Ratones y cerebros

Cojo el coche por la autopista hasta el Instituto de Neurociencias de Alicante. A toda mecha. El campus de la universidad Miguel Hernández presenta los ritmos zombies de primera hora: transeúntes esperando al autobús, barrenderos arrastrando cubos, estudiantes apresurados y una notable ausencia de aparcamientos libres. El Instituto es un edificio alargado de color beige, rodeado de un bonito jardín con setos. El recepcionista me da una identificación y le pregunto cómo llegar al laboratorio del profesor Jorge Manzanares, neuropsicofarmacólogo. Ya he escrito sobre él. Hace cuatro años. Le pregunté si algún día se podría actuar sobre el suicida con la misma concreción que sobre un diabético. Respondió: “Probablemente sí, pero eso ni usted ni yo lo veremos”. Un compañero de su laboratorio me abre la puerta y me dice que espere. Al rato, entro sin hacer ruido. Manzanares es un hombre corpulento, con barba, camisa a rayas azulonas y una pantalla de ordenador muy grande delante. Encima de la mesa hay un post-it con mi nombre y mi número de teléfono. Es evidente que la cita es hoy. Me siento y le pido que hagamos un poco de historia. Minutos después, trato de recordar dónde diablos leí que la ciencia necesitaba algo de poesía para compartir sus hallazgos.

De mi cuaderno de notas: Finales de los 70. La neuropsicofarmacología. ¿Cómo puede ser que algo extraído de una planta actúe sobre el cerebro de un mamífero? El descubrimiento del sistema canabinoide. Dos receptores que intervenían en la regulación de los procesos emocionales. CB1 y CB2. El laboratorio del profesor y los ratones modificados genéticamente. El ratón Knockout. Sin CB2. Mostraba un mayor refuerzo por cocaína que los ratones que tenían el receptor. Se enganchaba más, digamos. También al alcohol. Aunque menos a la nicotina. A los ratones le enseñaban a darle a una palanca para que se administrasen nicotina por vía intravenosa. El ratón KO iba menos que el ratón control. El ratón KO mostraba trastornos de memoria, déficit de atención y una anormal producción de neuronas, características psicóticas. Estaba menos protegido frente al estrés y la ansiedad que el ratón control.

-Bien- se detiene el profesor- ¿Qué dirías que descubrimos en el cerebro de los suicidas?

-Ni idea. ¿No tenían CB2?

-No. Los ratones no tenían CB2 porque los modificamos. Los suicidas tienen CB2. Pero la expresión del gen en ese receptor está disminuida entre un 40 y un 50 por cien. Y a menor expresión del gen, mayor vulnerabilidad a la depresión.

-Bueno. Pero a lo mejor los fármacos lo alteraron.

-No. Los cerebros que estudiamos estaban limpios. Los cerebros que estudiamos eran normales.

-¿Cómo que normales?

El profesor frunce ligeramente el ceño y se detiene un instante. ¿Habré levantado la voz? Luego dice:

-Yo opino como tú. Hoy en día hay que seguir explicando que dentro del suicida hay un enfermo. Pero para entendernos: los cerebros que estudiamos no tenían ningún trastorno diagnosticado.

-Hay síntomas que no son suficientes para elevar un diagnóstico y que luego salen en las autopsias psicológicas- insisto, arrepintiéndome en el acto.

-Ya. Pero bueno, no tenían diagnóstico. Ni fármacos sobre el sistema nervioso central, que es lo que nos interesa. El forense también entrevistó a los familiares.

Se trata de una de las razones por las que en siete años, el equipo de Manzanares sólo ha conseguido 30 cerebros suicidas para su examen (en el estudio del receptor se utilizaron 13,  junto con otros 13 cerebros control). Otra son los exigentes controles bioquímicos que deben pasar. El calor afecta mucho a los cerebros. Si el tiempo trascurrido entre la muerte y la introducción de la nuez en una nevera a 4 grados superaba las 8 horas, se descartaba. Se llama intervalo post-mortem hasta la refrigeración. El forense del Instituto de Medicina Legal de Alicante, dado el clima desértico, sólo toma muestras entre noviembre y mayo. Aún: los cerebros siempre son de varones. No recuerdo ahora por qué. Y tampoco hay rastro en el cuaderno. Aunque vistas las elevadas exigencias, parece lógico que escogieran los de quienes se suicidan más. El forense le entrega al profesor unas fichas con el nombre, la ocupación, la edad, el método empleado y algunos datos toxicológicos, como que están libres de heroína, alcohol, etc. Y éste las guarda en un armario al que sólo él tiene acceso. Pepe Pérez, pongamos, se convierte fuera de ahí en un número. Las muestras judiciales. La confidencialidad. Los comités de ética.

-Bueno, entonces: ¡sí que hay algo extraño en esos cerebros!- digo, descubriendo Cartago.

-Sí. El problema es que no sabemos por qué. Algunas de las cosas que hemos medido también están alteradas en pacientes depresivos. Puede deberse a factores epigenéticos: circunstancias, ambiente. Pero todavía habrá que averiguarlo. Lo único que podemos sugerir es que quizá si modificáramos ese receptor de alguna forma, podríamos influir en ese estado.

Manzanares me imprime los dos estudios publicados. El del receptor CB2 y otro, sobre las alteraciones descubiertas en la corteza prefrontal dorsolateral y la amígdala de los suicidas. Aparecieron en Psychoneuroendocrinology y Molecular Neurobiology en 2012 y 2013. Al levantarse de la silla, compruebo que Manzanares es un hombre muy alto que si estirara el brazo probablemente tocaría el techo. Me dice que las dudas que tenga a partir del día 15 se las envíe por e-mail, que estará de viaje. Pero yo ya voy excitado.

Es la hora de Donner y su panfleto inmortal: “Todo lo nunca dicho, lo oscuro, que fuera objeto de tanto secreto sufrimiento […] Cuando dentro del cerebro, entre las neuronas, descubrimos los fenómenos clínicos que desencadenan el miedo o el amor, si eso pone en peligro la espiritualidad del hombre, lo lamentamos por la espiritualidad”. Yo lo lamento por el suicidio libre, el filosófico y el racional. Se miró debajo de la tapa: not found. Ignoro si el laboratorio de Manzanares averiguará a qué se debe la expresión anormal de ese gen FKBP5. Si logrará separar claramente causa y efecto, nature y nurture. Ignoro, incluso, si el profesor es consciente de lo que tiene entre manos. Pero es evidente que los suicidas albergan una vulnerabilidad frente a la vida, que a veces va cargada.

Me subo al coche y contemplo mi cara en el retrovisor. Las cuevas de los ojos. La frente. Los pómulos. Las manchas. ¿Qué habrá debajo? ¿qué historia asomará ahí dentro? ¿qué tipo de historias nos contaremos después de haber escuchado esa?

Arranco. Enciendo la radio. Y los árboles empiezan a sonar.

 

 

(FronteraD)

 

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