Así te quedas tranquilo

“Se le cayó el mundo encima. Además coincidió que todos nos fuimos de León. Sólo quedó Javi, que bajaba los fines de semana, pero el resto de días trabajaba en Matallana. Y Javi tampoco notó nunca nada de esquizofrenia”. Estas son las últimas frases sustanciales de Trapero registradas por la grabadora en Tarragona. Dos meses después, me encontraba con Javi en un parque leonés saturado de ancianos y niños y nos dirigíamos a su casa mientras me señalaba el parecido con mi padre. En la cocina, tras saludar a su suegra frente al televisor y apartar el frutero de la mesa, fue el primero en ponerle un nombre verosímil a la joven embarazada: Felisa. Habíamos hablado por teléfono y me había dicho que se informaría. Dijo también su pueblo de origen, pero desconocía el apellido. Seguiría informándome. Lo anoté en la libreta y le pregunté por la Olivetti: “Desde que Vicente vino a la calle del Norte hasta que se suicidó pasarían cuatro o cinco meses. Iba a Calpe a estar con tu padre, iba a Guardo con su hermana y luego venía aquí. Aprobó el acceso a las oposiciones, se ilusionó y fue cuando me pidió la máquina de escribir para entrenar las pulsaciones”.

Ex futbolista, ex serrador, ex empleado público, Javier es un caballero de mediana estatura, 66 años, y acento mixto de leonés y vasca, que rememora al muerto con tranquilidad y franqueza. Después de la muerte de mi abuelo, va diciendo, Vicente quedó desprotegido. Mi abuelo, a parte del paralelismo físico, era el que mejor le entendía. No se perdía ningún partido del San Esteban y era un optimista tenaz. Mi abuela, por el contrario, era una agorera. Cualquier situación compleja escondía una amenaza inexorable. Ese tipo de persona que frente a la adversidad tuercen hacia la parálisis. ¿Sería esto cierto? ¿Tan diferentes eran? Debía desarrollarlo con mi padre.

Con 25 años, Javier había viajado a Holanda con dos hermanos  a ganar dinero en una petroquímica. Al volver, fue el único que accedió a trabajar con su padre. Repartía la madera de la serrería familiar de Matallana con un camión y eso le daba derecho a dormir en casa.  Los otros dos alquilaron una chabola justo enfrente con un par de habitaciones,  una cocina pequeña, un cuarto de aseo y un salón. Era 1972 y en verano Vicente iba a visitarles desde las Cuevas. Un año después, sería él  junto a otros guías, los que alquilarían la chabola para su temporada en Valporquero y para llevarse alguna chica. Entre ellas, la embarazada. “Vicente era muy enamoradizo. Pero nunca habló a nadie sobre eso. Y más amistad que tuvo con mis hermanos no la tuvo con nadie. A mi hermano José sólo lo he visto llorar una vez y fue cuando le dije que había muerto Vicente. No lloró ni en el entierro de mi padre. Tu tío, cuando estuvo aquí, echaba mucho de menos a mis hermanos”.

Me interesan mucho las respuestas de Vicente a las situaciones de estrés y el relato de Javi se adecúa a las exigencias. Un día, un Vicente muy nervioso, acudió a él y a sus hermanos. Había un guía que estaba menospreciándole delante de todos y estaba decidido a pelearse. “El guía era un tipo alto y tu tío sabía que le iba a zurrar. Yo le dije. Mira: tú dale una hostia buena y así te quedas tranquilo y luego déjanos a nosotros”. Se subieron al coche en Matallana y condujeron hasta las Cuevas. Cuando pasaba el jeep que trasportaba al resto de guías, le dieron las luces. Vicente se bajó, le dijo al conductor baja un momento que quiero hablar contigo y cuando descendía del Land Rover le pegó un puñetazo en toda la cara. “Ya nos metimos nosotros y yo le dije al otro guía: Mira, tú te has estado burlando de él porque era bajito, porque era no sé qué y él te ha metido una hostia. Ya está”. Pararon en el bar de Vegacervera, pidieron unas cervezas y los púgiles se dieron la mano. Javier añade: “Pero él no era violento”.

Después hablamos del Turi, el apócope de asturiano por el que llamaban a mi padre. Un tipo habilidoso y con una sorprendente capacidad de concentración. Siempre tenía cincuenta duros para gastar. Si necesitaba dinero jugaba al póker. A veces cuando la partida era fuerte llamaba a la cuadrilla para que hicieran acto de presencia. “Nos decía: Oye, venid al Isma. Así si había hostias había para todos. Se escondía una carta. Y aquello era peligroso. Menuda gentuza había allí. Uno era chulo putas, el otro era un navajero… Pero luego ibas por ahí, a tomar algo y sabías que siempre invitaba él. Luego sacó su carrera de Minas. Se valía por si mismo. Este chaval, Vicente, vino detrás y no era la misma marcha. Yo creo que le perjudicó la comparación. Además tu padre nunca quiso que Vicente se mezclara con nosotros. Lo mantenía al margen.” Esas palabras me sobresaltaron. Como si fueran el eco de algo ya escuchado. La comparación. ¿Idolatraría Vicente a su hermano? Una de las cartas de I. respondía a esta pregunta sucintamente: “Para tu tío su hermano era su referente social a imitar. El término que podríamos darle sería el de autosuficiente en el mundo estudiantil universitario, duro en sus andanzas callejeras, etc”. Bien. Desde que escribo sobre el suicida también voy conociendo a mi padre. ¿Consideraría a su hermano lo suficientemente maduro para su edad? Algún tiempo después de hablar con Javier se lo pregunté. Se subió el labio de abajo tapándose el de arriba y dijo no con la cabeza.

En abril o mayo de 1977, en la calle del Norte, barrio de San Esteban, quedan escasos meses para que Vicente se suicide  y Javier está contando que le ha dejado las llaves para que entre y salga cuando quiera. Las llaves de la casa familiar dado que sus padres viven en Matallana. Un día Vicente le dice que va a ir con una chica y Javier responde perfecto. Ese día se olvida la cartera en casa y al volver encuentra a cuatro o cinco chicos y a cuatro o cinco chicas, botellas de whisky y un cigarro que va quemando la moqueta. “Entré en la habitación con una mala hostia y le dije: Mira Vicente, te coges a tus amigos, los levantas, porque dentro de cinco minutos vuelvo y me lío a hostias con todos y contigo en primer lugar”. Javier cree que lo debió limpiar todo él. Y cuenta que poco tiempo después acudió a disculparse.

A veces, cuando se iba a trabajar a Matallana por la mañana, le dejaba algo de dinero encima de la mesa para cuando se despertara. Cuando volvía, Vicente le preguntaba dónde iba a ir y si iba al Húmedo con una novia, iba con ellos. “Era entrañable. Un día me dice: oye Javi ¿me dejas bailar con tu novia? Es que me gustan todas tus novias. Y la sacó a bailar”. Como dormían puerta con puerta, le pregunté si alguna noche había escuchado algo. Dijo que no. ¿Y le viste que se tomara alguna medicación, alguna pastilla? El caballero Javier pegó un manotazo. “Pastillas, no. Él lo que tomaba era centraminas para estudiar”. Las centraminas: esos agravantes de los brotes psicóticos. Según él, las oposiciones fueron la última oportunidad de demostrarle a lo que quedaba de su familia que él también podía. La puebra, sigo yo, frente a la enfermedad, la pérdida y la soledad, de un coraje arrollador.

Su memoria se va apelmazando cuando llegamos a los últimos días y Javier no recuerda en qué bar de San Esteban le dieron la noticia. Vicente  ya estaba enterrado. Aunque recuerda que llevaba algunos días extrañado de no verlo por el piso. Y que le había comentado a su mujer, se acababa de casar, que dónde andaría.

Entre las fotografías que teníamos sobre la mesa había varias de mi padre. Javier explicó que una vez, después del suicidio, había ido a ver a sus hermanos a León. Yo ya había nacido y vivíamos muy cerca, en Ponferrada. Fue a visitarlos, pero sus hermanos estaban fríos: “Mi hermano José le reprochaba que no se hubiera llevado a Vicente con él y lo hubiera tenido allí. Y tu padre tonto no es. Se dio cuenta y ya no volvió por aquí. Luego José y tu padre se vieron en Bilbao y estuvieron cenando y más o menos se arregló”.

Me dio los números de teléfono de sus hermanos y nos despedimos en el ascensor con la promesa de que le enviaría una copia de algunas fotos. Fuera, me até fuerte la bufanda y eché a andar entre las luces de los coches. Ignoraba aún muchas cosas sobre Vicente, pero ya intuía por qué nunca habíamos pisado León.

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