Alcazarquivir

He hojeado varios libros sobre Alcazarquivir, donde viajó mi abuelo con su familia en 1946 para incorporarse al Grupo de Regulares 4 como instructor de moros: Pequeña historia marrueca: Alcazarquivir, evocación de la infancia escrita por Tomás Ramírez Ortiz. Y Alcazarquivir 1950, de Humberto Cortacero Henares, síntesis de oficialidad y heroísmo: “El Campamento […] ocupa una extensión superficial de diez hectáreas y veinte centiáreas, con sus instalaciones de pistas, oficinas, depósitos, almacenes, dormitorios y servicios. Destacan la puerta monumental de entrada, la torre de mando, que recuerda levemente a la Torre del Oro; el espléndido pabellón de estilo árabe para Sala de Banderas, […], y la sala de Caides exornada al estilo del país. Frente al pabellón, que tiene para el acceso una artística galería de columnas, se alza en cuidado jardín con una reproducción de la Fuente de los Leones, de Granada”.

El Grupo, perteneciente al Ejército Español de África y cuyo emblema es una media luna sobre dos fusiles cruzados, se acuartela  al este de la ciudad, rodeada de naranjos y chumberas, con el fin de custodiar la temblorosa frontera francesa. La familia, sin embargo, no se establece en el campamento, sino en una casa destinada a los militares de rango en el barrio de la Hára. Cuatro paredes encaladas, rústicamente amueblada y sin confort, como la describe mi padre. Y con un patio en la parte de atrás donde tenían el water y un pequeño cercado con gallinas, pollos y el cerdo para la matanza. Allí nació él el 5 de enero de 1947, el segundo hijo, bajo la mirada severa en algunas fotografías de una arruga negra y fantasmal: su abuela Candelas, trasladada desde Zamora para ayudar a su hija en las labores domésticas.

Una tarde invité a mi padre a mi casa y saqué a colación Alcazarquivir. Mientras se rascaba la calva, sentado en el sofá, rescataba fragmentos. El achique de espacios para matar las moscas. Entraban armados con trapos en una habitación, las ahuyentaban y la cerraban. Así hasta que las moscas quedaban todas en una sola habitación. Entonces entraban con los trapos pero a matarlas. O el gato al que  mi abuelo disparó con su pistola, una Llama de nueve milímetros que mi padre conserva inutilizada en el garaje, porque cazaba a los pollos.

Los fines de semana, mi abuelo colgaba el uniforme militar y se enfundaba un traje negro con corbata, chaleco  y una estilográfica en el bolsillo de la chaqueta. Su estilo habitual. Cogía la cámara de fotos, una Bilora Box fabricada en la Alemania Federal, y salía con su mujer y los niños a pasear. Si eran fiestas, compraban churros y se acercaban al carrusel. Mientras lo escuchaba no me costaba esfuerzo imaginarme la escena. Los niños embelesados girando en los caballitos, el matrimonio orgulloso y el Negro Zumbón interpretado por una orquesta de seis o siete enroscándose en los naranjos de la llanura. Por las tardes, y con la misma estilográfica, mi abuelo escribía en el reverso de las fotografías que había tomado por la mañana, y las enviaba a Zamora como si fueran los niños los autores:

“Con todo nuestro cariño sincero junto con un millón de besos y abrazos se lo enviamos a nuestra abuelita, tíos y primitos. Mary y Venancio. Alcazarquivir.  (ininteligible). 1948”.

El hombre que esto escribe tiene 32 años y en el campamento enseña a los moros a desfilar, a desmontar y limpiar las armas, y a disparar. “Cuando se reunía con los demás suboficiales, siempre repetía que no le parecía bien enseñarles. Algún día podrían volverse contra ellos. Nunca se fió”, dice mi padre.

El 27 de septiembre de 1952 nace Vicente, el tercer hijo y el último. ¿Cómo fue su  parto? ¿Habría complicaciones? A mi padre, siempre le dijeron, que si no hubiera sido por la penicilina, él no hubiera sobrevivido. No parece ser éste el caso de Vicente. Aunque era bajo, su complexión siempre fue atlética. Pero quién sabe. ¿Conservaría algún recuerdo bereber? Mi padre lo duda. Demasiado pequeño y demasiado rápido. Apenas un año y medio después, un tren los conducía hacia Asturias donde un mozo les ayudó con las maletas hasta una pensión nocturna de Mieres.

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  1. Naci en Alcazaquivir en el 1946. Mi padre era militar. Y me gustaria conocer gente que haya nacido y vivido alli. Estuve poco tiempo pero me atrae mucho la tierra en la que vine al mundo. He vuelto dos veces por alli, pero me gustaria conocerla mucho mejor.

  2. Soy dos años mayor que tu, nací en 1944 en Alcázarquivir, y me vine de allí en 1958 después de la independencia. Un fuerte abrazo, paisano.

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