Paseando a Kramer

León, 1970

El 6 de junio de 1944, cuando las tropas aliadas desembarcaban en Normandía, J.L. R. hacía la primera comunión. Me enseña la foto eucarística que cuelga de su habitación mientras despacha: “Murieron 30.000 hombres, 3.000 a la hora”. Nacido en León en 1933, J.L. se casó con Mary en 1970, tras un largo noviazgo que incluyo encuentros furtivos en el cementerio escapando de la censura familiar. Ese mismo año fue contratado como operario en la Central Térmica de Guardo, donde la pareja ocupó el número 42 del Poblado de Terminor. Una urbanización de casas adosadas con jardín, campo de fútbol, pista de baloncesto, iglesia, bar y columpios, justo enfrente de la planta energética, y donde los empleados no debían preocuparse  ni del alquiler ni de las facturas de la luz o del agua. Un mundo a medida. Un mundo cerrado a cal y canto. Una maqueta con sus arbolitos, sus farolas, sus automóviles y donde los vecinos y su prole, siempre a escala, pasean al perro, pescan en el río o van en bici. En aquel microcosmos, el matrimonio alumbró cuatro hijos. Y fue en sus tardes más compactas donde J.L. desarrolló su cinefilia bélica, donde perros con detonador explotaban al rozar la panza de los tanques reduciéndolos a chatarra.

La primera tarde que pasé en León subí a su casa, un inmueble espacioso y sin hijos domiciliados donde paseaba su jubilación entre alfombras, cuadros y muebles demodés. Un Golden Retriever blanco y grande salió a recibirme al unísono con la voz de mando: “¡Krameeeer! ¡Ven aquí! No te preocupes. Es una maravilla”. Nos abrazamos. Hacía más de quince años que no nos veíamos. La corbata, el jersey de pico, los pantalones de traje y los zapatos relucientes esbozaban a un hombre ordenado, con una punta de presunción. Semejante a mi recuerdo, salvo por las cejas y el pelo blanquecinos. Sus monólogos, siempre lentos, combinan frases anodinas con exclamaciones desencajadas: “Iba yo el otro día paseando con Kramer y veo a un grupo de veinte funcionarias saliendo de la Junta a las diez de la mañana. Me acerco y les digo: ¡Lo que me va a costar a mí vuestro caféeee!”. Adornado todo con una pausa, justa y teatral, y una caricia en el hocico: “¿A que sí Kramer? Qué maravilla de perro”. “Yo a veces estoy en un bar con él tomando café y a la gente que se acerca le digo: Oiga, cuidado porque entre éste y yo, ¡el perro soy yoooo!”.

Cinco meses antes le habían escrito una carta y me había llamado. Al teléfono, había definido los últimos días de Vicente como taciturnos y alterados: “Se le metió en la cabeza irse a Zamora y Mary le rogó que se quedara. Al final decidimos que se quedara en el Hostal Jay de Guardo y lo llevé en el coche. Al día siguiente fui al hostal a ver qué se debía y el dueño de la pensión, que ya falleció, me dijo que Vicente había pagado y se había ido, añadiendo que el chico no estaba nada bien, que se había pasado la noche por los pasillos sin dormir”. Yo tenía sinusitis y estaba mareado, pero acerté a hacer algunas preguntas. Si conservaba alguna foto u otro documento: nada. Si podría describir a Vicente: apenas lo conoció. Si sabía de su esquizofrenia: ni idea. Si estaba al tanto de la medicación que tomaba: de eso se ocupaba Mary y Mary estaba muerta. Nada de lo que escuché por teléfono me resultó demasiado convincente.

Esta vez, las preguntas requerían otro impulso, más amable y fortuito. Tras abandonar la foto de la habitación, por ejemplo, podría colocar alguna bajo los pliegues del par de camisas, del total de 61 con sus iniciales bordadas que combinaba, y que ahora planchaba impecablemente en la cocina: ¿Te acuerdas si cuando dejaste a Vicente en el hostal llevaba una máquina de escribir? Lentamente levantó la cabeza y dijo fijamente: “Ya me lo preguntaste por teléfono y te dije que no me acordaba”. A la siguiente camisa,  insistí sobre las fotos y J.L. abrió el cajón más bajo de una cómoda y empezó a darme sobres. Empecé a revisarlos sentado en el sofá, mientras él examinaba uno desde su sillón orejero: “La única foto que hay de él es ésta de nuestra boda”. En la foto, Mary, mi padre y Vicente posaban en las escaleras de la iglesia de Renueva.

Le pregunté si recordaba a qué hora había ido a la hostal a pagar: “No me acuerdo. Yo sé que estaba en la Central Térmica trabajando y me llamó Mary una mañana diciendo que había pasado algo con su hermano. Fui a casa y mientras nos preparábamos me llamó un vecino de tus abuelos y me dijo que estaba muerto. Claro, fuimos hacia León y pasamos justo al lado de la escuela del Cegoñal donde lo tenían. Porque pensábamos que estaba en León. Me acuerdo que Mary iba pensando en el futuro, planeándolo, ¿qué vamos a hacer con mi hermano?, y yo no sabía cómo decirle que la solución ya la había encontrado la vida”. Con una pausa antes de vida.

Luego se levantó,  se puso un abrigo de piel marrón por debajo de las rodillas, un sombrero de cuero de ala ancha, la bufanda y salimos a pasear a Kramer hasta mi hotel. Mientras el perro se detenía en los pasos de peatones esperándonos  para cruzar, el dueño recogía los excrementos con una bolsa de plástico y sus zapatos brillaban a la luz del alumbrado. Quizás por eso, pensé, Vicente le llamara secretamente  el zapatones, resumen de su relación.

Un día después, Remedios A., amiga de la familia, me contaría que el día 16 de agosto, Vicente bajó al garaje de Guardo y encontró en el cristal polvoriento del Seat 600 que Mary y él habían heredado de mi abuelo, la palabra CERDO, y que Vicente empezó a atribuirle la acción a su cuñado con exageración enferma, alegando que su padre no era un cerdo, no era un cerdo, y que yo me voy. El resto es el Hostal Jay del pueblo, adonde J.L. lo llevó esa noche. El último familiar que lo vio con vida.

Mientras paseábamos sólo sabía que el médico que atendía a los dos gemelos que Mary y él que acaban de tener en 1977  les había aconsejado que no dejaran al esquizofrénico de niñero, pero estábamos hablando del industrial alemán Friedrich Alfred Krupp e intentaba centrarme. Krupp, pionero de los asentamientos gratuitos para los trabajadores, había engrosado la fortuna familiar vendiendo mundialmente blindados y diseñando después las municiones capaces de atravesarlos. “¿Qué ha inventado vuestra generación amigo Sergio, dímelo, dímelo?”, me preguntó después de otra pausa. Yo no sabía qué decir, pero estaba a gusto paseando y viendo al fabuloso Kramer detenerse en los semáforos.

Era noche cerrada cuando dio con el aforismo: “Las tres profesiones que más odio son periodista, abogado y médico”. Luego, ya muy cerca del hotel, me contó  lo del cólico de vesícula. Recientemente  se lo habían tratado. Al desnudarse, el médico también le vio una minúscula cicatriz en la tórax. J.L  dijo que se trataba de una antigua operación de pleura. Días después el médico se lo volvió a preguntar. Y luego, otra vez. Él le respondió, con los ojos ya muy cerca de la cara: “Oiga, ¿usted no sería por casualidad el primero de su clase, no?”

Subí a la habitación pensando en que al día siguiente debía hacer acompañarme. Y quizás al otro. Congeniarían y tal vez él bajase la guardia. Todo ocurrió como lo había planeado. Incluso conseguí otro tramo de las postales de Vicente. Pero yo ya no tenía ninguna pregunta.

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Un comentario

  1. ¡Caramba, cómo nos enredas en la trama! De repente, estamos en una novela policíaca. Mientras avanzo en el texto buscando respuestas al enigma, nuevos vericuetos esperan a la vuelta de cada párrafo, que la alejan; y mantienen en vilo. Al menos sí he acertado con la iglesia de la foto; fácil por las pistas de la historia previa, y era la más cercana.

    Apunto algo de bibliografía relacionada. No he leído ninguna de las dos obras. Una novela de Nick Hornby titulada “En picado” (“A long way down”), sobre el encuentro de cuatro suicidas.
    La segunda es demasiado especializada, pero la añado por si acaso. La doctora Elena Ochoa hizo la tesis, en su día, sobre la esquizofrenia: “Procesamiento mnésico y esquizofrenia: variabilidad según la estimulación lingüística”
    http://cisne.sim.ucm.es/search*spi~S6/X?SEARCH=elena+ochoa+mnesico

    El industrial alemán es Friedrich, para que sea aún más fácil de pronunciar (!).

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