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el periodista y la obsesión

El crimen detallado

Hace algún tiempo, no mucho, me entrevisté con familiares, amigos, y compañeros de trabajo de un ahorcado. También con un guardia civil. Durante una semana acudía puntual para charlar con el hijo del difunto en el backoffice de una empresa de recambios sanitarios. Mi intención era recomponer los instantes finales remontando al hombre. Fracasé. Es decir, no supe dar con el equilibrio que buscaba entre la vida y su estertor. Si una era un breve, el otro parecía una enciclopedia. Pero no me engaño: fue mi culpa. Entre las notas que todavía conservo no hay nada, a excepción de su currículum, sus haciendas, y su familia, que le recuerde. Ni viajes, ni comuniones, ni enfermedades, ni anécdotas memorables. Del trabajo a casa y al pueblo por la feria. En cambio, tuve un extraordinario acceso a su suicidio y sus herramientas. Medí la viga, toqué el sillón donde se sentó a fumar, subí la escalera, y hasta compré una de las novelitas del oeste que leía, Espuela defectuosa, de Marcial Lafuente Estefanía.  De vez en cuando la hojeo, pero soy incapaz de seguir su rastro hasta Holbrook. Creáme que lo siento, sheriff.

El crimen es alguien que se levanta, baja al bar, sube a casa, ve un rato la televisión, vuelve al bar, conduce hasta el almacén de material donde trabaja, limpia los restos del asado del día anterior, fuma, cuelga una braga de montacargas a una viga del techo, llama a un compañero de trabajo, le dice lo que se propone, y se ahorca. Cuando se publicó hubo gente que me echo en cara el morbo refiriéndose a los detalles. Algunas instituciones y organismos oficiales aconsejan al periodismo evitarlos. Es curioso dado que una de las preguntas que fundan el oficio remite precisamente al cómo. Sin embargo, creo que en la habitual asociación entre los detalles y lo escabroso de los deontólogos hay algo más. La obligación de detallar la vida si se detalla el crimen. Los periódicos son una tumba, pero sobre ella ha de escribirse una vida. Cerrar dignamente el ataúd. También los protagonistas menores tienen derecho a su epitafio. No hacerlo es darle la razón a los piensan que sólo las malas noticias son noticia. O a los que sólo imprimen los crímenes aliados con la fama y luego lavan su conciencia en tribunas sobre Las desventuras del joven Werther y su supuesto efecto contagio.

Gordon Burn murió de cáncer en julio de 2009 con 61 años. Colaboró en Esquire, Rolling Stone y The Guardian. “Examinó la obsesión contemporánea por la celebridad en una serie de libros que abarca tres décadas”, se lee en la necrológica del último. Uno de esos libros, de lo más detallado, trata de la Casa de los Horrores y sus moradores Fred y Rose West. He leído tantas veces la última página que temo no distinguir ya entre el periodismo y los periódicos: “Una vez arrasada la casa y rellenado el sótano, pusieron bloques de asfalto ordenados en espiguilla; plantaron tres arbolitos y levantaron bordillos fijados con cemento de grano grueso: cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. Instalaron postes para farolas Urbis pintados en negro brillante y farolas Son-T sobre columnas de acero de cinco metros. Cuatro farolas. Pusieron topes en forma de bolardos de hierro fundido para tapar las entradas de los dos extremos e impedir el acceso a los vehículos: siete en el lado de Cromwell Street y cuatro en St Michael’s Square; cinco en medio para que a nadie se le ocurriera jugar a la pelota”. Cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. La máxima precisión es la única forma de contarlo.

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