Última carta

Vinaroz, 1976

Hacía poco que había reunido cuarenta artículos sobre la obsesión y los había enviado a una veintena de editoriales. El último situaba escuetamente las circunstancias del impulso. Mi amigo Braulio García Jaén, redactor jefe de Crimen en Factual, me había llamado una tarde de finales del 2009 hablándome de un blog sobre el suicidio. Se titularía Última Carta y en él trataríamos de conseguir notas de despedida y desgarrar el tabú. Ahí es nada. Nos alcanzó para una carta y para entrevistar a algunos psiquiatras, pero nada más. El diario cerró y volví a la jornada completa en el negocio familiar de material de construcción para pagar la hipoteca y los pañales. ¡Journalist at work! Obviamente, y respecto al periodismo, pensé en abandonar.

El artículo también daba la noticia, con un retraso de más de 30 años, del suicidio de Vicente González Luelmo, estudiante, esquizofrénico y leonés. Y la daba para obligarme. Una de las noches de aquel diario, íbamos hablando del blog mientras lo llevaba a su casa y mi padre enlazó. El relato describía a su hermano pequeño como un cadáver al lado de las vías en el verano de 1977, sin mayor apunte biográfico que un escándalo alucinado en una pensión remota de la provincia de Castellón. Viajaba en autostop de León a Vinaroz y el dueño llamó a los gendarmes. Mi sorpresa fue absoluta y contrariada. Pregonaba la muerte del tabú y resulta que lo llevaba en el asiento de mi propio coche. Mi cabeza, como casi siempre que una historia me caía en las manos, empezó a despegar. ¿Quién era Vicente? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué mi padre nunca había hablado de su familia? ¿Por qué tras viajar por todo el país nunca habíamos pisado León? Conozco pocos azares más imperativos.

Dos años después, intentaba disuadirme abrumado por la propuesta. Le había llamado por teléfono y le había dicho que deberíamos sentarnos en su cocina. Las cosas, según yo las veía, eran sencillas. Quería escribir sobre Vicente y él era su principal testigo. Algo de tabú y estadísticas puede que deslizara. Él empezó por la enfermedad: “Vicente requería tratamiento psiquiátrico. Estaba… de psiquiátrico, ¿me entiendes?”. Respondí que eso era justamente lo que me interesaba. Aunque mi cara no debía delatar nada a esas horas. “No te entiendo. Si dijeras que Vicente descubrió algo o inventó algo… ¡Pero era un chico normal!”. “Bueno, normal, normal…” Mi padre es un tipo escéptico y pragmático. Así que después resumir algunos fracasos le hablé de sacar la cabeza. El suicidio era la oportunidad. No quería soltarla. La disuasión dio pasó a la protección desbocada. Iba a perder dinero. Podría no compensarme. Tendría que hacer muchos viajes. Of course. Pero esta vez, a diferencia de otras, siempre podría detenerme y recuperar el aliento. No caducaba.

Por las noches había ido calentándome. Abría los álbumes de fotos y me imaginaba sus vidas. Me detenía en el semblante de Mary en la boda de mis padres, un mes después. En Vicente y sus botas de cuero, un mediodía portuario. Y en el piso de Maestro Uriarte, con mis abuelos, unas navidades y de las últimas. El pie de todas aquellas fotos presentaba a mi padre como el testigo mudo de una destrucción familiar. Un hombre cansado y al que nunca había visto leer un libro, por lo demás. Me acostaba, apagaba la luz de la mesilla y le reservaba un hueco al esquizofrénico.

De repente sucedió algo inesperado. Antes de aceptar, mi padre dijo que tenía miedo. Me extraño esa muestra de pusilanimidad en un hombre de suyo tan contenido. Me había acostumbrado a que exagerara las perspectivas, pero aquello no parecía ninguna. ¿De qué tenía miedo? Se lo pregunté y contestó, ya levantándose, que nos veríamos el sábado. Poco a poco creo que he ido situando ese miedo: menos temor que superstición y derrota. Es decir, uno de los productos fundamentales del silencio y el bisbiseo colectivo. Empecé a despreciar cualquier obstáculo que impidiera enfrentarme con aquello.

La semana siguiente compré sobres y sellos y empecé a escribir cartas a una pequeña lista de destinatarios.

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  1. Tanta sinceridad hace el texto muy vivo y auténtico.
    Se agradece la intensidad. Imposible no sentirse inmersa en el relato.

    Al hilo del título, hoy apunto dos libros de cartas y suicidio, por si no los conocéis.
    “Cartas a mi madre”, de Sylvia Plath (1932-1963). Recopilación de sus cartas de 1950-1963, desde que ingresa en la Universidad e intenta suicidarse por primera vez, hasta unos días antes de asfixiarse con gas. (Un hijo de los hijos siguió su ejemplo en 2000).
    “Dinero: carta de un suicidio” es una novela de Martin Amis (1949). El protagonista es un profesional de éxito que quiere suicidarse porque no entiende el mundo empobrecido por el dinero.

    Y el reportaje de Informe Semanal (21-7-2012) abordando de nuevo el suicidio, pero esta vez entre los escolares de Corea del Sur:
    http://www.rtve.es/alacarta/videos/informe-semanal/informe-semanal-corea-del-sur-prohibido-fracasar/1487175/

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