Playa de Algorta

Los sábados por la tarde, en otoño, conducía hasta la casita de campo de mis padres. Llevaba una caja con postales: algunas de mi tía Mary, algunas de mi padre, y otras de Vicente. También un álbum de fotos familiar y diversos documentos conservados en el desván. Mi padre me recibía recién duchado y afeitado. Debe ser un protocolo familiar porque yo también llegaba así. Sentada al lado de la chimenea, estaba mi madre, con las piernas estiradas hacia el televisor. Subíamos al pequeño salón de la parte de arriba y a la luz muy delgada de una lámpara lateral nos sentábamos. Sobre la mesa extendía el material,  enchufaba la grabadora y abría la libreta, mientras él se frotaba la frente con las manos en gesto de concentración. Antes de empezar las entrevistas, y a partir de las direcciones y los matasellos,  había ido trazando una mínima cronología de la vida de Vicente. Esperaba que mi padre me ayudara a completarla, pero pronto tuve que aceptar que sobre las fechas de su hermano ahora sabía yo más que él: “¿En qué año dices que murió Vicente?”, era una pregunta habitual suya para coger impulso.

Otras veces, tras leerle el contenido de alguna postal, la entrevista desembocaba en un juego de adivinanzas: “Esta es, no me lo digas, no me lo digas, de la Ametlla de Mar, en el 73, fue el primer año que yo trabajé con Dragados”. Ingeniero Técnico en la explotación de Minas, mi padre se había licenciado en la Escuela de León el año anterior. El de la Ametlla de Mar fue su primer tramo de autopista. Después vendrían Vinaroz, Gandía y Calpe. Su biografía, desde 1973 y hasta 1977, va ligada al asfalto de ese mediterráneo. Conducir por ahí es iluminar indirectamente a Vicente, cinco años menor y que lo visitaba con regularidad. Alguna vez en autostop desde León, pero sobre todo en tren: “Él iba mucho en tren, sobre todo en tren. Más que en autobús”.

Con frecuencia mi padre dice Sergio cuando debería decir Vicente: “Tras la muerte de mi padre, Sergio no tuvo interés por nada. Nada, nada, nada”. Creía que le había corregido, pero en la grabación que ahora escucho no hay rastro. El efecto es determinante: también a mi me gustaría que él fuera mi principal testigo: casi nunca habla mal del muerto. A la desconfianza con que hay que recibir estos testimonios tan lejanos en el tiempo, hay que añadir quizás aquí el miedo familiar a la deshonra. Mi padre ya está solo, pero la precaución es natural. Su conversación, por lo demás, va perfilando a un hermano pequeño educado y sociable. Sin palabrotas.

De vez en cuando, coge un puñado de postales y las ojea al azar. “Postales, postales”, va diciendo, “es lo que había antes. Llegabas a un sitio y en lugar de llamar cogías una postal y la enviabas”. Existe cierto afán coleccionista en las postales. Y una  invitación entusiasmada al viaje. Como si el remitente dijera: espero que ésta no la tengas y te encantaría este lugar. Así se entiende que algunas no estén escritas: fueron enviadas en un sobre y, probablemente, con carta adjunta. A diferencia de las cartas, las postales convierten el viaje en una mera labor de reconocimiento. El monumento o accidente geográfico que ya hemos contemplado, previamente, en nuestra colección. Entre los motivos para la escritura despuntan la amistad o el enamoramiento. Ésta, escrita por Vicente, sin dirección, sin fecha, que no envió, que no sé a quién iba dirigida. Pero que conservó:

“Esta es la playa de que te hablé en mi carta anterior. Como no encontré ninguna vista de día te envío esta puesta de sol. Cuanto me hubiese gustado pasear contigo por aquí y viendo esta maravilla ¿Verdad que es bastante romántica? La [ilegible] como para enamorados. Así que si algún día llegamos tu y yo a algo sería estupendo pasear por aquí”.

Y al dorso, en puesta de sol, la playa de Algorta, en Vizcaya.

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  1. Sorprendente descubrimiento el de su blog. Me han gustado mucho sus textos y me ha parecido muy documentado y preciosista. Seguiré de cerca su transcurso.
    Un saludo

  2. “(…) La [cuenta] para enamorados (…)” Esa es la palabra que escribió Vicente al reverso de la postal y que tú colocas como ILEGIBLE. La palabra se lee bien, lo que ocurre es que el sentido de la expresión no es rotundamente claro y por ende induce a especulación. Creo, modestamente, que Vicente pudo haber querido decir “Es propicia para enamorados”.
    Mis respetos a la memoria de Vicente y a la de todos aquellos que como él, un día decidieron acabar con sus vidas.
    Me embarga una profunda pena en estos momentos porque siento que voy a terminar igual y nadie lo nota y nadie lo sabe; y si lo dijera, a nadie le importaría o nadie me creería. Dios mío.

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