Prime time

El reportaje de Informe Semanal salió al aire el 14 de abril por la noche. Se tituló La ley del silencio y mostraba un amplio catálogo de agentes del suicidio: supervivientes, psiquiatras, enfermeros, periodistas. El caso de Vicente ilustró la autopsia psicológica a través del blog: recopilación de documentos y entrevistas con familiares y allegados con vistas a una biografía. El reportaje tenía un prólogo explosivo: la madre de un suicida con la frase: “se muere de suicidio como de cualquier otra causa”. Nada de los habituales estigmas y misterios. Sentado en la butaca, frente al televisor, aplaudía con la mirada.

La subdirectora del programa Cándida Godoy me había llamado dos semanas antes. Me preguntó si me consideraba un superviviente. Dije que no, dada la nula contemporaneidad. En la terraza, mientras el realizador, el cámara y el técnico de sonido grababan algunos documentos en el salón, hablábamos sin comprometernos mucho, de la herencia. Yo me había referido en un momento de la entrevista al indudable lazo genético, y estaba intrigada. Repetí lo que había leído: diversos estudios citaban un aumento del riesgo para los poseedores de una historia familiar de suicidio. Justo el doble que el resto. En cualquier caso y según los expertos, un factor secundario. Nada por lo que agobiarse. Pero que añadiría una razón más para no esconder el asunto. Darles a los familiares la oportunidad de defenderse. Aunque uno no sepa cómo lidiar un gen, siempre puede mantenerse alerta.

En el reportaje, Última carta precedía al Linguistic Inquiry and Word Count (LIWC), un software que desgranaba cualquier tipo de discurso en más de 70 categorías y que los suicidólogos empleaban para analizar notas de despedida, principalmente a partir de las expresiones de angustia o los verbos de acción. La voz en off subrayaba que los suicidas tendían a utilizar la primera persona, exculpar a los familiares y a despedirse en tiempos verbales futuros. Sobre la máquina lingüística retornaban las palabras de una enfermera del Hospital de Sant Pau de Barcelona acerca del mindfulness, una técnica de meditación que según parece, diversos estudios neurofisiológicos y bioquímicos apoyan en su eficaz combate contra el estrés, y que empleaban para que los pacientes se centraran en la actualidad, desalojando pasado y futuro.

Durante la entrevista surgió también algún por qué. Dije: “Bueno, pensé que antes de romper cualquier tabú ajeno, yo debía romper mi propio tabú familiar. Me pareció una cuestión de decencia”. Yo, el decente. En fin, ya pasó. Estuvimos alrededor de dos horas y mostré fotografías. Al realizador le pareció buena idea que saliera abriendo la caja donde guardo las fotos y las postales de Vicente mientras lo presentaba. Informe Semanal es uno de los programas líderes en el prime time de los sábados y éste sería el mensaje más poderoso que yo podría pulverizar.

El blog se inundó de visitas enseguida. También de algunos comentarios. Empecé a leerlos vorazmente. La mayoría eran de supervivientes agradecidos, personal sanitario, supuestos suicidas y bloggers. Siempre es emocionante oír a alguien decir y yo también. Respondí los más personales y censuré los que invocaban a Dios o aludían al asunto en términos conspirativos, crípticos o poéticos. No es que no sean dignos de entrar en mi casa, es que no había pruebas.

Por último, algo que voy constatando con frecuencia creciente. Incluso personalmente. La voz de los suicidas. No se oye. Hablo de los que lo han intentado. No están para entrevistas, podría argüirse. Puede ser. A menudo los supervivientes tampoco lo están. En el reportaje esa ausencia se compensaba con la representación de una llamada telefónica de un suicida a una enfermera. Obviamente, la enfermera era la única que hablaba. Y con un breve recorrido por los rostros del weblog francés Project Attempters, que mezcla fotos e historias de quienes lo intentaron y volvieron. He leído todas las historias. Esquemáticamente, los suicidas hablan de su experiencias, de su entorno y de su vida posterior con valentía y decisión. Como Amélie: “Espero que la gente que vea estas fotos no me juzgue. Espero que vean que no hay nada de lo que avergonzarse. […] Espero que la gente que se sienta sola y sienta lo mismo, se dé cuenta de que es bueno hablar de ello”. Es la voz. La única que no puede ignorarse. La más difícil de registrar.

Durante la semana siguiente no recibí ninguna pista nueva sobre Vicente, aunque sí algunos sitios donde buscarlas.

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  1. Hola Sergio,
    Que los genes puedan explicar la conducta me parece un tanto literario, no menos que el supuesto factor de imitación. ¿Por qué alguien va a arrogarse de un quinto piso empujado por su sangre y no por la influencia de una historia familiar de la que, en un momento de desesperación, se sienta irremediablemente heredero? Mientras no se describa la mecánica de estos genes, no veo por qué se deba tener esta teoría más en cuenta que la otra, puesto que ambas han aportado estadística, ¿no?, con tanto de causa y efecto y un gran interrogante en el medio…

    Por otro lado, respecto al testimonio de los suicidas, quizás conozcas el enfoque de la psiquiatra Carmen Tejedor. Dice que sirve para atacar al mito de la supuesta libertad del suicida. El suicidio como un paso en falso, como una mala decisión, puesto que fruto de un estado mental trastornado y pasajero. Y la importancia de la prevención: ganar tiempo hasta que amaine. El ejemplo del chico que saltó del Golden Bridge y se arrepintió en el aire.
    Sigo tu blog con avidez. Un abrazo

  2. Sin querer interrumpir,

    el comentario de Matías me devuelve la impresión que todo aquello sobre la negación del sujeto de lo que hablamos por teléfono (ni recuerdo ya mi postura del todo, ni quiero dar el tostón aquí), deberías encararlo. Porque la causa final siempre se escurre, así que quizá deberíamos conformarnos con fijar un punto de anclaje y justificar su verdad, pero también su utilidad. Y su verdad aquí, mal que nos pese, no tiene por qué ser fáctica. Durante siglos, el sujeto ha funcionado como ese punto de anclaje, y el sujeto en sí es algo absolutamente indemostrable e inencontrable. Pero era, quizá, una ficción imprescindible. Si ahora ya no sirve, ¿quién dirige los experimentos?

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