Una persona deprimida no se sube a ese avión

Los diccionarios presentan una definición muy similar de suicidio. El de María Moliner, por ejemplo, donde suicidarse es matarse voluntariamente a sí mismo. Y donde la voluntad pretende despejar cualquier accidente. En History of Suicide, George Minois explica que el término nació en Inglaterra, tras una racha de suicidios que llevó a considerarlo un asunto estrictamente inglés. El neologismo apareció escrito por primera vez en 1636 en La religión de un médico, de Thomas Browne y, a semejanza de homicidio, conjugaba el latín: sui (sí mismo) y cadere (matar). La voluntad, sin embargo, es en ocasiones difícil de dilucidar: ¿Se suicidó aquel delincuente acorralado que se acercó a la policía negándose a poner las manos en alto? ¿aquel conductor dispuesto a estrellarse con su automóvil y que pisó el freno en el último suspiro? ¿el enfermo que se negó a recibir tratamiento pese a su gravedad?

El 24 de marzo, un copiloto alemán de la aerolínea Germanwings, Andreas Lubitz, aprovechando que el comandante del avión había ido al lavabo, cerró la cabina, cogió los mandos y estrelló el avión en el que viajaban 149 personas en un macizo de los Alpes. Aunque en los primeros instantes se pensó en un accidente, de los periódicos gotearon paulatinamente algunos detalles: Lubitz, de 27 años, fascinado desde joven por los aviones, corredor de medio fondo y aficionado al parapente, había informado de un episodio de depresión grave en 2009 por el que había recibido tratamiento psicoterapeútico y medicación durante 10 meses. A una inconsistente salud mental se sumaba un problema de visión que previsiblemente le harían perder su licencia en junio. El 24 de marzo, el copiloto rompió el parte de baja que le incapacitaba para volar y se subió al avión lanzando un grave desafío definitorio: ¿puede haber suicidio dentro de un acto tan monstruoso?

Quise saber lo que opinaba el psiquiatra Enrique Baca García, pero la conversación se había cortado cuando el jefe de servicio de la Fundación Jiménez Díaz enfilaba las escaleras del metro de Madrid. Con tono serio había dicho que la asociación entre lo sucedido y la depresión suponía una carga terrible para los enfermos. Media hora después volví a llamarlo. Continuó:

-Es que lo del copiloto no es ni siquiera un suicidio ampliado. Es decir, ese porcentaje mínimo de personas muy deprimidas que antes de suicidarse matan a su familia porque creen que sin ellos van a sufrir. Esto es otra cosa, que tiene que ver más con características de personalidad previas que con un trastorno afectivo (depresiones). Las personas deprimidas no pueden hacer una planificación como ésa. No se suben a ese avión. Esto una cosa más compleja. Y de la que sabemos muy poco.

Desde el punto de vista de su aprehensión, el suicidio presenta notables inconvenientes en los periódicos. Como la enfermedad mental. 3870 suicidios anuales no hay dinero ni espacio que los incluya en un periódico. Con cierta regularidad, sin embargo, un periodista informa de que un hombre se suicida después de matar a su pareja. Un porcentaje de casos que según un estudio de 1990 no supera en Estados Unidos el 1,5 por ciento del total. 3870 suicidios anuales pasan prácticamente inadvertidos. El homicidio masivo de un Lubitz adosa el suicidio y la enfermedad mental a las portadas durante una semana.

-¿Qué porcentaje de violencia presentan los enfermos mentales frente a la población general?- le pregunté.

-Muy similar. Incluso, en estudios controlados, se ha demostrado que los enfermos mentales sufren más violencia de la que causan.

El psiquiatra Juanjo Martínez Jambrina es director del equipo de tratamiento asertivo comunitario de Avilés y jura por la exactitud de esa afirmación. Añade: “La violencia no es algo inherente a la enfermedad mental. No te digo ya si el enfermo tiene un mínimo de medicación. Entonces el porcentaje de violencia se reduce prácticamente a cero”. Cuando le llamé, un domingo a mediodía, Jambrina estaba, justamente, escribiendo un artículo sobre el caso centrado en el secreto médico y le pedí que habláramos. Según él, los pilotos, como los cirujanos, eran profesiones con un refuerzo muy positivo por sus intervenciones, y eso les dificultaba mucho asumir errores, gestionar conflictos. Luego siguió:

-Este hombre tenía claro que su fin profesional estaba cerca. Aquí la enfermedad mental juega un papel muy secundario. Y lo que empieza a despuntar es la venganza. Ten en cuenta que la compañía va a ser denunciada por imprudencia temeraria y si pierde el juicio las indemnizaciones serán millonarias. Hasta el punto de que no sólo tengan que dimitir directores generales, sino que la compañía se pueda ir al traste.

-¿Maldad?

-Sí, la maldad existe-respondió-. Alemania, por su historia, tiene un serio problema. Y es que les cuesta admitir que pueda haber malos entre ellos.

-Pero explicar su comportamiento a partir de la maldad, ¿no es hacer el mismo agujero por el otro lado del tabique?-inquirí.

-No, no lo creo- dijo tras una pausa-. Aquí hay venganza pura y dura. Un problema laboral. “Algún día haré algo que cambiará el sistema”. Con una base de enfermedad mental y un cuadro de ansiedad.

A nadie debería escapársele la desproporción entre los problemas de salud de Lubitz y la tragedia desatada. Uno de los rasgos del deprimido, según la psiquiatría, es que antes de actuar piensa constantemente en el porvenir de los suyos. Aunque entiendo los problemas de algunos periodistas. Yo también los tengo. Depresión, enfermedad mental y suicidio, encajan. Depresión, enfermedad mental y lo que hizo Lubitz, no. La fiscalía de Düsseldorf que investiga el caso, no obstante, sigue sin desvelar el trastorno por el que Lubitz estaba recibiendo tratamiento y que la policía encontró en el parte de baja roto en la papelera de su piso. ¿Una psicosis cicloide, es decir, una breve salida de la realidad de la que el paciente se recupera totalmente después, pero que le incapacitaría para volar? ¿Un trastorno de la personalidad de tipo narcicista?

-Podría ser- comenta Jambrina-. Lo que yo descarto es que Lubitz fuera un esquizofrénico.

Miro las fotos de Lubitz publicadas por la prensa. No parece que haya una relación de continuidad entre el episodio de depresión en 2009 y la tragedia de seis años después. Aquel mismo año, corriendo el medio maratón en Hamburgo. En 2013, corriendo el de Lufthansa. El copiloto haciéndose un selfie. Leo a salto de mata. Una barbacoa con su novia y amigos en el club de vuelo de su ciudad natal, Montabaur, el año pasado. Vuelos sin motor sobre los Alpes con un amigo durante las vacaciones. La novia confirma que habían roto. La compra de dos audis. Supuestos planes de boda para el 2016. Ensayos en el vuelo de ida. Una de las aerolíneas más seguras del mundo. Sin embargo, ¿por qué alguien que busca en internet formas de suicidarse el día anterior estrella un avión con 149 pasajeros? Olvidándonos de la filtración al New York Times: ¿pudo Lubitz fingir un accidente para evitar el dolor familiar o proteger su reputación? He estado mucho tiempo dándole vueltas a estas preguntas. De vez en cuando se las repetía a alguien y notaba un extraño silencio. Son cuestiones que requieren un inmenso borrado de la información disponible. Hasta concluir que para fingir un accidente se requiere de un mínimo de empatía, de la que no dio pruebas el copiloto.

Existe el mito, compartido por algunos psiquiatras, según el cual el suicidio es una venganza. Yo no lo creo. Al menos, no como un ingrediente fundamental. Hay muchas otras cosas dentro de un suicida: soledad, tristeza, sentimientos de inutilidad e incomprensión. Incluso la percepción equivocada de que quitándose del medio habrá más espacio para los demás. Nada de esto parece encontrarse en la biografía, aún escueta y por escribir, del copiloto. Y ésa es una de las diferencias más finas frente al homicidio. Entre suicidarse y estrellar un avión, Lubitz estrelló un avión. El suicidio es, dolorosamente, algo mucho más triste y discreto.

 

(Ctxt, mayo 2015)

 

 

 

 

 

 

 

 

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