Making of

La periodista Ángela Gallardo, de TVE, me había escrito. Estaba preparando un reportaje sobre el tabú del suicidio para el fin de semana, había leído el blog y quería entrevistarme. Añadiendo que podría explicar el proyecto y que sería buena idea leer alguna carta. Llamé a mi mujer a Madrid y se lo conté. Diferimos sólo en detalles circunstanciales: ella pensaba que era la oportunidad del blog y yo que era la oportunidad de atacar la historia de Vicente González. Nada más colgar, llamé a Gallardo. Era miércoles por la tarde, así que no había demasiado tiempo que perder. No estaba muy seguro de querer leer una carta, pero ya acostado y con la cabeza en pleno centrifugado, pensé que leerla me aliviaría incluso de tener que explicarme. Al día siguiente, mientras ponía en orden el puñado de tabú que tenía claro, me llamaron desde la redacción de los informativos en Alicante. Había surgido un imprevisto en la otra punta de la ciudad y tendríamos que aplazarlo.

El viernes por la tarde me encontré con el periodista Luis Pérez, un cámara y un chófer en el ambulatorio del pueblo, y los llevé a mi casa. Pérez, alto y apacible, llevaba mi blog en el móvil. Había estado leyéndolo en el camino, dado el trabajo y la urgencia. Le dije que no se incomodara: las instrucciones eran precisas:  tocaríamos el silencio informativo y leería una carta. La carta al juez, le adelanté a Pérez, al que la respuesta del juzgado había satisfecho tan poco como a mi. Los recursos, es decir las imágenes que soportan la narración, quedaban a nuestro criterio. Yo había pensado en mostrar fotos. Sobre todo las de Vicente en las Cuevas de Valporquero, su época de mayor vigor, no sólo epistolar. Subimos, el cámara desenfundó, yo abrí el portátil, y buscamos algo de luz en la penumbra.

Por lo demás, me trabé una cuantas veces, se me secó la boca y a punto estuvimos de olvidarnos la carta, pero quedé contento con el reportaje (sumario y min. 28). Hablé de los supervivientes, de la prevención y de la terapia con carta adjunta. Pérez y yo todavía seguimos un tiempo en medio del salón charlando sobre la televisión y la prensa mientras el cámara recogía. Luego los acompañé al coche, al otro lado de la calle y entre los árboles, y mientras esperábamos a que el chófer volviera, le hablé de Vicente y de las flores que aparecían en su lápida de León cada año por el día de difuntos. Muchos años después de muerto y sin que mediara autoría familiar. Un hilo, y de los gordos. La remotísima posibilidad de que mi tío hubiera dejado descendencia antes del diagnóstico. Busco a una mujer embarazada a principios de los 70. La busco para hacerle las preguntas clásicas what, who, when… La historia tenía dos inconvenientes: era verosímil y era muy bonita, le dije. Y yo, llegado el caso, sería el hombre encargado de destrozarla.

Con los escasos asuntos de mi interés puedo llegar a ser torrencial. La investigación excita mucho. Sobre todo cuando el aliento del mundo, simple espejismo, se concreta en un interlocutor ocasional como Pérez. Nos estrechamos la mano y el coche arrancó. Luego me acercaría a la casa de mi padre a ponerlo sobre aviso. Pero mientras volvía de despedirlos, casi mefistofélico, sólo me imaginaba a una voz confirmándome: su mensaje ha sido enviado.

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