Retrato familiar

Sigo sin saber si llegaron a Asturias a finales de 1953 o 1954. Lo que está claro es que dos años antes de que Marruecos proclamara su independencia, es decir, cuando las cosas empezaron a ponerse feas, mi abuelo encontró un empleo en el ayuntamiento de Mieres. Un destino civil. Seguía siendo militar, pero realizaba tareas de funcionario. La familia de cinco se instala en un par de habitaciones con derecho a cocina, en una casa compartida. Pero la convivencia con el otro matrimonio les incomoda  y pronto alquilan una buhardilla que mi abuelo se ha encargado de adecentar previamente. Llevan una vida monótona, tranquila y austera. Cuando les llega el momento, los niños, excepto Mary, se visten con las docenas de camisas color garbanzo y con la insignia de Regulares que su padre se ha traído a hurtadillas de Alcazarquivir. Los estudios, sin embargo, resultan innegociables. Podrán privarse de otras cosas, de viajar, de comprarse ropa, pero nunca de los libros. Ni de las clases particulares. Mi abuelo se encarga de levantar a Mary y a mi padre por la mañana para que estudien en la mesa de la cocina. Mi padre admite que cuando su padre desaparecía, se dormían sobre los párrafos.

Durante un tiempo mi abuelo trabajó en arbitrios municipales, encargado de cobrar las tasas del tránsito de mercancías a los camiones de fruta, hortalizas, carne y pescado. Mi padre dice que durante el resto de su vida tendría dos pagas: la de brigada y la de funcionario. Aunque la primera no fuera gran cosa. Desde la bruma mi padre rescata un episodio que le contó su madre sobre mi abuelo. Alguien del ayuntamiento se había burlado de su estatura y él había apretado la mandíbula: “¡Mira, idiota, si quieres nos desnudamos y nos metemos en esa habitación a oscuras que te voy a arrancar los huevos con los dientes y a escupirlos!”. Es una frase crepuscular, restauradora. La cabeza del interlocutor recibe tanta información amenazante que opta por la huida. El miedo es un mecanismo de defensa. Aunque también debe serlo el grito. Mi abuelo no solía gritar, según mi padre. Ya he dicho que le ponía el respeto, pero también era un tipo cachondo, bromista y generoso, al decir de los que lo conocieron. Al punto de imaginármelo riéndose mientras se lo cuenta a mi abuela. Desnudos, fíjate, qué ocurrencia.

Hay pocas fotos de familia de esa época. Una de ellas es la única que recoge a los cinco. Mieres, 1955. Plaza del Ayuntamiento. Parque de Jovellanos. Todos miran al objetivo. Es decir a mi, su más ferviente retratista, lector indomable de sus cartas. La foto es pura posguerra. Así vestían. Así miraban. Así eran sus domingos. Mi abuelo es mi abuelo. Mary ha pegado el estirón y mi padre está extremadamente delgado. Mi abuela sujeta a Vicente y es el rostro más amable. ¿Me lo parecerá por eso?

“Ellos son cualquiera”. De vez en cuando alguien descuelga el teléfono y me lo dice. Contesto: “¿Y?”. Otras veces me rebelo: “Eso ya lo veremos”. Claro que ellos son cualquiera. Cualquiera de los que hay detrás, paseando del brazo, por ejemplo. Alguien debe ocuparse, sin embargo. Sólo así descansaré yo y descansarán los cualquiera. Pero esto último resulta algo hipócrita. Y la prueba es el plan B que voy perfilando para llevarme algo en la derrota: si después de 35 años no hay nada, mero desastre, también el silencio quedará expuesto.

Mi abuelo pronto pidió permiso para abandonar su plaza de funcionario y empezó a viajar por los pueblos, Figaredo, Langreo, Mieres, como comercial de una empresa de zapatos y ropa, Almacenes Lorenzo. Ganaba más. Se subía a una Vespa con la Llama nueve milímetros al cinto y por debajo de la chaqueta, como un secreta. Y era el encargado de organizar una red de vendedores de rifas para los almacenes, canjeables por artículos  en caso de no resultar premiadas. Los lunes era el día de recaudación, de ahí la pistola. Las horas muertas las pasaba en el almacén y se dedicaba a arreglar las estanterías.

Vicente empieza el colegio y Mary y mi padre acuden a una academia privada que les preparaba para los exámenes de Oviedo. En Mieres no habrá instituto hasta 1960. Pero escribir es des(carta)r. Me lo repito a cada paso. Decidir entre lo primordial y lo accesorio. ¿Qué importa si estudiaron hasta sexto o cuarto de bachiller? ¿Qué importa que Vicente tuviera un amigo inseparable, tal Javierín, que siempre le estaba cogiendo de la nariz y cabreándole? ¿Qué importa que fuera en los almacenes donde mi abuelo aprendió a remendar zapatos?

Habréis tenido miedo…

En el ascensor del Hospital General Princesa Sofía, cuando le preguntaron qué le pasaba, Vicente les dijo a su hermana y a Remedios A. que tenía que ver a un psiquiatra. “Uno de los criterios diferenciales de la esquizofrenia típica es el curso junto a una conciencia clara”, escribo, copiando a Colodrón. La escena tiene lugar a principios de 1976 con su madre  invadida por un cáncer de matriz en una de las plantas. Había ido a tratarse una hernia y se lo descubrieron. Los médicos decidieron que no valía la pena limpiar y volvieron a cerrar. Su hijo también había pasado visita. A escondidas. Comenzó el juego del gato y el ratón. Remedios y Mary empezaron a buscarlo e interrogaron repetidamente a las enfermeras. Su madre estaba preguntando por él y sabían que estaba allí. Se mostraron firmes. No se irían hasta que lo trajeran. Al final encontraron a Vicente, se subieron al ascensor y fueron a ver a un psiquiatra privado que les habló de esquizofrenia y de la necesidad de ingreso. Esa noche se quedó a dormir en casa de Remedios. Ella y su marido, ama de casa y guarda forestal, apenas pegaron ojo. A la mañana siguiente, el esquizofrénico les dijo: “Supongo que habréis tenido miedo por si os hacía algo”. El matrimonio no respondió.

La mayor parte del relato anterior pertenece a Remedios A., cuya amistad con la familia tiene un origen antiguo. Mi padre y el mayor de sus hijos iban juntos al instituto Padre Isla en torno a 1965. Es decir, casi cuarenta años de antigüedad. Un día operaron al menor de sus hijos de anginas. Estaba lloviendo y debía coger el tren desde León hasta su casa en la Robla, donde había empezado a trabajar de limpiadora para fortalecer el magro sueldo forestal. Fue a casa de mis abuelos y les preguntó si podrían quedárselo aquella noche. Se lo quedaron dos días. Los domingos ambos matrimonios remachaban su amistad comiendo churros en una chocolatería cercana a la Cruz Roja.

He escuchado la historia del hospital tres veces de boca de Remedios. De vez en cuando la llamo por teléfono en busca de algún cabo suelto. Es en vano. Siempre cuenta lo mismo: Vicente se escondía y las enfermeras le encubrían diciendo que allí no había nadie. La narración presenta unas lagunas formidables, pero nunca podré traer aquí ni a Mary ni a su madre para que la completen. Ni a Vicente. ¡Y mucho que me gustaría! ¿Qué contaba Vicente? “Él no contaba nada”. También por esta frase, que repite como un mantra, visité a Remedios el segundo día que pasé en León, un mediodía, tras cruzar el río. En el salón de su casa, un piso reciente envuelto de chopos y discreción, mi mujer iba tomando notas mientras yo dejaba fotografías a su alcance. Viuda, logroñesa, flaca, 86 años, miope y con dolor de huesos, guardaba un recuerdo vivísimo de aquellas jornadas que no escurría el socavón:  “No hay año en que no nos acordemos de aquello. Fue un desastre”. Su aprecio por mi familia resultaba muy convincente y suponía un alto grado de implicación.

A punto de morir mi abuela, Mary, que vivía a 100 kilómetros, le había pedido que se hiciera cargo de Vicente, comida y alojamiento, a cambio de dinero. Ella, que ya vivía en la ciudad, dijo que no. Y desprecia cualquier peso que la frase del esquizofrénico tres párrafos más arriba acarreara en aquella negación. Tenía cuatro hijos y no cabían. Acercándose a los ojos una fotografía de Vicente apoyado en una columna de Valporquero, abundaba en sus conclusiones: “Yo creo que sacarlo del hospital fue la perdición. Luego lo metieron en otro, y luego dijeron que con las pastillas saldría adelante fuera. Y nada”. El día que murió mi abuela, alrededor de seis meses después de que se le detectara el cáncer, mi padre me contó que fue a darle la noticia a su hermano a un piso de patrona en el barrio de Crucero donde se alojaba. Mi padre le despertó de madrugada y le dijo vamos que la mamá ha muerto. El no dijo nada y se vistió.

Algunas noches Mary llamaba desde Guardo a la patrona para hablar con Vicente. Si la patrona decía que no había vuelto todavía, Mary se desorientaba y llamaba a Remedios, que salía a buscarlo. Sin fortuna. Y ésa es la imagen donde todavía hoy lleva anclada la impotencia y la angustia: ella, sola por las calles, buscando al hijo de sus amigos muertos. De vez en cuando, su hijo, dueño por entonces de una tienda de ropa a la que acudía Vicente a por vaqueros y que ahora cocinaba pasta, ternera y pastel de kiwi en la cocina, interrumpía la conversación para señalarnos que en los últimos tiempos el esquizofrénico había engordado, fumaba uno tras otro y su cabeza era una intermitente conspiración. Y afilada, al decir de Remedios. Después de morir Vicente, una vecina de Maestro Uriarte le había contado que un día había visto al suicida asomado a la ventana con un cuchillo. “¿Tú te crees?”, me interrogaron aquellos ojos. Yo no dije nada, porque desconfío mucho del rumor vecinal y porque estoy convencido de que sólo se defendía. Pero ¿quién o quienes le atacaban?

Antes de sentarnos a la mesa le pregunté a Remedios por la joven embarazada. Dijo que mi abuela lloraba mucho. Se metía en la habitación y lloraba contra la cama. Se quedarían con el bebé, le decía a su amiga, pero si tuvieran garantías de la paternidad de Vicente. Remedios también contó que por entonces, un técnico de Telefónica había acudido a instalarle el teléfono en su casa del barrio de Crucero. Hablando de los chicos y las chicas, Remedios incrustó el caso en la conversación y el técnico respondió que él era justamente el padrino de la criatura. Una niña. Que a la chica le pegaban sus padres y que su mujer y él, la habían acogido durante un tiempo en su casa.

Cogí la agenda y apunté a un lado técnico de telefónica y padrino y al otro vecina y cuchillo. Luego, nos sentamos a la mesa.

Alcazarquivir

He hojeado varios libros sobre Alcazarquivir, donde viajó mi abuelo con su familia en 1946 para incorporarse al Grupo de Regulares 4 como instructor de moros: Pequeña historia marrueca: Alcazarquivir, evocación de la infancia escrita por Tomás Ramírez Ortiz. Y Alcazarquivir 1950, de Humberto Cortacero Henares, síntesis de oficialidad y heroísmo: “El Campamento […] ocupa una extensión superficial de diez hectáreas y veinte centiáreas, con sus instalaciones de pistas, oficinas, depósitos, almacenes, dormitorios y servicios. Destacan la puerta monumental de entrada, la torre de mando, que recuerda levemente a la Torre del Oro; el espléndido pabellón de estilo árabe para Sala de Banderas, […], y la sala de Caides exornada al estilo del país. Frente al pabellón, que tiene para el acceso una artística galería de columnas, se alza en cuidado jardín con una reproducción de la Fuente de los Leones, de Granada”.

El Grupo, perteneciente al Ejército Español de África y cuyo emblema es una media luna sobre dos fusiles cruzados, se acuartela  al este de la ciudad, rodeada de naranjos y chumberas, con el fin de custodiar la temblorosa frontera francesa. La familia, sin embargo, no se establece en el campamento, sino en una casa destinada a los militares de rango en el barrio de la Hára. Cuatro paredes encaladas, rústicamente amueblada y sin confort, como la describe mi padre. Y con un patio en la parte de atrás donde tenían el water y un pequeño cercado con gallinas, pollos y el cerdo para la matanza. Allí nació él el 5 de enero de 1947, el segundo hijo, bajo la mirada severa en algunas fotografías de una arruga negra y fantasmal: su abuela Candelas, trasladada desde Zamora para ayudar a su hija en las labores domésticas.

Una tarde invité a mi padre a mi casa y saqué a colación Alcazarquivir. Mientras se rascaba la calva, sentado en el sofá, rescataba fragmentos. El achique de espacios para matar las moscas. Entraban armados con trapos en una habitación, las ahuyentaban y la cerraban. Así hasta que las moscas quedaban todas en una sola habitación. Entonces entraban con los trapos pero a matarlas. O el gato al que  mi abuelo disparó con su pistola, una Llama de nueve milímetros que mi padre conserva inutilizada en el garaje, porque cazaba a los pollos.

Los fines de semana, mi abuelo colgaba el uniforme militar y se enfundaba un traje negro con corbata, chaleco  y una estilográfica en el bolsillo de la chaqueta. Su estilo habitual. Cogía la cámara de fotos, una Bilora Box fabricada en la Alemania Federal, y salía con su mujer y los niños a pasear. Si eran fiestas, compraban churros y se acercaban al carrusel. Mientras lo escuchaba no me costaba esfuerzo imaginarme la escena. Los niños embelesados girando en los caballitos, el matrimonio orgulloso y el Negro Zumbón interpretado por una orquesta de seis o siete enroscándose en los naranjos de la llanura. Por las tardes, y con la misma estilográfica, mi abuelo escribía en el reverso de las fotografías que había tomado por la mañana, y las enviaba a Zamora como si fueran los niños los autores:

“Con todo nuestro cariño sincero junto con un millón de besos y abrazos se lo enviamos a nuestra abuelita, tíos y primitos. Mary y Venancio. Alcazarquivir.  (ininteligible). 1948”.

El hombre que esto escribe tiene 32 años y en el campamento enseña a los moros a desfilar, a desmontar y limpiar las armas, y a disparar. “Cuando se reunía con los demás suboficiales, siempre repetía que no le parecía bien enseñarles. Algún día podrían volverse contra ellos. Nunca se fió”, dice mi padre.

El 27 de septiembre de 1952 nace Vicente, el tercer hijo y el último. ¿Cómo fue su  parto? ¿Habría complicaciones? A mi padre, siempre le dijeron, que si no hubiera sido por la penicilina, él no hubiera sobrevivido. No parece ser éste el caso de Vicente. Aunque era bajo, su complexión siempre fue atlética. Pero quién sabe. ¿Conservaría algún recuerdo bereber? Mi padre lo duda. Demasiado pequeño y demasiado rápido. Apenas un año y medio después, un tren los conducía hacia Asturias donde un mozo les ayudó con las maletas hasta una pensión nocturna de Mieres.