Se precipitan

El argot policial denomina precipitados a los que se arrojan desde las alturas. También la medicina legal, encargada de examinar el origen de sus trayectorias. En 1998, cuando el Ayuntamiento de Madrid decidió instalar 140 mamparas de cristal de 1,90 metros de altura en el Viaducto de Segovia para disuadir a los suicidas, algunas voces, principalmente arquitectónicas, agitaron el argumento de la transferencia a otros lugares.  “El próximo paso ¿cuál será?, ¿cortarnos a todos el gas natural? ¿cerrar las cordelerías? ¿desterrar a los pocos afiladores que quedan?”, se preguntaba también una carta al director.

Existían, ya por entonces, numerosos estudios que atestiguaban el descenso de suicidios tras la limitación de las herramientas disponibles. Lo que la jerga suicidológica anglosajona define como restricción de medios letales. Ocurrió en Reino Unido, tras reducir la toxicidad del gas doméstico ; en Australia, con la introducción de los catalizadores en los automóviles; o en Japón, tras limitar el acceso a determinadas armas de fuego. Con respecto a la transferencia, en 1978, el doctor Richard Seiden, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de California en Berkeley, se encaró con el Golden Gate de San Francisco. En Where are they now?, así se tituló el estudio, se rastreaba 26 años después, a 515 personas disuadidas en el puente desde su inauguración en mayo de 1937 hasta el final de 1971. El resultado era vivificante: El 94% de los evacuados estaban vivos o habían muerto de causas naturales.

“El problema es que a esas personas se las disuadió, es decir, no lo llegaron a intentar. No son supervivientes. De hecho uno de los principales factores de riesgo que se tienen en cuenta en la actualidad es la existencia de tentativas previas”, objeta la psiquiatra Pilar Sáiz Martínez desde su teléfono en la Universidad de Oviedo. Luego añade: “Pero es obvio que la restricción de medios funciona. Es una evidencia científica”. Entre los motivos, el psiquiatra Víctor Pérez Sola, del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau en Barcelona, destaca dos, hipotéticos: “Se trata de conductas que tienen un componente de imitación muy importante. Hay generaciones en los pueblos que se ahorcan del mismo árbol. O el Viaducto de Madrid, por ejemplo. Si eliminas esa disponibilidad, la conducta imitativa se pierde. Otro motivo, sería el  escaso tiempo transcurrido desde la toma de la decisión hasta la consumación. Media hora, a veces. Si amplias ese tiempo, las posibilidades de intervenir también se incrementan”.

En España, la precipitación se circunscribe a las ciudades y ocupa el segundo lugar entre los métodos suicidas (696 en el 2007, según el INE), por detrás de el ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación, (1600 en 2007) concentrados en las áreas rurales. La precipitación suele ser letal. A veces, sin embargo, un toldo, un coche, una altura insuficiente, ofrecen el relato más importante y asustado de los que dispone la suicidología. “Ahí es cuando te convences de que el suicidio es una enfermedad. El arrepentimiento es común en el 99% de los casos. Lo que no quiere decir que no lo vuelvan a intentar”, acaba Pérez Sola. Reducir la disponibilidad, ampliar el tiempo, escuchar el arrepentimiento. Constatar que la precipitación casi siempre arrastra una precipitación previa.

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Un comentario

  1. Todos los profesionales del tema insisten en lo mismo: los supervivientes se arrepienten de haberlo intentado. Todos. (Un 99% es todos, no lo neguemos). Sin embargo, en mi modesto rastreo personal, yo he constatado justo lo contrario. De todas las personas que intentaron suicidarse y fueron salvadas por los pelos, todas ellas, sin excepción, odiaron el que “lamentablemente” alguien hubiera llegado antes de tiempo para salvarlas. Hombres y mujeres. Todos jóvenes, eso sí, de entre 30 y 50 años.

    Ahora también lo admiten, e incluso asumen que pueden verse arrastrados por ese impulso en cualquier momento. Que, como los alcohólicos -que lo son, que siempre lo serán-, ellos también serán, hasta el final de sus días, en el fondo, suicidas.

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