El Correo

Foto: Xavier Tomás Martínez

El médico que lo examinó estableció como causa de la muerte un shock traumático.

Llevaba una máquina de escribir Olivetti Studio 46 y una maleta con pantalones y camisas que le acababa de comprar su hermana. El dueño del Hostal Jay informó de que se había pasado la noche por los pasillos sin dormir. Tal vez durmió algo por la mañana. El dueño del Hostal Jay también informó de que había pagado la cuenta y había estado dando vueltas por la estación.Tal vez había comido algo antes. Tal vez.

En el Libro de Itinerarios del Ferrocarril de la Robla se cita como hora de llegada del tren las 15.54. Y cuatro minutos después, la de salida. En 1977, el Correo regular era remolcado por tres modelos distintos de locomotoras diesel, con un sistema de freno por vacío: las Geco, fabricadas por la multinacional estadounidense General Electric Company y con un motor Caterpillar 398B, a los que los ferroviarios denominan amarillas o americanas. Y las Alsthom y las Creusot, ambas francesas.

En el Registro Civil del Juzgado de Paz de Valderrueda consta como hora de la defunción las 17.15. Una hora improbable. En esos momentos el Correo debía haber pasado Cistierna camino del apeadero de Yugueros. Aunque también pudiera ser que llegara con retraso ese 17 de agosto. En el mismo documento se cita como lugar del deceso una hondonada de Valcuende, donde el Correo emboca a las 16.21. La Majada, para los vecinos del Cegoñal.

A falta de testigos directos, el relato de su prima Tere, entre otros, me ha permitido reconstruir lo siguiente: algunos pasajeros pronto percibieron la agitación del hombre moreno y de escasa estatura que no cesaba de levantarse del asiento y mirar por la ventanilla. Cuando se tiró, uno de los pasajeros estiró la manilla de emergencias y el maquinista frenó la locomotora bloqueando las ruedas. El tren había escupido al suicida, que al ver que el maquinista echaba marcha atrás para recogerlo, se levantó y se apresuró a meterse debajo.

No parece que se abrieran diligencias previas por el juzgado de primera instancia. No consta por lo menos en las observaciones del registro civil, donde el día 18 de agosto de 1977, a las 20.00, un día después del suicidio, la prosa funcionarial, obviando el más básico mecanismo de sustitución, señala que “el cadáver fue trasladado para su inhumación en el cementerio de León, con autorización de la Jefatura Provincial de Sanidad de León”.

Hace una semana  localicé al médico en un pueblo de Galicia, titular entonces del vecino pueblo de Prioro y que hacía las guardias en Puente Almuhey. En 1977 Carlos F. R. tenía 25 años. Al teléfono intentaba recordar sin demasiado éxito: “Probablemente llamaron al Juzgado de Cistierna, y el forense no estaba y ese día delegaron en mi. Es extraño que no se le hiciera una autopsia, pero no tanto si se piensa en que antes no era como ahora. Haría lo que se denomina una autopsia visual”. Un forense y un examen más detallado hubieran trenzado un párrafo más parecido a éste: “Las lesiones mortales de un tren se caracterizan por extensas y numerosas roturas en varias regiones corporales, incluyendo fracturas en las extremidades, las cuales en ocasiones son completamente amputadas”.

El 12 de marzo, cuando todavía me parecía imposible que no se hubiera abierto un sumario, me acerqué al Juzgado de Cistierna donde una funcionaria rotunda me indicó con una punta de exasperación que debía estar acompañado de abogado y  procurador. Con la misma esperanza entré en el Cuartel de la Guardia Civil de la localidad, el más conveniente ahora, para escuchar a un gendarme diciendo que los atestados los destruían a los cinco años. Luego nos dirigimos al Cegoñal y después a Guardo. El hostal, un edificio de caravista al lado de las vías y ocupado en su esplendor por agentes del comercio y mineros, había cerrado a mediados de la década anterior. A través de los cristales de la puerta, encabezada por un rótulo donde se habían caído algunas letras, se adivinaba una recepción arrasada. Una hija del dueño regentaba el restaurante del mismo nombre al otro lado de la calle. Entre la sopa y el cerdo, me levanté de la mesa para preguntarle por su padre fallecido y por los libros de recepción. La semana anterior, me dijo, y ante la falta de actividad, había enviado a un par de camareros a que tiraran a la basura todo aquello y limpiaran.

Llevo algunos días llamando a la empresa que gestionaba el ferrocarril por si en algún archivador conservan un parte de incidencias de aquel día. Uno de los últimos que me atendió dijo: “¡Seguro! El problema es dónde”.

 

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  1. Chapeau! por esa investigación tan meticulosa. Hace falta mucha energía para resistir, cuando la información resultante no es tan generosa como los esfuerzos invertidos en su búsqueda. Te mereces, como poco, un viaje en el tren Transcantábrico –la versión elegante de FEVE.
    Yo conocí la línea León-Matallana. Desde el Colegio oíamos, por las tardes, el pitido del tren; pasaba a lo lejos, a las afueras de León. Se le llamaba “la chocolatera” por lo antigua y ruidosa que era la máquina.

    Tal vez lo hayas visto. El domingo 1 emitieron el reportaje “Suicidios literarios” en “Página 2” de TVE. Benjamín Prado repasa nombres de autores que considera esenciales del XX. Además, el escritor canadiense David Vann (1966) habla de sus novelas, influidas por los cinco suicidios ocurridos en su familia:
    http://www.rtve.es/television/pagina2/

    La película española “El club de los suicidas” (2007) es una adaptación libre del relato homónimo de Robert L. Stevenson (The suicide club).
    http://www.filmaffinity.com/es/film877164.html

    (En 1912 se publicó otra en forma de obra de teatro sencilla, con el mismo título, de Fernando Fernández-Portero).

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