La memoria campestre

El Cegoñal es un pueblo situado a diez kilómetros de Guardo y rodeado de colinas y bosques fugaces. Aparcamos frente a la iglesia románica y junto a un cercado con troncos apilados, un mediodía luminoso. Un hombre con la gorra roja limpiaba un camión de mercancías con una pistola de agua a presión y las cigüeñas percutían contra los fresnos. El último censo contaba 39 habitantes. Un centenar menos aproximadamente que en la década de los setenta. La despoblación campestre. Una vida mineral. Una vida al margen del anacoluto. Sin mayores noticias que las fiestas tradicionales, el rescate de unos mineros o un suicidio en el tren. Una mujer dobló una esquina y le expuse el caso. Enseguida apareció Eduviges, que salió de una casa con cobertizo adyacente y perro guardián, vistiendo un bata de tela blanquiazul, pelo zanahoria, metro sesenta y 79 años. Viges, así la llamaban, sabía lo que le había contado su madre. Ella por entonces vivía en Bilbao. Habían traído un cadáver de la zona de Valcuende, lo velaron toda la noche en la pequeña escuela del pueblo que nos señalaba con el dedo y las mujeres confeccionaron una corona con flores silvestres. Quizás su hermano Albino, ahora presidente de la junta vecinal, recordara más. O Faustino, que vivía al otro lado de la carretera junto a su mujer y que ya casi no salía de casa.

Pasaba un tractor verde cargado con un cilindro de paja enorme y Viges le dio el stop. El conductor, moreno y con barba, paticorto y con 50 años, de nombre Emiliano, dijo que el cadáver estaba en un sitio conocido como La Majada, donde pacen las ovejas en trashumancia. Al lado de las vías. Le tendí el dni de Vicente. Mi padre me había dicho que al ver que había nacido en Marruecos, pensaron que quizás fuese marroquí. Yo buscaba algún tipo de confirmación. Pero Emiliano, que no se había bajado del tractor, debía tener entonces quince o catorce años. Y a los adolescentes no les dejaron acercarse demasiado. Viges añadió que el presidente de aquella época, tal Aquilino, organizó a los vecinos por turnos para el velatorio: “Nunca lo dejaron sólo”. Le pregunté cuando volvería su hermano y dijo que a la hora de comer. Informé de que aprovecharía para visitar a Faustino hasta ese momento.

La casa, rodeada de césped y envuelta por una valla metálica verde, combinaba azulejos verdes y blancos en la fachada y tenía un zócalo blanco de hormigón impreso. El tejado era de teja roja convencional. Cruzamos la puerta de hierro y llamamos al timbre. Nadie abría. Esperamos. Volvimos a llamar. Dimos una vuelta por el jardín y cuando nos íbamos, apareció encima de las escaleras una silueta canosa y con gafas, mal afeitada, con una chaqueta de hilo granate, pantalones grises y 92 años. Me presenté y le enseñé el dni. El viejo estaba senil y casi no oía.  Sus frases llegaban al final de un largo camino de agotamiento acre. Asentía con lo del muerto y la escuela, pero era incapaz de atrapar ningún detalle. Calculé mentalmente y dije que en el 77 él debía tener 57 o 58 años. Espetó: “Debería acordarme de más cosas, ¿verdad?”. Mi mujer se escondió detrás de la fachada para que no la viéramos. Faustino me preguntó apuntándome con el dni: “¿Y usted qué pretendía con esto?”. Respondí que era por si le ayudaba a recordar. Él siguió mirándolo. No pregunté nada más. Le dimos las gracias y nos fuimos sigilosamente. Al cerrar la puerta del jardín, ella se había puesto las gafas de sol.

Caminamos brevemente hasta la escuela, ahora convertida en el club social. Una casita blanca con ventanas rojas y una farola atornillada a uno de los laterales, junto a un tobogán y un par de columpios. Allí lo habían metido en un ataúd de zinc que imitaba madera y lo habían velado hasta que alguien llegase.

Volvimos al coche y mientras esperábamos al hermano de Viges, ella empezó a hacer fotos y yo empecé a mascar chicles preguntándome, meditabundo y descreido, qué demonios estaba haciendo allí. Acabamos sentados al borde de la iglesia y sobre unos bancos de madera. Muy cerca de dos lápidas sin inscripción. Viges había dicho: “Como no venía nadie empezaron a pensar en enterrarlo aquí. Les obligaba la ley”.

Albino llegó en un todoterreno verde acompañado de otro hombre con una careta de apicultor en la cabeza. Llevaban toda la mañana en las colmenas e injertando árboles al otro lado de la colina. El actual presidente era un hombre regordete de 54 años, sin estatura, tranquilo y con la calva brillante. Aquel día estaba jugando a fútbol al lado de la iglesia y  aparecieron dos guardias civiles. Según él, el maquinista debió dar aviso en el puesto de Puente Almuhey, ya inexistente, y la pareja había llegado en moto preguntando. Abandonó el terreno de juego y los acompañó andando a través de la colina. Había gente custodiando el cadáver. El tren era el Ferrocarril de la Robla, también conocido como Correo, y cubría el trayecto Bilbao-León. No sabía nada más. Le pregunté cómo lo habían trasladado y me dijo que lo más seguro que fuera a hombros. Le pregunté si recordaba qué hora era y dijo que serían las ocho de la tarde. Le pregunté a qué hora anochecía en agosto y me dijo que a las diez.

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