Huellas post-mortem

En 1958, el jefe forense del condado de Los Ángeles, Theodore J. Curphey, enfrentado a la incertidumbre de varias muertes por causas dudosas, esbozó junto a un equipo del Centro de Prevención del Suicidio un proceso de recolección de datos destinado a recomponer el perfil psicológico de una persona en el momento de morir. Edwin Shneidman, un psicólogo clínico del equipo y fundador de la Asociación Americana de Suicidología, lo denominó autopsia psicológica. Curphey, que se encargaría de investigar la muerte de Marilyn Monroe cuatro años después, murió en Pasadena en 1986 con 89 años. Y aunque algunos autores atribuyen el método a Shneidman, el propio psicólogo reconoció el papel fundador del forense.

A partir de un ojo interdisciplinar, que engloba a forenses, biólogos, técnicos de laboratorio, psiquiatras y psicólogos, la autopsia psicológica ha evolucionado desde las consideraciones ambientales de sus inicios hasta el actual cruce de datos con estudios post-mortem de tejidos cerebrales. “Dentro del suicidio consumado, es la herramienta más importante de la que disponemos para detectar factores de riesgo, y a partir de ahí elaborar planes de prevención”, enfatiza la psiquiatra Marta Quesada, del Hospital Vall d´Hebron de Barcelona. “Es un procedimiento cada vez más estandarizado, más riguroso”, añade.

Tras examinar el lugar de los hechos y la documentación judicial, los investigadores remontan los últimos días de la víctima a través de notas personales, historial clínico, información laboral, y largas entrevistas con familiares y conocidos, intentando aislar posibles causas del suicidio. “Se establece un primer contacto con los familiares, y luego se deja pasar un tiempo para que liberen sentimientos de culpa. Luego se les explica que las entrevistas pueden ayudarles y ayudar a otras personas, y generalmente asumen las molestias”, señala Enrique Baca García, suicidólogo e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM) en Madrid. Baca también establece períodos concretos para esos contactos: “El proceso de duelo suele durar dos meses, y es a partir del tercero cuando los familiares tienden a ponderar los recuerdos: potenciando los agradables y mitigando los desagradables. Para la fiabilidad de los datos, lo ideal sería actuar antes de ese tercer mes”.

El suicidio deja rastros. La autopsia psicológica ha descubierto por ejemplo, que  más de la mitad de suicidas avisan de sus intenciones durante el mes previo, a los médicos de atención primaria e incluso a los médicos de salud mental. Y probablemente las cifras sean mayores,  agazapadas bajo el estigma familiar. “A nadie le gusta que le digan que un familiar se ha suicidado”, me dijo hace poco la psiquiatra Pilar Sáiz desde la Universidad de Oviedo. O también, que existen determinados gestos de despedida, más o menos estandarizados, como  que un preso obsequie a otro con sus enseres personales. Es a partir del estudio de estas huellas, sobre todo, que la suicidología ha ido descifrando al suicida y corrigiendo las estadísticas.

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