En voz alta

Las cartas son una de las cosas que más fijan la experiencia. El tiempo erosiona los sentimientos. El tiempo crea indiferencia. Las cartas nos demuestran lo que una vez nos importó. Son los fósiles de los sentimientos. Por eso los biógrafos las aprecian tanto: son la única comunicación con la experiencia inmediata. Todo lo demás que toca el biógrafo está rancio, estropeado, contado y vuelto a contar, es dudoso, carece de autenticidad, resulta sospechoso. El biógrafo sólo tiene la sensación de que está totalmente en presencia de la persona, cuando lee sus cartas, y sólo cuando cita las cartas comparte con los lectores su sensación de que ha recuperado una vida. Y comparte algo más: la sensación de transgresión que acompaña la lectura de unas cartas no pensadas para que uno las lea. Permite que el lector sea un voyeur con él, escuche indiscretamente con él, registre los cajones del escritorio, se apodere de lo que no le pertenece. La sensación no es totalmente agradable. Al acto de indiscreción lo acompaña cierta incomodidad e inquietud: a uno no le gusta que pase eso con él. Cuando estemos muertos, queremos que se nos recuerde según los términos fijados por nosotros, no según los de alguien que tiene nuestras cartas más íntimas, irreflexivas, embarazosas y se propone leérselas en voz alta al mundo.

Janet Malcolm

La mujer en silencio. La controvertida relación entre Sylvia Plath y Ted Hughes.

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Conversación con J.

Los contemporáneos de Vicente merodean ahora los sesenta años. He encontrado a algunos de los remitentes de las postales que recibió cuando trabajaba de guía en las Cuevas de Valporquero. Cuarenta años después, aquellos contactos furtivos, excursionista conoce a guía, apenas han dejado memoria. El 28 de noviembre de 2011, por la tarde, por el procedimiento de llamar a números de teléfono de Sama de Langreo que tuvieran por segundo apellido el primero de J., la localicé en casa de un hijo. J. le había enviado una postal un 12 de septiembre no sabemos de qué año, aunque sólo pudo ser entre 1970 y 1973, los veranos que Vicente trabajó en las Cuevas:

“Hola Vicente: Por no encontrar ninguna tarjeta de Sama te mando esta para que veas una pequeña parte de la playa de Gijón, llamada el Piles por llamarse así el río que atraviesa esa parte. Da recuerdos a todos y tú recibe un afectuoso saludo. J.”

Aunque su importancia deriva de otra postal,  escrita por Vicente y tachado el texto, a la anterior destinataria. La imagen es de las Cuevas. No la envió, pero la conservó. Algo que no es extraño a tenor de otras postales. Es imposible saber por qué, aunque quizás el paso del tiempo, su caligrafía se ha sofisticado notablemente, desgastó la letra. A la luz del flexo de mi escritorio, una noche, logré leerla:

“Querida y [ilegible]: En una completa soledad, con una música de fondo un tanto romántica, te envío una muestra de nuestra amistad. Tu amigo, Vicente. (Recuerdos a tus padres)”

Al otro lado del teléfono le expliqué a J. quién era yo y también quién era Vicente. No se acordaba. En singular. Aunque se acordaba de una visita que había hecho a Valporquero de viaje con sus padres y con “18 o 19 años”. Y de los guías, “chicos muy simpáticos y muy amables” con los que había estado  hablando y tomando algo en el merendero y a los que había explicado por qué agujero entró a la Cueva en su primera visita, de niña. “En el 89 o así”, ya con su marido y sus hijos, había vuelto. Le leí su postal por teléfono y le dije que una que Vicente le había escrito pero que no había  enviado, acababa con un “Recuerdos a tus padres”. Se interesó y me preguntó cuándo se había suicidado. Al responderle que en el 77, añadió: “Pues bueno, quizás con él tuve más feeling porque sería el único al que escribí”. Entonces me dijo que cuando murió su marido hace algunos años, ella también había pensado en hacerlo: “Yo siempre digo que para suicidarse, en fin, hay que ser valiente”. Le respondí que Vicente padecía esquizofrenia. Luego no supe muy bien qué decir. Le agradecí su atención y nos despedimos.

Un día le leí la postal tachada a mi padre. Antes de que acabara de leerla, glosó: “Sí, ése es el estilo de Vicente”. La sinécdoque, entonces. Un ligero y sutil desplazamiento. ¿O sólo eran románticas la puesta de sol y la música de fondo?

Playa de Algorta

Los sábados por la tarde, en otoño, conducía hasta la casita de campo de mis padres. Llevaba una caja con postales: algunas de mi tía Mary, algunas de mi padre, y otras de Vicente. También un álbum de fotos familiar y diversos documentos conservados en el desván. Mi padre me recibía recién duchado y afeitado. Debe ser un protocolo familiar porque yo también llegaba así. Sentada al lado de la chimenea, estaba mi madre, con las piernas estiradas hacia el televisor. Subíamos al pequeño salón de la parte de arriba y a la luz muy delgada de una lámpara lateral nos sentábamos. Sobre la mesa extendía el material,  enchufaba la grabadora y abría la libreta, mientras él se frotaba la frente con las manos en gesto de concentración. Antes de empezar las entrevistas, y a partir de las direcciones y los matasellos,  había ido trazando una mínima cronología de la vida de Vicente. Esperaba que mi padre me ayudara a completarla, pero pronto tuve que aceptar que sobre las fechas de su hermano ahora sabía yo más que él: “¿En qué año dices que murió Vicente?”, era una pregunta habitual suya para coger impulso.

Otras veces, tras leerle el contenido de alguna postal, la entrevista desembocaba en un juego de adivinanzas: “Esta es, no me lo digas, no me lo digas, de la Ametlla de Mar, en el 73, fue el primer año que yo trabajé con Dragados”. Ingeniero Técnico en la explotación de Minas, mi padre se había licenciado en la Escuela de León el año anterior. El de la Ametlla de Mar fue su primer tramo de autopista. Después vendrían Vinaroz, Gandía y Calpe. Su biografía, desde 1973 y hasta 1977, va ligada al asfalto de ese mediterráneo. Conducir por ahí es iluminar indirectamente a Vicente, cinco años menor y que lo visitaba con regularidad. Alguna vez en autostop desde León, pero sobre todo en tren: “Él iba mucho en tren, sobre todo en tren. Más que en autobús”.

Con frecuencia mi padre dice Sergio cuando debería decir Vicente: “Tras la muerte de mi padre, Sergio no tuvo interés por nada. Nada, nada, nada”. Creía que le había corregido, pero en la grabación que ahora escucho no hay rastro. El efecto es determinante: también a mi me gustaría que él fuera mi principal testigo: casi nunca habla mal del muerto. A la desconfianza con que hay que recibir estos testimonios tan lejanos en el tiempo, hay que añadir quizás aquí el miedo familiar a la deshonra. Mi padre ya está solo, pero la precaución es natural. Su conversación, por lo demás, va perfilando a un hermano pequeño educado y sociable. Sin palabrotas.

De vez en cuando, coge un puñado de postales y las ojea al azar. “Postales, postales”, va diciendo, “es lo que había antes. Llegabas a un sitio y en lugar de llamar cogías una postal y la enviabas”. Existe cierto afán coleccionista en las postales. Y una  invitación entusiasmada al viaje. Como si el remitente dijera: espero que ésta no la tengas y te encantaría este lugar. Así se entiende que algunas no estén escritas: fueron enviadas en un sobre y, probablemente, con carta adjunta. A diferencia de las cartas, las postales convierten el viaje en una mera labor de reconocimiento. El monumento o accidente geográfico que ya hemos contemplado, previamente, en nuestra colección. Entre los motivos para la escritura despuntan la amistad o el enamoramiento. Ésta, escrita por Vicente, sin dirección, sin fecha, que no envió, que no sé a quién iba dirigida. Pero que conservó:

“Esta es la playa de que te hablé en mi carta anterior. Como no encontré ninguna vista de día te envío esta puesta de sol. Cuanto me hubiese gustado pasear contigo por aquí y viendo esta maravilla ¿Verdad que es bastante romántica? La [ilegible] como para enamorados. Así que si algún día llegamos tu y yo a algo sería estupendo pasear por aquí”.

Y al dorso, en puesta de sol, la playa de Algorta, en Vizcaya.