Viaje a Tarragona

León, 1968

El 13 de enero, saltándome mi propio libro de estilo, viajé a Tarragona con mi mujer y mi hijo en la parte de atrás y contándose la Caperucita. Hacía tanto viento en la autopista que el coche cabeceaba. Ya en la ciudad, y después de deshacer la maleta en el hotel, salí con frío a comprarme una bufanda. Luego fuimos a cenar. Y mientras dormían, empecé a revisar las notas que le  había tomado a Benjamín G. Trapero, el noviembre anterior y por teléfono. Yo acababa de leer a Joiner e iba a lo que iba. Trapero recordaba con especial ahínco una tarde de fútbol contra el Hulleras de Sabero, en la cuenca minera: “Estábamos todos congelados y tu tío como si nada. Yo ese partido no lo jugué. Estábamos en infantiles y fuimos con los juveniles a jugar. Un vendaval de nieve, muchos ni se movían, al Mezquita lo tuvieron que retirar, se quedaba congelado”. La última vez que vio al muerto fue en agosto de 1976. En el bar Sierra, de León, sin apreciar nada esquizofrénico.

Al día siguiente, después de desayunar y pasear me dirigí a la plaza de toros donde habíamos quedado. Me recibió un hombre canoso, con el pelo a cepillo, gafas, chaqueta marrón, camisa eléctrica, 60 años, mujer, dos hijos y una empresa de perforaciones de pozos de agua, que amablemente me dirigió a su casa. En la mesa del comedor, después de encender la grabadora, empezamos a mirarnos los cromos. La delantera del San Esteban en 1968. El entrenador Chano rematando de cabeza. Vicente, Gago y Granja. La Selección Oeste en Ponferrada en 1969. Trapero había empezado de interior y con 14 años, luego en la media con un tal Eligio, al que una vez le dolían tanto las botas que jugó descalzo, y luego de lateral con tendencia a sumarse al ataque. Vicente empezó con 13 y con el número 10. Entrenaban en las Eras de Renueva, en primavera y verano hasta que ya no se veía el balón. Y jugaban en el campo de San Mamés, y algunas veces, en el de la Cultural Leonesa, si lo cedía. Trapero señala un jugador en las fotos y va dictando breves notas al pie. “Técnicamente los mejores fueron tu tío, Granja y Calero, de los que yo conocí. A tu tío lo quiso fichar la Cultural, pero el San Esteban no le dejó. Era durísimo, muy fuerte, uno de esos jugadores que engaña, porque era bajito. Y tenía muy buena rosca. Si hacía viento, los metía desde el córner. Pero no fue ni una vez ni dos, no era casualidad”.

El barrio de San Esteban, de clase trabajadora, estaba coronado entonces por Macario, un minusválido que andaba con muletas desde una meningitis y que vertebraba la charla y el fútbol de los chavales, a partir de su pequeño taller de reparación de radios. El alma mater, la expresión no es mía, del club más laureado en las categorías inferiores de la ciudad, por encima de la Cultural o el César. No les pagaban, pero les daban las botas y excepcionalmente había una prima de 100 pesetas por ganar. Trapero añade: “Pero casi que no hacía falta, porque ya iba con el gen del barrio ganarle a la Cultural”. A veces, en los descansos, a los niños futbolistas les daban café con coñac para lidiar el frío.

La conversación empieza a trabarse cuando abandona el fútbol, a principios de la década siguiente y empieza a entrar en las cafeterías, los guateques y las chicas. También en la comisaría. Pero a cambio, gana en frenesí. La historia de la Tropicana. La he escuchado varias veces. Pero la Tropicana merecerá otro lugar. No todos los días a mi padre lo sacan esposado de una sala de fiestas acusado de pertenecer a una banda de falsificadores y se echa una gabardina encima del brazo para disimular.

Le pregunto insistentemente por las chicas. Me interesan. Pero Trapero no recuerda nombres. “Uno siempre tiende a ir con los mayores. Yo iba con tu padre y los Arellano y el Losada. Pero como tu padre no quería que Vicente viniera, pues no venía. Lo que pasa con los hermanos grandes y los pequeños”. Sí que recuerda, en cambio,  algunas historias, y su memoria las va acotando remotamente. Vicente le había pedido el piso a uno de los hermanos Arellano para ir con una chica, y al día siguiente lo querían matar, de la bacanal. U otra, en la que aparece una chica alta, con espalda de nadadora y encaprichada de Vicente. Al día siguiente, abandonada la habitación, él, más bien bajito, la coge de los hombros intentando levantarla y le dice: “Ya he demostrado quién es el hombre aquí”. Trapero se ríe y yo también, aunque él debe de imaginarse mejor el contraste.

En el bar Sierra, la última vez que se vieron, Trapero se traga una sopa y, con cierta dificultad, un bistec. La sopa y el bistec son muy fáciles de escribir y muy difíciles de refutar. No debería anotarlas, pero así voy descontando. Pago él porque era el único de los dos que trabajaba y Vicente le habló de las oposiciones que preparaba a funcionario. De prisiones. Luego darían, como acostumbraban,  una vuelta por el Húmedo.

En agosto de 1977,  un año después, Trapero hizo escala en Madrid para ver a su madre antes de llegar a León. Vivía fuera y Macario le dio la noticia. “Siempre se me ha quedado esa cosa de decir, jo, si hubiera llegado un par de días antes, a lo mejor…”.

El resto del día lo dediqué a pasear entre ruinas y cuidar niños con mocos, del frío.

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