16 meses después

Los últimos 16 meses de María del Carmen Cordero Bulnes. Quizá algún día alguien escriba esa historia. Un periodista del Diario de Cádiz, por ejemplo. El único que acertó a conjugar la Avenida Portugal de Cádiz y la Giralda de Sevilla, cumpliendo esa regla formalizada por Furio Colombo según la cual la noticia rara vez se forma donde parece sino más río arriba.

Aprovechando que afuera llovía y no iba a salir a correr, había llamado al psicólogo clínico Javier Jiménez (Presidente de Aipis). La semana anterior había leído algunos estudios donde se cuestionaba el papel de la impulsividad en el suicidio y pensé que podríamos hablar de lo que quedaba de ella tras las autopsias psicológicas. No mucho, ciertamente. Pero quería discutirlo con él. Sobre todo, después de caer sobre la guía para la detección y prevención de la conducta suicida de la Comunidad de Madrid, ¡No estás sólo!, donde rezaba un educado término medio: “El suicidio puede ser resultado de un acto impulsivo repentino o de una planificación muy cuidadosa”.

-Ten en cuenta que la tipología suicida es muy amplia. Yo no te aseguro que si a mis hijas les pasara algo, yo no me suicidaría- dijo Jiménez al teléfono. Luego añadió: Mira, te voy a poner un ejemplo reciente: esa mujer que se suicidó desde la Giralda después de que su marido, que era psicólogo en la Armada, matara a su hija y se suicidara.

-Bueno, tendríamos que saber cuánto tiempo pasó. No parece que suicidarse sea como chascar los dedos.

Jiménez no lo recordaba. Estaba en los periódicos. La conversación siguió durante una hora hasta que lo dejamos y miré en el buscador. Allí estaba, el 16 de enero. Un cadáver anónimo. Mujer, 58 años, Giralda, 15.45 horas. Salvo para el Diario de Cádiz, que lo embalsamaba: “se trata de María del Carmen Cordero, esposa del psicólogo militar que en agosto de 2013 mató a su hija de un disparo en la sien y luego se suicidó”. Seguí en el periódico gaditano. El 26 de agosto del 2013, en el domicilio de la Avenida Portugal de Cádiz, Rafael Gil de Haza, psicólogo militar de 56 años y en tratamiento psiquiátrico por depresión, había matado a su hija de 12 años con una pistola no reglamentaria y después se había suicidado, en presencia de su mujer. Este párrafo sin orillas: “Mari Carmen Cordero Bulnes […] se encuentra en casa de unos familiares pasando estos momentos durísimos que todavía la mantienen en estado de shock. Los expertos consideran que conforme vayan pasando las horas llegará un duelo terrible, porque al principio el sujeto se encuentra en un estado de confusión tal que apenas si es capaz de distinguir la realidad. Puede que fuera por ello por lo que los investigadores se sorprendieran de la templanza de la mujer para afrontar una situación tan complicada”. También se informaba de que según los que lo conocían, en los últimos tiempos, el psicólogo militar, taciturno y solitario, se había refugiado en el alcohol.

Había pasado un mes desde la muerte de María del Carmen. Y fantaseé sobre sus últimos meses de vida, sobre cuántas veces habría subido a la Giralda. Así que busqué a algún familiar en Sevilla, de donde era natural, y encontré a una hermana. Cogí aire frente al teléfono. No estaba en casa. Empecé a apuntar mi conversación con Jiménez. Volví a llamar a Sevilla. Suavemente le expliqué quién era y a qué me dedicaba. Se mostró sorprendida.

-Es un tema triste del que como usted comprenderá no voy a decir nada.

-¿Puedo preguntarle por qué?

La hermana de María del Carmen no quería hablar y no insistí. Le dije que lo comprendía y nos despedimos. ¿Empezó a pensar en el suicidio aquel agosto? ¿Cuándo se le ocurrió lo de la Giralda? ¿Cómo se vive después de ver lo que vio María del Carmen? ¿Será capaz alguien algún día de escribir algo sólido sobre ella? En 1985, cuando los periodistas convocaban a los canónigos para hablar del suicidio, se produjo este titular ejemplar: “El Cabildo pone rejas en la Giralda para evitar que los suicidas maten a inocentes”. No creo que haya una descripción más exacta del lugar que ocupa el suicidio en el inconsciente colectivo. Algo que sólo preocupa si te cae encima. Pero me estoy yendo. Y estaba copiando mi conversación con Jiménez.

-Yo no creo que alguien que se suicida, improvise. Existe un plan en el cajón. Una preparación mental. Algo a lo que se le ha dado vueltas meses, incluso años. La cuestión es cuándo se pondrá en marcha –iba diciendo yo al teléfono.

-Hay gente que se tira por la ventana en medio de una reunión de trabajo –respondió el psicólogo.

-Sí. Y hay gente que antes ha ido a una entrevista. Son ambivalentes. Pero el hecho de que los intentos previos sean el principal factor de riesgo indica que suicidarse no es algo fácil. Creer en el suicidio impulsivo implica creer en el suicidio por desahucio.

-Sí -dice-. Yo no creo en eso.

-Bueno. Sólo quería que habláramos de esto –nos despedimos y separé el teléfono de la oreja.

(FronteraD)

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Cae la noche

Kay Redfield Jamison, profesora de psiquiatría en la Universidad John Hopkins, es la autora de Night falls fast, publicado en 1999. Un considerable recuento sobre el escalofriante aumento del suicidio entre los adolescentes. El libro tiene un prólogo explosivo. Un verano en Beberly Hills, ella y su amigo Ryan, hablando del suicidio. Ambos, bipolares. Ella come cangrejo y bebe whisky. Su amigo le propone que se casen. Ella no se lo toma en serio. Hacen un pacto: si alguno de los dos vuelve a pensar en el suicidio, se alojaran en la casa de Ryan en Cape Cod. Y uno intentará convencer al otro de que abandone la idea y vuelva al litio. De la misma forma que habían acordado que ninguno de los dos comprara una pistola. Andarán por la orilla. Se darán una semana. Si no funciona, al menos lo habrán intentado. Gritan hurra y brindan. El escepticismo de la profesora es palpable. Nunca durante cualquier episodio de depresión –a los 28 años intentó suicidarse– ha llamado a ningún amigo pidiendo ayuda. El tiempo pasa. Ryan se casa y ella se muda a Washington. Un día, recibe una llamada desde California. Ryan se ha pegado un tiro en la cabeza.

Según el Manual diagnóstico de enfermedades mentales (DSM), la biblia de la psiquiatría, el paciente con trastorno bipolar, oscila vertiginosamente entre episodios maniacos (grandiosidad, delirios, ideas expansivas, ánimo gozoso y energía sin fin) y episodios de depresión severa. La alteración del sueño, la irritabilidad, la pérdida de concentración y la ideación suicida son algunos de sus síntomas. Y su diagnóstico dependería, grosso modo, de qué lado de la balanza se incline el paciente, si manía con depresión (tipo I) o depresión con hipomanía, una versión ligera de la manía (tipo II). Como los suicidios, leo en otro manual, los episodios maniacos o hipomaniacos tienden a concentrarse en la primavera. Y durante los maniacos, los pacientes están demasiado ocupados para dormir.

No sabemos qué ocurrió en la cabeza del amigo hasta su muerte. Una elipsis. A veces, un autor cubre varios años con una frase, dado su escaso interés. Dudo de que ese sea el caso de los suicidios. Si hay una tarea urgente frente a la muerte autoinfligida es la de remontar la corriente. Como ha demostrado, por cierto, la psiquiatra Rocío Herrera, de Avilés, tras examinar un año de prensa española: el 92 por ciento de las informaciones no refiere antecedentes de salud mental ni factores de riesgo. En los periódicos antiguos se podía leer, por ejemplo, que un tipo había subido a una cafetería de la última planta, había dejado su cartera sobre la barra y se había arrojado por la ventana, sin mayor rastro de enfermedad. Como máximo, en alguna esquina del texto se informaba que dejaba viuda e hijo y poseía una empresa. Ahora, las elipsis provocan otro tipo de malentendidos, como el de creer que el suicidio es un acto impulsivo frente al desahucio, las deudas o, mi favorita, una broma radiofónica. La noche cae rápido, sí. Pero sólo si aceptamos que hubo muchas otras noches.

Un ejemplo antitético es el capítulo sobre Drew Sopirak, un carismático cadete de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, diagnosticado de trastorno bipolar y cuyo descenso a la locura es uno de los más sobrecogedores que yo haya leído jamás. Escribe la profesora: “En medio de su insomnio, cada vez más maníaco, Drew se convenció de que poseía muchas o la mayoría de las respuestas a los problemas del mundo y de que era el mensajero de Dios. […]. A principios de julio, mientras estaba en las montañas, oía a Dios pidiéndole que se purificara. En respuesta, se quitó la ropa y corrió desnudo por los bosques. Más tarde, asustado, confuso, y lleno de cortes y moratones, aterrorizado de que el mundo se estuviera acabando, se dirigió a la casa del capellán”. El lector ve al antiguo cadete buscando alguna excusa cuando le preguntan por qué ha abandonado la academia, luchando denodadamente por hallarle un sentido a lo que le ocurre, escapando del hospital en medio de una inmensa tormenta de nieve, lee las respuestas que da en los tests psiquiátricos, convencido de que todo el mundo le etiquetará como un enfermo hasta el día en que se muera, y va preguntándose qué demonios haremos con la vergüenza: “En sólo un año y medio, un joven prometedor había pasado de un mundo de estudiantes, atletas, oficiales y caballeros, a ser un desempleado sin esperanza”. Drew se disparó a las afueras de Pensylvania a principios de 1996, después de abandonar su medicación y, como dijo su familia en el funeral, con la enfermedad moviéndose más rápido que su aceptación.

Dice la profesora que empezó a escribir ese capítulo un día de invierno en la biblioteca de la Universidad escocesa de Saint Andrews. Y que de vez en cuando se levantaba a mirar el mar del Norte por la ventana, tratando de aplacar el horror de aquellos informes psiquiátricos. Pero que tenía una foto de Drew al lado de un avión en el escritorio. Le consolaban. La foto y un verso de un poeta escocés.

Me he ido.

(FronteraD)