Cuatro veranos

guía de las cuevas

La vida laboral de Vicente es un documento exiguo con apenas cuatro contratos. Tenía 24 cuando murió. Bien. Pero también estaba loco y los locos no trabajan. A partir de 1974 sólo consta que lo hiciera un día. Fue para una sociedad cooperativa y probablemente se tratara de una jornada en la vendimia dado el septiembre. Es cierto también que era estudiante, pero desde octubre de 1975 en su expediente sólo rezan dos aprobados. Y uno de ellos, regalado. El resto de fechas del informe consigna tres temporadas como guía en Valporquero, 1970, 1971 y 1973. También lo hizo en 1972, pero sin que le dieran de alta. ¿Volvería a las Cuevas después de aquella historia con la joven embarazada? Esta pregunta siempre me había llevado a suponer que ocurrió en 1973. Es decir, a suponer que no volvió.

Mi padre recuerda también un trabajo de invierno como informador en la estación de esquí de San Isidro y cree que fue tras abandonar Valporquero. Pudiera ser el invierno de 1974. O el del 75. Tanto el trabajo de guía subterráneo como el de informador en la nieve dependían de la Diputación, es decir, de la mano de mi abuelo. “Después de morir mi padre, Vicente no tuvo interés por nada”, es su frase inaugural y que señala, seguramente, el pistoletazo esquizofrénico.

En su primera carta, I. cree recordar otro trabajo: “A los 14 años, creo recordar, que por el verano trabajó en una droguería de recadero, yo lo hice en una ortopedia. […] Recuerdo que mi suelto era de 750 pesetas al mes, es decir 4,51 euros, por lo que imagino que el suyo sería igual o parecido”. También está la postal que reseña un trabajo esporádico como albañil en 1970.

El trabajo de guía era otra cosa: les pagaban bien, les llevaban en un jeep y les daban un uniforme con la banderita de España. “Nosotras estábamos ociosas y los guías tenían mucho éxito: ligaban donde quiera que fuesen”, me dijo al teléfono una de las chicas que veraneaba por allí, cuarenta años después y sin la reválida pendiente. Cuando acababan la jornada en la Cueva, las chicas les esperaban en la puerta o sentadas en el merendero. El furor del uniforme. El aburrimiento de las chicas. Las estalagmitas. Los pueblos leoneses. Una carta bucólica, sin duda. Una carta de presentación.

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