En caso de perturbación colectiva

Leo un reportaje del New York Times. Apoyado en dos recientes estudios sociológicos publicados en The Lancet, el primer diario del mundo concluye que los suicidios aumentan en Europa por la crisis económica. Este párrafo: “En Grecia, el suicidio de los hombres ha aumentado en un 24% de 2007 a 2009, según las estadísticas del gobierno. En Irlanda, durante el mismo período, los suicidios masculinos lo han hecho en un 16%. En Italia, los suicidios motivados por las dificultades económicas han incrementado en un 52%, 187 en 2010 –el último año con estadísticas disponibles- frente a los 123 de 2005”. Como cualquier asunto humano, el suicidio tiene causas. El plural es importantísimo. El suicidio no es un acto inexplicable pero tampoco responde a una sola. Sin embargo, hay que quitarse el sombrero frente a la precisión italiana, artífice de la crisis económica como principal y novedoso factor de riesgo. Es lógico que los periódicos tarareen el descubrimiento. Se trata de una noticia sensacional.

Entre estadísticas y declaraciones, el periódico incrusta algunos suicidios de constructores endeudados, aludiendo al del jubilado griego que se disparó a las puertas del Parlamento como la punta de iceberg. Dimitris Christoulas se hizo famoso a principios de abril después de que los periódicos publicaran una carta de despedida en la que responsabilizaba al gobierno de su suicidio. Antes de atender a su cáncer y sus 77 años, o a la venta de la farmacia que regentó en activo por parte de su hija, -algunos de ellos aunque secundarios, clasificados factores de riesgo-, los periódicos prefirieron encajar a Christoulas en el relato de la crisis. Las notas de despedida son para leer. No se puede abordar el suicidio sin encararse con ellas. Con su esfuerzo sintético. Pero sin olvidar que la escritura sirve también para encubrir. Destacadamente, una enfermedad mental.

Javier Jiménez, presidente de la Asociación para la Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (Aipis), lee una media de veinte noticias de suicidios al día. Las organiza según se adhieran a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para los medios de comunicación. A veces, sobre todo cuando el medio es español, escribe cartas a los periódicos quejándose del tratamiento. “Algunos periódicos mejicanos son para ponerse a temblar”, me dijo una tarde desde su casa en la sierra madrileña. Por teléfono le pregunto sobre la supuesta relación entre crisis y suicidio: “Los suicidios no aumentan por las crisis económicas, sólo puede hablarse de determinadas situaciones que producen un aumento del estrés. Como el desempleo, que si es un factor de riesgo”. Hay, sin embargo, una cuestión que impide vincular claramente desempleo y suicidio. Y es que la enfermedad mental es también uno de los factores principales de desempleo.

Recientemente, el psiquiatra de la Fundación Jiménez Díaz e investigador del Cibersam, Enrique Baca García, ha elaborado junto a su equipo un estudio que abarca 50 años con datos de la Organización Mundial de Salud y del Banco Mundial sobre el particular. ¿Tanta fuerza tiene una crisis económica? Dice Baca, en conversación telefónica: “La respuesta es que depende. Depende del contexto socioeconómico del país. Hay países ricos en los que un descenso del PIB va acompañado de un menor estrés y países pobres en los que el aumento del PIB va acompañado de un mayor estrés. En general, cualquier situación de cambio para un sujeto susceptible, sobre todo relacionado con el concepto de pérdida, puede derivar en un aumento del estrés: desempleo, ruptura amorosa, soledad, incapacidad, desesperanza, etc. La desesperanza es el predictor más potente del suicidio”.

La conclusión del estudio, que se publicará pronto en el British Medical Journal, revalida el suicidio anómico formalizado por Durkheim. Tras constatar la influencia de la crisis de Viena en 1873 y del crac de la bolsa de París en 1892 en la tendencia al suicidio, el francés descubrió una curva similar durante los meses de la Exposición Universal de París en 1878: “Así pues, si las crisis industriales o financieras aumentan los suicidios, no es por lo que empobrecen, puesto que las crisis de prosperidad tienen el mismo resultado; es porque son crisis, es decir, perturbaciones de orden colectivo”, escribió en El suicidio.

Llamé entonces a Víctor Pérez Sola, psiquiatra del Hospital Sant Pau de Barcelona. Era mediodía y estaba esperando el autobús: “Grecia e Italia son países que registran el suicidio peor que España”, me dijo, cauteloso. “Aunque es evidente que el suicida es mucho más sensible a los cambios sociales que el resto”. En la encuesta anual de salud general en Cataluña (Escat) se percibe un crecimiento de la sintomatología depresiva en el último año: del 6%, los hombres han pasado a un 12%, igualando el porcentaje de las mujeres, que se ha mantenido estable. Sola glosa: “Existe un aumento del malestar entre los hombres, debido principalmente a la pérdida de rol social causado por el desempleo, al que a menudo se añade una automedicación en forma de alcohol. Pero de ahí a concluir que el número de suicidios aumenta por la crisis hay un mundo”. Ese mundo está delimitado para el psiquiatra, por la enfermedad mental y los estresantes: “Hacen falta muchas más cosas para suicidarse que una crisis económica”.

El problema es que los periódicos no consideran la enfermedad mental una causa. De ahí que el New York Times no convoque a psiquiatras, sino a sociólogos y empresarios que descifren la clave social. Como si bastara. “Las crisis financieras ponen la vida de la gente normal en riesgo, pero lo más peligroso es cuando se producen recortes en la protección social”, dice uno en el reportaje. La gente normal. Para ponerse a temblar.

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