cada vez se trata mejor. Bastante mejor que en los periódicos de los años ochenta, por ejemplo.
– ¿Es ético publicar sobre suicidios?
– ¡Es que compartir información es una forma básica de prevenirlos! 
–  ¿Es de interés general? ¿Se puede considerar más un tema privado y familiar? 
– Según la OMS, un millón de personas se suicidan al año en todo el mundo. Singularmente en España, casi cuatro mil. Diría que son cifras muy interesantes. Sobre la privacidad, yo entiendo que algunos familiares no quieran hablar sobre sus difuntos. Lo entiendo, aunque no lo comparta. Pero no todos los familiares opinan así. Yo conozco a otros que están dispuestos a hablar y entienden que la información que guardan sobre sus seres queridos es muy útil. También depende de la habilidad y de la suerte del periodista, desde luego.
– ¿Se suele hablar de los suicidios en los medios?
– No. El tabú no se ha roto. Esto resulta evidente cuando se compara el tratamiento periodistico que recibe la llamada violencia doméstica, por poner un ejemplo, con el que recibe el suicidio, cuyo numero de victimas en España es 80 veces mayor. 
– ¿Se hace de una forma rigurosa y respetuosa, o simplemente como un suceso? 
– La pregunta sugiere que los sucesos no pueden tratarse con rigor y respeto. No estoy de acuerdo. El problema es que al no tratar el suicidio, cuando de repente lo abordan, los medios suelen hacerlo mal. Como en el caso aquel de la enfermera que pasó el teléfono durante una broma radiofónica o el del niño que dejó una nota de despedida repudiando el colegio.
– ¿Hay suicidios más noticiables que otros? 
– Yo creo que sí. Es decir, no es lo mismo que se suicide el portero de la selección alemana que el portero de mi edificio. Esto no quita para que sobre los dos se puedan escribir textos valiosos. Pero en el segundo caso, diría, menos ligados a la actualidad.
– ¿Hay algunas épocas en las que se publiquen más noticias sobre suicidios, por ejemplo, los suicidios provocados por la crisis?
– Lo primero que debo decir es que no existen los suicidios provocados por la crisis. Por la sencilla razón de que la causa de un suicidio es imposible de determinar. Hace algún tiempo salió en televisión una mujer cuyo hijo se había suicidado. La periodista le preguntó por qué. Respondió: no hay respuesta. Me pareció sublime. De todas formas, vuestra pregunta es muy interesante. No he hecho ninguna comprobación, pero diría que si hay algún momento en el que se publiquen más noticias, ese momento podría ser la primavera, que es cuando hay un pico en los suicidios. Se podría mirar.
– ¿Qué piensa del llamado efecto dominó? ¿Hablar de suicidios en los medios lleva a que se produzcan más?
– A mi el término contagio no me gusta demasiado. Prefiero hablar de imitación. Sobre este asunto lo único que se puede decir sin temor a equivocarse es que muy excepcionalmente hay suicidios que se apiñan en el tiempo y en el espacio. El papel que juega la prensa en este sentido no está demasiado claro. Aunque los estudios más sensatos dicen que los periódicos lo único que hacen es adelantar suicidios que se hubieran acabado produciendo. Durkheim también lo señalaba cuando dijo que la imitación no afectaba a la cifra social. Habitualmente los protagonistas de este tipo de suicidios apiñados se conocen y comparten ciertos factores de riesgo.
– Algún dato de interés…
– Un estudio publicado en la revista Psychological Medicine en 2003 y realizado por el doctor Jonathan Cavanagh y un equipo de psiquiatría de la Universidad de Glasgow mediante el examen de autopsias psicológicas. Su conclusión: el 95 por ciento de los suicidas sufren un determinado trastorno mental en el momento de su muerte.