Bildungsroman

Tienes cinco o seis años. Tu padre y tú os dirigís a una esquina de la costa de Pontedeume a coger almejas y a lanzar piedras al agua haciéndolas saltar hasta hundirse. El coche es un Talbot Solara y la carretera es una larga cola de rata. Te enseña a contar en inglés: one, two, three… Hasta ten. En algún momento le preguntas por su hermano. Te dice que lo atropelló un tren. Si no lo hubiera atropellado, continúa, estaría todo el día jugando contigo. Puede que para llegar a la costa tuvierais que cruzar unas vías. Durante vuestra estancia en Galicia os azotarán los restos de un ciclón tropical llamado Hortensia. Siempre resulta excitante la yuxtaposición de infancia y meteorología. ¡La familia arría las persianas! Al día siguiente hay postes de teléfono y árboles caídos en la carretera de enfrente.

Debes tener nueve o diez años. Tu hermana y tú danzáis en el salón. Puede que sea el chalet de Calpe o el piso de Guadalajara. Ves una fotografía de Vicente. La fotografía que os acompañará en todas las mudanzas. Tu madre anda por allí, pero el recuerdo es borroso. ¿De dónde lo estás sacando? Le preguntas quién es. Responde “el hermano de tu padre” y se va. Se trata de un primer plano de Vicente, sentado en un lugar oscuro. Sostiene el cigarro con misma mano donde apoya la cara. Veinticinco años después recibes correo del memorioso I. Dice: “También era muy simpática la forma de coger con los dedos el cigarrillo de ducados, al que constantemente sacudía la ceniza. Era bastante gorrón, no sé si por necesidad, o por costumbre. Tu tío no tenía interés alguno por las cuestiones que preocupaban a la sociedad de su tiempo. Él vivía en su burbuja de intereses básicamente primarios”.

Ahora os habéis reunido con Mary y J.L, en Guardo. Puede que sea la comunión de Daniel, aunque es difícil, o la de los gemelos César y David. Puede que sea cuando vivíais en Aguilar del Campoo y los visitabais con regularidad a finales del 87.  Hay otra foto de Vicente en el salón. Preguntas y un primo tuyo dice Vicente. Es la primera vez que oyes su nombre. Tu cara es el grado cero de la comprensión. “Es mi hermano y el de tu padre”, te dice la cariñosa Mary, que se gira hacia tu padre: “¿No les has hablado de Vicente?” Tu padre aparta la respuesta con la cabeza. Fin de la exploración. Durante una de aquellas visitas, tus primos y tú empezaréis a dar vueltas a los aspersores del césped y subiréis a casa hechos una sopa. Os castigarán.

Ahora debes tener 14 años y estás en la última habitación del chalet de Calpe, al final del pasillo, una tarde. Allí no duerme nadie. Puede que no haya nadie más en toda la casa. Abres el armario y encuentras un maletín negro con pertenencias de tu padre. Mecheros, carteras, reglas, boletines de notas. Todas las sensaciones se te han vuelto ajenas pero debes evocarlas. ¿No recuerdas la extrañeza que te produjeron aquellos objetos sin raíz?

Acabas de leer El árbol de la ciencia, tienes 17 años y estás en el internado de Lérida. El libro te subyuga y sientes un flechazo por tu profesora de literatura. Un día os manda escribir un poema y a la sombra del libro, escribes uno sobre el suicidio. La profesora te pide que subas a la tarima y se lo leas al resto de compañeros. Recuerdas algunos versos, ceremoniosos, pirotécnicos: “Corre, huye, escapa al infierno”. Lo lees con el corazón en la boca. Comme d´habitude. Se trata de un momento crucial, piénsalo. Ya no preguntas.

Has acabado la carrera, trabajas en una papelería y reseñas libros para una revista. Vives en Barcelona y tienes 24 años. Estás decidido a ser escritor. Lees como un plusmarquista. Bebes como un sprinter. Y fumas como un medallista. Paralelamente, ensayas monólogos huecos sobre el oficio. Te entrevistas, seriamente. ¿Recuerdas cómo empezaba el tiernísimo mazo de hojas? “Al hermano de mi padre lo atropelló un tren. Volvía del servicio militar y lo atropelló un tren”. ¡Qué traqueteo! Ni siquiera hizo la mili, pero te lo imaginabas cruzando las vías de uniforme y cargando un macuto. Es un lástima que lo lanzaras a la papelera. Ahora podrías mostrarlo. La prueba irrevocable de que fuiste tú quien lo atropelló. 

Última carta

Vinaroz, 1976

Hacía poco que había reunido cuarenta artículos sobre la obsesión y los había enviado a una veintena de editoriales. El último situaba escuetamente las circunstancias del impulso. Mi amigo Braulio García Jaén, redactor jefe de Crimen en Factual, me había llamado una tarde de finales del 2009 hablándome de un blog sobre el suicidio. Se titularía Última Carta y en él trataríamos de conseguir notas de despedida y desgarrar el tabú. Ahí es nada. Nos alcanzó para una carta y para entrevistar a algunos psiquiatras, pero nada más. El diario cerró y volví a la jornada completa en el negocio familiar de material de construcción para pagar la hipoteca y los pañales. ¡Journalist at work! Obviamente, y respecto al periodismo, pensé en abandonar.

El artículo también daba la noticia, con un retraso de más de 30 años, del suicidio de Vicente González Luelmo, estudiante, esquizofrénico y leonés. Y la daba para obligarme. Una de las noches de aquel diario, íbamos hablando del blog mientras lo llevaba a su casa y mi padre enlazó. El relato describía a su hermano pequeño como un cadáver al lado de las vías en el verano de 1977, sin mayor apunte biográfico que un escándalo alucinado en una pensión remota de la provincia de Castellón. Viajaba en autostop de León a Vinaroz y el dueño llamó a los gendarmes. Mi sorpresa fue absoluta y contrariada. Pregonaba la muerte del tabú y resulta que lo llevaba en el asiento de mi propio coche. Mi cabeza, como casi siempre que una historia me caía en las manos, empezó a despegar. ¿Quién era Vicente? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué mi padre nunca había hablado de su familia? ¿Por qué tras viajar por todo el país nunca habíamos pisado León? Conozco pocos azares más imperativos.

Dos años después, intentaba disuadirme abrumado por la propuesta. Le había llamado por teléfono y le había dicho que deberíamos sentarnos en su cocina. Las cosas, según yo las veía, eran sencillas. Quería escribir sobre Vicente y él era su principal testigo. Algo de tabú y estadísticas puede que deslizara. Él empezó por la enfermedad: “Vicente requería tratamiento psiquiátrico. Estaba… de psiquiátrico, ¿me entiendes?”. Respondí que eso era justamente lo que me interesaba. Aunque mi cara no debía delatar nada a esas horas. “No te entiendo. Si dijeras que Vicente descubrió algo o inventó algo… ¡Pero era un chico normal!”. “Bueno, normal, normal…” Mi padre es un tipo escéptico y pragmático. Así que después resumir algunos fracasos le hablé de sacar la cabeza. El suicidio era la oportunidad. No quería soltarla. La disuasión dio pasó a la protección desbocada. Iba a perder dinero. Podría no compensarme. Tendría que hacer muchos viajes. Of course. Pero esta vez, a diferencia de otras, siempre podría detenerme y recuperar el aliento. No caducaba.

Por las noches había ido calentándome. Abría los álbumes de fotos y me imaginaba sus vidas. Me detenía en el semblante de Mary en la boda de mis padres, un mes después. En Vicente y sus botas de cuero, un mediodía portuario. Y en el piso de Maestro Uriarte, con mis abuelos, unas navidades y de las últimas. El pie de todas aquellas fotos presentaba a mi padre como el testigo mudo de una destrucción familiar. Un hombre cansado y al que nunca había visto leer un libro, por lo demás. Me acostaba, apagaba la luz de la mesilla y le reservaba un hueco al esquizofrénico.

De repente sucedió algo inesperado. Antes de aceptar, mi padre dijo que tenía miedo. Me extraño esa muestra de pusilanimidad en un hombre de suyo tan contenido. Me había acostumbrado a que exagerara las perspectivas, pero aquello no parecía ninguna. ¿De qué tenía miedo? Se lo pregunté y contestó, ya levantándose, que nos veríamos el sábado. Poco a poco creo que he ido situando ese miedo: menos temor que superstición y derrota. Es decir, uno de los productos fundamentales del silencio y el bisbiseo colectivo. Empecé a despreciar cualquier obstáculo que impidiera enfrentarme con aquello.

La semana siguiente compré sobres y sellos y empecé a escribir cartas a una pequeña lista de destinatarios.