Correspondencias

[Lure, 31 de agosto de 1970]

Cher Bissente: je t´ecris ces quelques lignes pour te dire que je suis bien arrivés, j´espere que tu te porte vien moi ça va. Envoie moi ton adresse de León car je l´ai perdus. Recuerdos a todos de ahí. Grosses beses.

Roseta.

[Oviedo, 21 de junio de 1971]

Hola Vicente: Me encantó Valporquero, y la cueva. Tengo muchas ganas de volver, hasta entonces que te diviertas mucho (aunque sea jugando a las cartas). Lo que no me va a encantar tanto van a ser las notas de rebálida (sic). Bueno, espero que tu tengas suerte. Hasta pronto. ¡Ah! ¿Sabes que estoy estudiando? El siglo de la música: de Vivaldi a Beethoven. Lección 32 de Historia del Arte y de la Cultura. Vaya rollista que soy verdad?

Mariví.

[Oviedo, 23 de junio de 1971]

Hola Vicente: Te dije que te escribiría una postal cuando me dieran las notas pero como no me las dan todavía, te la mando cuando Chus y Mariví. No te extrañe la letra pues estamos en una cafetería pasando el rato luego voy a coger las notas de la Alianza, estábamos comentando que a las niñas de ahora nos da por escribir en los sitios más raros, así que no te extrañes. Au revoire.

Toya.

[París, 4 de agosto de 1971]

Perdona Vicente por no haberte escrito antes, no creas que no me he acordado. Lo que pasa es que aquí llevo una vida muy agitada y un día por otro lo he ido dejando. Yo parto para allá el día 7. Ya te contaré, si te veo, mis aventuras, sobre todo las que me ocurrieran durante los días (5) que tardamos en llegar a París ya que lo hicimos en auto-stop. Creo que me quedaré en León dando clase en los Agustinos. Hasta pronto, tu amigo.

Manolo.

[París, 1 de septiembre de 1971]

Querido amigo: Ya estoy de nuevo en París. Espero que sigas tan enamorado como cuando yo te vi y sigas trabajando tanto de guía. Si ves a Manolo le das recuerdos. Sin más se despide tu amigo.

Eduardo.

[Madrid, 5 de octubre de 1972]

¡Hola 007! La verdad es que no tengo mucho que contarte pero a los amigos siempre les hago un huequecito en mis escapadas. En general, lo que he visto de Madrid, no está mal. Solo que a mi me gustan los sitios tranquilos. Pero para correrte una buena juerga está genial. Es el sitio que te recomiendo, cuando termines de estudiar. Hasta luego.

Victoria.

[Madrid, sin fecha]

Qué tal te encuentras Vicente. Aquí si que hay tías buenas y lo demás es cuento. Si vieras como está la chacha del hotel, voy a ver si la invito una de estas por la noche. Un abrazo.

(firma ininteligible)

Cherchez la femme

Ella fue apartando las flores viejas y repartiendo las nuevas entre las lápidas. Nos habíamos apeado en el aparcamiento del cementerio y las habíamos comprado. Lucía el sol. ¡Qué tiempín! En la oficina les pregunté a dos empleados. Uno de ellos, con barba, gafas y la mirada bizca confundía repetidamente Luelmo con Luengo. A la tercera se produjo una situación ridícula y deletreada. El otro, afeitado y con el pelo a cepillo, anotaba los datos en unas fichas para dármelas. Salimos y empezamos a andar. El nicho de Vicente era el 133 del patio de San Martino, en el extremo norte. Muy cerca  del resto de la familia. El estilo general era neoclásico y constaba de 15 patios en cuadrícula. A excepción del central, una amplia parcela de césped rapado que llamaban Bosque de las Almas, todos estaban repletos de tumbas a las que se accedía por un camino con cipreses al borde y sin asfaltar. Los cuatro habían muerto antes de los 60 años. En 1975 Ambrosio, el padre, con 59 y cáncer. En 1976, Ángela, la madre, con 58 y cáncer. Y en 1977, Vicente, con 24, suicidado. Siempre con 11 meses de diferencia. Mary, la única hija, y la mayor, murió en el 2000, con 55 y también con cáncer.

Yo miraba la E que le faltaba a D. VICENT. y pensaba en la joven embarazada a principios de los 70. Mary, antes de morir y durante algún tiempo, relató aquella experiencia. Cuando se acercaba al cementerio desde Guardo el día de difuntos, encontraba flores en la lápida de su hermano. Era extraño porque ya nadie familiar quedaba en León. Pudiera ser algún amigo. Pero a esos yo ya los había sondeado. Un día (ignoro el año, pero según la vida laboral de Vicente en las Cuevas no pudo ser más allá de 1974) se presentó una chica acompañada de su padre en la casa del barrio de San Esteban. Entiéndame usted. Cuando se fueron, mi padre, a petición de su padre, habló con Vicente, que admitió haber estado con la joven. Aunque añadió que como tantos otros. No se habló mucho más. Entre la hojarasca, mi padre recuerda que alguien le dijo que cuando la joven alumbró, Vicente fue a llevarle flores al hospital. El supuesto ramo compone una escena atractiva: ¿Pretendía adjudicárselo o fue sólo una temeridad? Hay quien sostiene incluso que un día la chica apareció en el Colegio Universitario para reprocharle su desentendimiento con voz sonora. ¿Fue antes o después del nacimiento? Hasta aquí llega el rastro de la chica.

Le digo a ella que para saber quién ponía flores voy a necesitar más nombres. Con los que tengo no basta. Y que seguramente toda esta historia esté contaminada por el paso del tiempo y un exceso de nexos. Pero que ya no hay vuelta atrás. Hay que buscarla.

Carta registrada

Calpe, 1977

Calpe, 1977

La mayoría de personas con esquizofrenia que se suicidan lo hacen en los diez primeros años de enfermedad. Como cabría esperar, aproximadamente tres cuartas partes son hombres. Los de mayor riesgo poseen un curso de remisión y recaída, una buena comprensión (es decir, saben que están enfermos), una pobre respuesta a la medicación, aislamiento social, desesperanza hacia el futuro, y una gran discrepancia entre sus logros anteriores y su actual nivel de funciones. Cualquier paciente con estas características y con una depresión asociada posee un alto riesgo. El momento más común para el suicidio se produce durante una remisión de la enfermedad seguida inmediatamente de una recaída.

Las personas con esquizofrenia cometen suicidio ocasionalmente en un estado de psicosis aguda. Por ejemplo, se precipitan desde un edificio porque piensan que pueden volar o porque escuchan voces que les animan a hacerlo. La mayoría de suicidios en la esquizofrenia, sin embargo, son deseados y planeados cuidadosamente. Como todos los profesionales de la salud mental que han tratado a gran cantidad de pacientes esquizofrénicos, yo  he conocido a numerosos suicidas, y sus muertes evocan una gran tristeza.

Los gestos suicidas del pasado o intentos previos son un importante predictor de futuros intentos. Las expresiones de culpa e inutilidad, desconfianza hacia el futuro, renuencia a planificar u ordenar sus asuntos (por ejemplo, regalando posesiones preciadas o haciendo testamento) son banderas rojas que nos indican un inminente intento de suicidio. […]

Algunas personas temen preguntar sobre el suicidio porque creen que así ponen la idea en la cabeza de la otra persona. Esto no es verdad, ya que a menudo la persona se anima a hablar sobre sus pensamientos y planes suicidas. La mayoría de suicidas tienen sentimientos encontrados sobre el suicidio. No se debe discutir sobre el suicidio directamente con ellas, pero si destacar las razones para no hacerlo. Una, excelente en este momento, es la promesa de más medicación efectiva y con escasos efectos secundarios que estará disponible en los próximos años.

Hay que evitar que la persona entre en contacto con el método planeado para cometer suicidio (por ejemplo, una pistola o píldoras) y el resto de utensilios similares del ámbito doméstico. También hay que asegurarse de que el psiquiatra que la visite esté al corriente de sus intentos de suicidio, y urgirle a tratar agresivamente la depresión. Si el psiquiatra es reacio a actuar, escriba sus avisos y exhortaciones en una carta registrada dirigida al psiquiatra, añadiendo, si es necesario, que ha consultado a su abogado sobre el particular.

E. Fuller Torrey

Surviving Schizophrenia

Dar sepultura

En la parroquia de Puente Castro, al sudeste de la ciudad, del S.XVII y con cigüeñas en el campanario, un anciano calvo, con gafas, dientes maltrechos y un cigarrillo en la boca había bajado la ventanilla del coche preguntándome a quién buscaba. Cuando pronuncié su nombre, el párroco Maximino Castro me señaló la puerta trasera y aparcó. Venía de llevar a unos niños al colegio y tenía el certificado preparado en una estantería de su despacho. Me lo tendió mientras cerraba la conversación que habíamos tenido un mes y medio antes por teléfono: “Sobre lo que me preguntaste el otro día, en principio, si la familia no quiere, no se pone”. Le había preguntado si a los pies de un suicidio la casilla referida a la causa se rellenaba. Por teléfono, esa familia parecía incluso más amplia: “En los libros no se pone lo que desprestigia a la familia. El suicidio no se suele poner. Se deja en blanco”. Aquella vez, sin embargo, si que se rellenó:

Maximino Castro Rodríguez, párroco de San Pedro de Puente Castro de León

CERTIFICA: Que en el libro VIII de DEFUNCIONES de la citada parroquia, fol. 30 vto, Nº 34, se halla inscrita la siguiente partida: “En León a diecinueve de agosto de mil novecientos setenta y siete, yo D. Félix Esteban, coadjutor de la iglesia parroquial de San Pedro de Puente Castro, mandé dar sepultura eclesiástica en el cementerio de la misma al cadáver de Vicente González Luelmo, de 24 años de edad, natural de Guardo, de estado soltero, de profesión estudiante, que falleció el día diecisiete, a consecuencia de accidente ferroviario. Y para que conste lo firmo”. (Firma de Valentín Fernández, párroco de San Pedro de Puente Castro).

Para que conste lo firmo y sello en León, a treinta de enero de dos mil doce.

Maximino, también por teléfono, me había dicho que le extrañaba que las casillas referidas al lugar de residencia y al nombre de sus padres estuvieran vacías. Ninguna sorpresa. Sus padres habían muerto, la vivienda familiar había sido alquilada y Vicente se repartía entre un piso de un amigo en el barrio de San Esteban, la casa de su hermana en Guardo y el bungalow de Calpe donde vivía su hermano. De ahí el precipitado “natural de Guardo”. No es extraño tampoco que se rellenara la causa. Fue en 1983 cuando la Iglesia católica concedió a los suicidas la sepultura eclesiástica que hasta entonces les había negado. Parece lógico pues, que para cumplir con el precepto convirtieran previamente el suicidio en un accidente.

Por lo demás, mi padre me había contado que al entierro acudió poca gente dado el verano y la premura: “No nos dio tiempo a avisar a nadie”. Y que los que acudieron, propablemente lo hicieran a partir del eco diseminado por los pasajeros del tren al llegar a la estación.