Tropicana, 1971

La historia de la Tropicana. He pedido que me la cuenten tantas veces, la he escuchado tanto, que ya parece una leyenda. El grupo tenía la veintena cumplida y estaba formado por mi padre (el Turi), Javi, sus hermanos Tito y José, Trapero y Losi, un hijo del inspector de la policía leonesa. Corría el año 1971. El tiempo de Legrá, Folledo, Gayo. Los sábados por la noche acudían a las veladas de boxeo del Club Radio. Y los domingos a los partidos de la Cultural Leonesa con carnets falsos. No serían sus únicas falsificaciones, ni las más sonadas. Un día descubrieron en la puerta de la sala de baile del Hotel Riosol un puñado de entradas rotas en una papelera. Se les ocurrió que podrían cortarlas con un cúter, pegarlas con pegamento, entintarlas y revenderlas más baratas. Los más mayores, Tito, José, Javi y mi padre, las entradas de los chicos, y los más jóvenes, Trapero, Losada y Vicente, que sólo excepcionalmente formaba parte, las de las chicas. Mi padre aclara que era más que nada para que les dejaran tranquilos y que les daban pocas. Con el tiempo, desplazaron el negocio hacia la sala de baile Tropicana, mucho más grande. Domingo tras domingo durante cinco o seis meses. Hasta la noche que Trapero no olvidará mientras viva.

Estaba haciendo la mili en el cuartel militar. Saltaba la tapia, se cambiaba de ropa e iba a revender entradas. Cuando acababa, volvía a saltar, pasaba revista y salía de nuevo. Cuenta  que aquella noche, cuando iba a entrar en la sala con la entrada que se había guardado, un tipo le cogió del brazo y le preguntó de dónde la había sacado. Dijo que la había comprado. Y el tipo lo empujó hacia dentro, donde otros policías y el dueño custodiaban al resto de la pandilla.  ¿Sonaría en algún momento la canción de las botas, una de las que más le gustaba a mi padre? La policía los esposó por parejas: el Turi y Trapero por un lado, y Tito y José por otro. Y fue entonces cuando el Turi, antes de atravesar la sala, se echó una gabardina encima del brazo para disimular la detención. Los metieron en un taxi rumbo a la comisaría y una vez allí, mi padre, que había escondido las dos mil quinientas pesetas del delito en el asiento trasero y memorizado la matrícula, le salvó el pellejo a Trapero diciendo a los gendarmes que él se la había vendido. Es probable que secretamente también le diera algún consejo, porque una vez libre, Trapero no paró de correr hasta alcanzar otra vez la Tropicana, buscar a Javi, que desconocía lo ocurrido, y largarse ambos al piso de la calle Norte a quemar en la cocina de carbón el resto de las entradas que guardaban en libros. A las tres de la madrugada, calcula, entró de nuevo en el cuartel y se metió en la cama. No pegó ojo. Era huérfano de padre, no quería causarle disgustos a su madre, y todavía hoy, me dijo, le asalta alguna pesadilla.

Los primeros ecos llegaron con la diana: la policía había cogido a una organización de falsificadores que copiaba entradas con una fotocopiadora, entre ellos un cabo primero del campamento del Ferral. Es decir, mi padre. Y al que tenían, porque la policía no podía detener a un militar, en el calabozo de aquel mismo cuartel. Trapero dice que bajó a ver si necesitaba algo y lo encontró jugando al póker: “No te preocupes, estoy bien”, le contestó. Luego le dio la matrícula del taxi y le dijo que mirara bien en la parte de atrás. Trapero buscó a Vicente y se subieron al taxi. Trapero delante para dar conversación al taxista y Vicente detrás, buscando.  No encontraron nada. Como un macguffin. Y se bajaron maldiciendo.

Mi abuelo fue a ver a mi padre  una de aquellas mañanas al calabozo del Ferral donde lo habían trasladado. Podía haberlo sacado en aquel preciso instante, dada su larga hoja de servicios. Muy al contrario, le dijo: “Te vas a quedar aquí una buena temporada”. Cuando el resto de la pandilla, que sólo pasó una noche en comisaría, acudía a visitarlo, el Turi les encarecía para que exageraran cuando le vieran: “Decidle que me duele la pierna y que me habéis visto muy mal”. Por si se ablandaba.  No se ablandó. Y el cabo primero del Ferral pasó dos semanas a la sombra. ¿Cómo acabó todo? Mi padre dice que le dijeron a Losi que había llegado el momento de echar mano de su padre. El inspector de la policía leonesa se acercó a la Tropicana  y conminó al dueño a dejar el tema en paz. “Vamos a tranquilizarnos”, lo imitaba Trapero en su salón en penumbra.

La historia de la Tropicana fue lo primero que contó mi padre después de aceptar mi propuesta. Como quien dice: prefiero ser yo el que te lo diga. Sentado en la cocina de su casa, se me hizo evidente que desconocía a mi propio padre. Desconocía al esquizofrénico de las fotografías. Desconocía mis raíces leonesas. Y por lo tanto, es muy dudoso que supiera realmente quién era yo, aparte de un idiota sin empatía y con aires de listillo. ¿En qué mundo había vivido durante todos estos años? ¿Cómo había podido ser tan necio? En fin. Volvamos.

Los días más eufóricos, la pandilla se acercaba al gimnasio de Nando en la avenida Padre Isla a echar unos guantes. La condición para subir al ring era que partieran  algo de leña con un hacha, que el gerente vendía después. Puñetazos ligeros, elegantes, nada de dinamita. Esa era la otra condición. La que más costaba meterle en la cabeza al bruto del Losi. Cuando quedaban con alguna chica, los mayores del grupo, Javi y mi padre, trataban de dar esquinazo al resto. Alguno, sin embargo, se descolgaba y les seguía, como Trapero, que siempre les cobraba cinco duros a cambio de su desaparición.

Las tardes en que mi padre se sentaba a jugar a las cartas para sacar algo de dinero, la pandilla le escoltaba de pie. Se escondía una y despellejaba a los de la mesa lentamente. Para disimular, algunos días se dejaba perder, aunque no demasiado. En la cafetería Isla empezó a jugar con las cartas marcadas. Compraba una baraja, se encerraba en su habitación y le aplicaba a conciencia un punzón. Cuando la partida iba a empezar, se levantaba para comprar una baraja nueva en la barra y daba el cambiazo. La única vez que el resto descubrió el fraude él ya se había retirado. Uno de los participantes le informó al día siguiente y él empezó a decir qué quién sería el hijoputa y que a él también debían devolverle el dinero. La partida de la discordia había acabado  con uno de los estafados pidiendo en la barra el número de teléfono del mismísimo Heraclio Fournier. Es la historia que más me gusta y con la que más me río. Hola, ¿está Heraclio?

Trapero también me contó en Tarragona que iban a las mejores cafeterías y se marchaban sin pagar. Así  invitaba mi padre. Entraban, él preguntaba tú que quieres, tú que quieres, se lo tomaban y al acabar les decía esperadme fuera. Cuando salían, él apuraba el trago y salía caminando con la sangre muy fría. Una vez en el Oasis, el camarero se asomó a la puerta y les dijo con grave ironía: caballeros, que se olvidan la vuelta. Trapero dice que se puso muy nervioso y le tocó el brazo a mi padre. Es probable que Losi, que siempre empezaba a correr, buscara con la mirada la bocacalle más oportuna. Mi padre se giró afectando desorientación y Trapero recuerda que dijo: “Da igual, déjala de bote”.

Abrevio. No estudiaban. Callejeaban. Y salvo un día en que robaron una bici para ir a una fábrica a trasladar las tejas recién cocidas con una carretilla, tampoco parece que trabajaran. Éste era el grupo del que mi padre mantenía alejado a su hermano, aunque éste se muriera por entrar. Dice que no era ambiente para él. Ya he dicho que lo consideraba un crío. Aunque yo creo también que la posibilidad de que su hermano perteneciera hubiera rebajado varios grados sus áticos consejos de hermano mayor sobre la categoría, la personalidad, el estudio y el esfuerzo. Si la historia de la Tropicana no lo desautorizó por completo.

Es obvio que su hermano sólo pudo entrar plenamente en el grupo cuando mi padre abandonó la ciudad. Al principio por trabajo y después y lentamente por vergüenza. Pero ¿cómo un líder pandillero, osado y calavera, acabó convertido en un hombre opaco, trabajador y doméstico? Durante algún tiempo me intrigó esa metamorfosis. Sus antiguos amigos reconocen que fue dejándoles de lado. Y alguno todavía se lo reprocha, silenciosamente. Fuller Torrey señala en su prontuario sobre la enfermedad que la vergüenza empuja a los familiares de esquizofrénicos tan lejos como sea posible de la casa familiar. ¿Por qué nunca hemos ido a León?, le pregunté una tarde. No tenía nada que hacer allí, fue su respuesta. Durante algún tiempo, eché este desvío exclusivamente en la cuenta de la tragedia. Ahora no. Ahora advierto una combinación. Otra cuenta, en boca de mi madre, más prosaica: “A los treinta le pasó lo que te pasa a ti, que tienes un hijo y ya no quieres salir de casa”.

Como al esquizofrénico, a mi también me cuesta despegarme. “Vicente era muy apegado a León”, me dijo una vez mi padre. Sin embargo, debo volver allí, porque León es la ciudad donde los listillos cumplen su penitencia.

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