Guía de las Cuevas

Valporquero, sin fecha

El 24 de enero, dos días después de la emisión del reportaje, conocí a I. en la bandeja de entrada. Ni siquiera había oído hablar de él. I. nació el mismo año que Vicente y compartió con él la misma calle, el mismo instituto, el trabajo de guía y el primer curso de Filosofía y Letras. Tres folios muy apretados donde se elevaba esta voz geológica:

[…] Superada la etapa de la adolescencia en la que prácticamente no tuve trato con tu tío, por mi desplazamiento a Málaga, en la juventud volvimos a coincidir ya que al volver a León yo comencé a trabajar por los veranos de guía en las Cuevas de Valporquero, donde otro hermano mío era el Jefe de los Guías, y tu tío, gracias a la influencia de tu abuelo que trabajaba en la Diputación de León de la que dependían las Cuevas, consiguió entrar de guía un año después que yo. Sin ninguna duda creo poder afirmar que esta etapa de su vida fuera la mejor con diferencia. El trabajo en la Cuevas le permitió ampliar infinitamente las relaciones sociales y afectivas y al mismo tiempo, cierta independencia económica. Diríamos que en aquella época y para nuestra edad fue un privilegio. Al mismo tiempo el ambiente de trabajo era bueno, muy bueno. Cuando todavía en este país no había libertad para casi nada, allí, en plena montaña de León teníamos en verano nuestro pequeño reducto de libertad. Teníamos habitaciones en el Edificio de servicios, para pernoctar y dormir la siesta si queríamos y al mismo tiempo un transporte diario en Land Rover para bajar a la ciudad de León. Las gentes de la montaña de León son muy acogedoras, con un carácter romántico pastoril y al mismo tiempo mucha retranca, lo que hace que te integres rápidamente. […] A Vicente las Cuevas le sacaron de las relaciones típicas futboleras de un barrio de ciudad de clase trabajadora, a un mundo rural pastoril, con una concepción de la vida bastante diferente. Éramos jóvenes, y éramos guías de las Cuevas, eso era una carta de presentación que en aquel entorno vendía. No nos perdíamos una fiesta de los pueblos de alrededor. Teníamos un taxista del pueblo de Vegacervera, se llamaba Cuesta, que se encargaba de nuestro transporte nocturno. Los días que nos quedábamos a dormir en la Cuevas desayunábamos en el bar regentado por Isidro y su familia, cuyo hijo es actualmente un buen pintor-escultor leonés, huevos fritos con pimentón y aceite y café. Era la energía para entrar a las Cuevas, donde hacíamos una media diaria de doce kilómetros. Los domingos y festivos nos los pasábamos enteros dentro con una humedad del aire del 96% y una temperatura de 12ºs. Lo mejor eran las explicaciones que dábamos en cada sala de la Cueva. Allí se mezclaban conocimientos de geología, espeleología, arte natural, etc., cada día aprendíamos algo nuevo que nos contaban los visitantes de sus experiencias en otras Cuevas. Al mismo tiempo conocías a muchas personas que por unas razones u otras al tener que mostrarte ante ellos con nuestras pedagógicas explicaciones, les llamabas la atención y al salir continuabas charlando con ellos, incluso te invitaban a tomar una cerveza y a veces surgía una relación de amistad o afectiva. He de reconocer que además solíamos sacar un sobresueldo importante con las propinas, aunque el mayor experto en este asunto era un guía ya mayor, maestro del pueblo de Valporquero. Aquí fue donde tu tío conoció la mayor parte de sus vínculos afectivos, muchos de ellos yo creo que le durarían hasta que se suicidó. […]

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