Golden Gate

Eric Steel es el director y productor de The Bridge, un documental sobre el suicidio en el Golden Gate. Lo he visto varias veces y cada vez me ha parecido más aturdidor. Y eso que Steel no se ocupa de los cuerpos devastados. A partir de un reportaje publicado en el New Yorker, el director decidió que había llegado la hora de filmar a los jumpers. Para lograrlo les vendió a las autoridades una película sobre una de las siete maravillas del mundo. Instaló las cámaras y empezó a grabar 24 horas al día durante el 2004, el año en que 24 suicidas saltaron. A lo largo de la película la mayoría de ellos, mezclada con los recuerdos de familiares y allegados, va precipitándose. El relato más revelador quizás sea el del suicida Kevin Himes, de 24 años. Nada más saltar se preguntó qué había hecho. Vaporizaba las sábanas con desinfectante porque estaba convencido de que había insectos que le transmitían el sida. Y llego a escribir cinco versiones de su carta de despedida, desechándolas por “malvadas”. Al final lo salvó saltar con un cierto ángulo y una foca, lo único que le mantenía a flote una vez rota la región lumbar.

El trámite se sucede sin demasiadas variaciones: tras unos segundos de vacilación, alguien  escala la barandilla, salta, desaparece en el agua y las ondas alcanzan un barco o un kitesurfista. “Para la mayoría de nosotros, mañana será otro día”, dice un familiar al final del documental. Quizás sea esa una de las claves del puente: abreviar la distancia entre el suicidio y las tablas de surf: otro día, de repente. De hecho, la disponibilidad, la limpieza y la belleza son los factores esgrimidos por los suicidas. Con el primero no parece que haya demasiados problemas. Otra cosa son los otros. Aunque diferente sea desaparecer en el agua y arrojarse a un tren, para hablar de limpieza hay que preguntar también a los forenses. Este párrafo de un examen de autopsias realizado en 1967 sobre 169 suicidas del puente: “El mecanismo más común de lesiones ha sido el aplastamiento de la caja torácica, como resultado de la fractura bilateral de las costillas y su penetración en los órganos vitales (85,2%). Le siguen la laceración de los pulmones, la rotura del hígado, lesiones en el cerebro y ahogamiento”.

Sobre la belleza, no veo que las cámaras de Steel la recojan, más allá de los distintos planos con que se encuadra el puente. ¿Dónde si no podrían? El psicólogo Thomas Joiner, en su libro Why people die by suicide y dados los escasos estudios científicos al respecto, apunta una explicación puramente especulativa: la de que en la mente del suicida que está a punto de morir, la muerte es algo no sólo deseable sino bello, más si cabe en lugares como el Gran Cañón o el Golden Gate. El periodista Tad Friend cita, sin embargo, unas palabras del director de la Asociación Americana de Suicidología, el doctor Alan Berman, algo más esclarecedoras: “Los suicidas tienen fantasías de transformación y son propensos al pensamiento mágico al igual que los niños y los psicóticos”. Ésta sí que parece una línea de investigación apropiada. La puerta de oro, el argumento enfermo.

Hubo familiares e instituciones que le reprocharon a Steel su documental aludiendo al suicidio como una ceremonia privada. Está también aquel pecio de Ferlosio: “Siempre hay un hijo de la gran puta capaz de esperar horas al suicida indeciso en la cornisa del rascacielos para poder fotografiarlo en el aire un instante antes de estrellarse contra el suelo”. Es muy discutible, si se piensa en alguien que pone fin a su vida al pie de turistas multimedia. Pero mucho más discutible es que ambos argumentos proyecten una sombra de libertad  sobre el suicidio. Steel miró y no es inocente. Hay personas que prefieren no mirar.

La literatura suicidológica se organiza comúnmente a partir del relato de los supervivientes. El relato de su dolor. No siempre tendrán razón, pero mirar el suicidio es sobre todo mirarlos. Escucharlos. Casi al final del documental hay una mujer de perfil y ligeramente oscurecida. Se ha limpiado las lágrimas varias veces. Esto no lo dice llorando: “Podría haberme quedado cerca de él. Pero a la vez, no quería humillarlo o verlo en un hospital psiquiátrico, porque no estaba segura de que ellos pudiesen ayudar […] Pero nunca más dejaré de entrometerme. No voy a volver a respetar la privacidad. Y nunca más voy a quedarme sin hacer nada por tener miedo a que ellos se sientan avergonzados”. La ceremonia privada. Ésa por la que también se suicidan.

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