Estimado lector

“Estimado___________: Ha pasado algún tiempo desde que estuvo aquí en el hospital, y esperamos que las cosas le vayan bien. Si quiere escribirnos unas líneas nos complacerá volver a saber de usted”.

Entre 1969 y 1974, los doctores Jerome Motto y Alan Bostrom, de la Universidad de California en San Francisco fabricaron uno de los escasos estudios que han conjugado suicidio y correo. Reunieron a un grupo de 843 pacientes que habían abandonado el hospital con un elevado riesgo suicida, y lo dividieron al azar en dos grupos, uno de control y otro de contacto. Este último recibiría periódicamente una carta personalizada como la que reza al principio. Durante los primeros cuatros meses con una regularidad mensual, después cada dos meses durante ocho, y finalmente cada tres meses durante cuatro años. En total, cada paciente recibió 24 cartas en cinco años. Las notas evitaban sugerir que se deseaba cualquier información sobre los antiguos pacientes y fiaban sus esperanzas en la sencilla repetición postal. Los resultados del estudio, publicados en 2001 por el doctor Motto, demostraron que las cartas aplacaban las tendencias suicidas en los dos primeros años, la época de mayor riesgo tras abandonar el hospital. La tasa de suicidios en el grupo de contacto en ese período fue la mitad que en el grupo de control. El estudio también detectó una paulatina erosión de los efectos de la correspondencia a partir de entonces, cuando la frecuencia se dilataba. Los analistas atribuyeron el éxito al aumento del sentimiento de pertenencia. Algo que queda patente en algunas de las respuestas de los 389 pacientes: “Gracias por su continuado interés” o “Después de tirar su última carta deseé no haberlo hecho, por lo que me alegra haber recibido ésta” o “Es usted el más persistente hijo de puta que conozco, así que realmente debe estar interesado en mi”.

Le escribí un e-mail a Víctor Pérez Sola, director de psiquiatría del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau en Barcelona, preguntándole si podía una simple carta tener tanto poder. Respondió bien entrada la noche: “El efecto parece deberse a sentirse controlado. De hecho, en nuestro proyecto de prevención del suicido el case management parece ser el instrumento más efectivo para disminuir la repetición”. El case management, formalizado por los partidarios de la psiquiatría comunitaria a finales de los 70 en Estados Unidos como respuesta a los reproches que incidían en la brecha percibida entre los medios disponibles y el difícil acceso a ellos de la población, persigue trasladar el lugar de atención desde el hospital a la comunidad. Un primer paso se produce cuando trabajadores sociales, enfermeros, psicólogos y psiquiatras intentan, después de un intento de suicidio, que el paciente quede atrapado en las redes de salud mental. “Les ponemos, por así decirlo, un guardaespaldas”, continúa Pérez Sola otro día al teléfono. “Sobre todo lo que se intenta es que no olviden que están en peligro. En el hospital de Sabadell, por ejemplo, existe un programa de case management en el que llaman al paciente cada tres meses. Y funciona. Es ahora a lo que le estamos dedicando más dinero”, concluye.

Ojalá pudiera decir yo que ésa es la aspiración de este blog. Será menos comprometedor si digo que este espacio, mientras dure, intentará convertir en noticia el tabú, contraviniendo la creencia popular que sentencia que “de lo que no se habla no existe”, y convencido, con el escritor Álvaro Colomer, de que “lo único que provoca suicidio es no hablar de ello”.

Estimado lector, esta última carta ha empezado a escribirse. Ábrela si quieres. Es para ti.