Filosofía y Letras, 1972-1976

¿Qué cosas llegó a conocer Vicente? Me lo pregunto a menudo desde que escribo sobre él. El día que dediqué a visitar a antiguos compañeros suyos, hoy profesores leoneses, supe que conoció Italia en marzo del 75 con Historia del Arte. Se sacaron el pasaporte en la comisaría y la caja de ahorros de León financió el viaje cien mil pesetas. El autobús partió de la plaza Santo Domingo, atravesó la península acariciando Barcelona e hizo escala en Mónaco hasta Roma, Pizza y Florencia. Y que conoció igualmente las iglesias barrocas de Toledo y Madrid, en otra excursión artística.

Desde que empecé con esto también había oído varias veces la cantinela de la asignatura. Remedios y mi padre, sobre todo: el alumno se quejaba monótonamente del Latín y a la profesora empezó a llamarla bruja. ¿Serían esas quejas la prueba de un comienzo emboscado de la enfermedad? El primer profesor frente al que me senté, dijo: “Era una profesora un tanto déspota, excesivamente rigurosa. Yo de hecho aprobé copiando. Nos hicimos con uno de los clichés del examen. La Guerra Civil de Julio César, Tito Livio y las métricas de unos versos de Catulo. Fue un calvario aquella asignatura. La aprobaban seis y el resto las pasaron moradas”. Es difícil saberlo. Aunque dudo mucho de que Vicente hubiera aprobado de no interceder Mary ante la profesora.

He estado varado largo tiempo en la crónica aquella mañana. Me resultaba indigesta la sucesión interminable de voz en off y declaraciones. Incluso fantaseé con la idea de un collage. Los fragmentos de aquel día, más algunos emails y conversaciones telefónicas. Sin narrador. Sólo voces. Pero no quiero escribir ningún homenaje. Nada de lo que dijeron hacía pensar en un esquizofrénico o en un suicida. Sino en un estudiante de mitad de tabla, ligón, fumador y animoso. Alguien para quien todo estaba al alcance y bastaba con cogerlo. ¿Cómo iban a saber nada de enfermedad si la vida académica de Vicente se resintió precisamente a partir de aquel instante? Poco a poco le fueron perdiendo la pista.

Dejé a mi mujer leyendo el periódico en una cafetería y a punto de irse de compras y me acerqué a la Facultad de Filosofía y Letras, un edificio anodino de ladrillo visto con jardineras, alejado del antiguo Colegio Universitario y con olor a polvo viejo. Además de algunas fotografías de Vicente, metí en la libreta dos fotografías de una joven desconocida. Destacaban entre las que conservaba el esquizofrénico. Una de ellas está fechada en octubre de 1975. Un año importante más allá de la muerte del dictador. Mi abuelo murió el día 19. Y la mayoría de testigos principales narra la calamidad a partir de esa sepultura. Imaginé por lo tanto, que fuera quien fuese, la desconocida debía saber algo. Se trata de una mujer atractiva de alrededor de veinte años y con la mirada inexpresiva. ¿Seria? ¿tranquila? ¿altiva? En la fotografía fechada aparece  mirando de perfil con el mar de fondo y un jersey gris sobre los hombros. En la segunda foto, en blanco y negro, sabemos que la chica fuma. Está subiendo unos escalones, pero se ha girado y mira a la cámara con una mirada similar a la anterior. Al fondo hay una especie de palacio. ¿Una universidad? ¿una catedral? Nadie con los que hablé, sin embargo, añadió algo razonable sobre ella. Ahora la veo con el mar de fondo y pienso en J. de Sama. ¿Será ella?

Salía de un despacho, atravesaba el hall donde rumiaba una manada de estudiantes, con predominio de perillas y camisetas negras, y me metía en otro. La mayoría de profesores evocó a su compañero con ternura y una ligera turbación. Es obvio que el parentesco juega a mi favor. Es difícil cerrarle la puerta en las narices a un sobrino. Contaron anécdotas: un día de junio, cuando se presentó a un examen con su parca verde forrada de chuletas. “¿Dónde vas Vicente?”, le decían. U otro examen, este sobre el Cid, donde a falta de lecturas resumió la película de Anthony Mann, alabando la belleza de Sofía Loren. Los profesores admiraban mucho al ligón: “¡Entonces era una gesta!”, decían como si fuera Díaz de Vivar el que se había ido a la cama con una estudiante andaluza en el viaje a Toledo. A la mañana siguiente, el Cid aparecía en el desayuno vistiendo un anorak andaluz. El estudiante, sin embargo, recogía menos elogios. Algunos recordaban claramente la imagen de un Vicente decepcionado, una y otra vez, frente al tablón  donde colgaban las notas. “Los resultados académicos no se correspondían con el esfuerzo que hacía”. Mientras escribo me viene a la cabeza aquella frase de B. B.

El Colegio Universitario, donde estudiaron a partir de 1973 -el año anterior las clases se impartieron en la Sociedad Amigos del País-, es en la actualidad un edificio de color beige con enormes ventanales habilitado como escuela de arte. Pocos ex alumnos describieron aquella esquina de la Catedral con indulgencia, y en los que así lo hicieron, aparecía teñida de una nostalgia libertaria y clandestina. Habían sido miembros de la Joven Guardia Roja y el Partido Comunista . La mayoría, sin embargo, habló de ella con resentimiento y vergüenza tardofranquista, apuntalando una presión absurda. “Yo recuerdo exámenes de ocho horas, parabas, ibas a casa a comer y volvías”, me contó uno cayendo súbitamente en la estupefacción. Aludieron al café nocturno, la circulación de anfetaminas y los apuntes descomunales. Más el cambio de plan que les hizo perder un año, y el calendario del ministro Rodríguez que les dejó un trimestre sin clase, provocando la desilusión e incomprensión familiar.

Entre los adjetivos que abrocharon a Vicente aquellos con los que uno se cruza en el bar de la facultad, intercambia cigarrillos o acuerda el préstamo de apuntes destacaron los de introvertido, contradictorio, concentrado, acorralado, frío y fumador. Este tipo de indagaciones post mortem debe medir el grado de cercanía. Y el grado de elaboración posterior. A un suicida nunca le sienta mal un poco de tormenta. Los más de su cuerda, sin embargo, lo recordaron como alguien impetuoso, simpático, con gran sentido del humor, extrovertido y estudiante mediocre. Bien. Estoy convencido de que él fue todos y cada uno de ellos. Antes de ser un not found.

Salí de la facultad en busca de algunos profesores de secundaria -las oposiciones son una gran alternativa leonesa-, y acabé la mañana en la puerta de un instituto del Húmedo con el latido en los zapatos, la respiración esforzada y un profesor recordando la última vez que vio al muerto. Era marzo de 1977 y estaban en la Complutense de Madrid. Él estaba estudiando Historia de América y Vicente había ido por unas pruebas de acceso previas a la oposición. Hablaron de los funcionarios de prisiones. El profesor tenía un hermano en ello. Mas pálidamente recordaba a alguien diciéndole, después de muerto, que el suicida se había pasado con las centraminas durante aquella preparación. Lo apunté todo en la libreta y me alejé lamentando no haberle rebatido como debiera cuando dijo que hablar del suicidio podía ser peor. Cuatro calles más allá, la voz de ella, ligeramente trasegada, me sacó de mis ensoñaciones: “¿Tienes hambre?”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s