Carta al juez

León, 1968

Calpe, 28 de septiembre de 2011/Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Cistierna/Sr. Sra. Juez:

Me llamo Sergio González Ausina y mi número de DNI es el […]. Le escribo por un asunto familiar. En agosto de 1977, calculo que entre los días 16 y 18 pues fue enterrado el 19, mi tío Vicente González Luelmo, vecino de León y hermano de mi padre, Venancio González Luelmo, se suicidó en un tren que viajaba de Guardo a León, a la altura de la estación de La Espina. Me dirijo a usted para solicitarle el acceso a su expediente judicial en la fecha y forma que usted considere. Para ello le adjunto algunos documentos que certifican mi parentesco con el difunto, así como mi dirección postal. Atentamente,

Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Cistierna/

En relación a su escrito de fecha 28-09-2011, solicitando el acceso al expediente judicial de D. Vicente González Luelmo, le informo que en el año que Vd. indica no existían aplicaciones informáticas y no se conservan en el Juzgado expedientes de esa antigüedad.  En Cistierna, a 22 de noviembre de 2011. La secretaria,

Plutchik

Si tecleamos “Plutchik” en la barra del buscador, en algún momento nos topamos con un cuestionario de 15 preguntas: ¿Toma de forma habitual algún medicamento como aspirinas o pastillas para dormir? ¿Tiene dificultades para conciliar el sueño? ¿A veces nota que podría perder el control sobre sí mismo? etc.  Se trata de la versión española de un cuestionario original de 26, que el psicólogo Robert Plutchik  diseñó junto a un equipo de la Escuela de Medicina Albert Enstein de la Universidad de Yeshiva en Nueva York. Lo denominaron escala de riesgo suicida y fue chequeada originalmente con 82 pacientes externos, 157 pacientes hospitalizados y 83 estudiantes universitarios. Los resultados, publicados en 1989,  discriminaban  entre pacientes y estudiantes, y también entre aquellos pacientes que habían relatado uno o varios intentos de suicidio previos y los que no. En el test, autoadministrado, cada respuesta afirmativa suma un punto. Y se considera riesgo de suicidio una puntuación igual o superior a 6.

Un estudio de autopsia psicológica del Departamento de Medicina de la Universidad de Glasgow  reveló en 2003, que el historial de autolisis y los intentos de suicidio conviven al menos en un 40% de los suicidios consumados. Para la suicidología el que intenta quitarse la vida se parece mucho al que se la acaba quitando.  Sobre esta similitud se instala la escala de Plutchik, una criba que sin embargo, demuestra un escaso poder de predicción. “Las escalas tienen un valor predictivo poco fiable”, señala la suicidóloga Carmen Tejedor, del Hospital Sant Pau en Barcelona. “Es como si yo le pregunto a usted si va a suicidarse y me dice que no, pero luego va y se suicida. Son instrumentos para cuantificar e intercambiar información entre diversos grupos, por ejemplo entre los presos de Jérez de la Frontera y los de Alcalá-Meco,  y ver con el tiempo qué ítems nos han sido útiles, nada más.  Eso pasa con cualquier escala”.

Llamé al suicidólogo Enrique Baca García, y le pregunté qué pasaría si alguien – yo había sacado un cuatro- respondiera afirmativamente a siete de los ítems del cuestionario: “Se trata de escalas muy buenas, muy sensibles,  identifican muy bien, pero no significa nada. Si la escala te descarta, estás descartado; pero si te recoge, no quiere decir necesariamente que tengas riesgo de suicidio”. “Tienen una utilidad sobre todo, investigativa, para aislar factores de riesgo. Y si a la escala de riesgo suicida, le añades otras, como recomiendan, como la de la desesperanza de Beck o la del alcoholismo de Tweak, su fiabilidad es mucho mayor”, añadió. Una de las ventajas de las escalas psicométricas es que implican poco esfuerzo del paciente, apenas un par de minutos.

La suicidología busca al suicida, con prisa. Plutchik, muerto en 2006 a la edad de 78 años, registró, de manera sencilla, el perímetro por donde no se mueve.

Periódicos

Existe un hombre llamado David Phillips, profesor de sociología en la Universidad de California y magna cum laude por Harvard. En un estudio de 1974, basándose en datos del FBI, portadas del New York Times, estadísticas de suicidios y otros documentos, Phillips concluyó que cuando un suicidio es objeto de gran publicidad en la prensa, se incrementa el número de suicidios en el área geográfica donde se ha publicado. El profesor denominó a este hallazgo “el efecto Werther”, en alusión a Las desventuras del joven Werther, el libro de Goethe publicado en 1774 que contaba el suicidio de su protagonista tras un amor no correspondido, y que al parecer, desencadenó una ola de suicidios en Alemania.

A pesar de advertir que la censura no es pertinente, Phillips recomienda a los editores “titulares vagos, que no mencionen el suicidio explícitamente”. Algo así, imagino: “Muere un joven al caer por accidente a la vía del metro”. Es evidente que los editores de medios españoles siguen acudiendo al efecto Werther para justificar su silencio frente al suicidio. Un problema de salud pública ausente no sólo de los periódicos, sino de la vida política española, como no podía ser de otra forma en un país de declaraciones.

Sin embargo, lo más extraordinario, es que el efecto contagio haya sobrevivido también a Durkheim, quien lo desmanteló hace más de un siglo: “Puede decirse que, salvo raras excepciones, la imitación no es un factor original del suicidio. Se limita a exteriorizar un estado que es la verdadera causa generadora del acto, y que seguramente hubiese encontrado medio de producir su efecto natural, aunque ella no hubiese intervenido”, se lee en El suicidio. Es decir, otro de los casos donde triunfa la temible falacia “después de, a causa de”, emborronando los límites entre el desencadenante y la causa. Como si una enfermedad mental pudiera contagiarse a través de la lectura. Es obvio que tanto para Phillips como para los editores de periódicos el suicidio engendra suicidio, dada la clave cultural. Uno se pregunta cómo pueden seguir leyendo periódicos y por qué los accidentes de tráfico, los laborales, los asesinatos y la llamada violencia doméstica no engendrarán accidentes y violencias semejantes.

“El efecto contagio en prensa no está muy demostrado”, me dice el suicidólogo Enrique Baca García al otro lado del teléfono. “Pero sí que está demostrado en círculos cercanos, como en residencias de ancianos, el ejército, etc”. Le pregunto entonces porque habría de diferenciarse de la violencia doméstica: “La violencia doméstica provoca rechazo, pero el suicidio puede provocar imitación. Puede. Hay que evitar sobre todo que los lectores se identifiquen con el suicida y que los detalles deriven en un manual de instrucciones. Los detalles no sirven para nada. Informar correctamente y evitar los detalles son dos cosas importantes y no creo que sean incompatibles”, acaba Baca García, para quien una información modélica fue la del portero alemán Enke.

Esta opinión me merece un profundo respeto. Aunque no la comparta plenamente. Pongamos que alguien informa de que un preso se ha suicidado ingiriendo las pilas del mando a distancia. Puede que alguien lo imite, pero también es probable que gracias a esa información otros lectores encaucen su defensa. Que el método devenga primero en información, en concienciación y luego en prevención. Cuesta muchísimo trabajo decir que el periodismo salva vidas. Nadie lo juraría. Pero así es, si aceptamos que a menudo e injustamente también las destroza.

Lo contrario es este  silencioso resumen: a falta de cerrar sus estadísticas, 3429 personas se suicidaron en España en 2009, según el INE. La mayoría de ellas no mereció la atención de los medios. Por otro lado, desoyendo las recomendaciones de la OMS, España sigue sin un plan de prevención contra el suicidio.

Me lo dijo una amiga por teléfono en navidad del 2009, después de desvelarme el suicidio de su hermano: “Aquí es que ya parece que nadie se suicide”.  Aunque en honor a la verdad, hay que decir que la frase sonaba mucho  más contundente entonces. Modestamente, ya no lo parece tanto.