Tejidos

Marie Asberg, jefa del Departamento de Psiquiatría del Instituto Karolinska en Estocolmo y autora, junto al psiquiatra Stuart Montgomery, de una escala psicométrica sobre depresión, descubrió en 1976 que el cerebro suicida  poseía niveles deficientes de serotonina, uno de los principales inhibidores de las conductas agresivas. De un grupo 68 pacientes depresivos, el 40 por ciento de los 48 que presentaban esa disfunción había intentado suicidarse. Mientras que entre los 20 que albergaban niveles normales, la tasa era del 15 por cien. Más concretamente, la doctora Asberg y su equipo hallaron niveles escasos en un componente de la serotonina denominado 5-HIAA (ácido 5-hidroxiindolacético), y que contribuye a su degradación. Además, a menor nivel de esa sustancia, más violento era el método empleado para suicidarse. El hallazgo apareció en la revista Archives of General Psychiatry ese mismo año, y supuso el primer nudo de éxito entre bioquímica y suicidio.

Desde entonces, una casi planicie. “Se sabe poco sobre el cerebro suicida”, dice por teléfono el doctor Jorge Manzanares desde el Instituto de Neurociencias de Alicante. “También se han descubierto alteraciones en lo que se llama eje del estrés [eje hipotalámico-hipofisario-adrenal], que se pueden concretar con un amento o disminución en la liberación de cortisol [hormona del estrés], y determinadas alteraciones en los procesos de neurogénesis, es decir, que los suicidas poseen una anormal capacidad en la regeneración de células cerebrales”. En 2009, la Consejería de Justicia de la Comunidad Valenciana y el Instituto de Neurociencias, creado en 1990, firmaron un acuerdo para el trasvase de tejido cerebral de suicidas desde el Instituto de Medicina Legal. “Lo primero que hacemos es dividirlos en dos grupos, en función de si presentan historial depresivo o no. El suicidio se asocia mucho con las historias de depresión. Y sin embargo existe una paradoja: los historiales de depresión son tres veces más frecuentes en mujeres que en hombres, sin embargo los hombres se suicidan tres veces más”. Una paradoja observable también en el número de intentos, y para la que, por el momento, no hay explicación.

Manzanares es profesor en la Universidad Miguel Hernández, y dentro del Instituto dirige un grupo de investigación sobre neuropsicofarmacología. Mientras hablamos me cuenta un suicidio, el de alguien que “se suicidó sin más”. “Es muy complicado. Existen muchos trastornos psiquiátricos asociados, y hay que estudiar los cambios en el tejido cerebral: si se han producido por la enfermedad o por el tratamiento”. Para el examen del cerebro, la neurociencia cuenta con los biochips, placas del tamaño de un teléfono móvil que permiten el análisis de hasta 40.000 genes –el genoma humano contiene alrededor de 30.000-, a partir de una matriz donde se instalan fragmentos de genes de referencia. Al compararlos con la muestra de tejido, los genes iguales se pegan, pero no los que presentan alguna mutación. “Es un barrido grosero, pero ahorra mucho tiempo. El problema sigue siendo su elevado coste”. Casi un millón de euros de elevación, sólo en equipamiento para fabricarlos. Para despedirnos, le pregunto si algún día se podría actuar sobre el suicida con la misma concreción que con el diabético: “Probablemente sí, pero eso ni usted ni yo lo veremos. Por el momento lo que se puede hacer es ir estudiando pequeños marcadores asociados al momento del suicidio y a partir de ahí desarrollar un mapa funcional”.

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