Periódicos

Existe un hombre llamado David Phillips, profesor de sociología en la Universidad de California y magna cum laude por Harvard. En un estudio de 1974, basándose en datos del FBI, portadas del New York Times, estadísticas de suicidios y otros documentos, Phillips concluyó que cuando un suicidio es objeto de gran publicidad en la prensa, se incrementa el número de suicidios en el área geográfica donde se ha publicado. El profesor denominó a este hallazgo “el efecto Werther”, en alusión a Las desventuras del joven Werther, el libro de Goethe publicado en 1774 que contaba el suicidio de su protagonista tras un amor no correspondido, y que al parecer, desencadenó una ola de suicidios en Alemania.

A pesar de advertir que la censura no es pertinente, Phillips recomienda a los editores “titulares vagos, que no mencionen el suicidio explícitamente”. Algo así, imagino: “Muere un joven al caer por accidente a la vía del metro”. Es evidente que los editores de medios españoles siguen acudiendo al efecto Werther para justificar su silencio frente al suicidio. Un problema de salud pública ausente no sólo de los periódicos, sino de la vida política española, como no podía ser de otra forma en un país de declaraciones.

Sin embargo, lo más extraordinario, es que el efecto contagio haya sobrevivido también a Durkheim, quien lo desmanteló hace más de un siglo: “Puede decirse que, salvo raras excepciones, la imitación no es un factor original del suicidio. Se limita a exteriorizar un estado que es la verdadera causa generadora del acto, y que seguramente hubiese encontrado medio de producir su efecto natural, aunque ella no hubiese intervenido”, se lee en El suicidio. Es decir, otro de los casos donde triunfa la temible falacia “después de, a causa de”, emborronando los límites entre el desencadenante y la causa. Como si una enfermedad mental pudiera contagiarse a través de la lectura. Es obvio que tanto para Phillips como para los editores de periódicos el suicidio engendra suicidio, dada la clave cultural. Uno se pregunta cómo pueden seguir leyendo periódicos y por qué los accidentes de tráfico, los laborales, los asesinatos y la llamada violencia doméstica no engendrarán accidentes y violencias semejantes.

“El efecto contagio en prensa no está muy demostrado”, me dice el suicidólogo Enrique Baca García al otro lado del teléfono. “Pero sí que está demostrado en círculos cercanos, como en residencias de ancianos, el ejército, etc”. Le pregunto entonces porque habría de diferenciarse de la violencia doméstica: “La violencia doméstica provoca rechazo, pero el suicidio puede provocar imitación. Puede. Hay que evitar sobre todo que los lectores se identifiquen con el suicida y que los detalles deriven en un manual de instrucciones. Los detalles no sirven para nada. Informar correctamente y evitar los detalles son dos cosas importantes y no creo que sean incompatibles”, acaba Baca García, para quien una información modélica fue la del portero alemán Enke.

Esta opinión me merece un profundo respeto. Aunque no la comparta plenamente. Pongamos que alguien informa de que un preso se ha suicidado ingiriendo las pilas del mando a distancia. Puede que alguien lo imite, pero también es probable que gracias a esa información otros lectores encaucen su defensa. Que el método devenga primero en información, en concienciación y luego en prevención. Cuesta muchísimo trabajo decir que el periodismo salva vidas. Nadie lo juraría. Pero así es, si aceptamos que a menudo e injustamente también las destroza.

Lo contrario es este  silencioso resumen: a falta de cerrar sus estadísticas, 3429 personas se suicidaron en España en 2009, según el INE. La mayoría de ellas no mereció la atención de los medios. Por otro lado, desoyendo las recomendaciones de la OMS, España sigue sin un plan de prevención contra el suicidio.

Me lo dijo una amiga por teléfono en navidad del 2009, después de desvelarme el suicidio de su hermano: “Aquí es que ya parece que nadie se suicide”.  Aunque en honor a la verdad, hay que decir que la frase sonaba mucho  más contundente entonces. Modestamente, ya no lo parece tanto.

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