Escrito al dictado

Los estudios son un tema frecuente en la correspondencia de mi abuela con su hermana Domitila. Los estudios y el sufrimiento: “Por Tere sé que los estudiantes hacen poco, pues tú no sufras, ellos verán, para ellos es […]”. Si hay que creer a mi padre, el más aplicado de los tres hermanos durante el bachillerato será Vicente. Lo que no significa gran cosa. Aprobará la Reválida con un 5,6 y la nota media de COU será un Bien. En el resto de cursos saca notables, aprobados y excepcionalmente algún sobresaliente. Las asignaturas que más suspende son Matemáticas, Latín y Francés, el idioma moderno. Y la que más le gusta, Historia. En su primera carta, el memorioso I., despliega un complacido recuerdo del curso preuniversitario: “Ese curso fue fundamental para muchos de nosotros, entre los profesores tuvimos personas de una talla intelectual que no encontraríamos después en la Facultad. Quiero recordar a D. Luis López Santos, canónigo de la Catedral de León, inteligente y vago, que nos puso la lingüística al alcance de nuestras capacidades, […] como lo que es, un instrumento de uso cotidiano. Pero sobre todo, a D. Lucio Ortega, profesor de Filosofía, que nos ayudó en la medida de lo posible a pensar: poniendo a nuestra disposición su biblioteca privada y obligándonos a leer cada uno un libro por trimestre que elegías libremente, a resumirlo y a exponerlo en clase al resto de compañeros. Qué interesante sería para ti, conocer los libros que eligió tu tío. En mi caso fueron El azar y la necesidad, de Jacques Monod, La historia social de la ciencia, de John Bernal y El origen de las especies, de Darwin”. Qué interesante sería. En la misiva, I. desconoce el motivo por el que Vicente se decidió por las Letras. Mi padre cree que por esquivar las matemáticas. Él siempre ha mantenido que le hubiera gustado que su hermano estudiase Ciencias y así poder ayudarle. Yo le creo. Pero también creo en la mineralización de los sentimientos de culpabilidad. Es probable, sin embargo, que  Filosofía y Letras no convocara el interés principal de su hermano. Entre sus postales se encuentra la siguiente de su puño y letra. Nunca la envió. No consta el remite:

“¡Hola chaval! Con este año finalizo mi trabajo en la Cueva de Valporquero y es muy probable que el año que viene me vaya por esos lugares a trabajar. Acabo de aprobar el COU y el año venidero me pondré a preparar las plazas de [tachado]. Cuéntame algo de lo que haces tú y cómo va esa vida con los franceses. Sin más. Vicente”.

Acabó el COU en junio de 1972, pero al año siguiente continuaría en Valporquero. Siempre me ha llamado la atención el tachón. No se trata de una censura al azar. Quizás, dice mi padre ante la postal, fueran las oposiciones su primer impulso y sólo se pusiera a ello una vez muertos sus padres. ¿Censurarían mis abuelos los deseos de Vicente por ser funcionario de prisiones? Mi padre se encoge de hombros.

La prueba de acceso al Instituto Padre Isla en marzo de 1964, consistió en una operación aritmética, un análisis morfológico y un dictado del Quijote:

Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerias, ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula”.

Tiene 11 años y, salvo la tilde de niñerías, lo acierta todo.

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