Conversación con J.

Los contemporáneos de Vicente merodean ahora los sesenta años. He encontrado a algunos de los remitentes de las postales que recibió cuando trabajaba de guía en las Cuevas de Valporquero. Cuarenta años después, aquellos contactos furtivos, excursionista conoce a guía, apenas han dejado memoria. El 28 de noviembre de 2011, por la tarde, por el procedimiento de llamar a números de teléfono de Sama de Langreo que tuvieran por segundo apellido el primero de J., la localicé en casa de un hijo. J. le había enviado una postal un 12 de septiembre no sabemos de qué año, aunque sólo pudo ser entre 1970 y 1973, los veranos que Vicente trabajó en las Cuevas:

“Hola Vicente: Por no encontrar ninguna tarjeta de Sama te mando esta para que veas una pequeña parte de la playa de Gijón, llamada el Piles por llamarse así el río que atraviesa esa parte. Da recuerdos a todos y tú recibe un afectuoso saludo. J.”

Aunque su importancia deriva de otra postal,  escrita por Vicente y tachado el texto, a la anterior destinataria. La imagen es de las Cuevas. No la envió, pero la conservó. Algo que no es extraño a tenor de otras postales. Es imposible saber por qué, aunque quizás el paso del tiempo, su caligrafía se ha sofisticado notablemente, desgastó la letra. A la luz del flexo de mi escritorio, una noche, logré leerla:

“Querida y [ilegible]: En una completa soledad, con una música de fondo un tanto romántica, te envío una muestra de nuestra amistad. Tu amigo, Vicente. (Recuerdos a tus padres)”

Al otro lado del teléfono le expliqué a J. quién era yo y también quién era Vicente. No se acordaba. En singular. Aunque se acordaba de una visita que había hecho a Valporquero de viaje con sus padres y con “18 o 19 años”. Y de los guías, “chicos muy simpáticos y muy amables” con los que había estado  hablando y tomando algo en el merendero y a los que había explicado por qué agujero entró a la Cueva en su primera visita, de niña. “En el 89 o así”, ya con su marido y sus hijos, había vuelto. Le leí su postal por teléfono y le dije que una que Vicente le había escrito pero que no había  enviado, acababa con un “Recuerdos a tus padres”. Se interesó y me preguntó cuándo se había suicidado. Al responderle que en el 77, añadió: “Pues bueno, quizás con él tuve más feeling porque sería el único al que escribí”. Entonces me dijo que cuando murió su marido hace algunos años, ella también había pensado en hacerlo: “Yo siempre digo que para suicidarse, en fin, hay que ser valiente”. Le respondí que Vicente padecía esquizofrenia. Luego no supe muy bien qué decir. Le agradecí su atención y nos despedimos.

Un día le leí la postal tachada a mi padre. Antes de que acabara de leerla, glosó: “Sí, ése es el estilo de Vicente”. La sinécdoque, entonces. Un ligero y sutil desplazamiento. ¿O sólo eran románticas la puesta de sol y la música de fondo?

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Un comentario

  1. Hola,quiero darte las gracias por la iniciativa de este blog.Como hija de madre suicida estoy firmemente convencida de la necesidad urgente de hablar de los suicidas como enfermos y no silenciarlos como delincuentes.Solo así será posible llevar a cabo una labor efectiva de prevención y de ayuda a las familias sobre las que recae toda la responsabilidad del cuidado.Gracias de corazón.

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