Expiación

canarias 1977

¿Qué historia me vas a contar? La pregunta está en medio de un email de Braulio. Añade: Si es la historia de una búsqueda, ¿de qué búsqueda? Le respondo, sintetizando, que se trata de la búsqueda de Vicente y que la joven embarazada es sólo una parte. Pero es más, mucho más: el silencio tras pasar por un tanque de revelado. Luego le describo una escena que ignora: mi padre viajó hace poco a León para acudir a una boda. En algún momento se separó de mi madre y mis dos hermanas y se acercó a la vivienda familiar. Entró en la galería interior y husmeó. Se fijó en los cambios. Es decir, hizo lo que yo había hecho seis meses antes. Viajó a la ciudad que él no había pisado en 30 años y en la que yo acababa de hacerlo por primera vez. Se había separado de mi madre y mis hermanas. Aquello me alegró primero y me desalentó después. ¿Qué esperaba?

Recientemente  fui a ver a mi madre a la casita de campo para hablar de Vicente. Desde que había empezado el proyecto temía su reacción. Uno de los días que yo había salido por televisión, me había dicho que el suicidio no era un tema que le gustase, ciertamente. A mi tampoco. Pero yo no había podido elegir. Esto último no se lo dije.  Sin embargo, aquel día habló con una extraña serenidad. ¿También vas a escribir sobre mí?  Mi padre y ella nunca habían hablado del asunto. Ella nunca le había preguntado. Ni mis hermanas. Y el silencio había resultado imbatible. La única vez que le había oído hablar de ello fue cuando con ocho años me habían llevado al psicólogo por la historia de la uña. De vez en cuando la he contado a las visitas entre los restos desperdigados de una cena, pero de pequeño la historia de la uña me había traumatizado durante mucho tiempo. Una noche en el cine de verano del pueblo había sentido un pinchazo en la garganta mientras bebía un refresco. Se me metió en la cabeza que tenía una uña atravesada en la garganta. Salí del cine y fui  a casa con la boca abierta y muy histérico para decirle que mirara bien adentro. No había nada. Una faringitis. Pero a partir de entonces, cada vez que me servían pescado, lo desmenuzaba con las manos y lo machacaba hasta asegurarme de que allí no había ninguna raspa. Por no hablar del miedo que empecé a dedicarle a las agujas. Temía que por un inesperado azar una de ellas saliera del costurero y se me atravesara en la garganta. Me llevaron  a varios médicos. Duró tanto la chifladura que de vuelta a Guadalajara, donde pasábamos el resto del año, me habían llevado al psicólogo. Me sentaba enfrente, me daban papel y lápices de colores y dibujaba gánsters. “Tu padre te veía tan obsesionado que le contó al psicólogo lo de su hermano”, dijo mi madre.

Adiviné que desde pequeño, aunque no lo supiera, llevaba al esquizofrénico atravesado en la garganta. Él organizaba todos nuestros miedos. Era la historia que había convertido a mi padre en un supersticioso y que había engullido al resto de nuestra familia convirtiéndonos en seres mutilados, con vidas censuradas. ¿Por qué si no se había opuesto a que de pequeño jugara el fútbol en un equipo? ¿Por qué nos había prohibido a mis hermanas y a mi viajar en el autobús del colegio los días de excursión ofreciéndose él, cuando insistíamos en acudir, a llevarnos en su coche? ¿De dónde surgía esa protección asfixiante, esa exageración permanente de las amenazas? Su madre era una mujer pesimista. Probablemente él heredó su carácter, pero también una tragedia sin nombre. Para mi padre, un hombre temeroso, áspero y sombrío, aunque con destellos de un humor antiguo, la historia de su familia se había convertido en lo que no podía volver a suceder. Pero antes de permitir defendernos, como había hecho indirectamente en la consulta del psicólogo, había decidido no tentar al diablo.

Ella tenía 19 años. Él 30. Se conocieron en marzo de 1977, en la oficina de la empresa familiar donde ella trabajaba, dedicada a la provisión de tejas, ladrillos y cemento a pequeños constructores locales. La misma empresa en la que yo trabajaré 30 años después aunque emplazada en otro lugar. Ella era guapa, castaña y tenía los huesos muy fuertes. Él estaba deprimido por la muerte de sus padres. Se estaba quedando calvo. Ella dice que lo conoció así. A los dos meses ella se había quedado embarazada de mi. Y recuerda al esquizofrénico como a un tipo aparentemente serio, pero con un gran sentido del humor. Un mes antes de que se casaran se había suicidado. Ella no viajó al entierro en León. Él había vuelto medio mudo. Se casaron en la iglesia parroquial de Calpe el 27 de septiembre, en una ceremonia en la que Mary no lloró precisamente de emoción. Viajaron de luna de miel a Tenerife y en las fotografías mi madre baja del avión, entra en el Loro Park y corona el Teide.

Pero había algo en lo que yo no había reparado hasta que ella lo dijo: el embarazo y la boda le habían cerrado la puerta al esquizofrénico. Significaba que a partir de entonces no podría visitar con tanta asiduidad a su hermano. En Guardo, Mary y J. L ya tenían tres hijos. El horizonte aparecía francamente ennegrecido. Es obvio por qué habían guardado silencio: nadie habla de la víctima en presencia del asesino. Mejor aún: nadie abre el pico delante de un asesino. ¿Lo habían hecho para que no me sintiera culpable? ¿Sabían quizás que en cuanto lo supiera me obsesionaría, que me dispondría al instante a expiar mi crimen? ¿Por qué lo había colocado yo al principio de aquel borrador de novela? ¿Intuiría ya que era aquel secreto era la prueba de fuego para convertirme en escritor, lo que me impedía dar la cara y amenazaba con dar al traste con mis aspiraciones?

No sabía si lo que yo escribiera aliviaría a mi padre, pero debía darle aliento al muerto. De lo contrario, algún día también yo corría el riesgo de tener que hablarle a mi hijo de miedo y de derrota.  Una situación dramática, sin duda, para alguien que cuando le acompañaba al colegio despreciaba secreta y furiosamente al resto de padres exitosos con los que se cruzaba en la puerta antes de despedirse de él. No estaba dispuesto, sinceramente.

El email de Braulio situaba también el asunto en ese territorio agonístico tan propicio a mi carácter. Él decía: “Puestos a fracasar, que sea a lo grande”. Yo iba más lejos aún: o escribir esta historia hasta el fondo o callarme para siempre. No debía haber nada en medio.

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