El doping de la academia

Italia, 1975

Italia, 1975

Un hombre de 58 años, serio, cordial, chaqueta verde, gafas gruesas, medio calvo y con la bufanda apretada, había salido a recibirme. Hacía meses que buscaba a B.B. La carta de I. lo situaba en Alicante. Y Google lo concretó a ocho kilómetros de mi casa. Cogí la libreta, un sobre con fotografías, el abrigo, y los metí en el coche de camino al instituto de educación secundaria donde impartía Geografía e Historia. En la puesta en escena, iba pensando, yo debía aparecer algo desesperado. Cierto atropello inicial quizás contribuiría. Así que en los pasillos aceleré mi presentación y empecé a mostrarle torpemente fotografías. Hasta que el profesor, apoyado en la pared, elevó por fin la vista al techo con gesto sorprendido y reparador.

Nos dirigimos a un aula pequeña y vacía, nos sentamos frente a frente y le pregunté qué sabía. B.B había compartido con el difunto los dos primeros cursos de Filosofía y Letras, 1973 y 1974, y fue anotando parcamente a un joven interesado en la Historia Antigua, martirizado con el Latín y apolítico, aún en aquellas circunstancias transitorias y excitantes. El profesor recordaba también una agria pelea a las puertas de la Facultad y en primero con el alumno Vicente G. Presa, luego periodista y poeta sensista, ya fallecido. Y así iba recortando a mi púgil: “Intelectualmente no era muy brillante. Le costaba estudiar y el resultado académico no se correspondía, digamos, con el esfuerzo que hacía. Fumaba mucho. Y sí, tomaba centraminas para los exámenes. Pero no sólo él. Mucha gente”. Las centraminas. El doping de la academia. El profesor denuncia su aureola: “Había como una cuestión de orgullo en los estudiantes: hoy me he quedado toda la noche estudiando, uf”. Aunque yo me incline más por la presión, dado el aire familiar. Conseguir anfetaminas, por lo demás, era fácil: bastaba un amigo o conocido cuyo padre fuera médico o tuviera una farmacia. Vicente, incluso, cuando no tenía centraminas, recurría a las dexedrinas con las que su madre intentaba perder peso, según me contó C. Grandmontagne, amigo de la familia y estudiante por entonces.

La semana siguiente volví al instituto. B.B me esperaba en la puerta y me dijo que no se acordaba de nada más. Aún así, insistí en enseñarle el expediente, por si facilitaba las cosas. Ya en el aula, busqué alguna particularidad lingüística que pudiera vincular esos años con la esquizofrenia y solapadamente se lo pregunté. Solapadamente me respondió que Vicente tenía un discurso trabado, con un notable temblor inicial en la voz y el pulso: “¿Ves? Conforme voy hablando, me van viniendo cosas a la cabeza”. Por último, muy cuesta arriba, le pregunté si el sujeto podría anunciar algún tipo de explosión. Anoté la respuesta, pero es una pregunta tan idiota que temo que el profesor se contagiara. Remontar la corriente enseñando la patita del final. Acabé hablando yo más que él, señal inequívoca de que la conversación no daba más de sí. Cerré la libreta, me deseó suerte y salí al sol pronosticando los párrafos. A veces pienso que todo Vicente cabría en ocho, necrológicos. Pero sólo es cansancio. Para ser buenos, esos ocho, deben apoyarse en otros doscientos. Su señal inequívoca.

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