Voces, 1976-1977

Vicente leyendo

En el verano de 1976 viajó en autostop desde de León a Vinaroz para pasar unos días en la playa con su hermano. Ya se le había diagnosticado de esquizofrenia y había estado ingresado un par de semanas en el Hospital San Juan de Dios. Antes de llegar al destino, alquiló una habitación en una pensión de la provincia. Mi padre no recuerda el pueblo, pero dice que no estaba demasiado lejos, puede que fuera Torreblanca. Por la noche empezó a armar escándalo y el dueño llamó a la Guardia Civil. Telefonearon a León para comprobar algunos datos y al día siguiente siguió a dedo hasta la playa. Pidió las llaves en recepción y se sentó a esperar a su hermano en el bungalow. Durante ese intervalo mi abuela llamó a mi padre preguntándole si había llegado ya. Dijo que no. Cuando llegó a casa y lo encontró, le preguntó qué había pasado. Y el esquizofrénico dijo nada, que dos tipos querían entrar en la habitación a robarme. Mi padre dice que al principio se lo creyó, pero que después dedujo lo contrario. Mientras se sentaban en algún bar a tomar algo y su hermano pequeño se agitaba creyendo que todos le miraban, por ejemplo. Se agitaba tanto que una vez, mi padre y un compañero de la autopista tuvieron que disculparse frente al aludido: “Perdone, pero es que no está bien”.

Las sesiones de grabación con mi padre se interrumpieron en enero y se reanudaron a finales de agosto. En el viaje a León había acumulado tanto material que urgía trabajar sobre él. No quería que nada se perdiera. Pero, a excepción de las declaraciones de Remedios, ningún testimonio remitía a la enfermedad. Las preguntas que yo tenía que hacer sólo podía responderlas mi padre. Así que nos sentamos y le pedí que empezáramos desde el principio. Y el principio era el sueño. Se le había perturbado y la primera en advertirlo había sido mi abuela. Desde la muerte de mi abuelo, vivían los dos solos con una pensión de viudedad: “Yo recuerdo que me llamó una vez a Vinaroz, al poco de morir mi padre, y me dijo que Vicente hablaba mucho por las noches y que eso le extrañaba. Pero bah, yo no le daba importancia. Luego en verano ocurrió lo de la pensión y lo de los bares. Él oía voces, yo de eso me di cuenta. Te decía lo que estaban hablando dos tipos detrás de la pared”.

El 27 de septiembre de ese año, mi tío cumplió 24 años. Ese día enterraron a su madre. Mi padre había pedido tres o cuatro días en el trabajo que no le alcanzaron para decirle nada en el hospital. Estaba sedada. Por la noche fue el único que se quedó a dormir en el piso vacío de Maestro Uriarte. Su hermano se quedó en el piso de patrona del barrio de Crucero y su hermana durmió en Guardo. Mi padre dice que apenas durmió. Su cabeza era la rueda de un hámster y el cable mal enrollado de una estufa buscaba su posición haciendo ruido. Por la mañana, Mary y Vicente hicieron acto de presencia. Mi tía le preguntó qué tal la noche. Mi padre dijo que mal y explicó lo del cable. Cuando mi padre desapareció por el pasillo, el esquizofrénico se apresuró a desafiar el sentido común de su hermana: “¿Ves, Venancio también oye ruidos!”

Las fotografías de sus estancias en Calpe a partir de marzo de 1977 ofrecen una lectura sintomática. Vicente en pijama en la puerta del bungalow. Vicente durmiendo en el sofá junto a un cachorro de pastor alemán. Vicente y la mascota frente a un plato con un huevo duro y una loncha de bacon en el jardín. Dormía de día y permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada. El resto del día languidecía. Estaba apático. Leía en el jardín. O se fundía con el sofá fumando como un poseso. Los días más luminosos, iba a la playa andando. Mi padre me había contado que le consiguió una entrevista para entrar a trabajar en su empresa como ayudante de topógrafo llevando el trípode. Lo desecharon. También dice que salían de vez en cuando y trataban de divertirse y que a veces lo conseguían. Aquel julio eran cuatro en el Renault 5 naranja: mi padre y mi madre, como novios; Vicente y Pili, una prima de mi madre, como acompañantes. Una tarde fui a ver a mi madrina Pili. Describió a un chico educado, amable y culto, aunque deprimido. “Nos sentábamos detrás en el coche de tu padre y me hacía reír. Éramos las alcahuetas. Paseábamos, íbamos a las cafeterías de entonces. Se notaba que era extrovertido sólo con la gente con la que tenía confianza”. Un día le contó que sus padres habían muerto y de vez en cuando ella recuerda que se detenía en medio de alguna conversación y que lo notaba triste.

Mi padre también recuerda haberle llamado la atención algunas veces. Volvía del trabajo por la tarde y lo veía tumbado en el sofá con la mesa por recoger y moscas en el plato. A mi tío no le gustaba que le corrigiesen. Enseguida se cabreaba. Una vez mi padre le echó una bronca por haber cogido un taxi para ir a una discoteca, que estaba a un par de kilómetros. “Yo le daba dinero, pero le dije que debíamos arrimar el hombro todos y él empezó pues si no me lo quieres dar, no me lo des. Yo le respondí que sí que se lo daba, pero que no era necesario coger un taxi, que podía ir andando”. Puede que aquella fuera la última discusión entre ambos. La memoria de mi padre se apelmaza al llegar aquí e intuyo que si siguiera se le quebraría la voz. Dice que no recuerda nada más. ¿Lo olvidó para sobrevivir? Es probable y respeto mucho ese instinto, pero soy partidario de poner la supervivencia en sus justos términos de censura y superstición. No recuerda que la estancia de Vicente coincidiera por ejemplo con la de su prima Tere y su marido, el escultor Hipólito. Al teléfono, Tere me había contado que Vicente desapareció durante algunos días, al cabo de los cuales volvió. Ella le  preguntó dónde había estado y él sólo dijo: “Vengo a despedirme de mi hermano, porque no voy a venir a la boda”. Al día siguiente, un día cualquiera entre el 5 y el 15 de agosto, Tere, su madre, su marido Hipólito, los hijos de éstos y Vicente se subieron en el coche hasta Madrid. Tere recuerda que iban cantando. ¿Cantarían un elefante se balanceaba? ¿El árbol de la montaña, quizás? Lo dejaron en la estación de autobuses de Madrid, desde donde continúo hasta León, donde le esperaba su cuñado J. L. para llevarlo a Guardo. Fue la última vez que mi padre lo vio. Le había preguntado por qué no se quedaba faltando tan poco para la boda. El esquizofrénico debió dar alguna excusa.

Una de aquellas tardes agitadas mi padre cuenta que él y su amigo Román, que disfrutaba de unos días de vacaciones en el bungalow con su mujer y sus dos hijos, le propusieron ir a un médico en su consulta privada. El esquizofrénico aceptó. La consulta estaba en un edificio del centro del pueblo y el doctor tenía una barba negra y caudalosa con un gran puro en medio. Mi padre y Román esperaron fuera. He imaginado muchas veces esta escena y el sentimiento de humillación y rabia que me produce nunca ha menguado. Salieron al cabo de un rato. Primero el esquizofrénico y muy cerca el doctor que tal vez llevara todavía el puro entre los dientes o tal vez lo hubiera dejado apagado o humeante en el cenicero de la mesa. Al despedirse, el doctor le dio una palmada en la espalda y le dijo al paciente como para que los presentes lo oyeran: “Pórtate bien, si no quieres que te encierren en un chiquero”.

Había escrito esta frase para rematarla: “No consta que nadie se abalanzara sobre el barbudo y le hiciera tragarse el puro”. ¿Por qué no se abalanzaron? ¿Por qué ni siquiera le afearon el gesto? He tardado en comprender que la vida real no funciona así.  En la vida real los familiares oyen chiquero, agachan la cabeza y se vuelven a casa arrastrando un poco más de vergüenza. La intención, además, resultaba tan obvia que repugnaba: pretendía salvarme. Y por ese camino, no lo conseguiré.

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Expiación

canarias 1977

¿Qué historia me vas a contar? La pregunta está en medio de un email de Braulio. Añade: Si es la historia de una búsqueda, ¿de qué búsqueda? Le respondo, sintetizando, que se trata de la búsqueda de Vicente y que la joven embarazada es sólo una parte. Pero es más, mucho más: el silencio tras pasar por un tanque de revelado. Luego le describo una escena que ignora: mi padre viajó hace poco a León para acudir a una boda. En algún momento se separó de mi madre y mis dos hermanas y se acercó a la vivienda familiar. Entró en la galería interior y husmeó. Se fijó en los cambios. Es decir, hizo lo que yo había hecho seis meses antes. Viajó a la ciudad que él no había pisado en 30 años y en la que yo acababa de hacerlo por primera vez. Se había separado de mi madre y mis hermanas. Aquello me alegró primero y me desalentó después. ¿Qué esperaba?

Recientemente  fui a ver a mi madre a la casita de campo para hablar de Vicente. Desde que había empezado el proyecto temía su reacción. Uno de los días que yo había salido por televisión, me había dicho que el suicidio no era un tema que le gustase, ciertamente. A mi tampoco. Pero yo no había podido elegir. Esto último no se lo dije.  Sin embargo, aquel día habló con una extraña serenidad. ¿También vas a escribir sobre mí?  Mi padre y ella nunca habían hablado del asunto. Ella nunca le había preguntado. Ni mis hermanas. Y el silencio había resultado imbatible. La única vez que le había oído hablar de ello fue cuando con ocho años me habían llevado al psicólogo por la historia de la uña. De vez en cuando la he contado a las visitas entre los restos desperdigados de una cena, pero de pequeño la historia de la uña me había traumatizado durante mucho tiempo. Una noche en el cine de verano del pueblo había sentido un pinchazo en la garganta mientras bebía un refresco. Se me metió en la cabeza que tenía una uña atravesada en la garganta. Salí del cine y fui  a casa con la boca abierta y muy histérico para decirle que mirara bien adentro. No había nada. Una faringitis. Pero a partir de entonces, cada vez que me servían pescado, lo desmenuzaba con las manos y lo machacaba hasta asegurarme de que allí no había ninguna raspa. Por no hablar del miedo que empecé a dedicarle a las agujas. Temía que por un inesperado azar una de ellas saliera del costurero y se me atravesara en la garganta. Me llevaron  a varios médicos. Duró tanto la chifladura que de vuelta a Guadalajara, donde pasábamos el resto del año, me habían llevado al psicólogo. Me sentaba enfrente, me daban papel y lápices de colores y dibujaba gánsters. “Tu padre te veía tan obsesionado que le contó al psicólogo lo de su hermano”, dijo mi madre.

Adiviné que desde pequeño, aunque no lo supiera, llevaba al esquizofrénico atravesado en la garganta. Él organizaba todos nuestros miedos. Era la historia que había convertido a mi padre en un supersticioso y que había engullido al resto de nuestra familia convirtiéndonos en seres mutilados, con vidas censuradas. ¿Por qué si no se había opuesto a que de pequeño jugara el fútbol en un equipo? ¿Por qué nos había prohibido a mis hermanas y a mi viajar en el autobús del colegio los días de excursión ofreciéndose él, cuando insistíamos en acudir, a llevarnos en su coche? ¿De dónde surgía esa protección asfixiante, esa exageración permanente de las amenazas? Su madre era una mujer pesimista. Probablemente él heredó su carácter, pero también una tragedia sin nombre. Para mi padre, un hombre temeroso, áspero y sombrío, aunque con destellos de un humor antiguo, la historia de su familia se había convertido en lo que no podía volver a suceder. Pero antes de permitir defendernos, como había hecho indirectamente en la consulta del psicólogo, había decidido no tentar al diablo.

Ella tenía 19 años. Él 30. Se conocieron en marzo de 1977, en la oficina de la empresa familiar donde ella trabajaba, dedicada a la provisión de tejas, ladrillos y cemento a pequeños constructores locales. La misma empresa en la que yo trabajaré 30 años después aunque emplazada en otro lugar. Ella era guapa, castaña y tenía los huesos muy fuertes. Él estaba deprimido por la muerte de sus padres. Se estaba quedando calvo. Ella dice que lo conoció así. A los dos meses ella se había quedado embarazada de mi. Y recuerda al esquizofrénico como a un tipo aparentemente serio, pero con un gran sentido del humor. Un mes antes de que se casaran se había suicidado. Ella no viajó al entierro en León. Él había vuelto medio mudo. Se casaron en la iglesia parroquial de Calpe el 27 de septiembre, en una ceremonia en la que Mary no lloró precisamente de emoción. Viajaron de luna de miel a Tenerife y en las fotografías mi madre baja del avión, entra en el Loro Park y corona el Teide.

Pero había algo en lo que yo no había reparado hasta que ella lo dijo: el embarazo y la boda le habían cerrado la puerta al esquizofrénico. Significaba que a partir de entonces no podría visitar con tanta asiduidad a su hermano. En Guardo, Mary y J. L ya tenían tres hijos. El horizonte aparecía francamente ennegrecido. Es obvio por qué habían guardado silencio: nadie habla de la víctima en presencia del asesino. Mejor aún: nadie abre el pico delante de un asesino. ¿Lo habían hecho para que no me sintiera culpable? ¿Sabían quizás que en cuanto lo supiera me obsesionaría, que me dispondría al instante a expiar mi crimen? ¿Por qué lo había colocado yo al principio de aquel borrador de novela? ¿Intuiría ya que era aquel secreto era la prueba de fuego para convertirme en escritor, lo que me impedía dar la cara y amenazaba con dar al traste con mis aspiraciones?

No sabía si lo que yo escribiera aliviaría a mi padre, pero debía darle aliento al muerto. De lo contrario, algún día también yo corría el riesgo de tener que hablarle a mi hijo de miedo y de derrota.  Una situación dramática, sin duda, para alguien que cuando le acompañaba al colegio despreciaba secreta y furiosamente al resto de padres exitosos con los que se cruzaba en la puerta antes de despedirse de él. No estaba dispuesto, sinceramente.

El email de Braulio situaba también el asunto en ese territorio agonístico tan propicio a mi carácter. Él decía: “Puestos a fracasar, que sea a lo grande”. Yo iba más lejos aún: o escribir esta historia hasta el fondo o callarme para siempre. No debía haber nada en medio.