A los cuatro vientos

“Es posible que la nota de suicidio exista desde la Antigüedad, quizá desde tiempos tan remotos como el Antiguo Egipto. Alcanzó notoriedad en su forma moderna y reconocible en la Inglaterra del siglo XVIII como consecuencia de los procesos de alfabetización y el rápido auge y difusión de la prensa escrita. Lo peculiar de las notas de suicidio dieciochescas es que la gente que tenía la intención de quitarse la vida acostumbraba a enviarlas a los periódicos, como vimos en las últimas voluntades de la familia Smith. Así pues, la nota de suicidio moderna es, en origen, una publicación, un acto intensamente público, una perversa pieza publicitaria. Las pruebas históricas deberían hacernos reflexionar cuando, como suele ocurrir hoy en día, envolvemos la nota de suicidio en un manto de secretismo y la consideramos del dominio sacrosanto de cónyuges o familiares. Puedo serlo a veces, pero a menudo no lo es.

En efecto, el deseo de mantener en secreto los detalles de un suicidio resulta cuestionable. Como todo el mundo sabe, el Golden Gate es un destino popular para los suicidas. Sin embargo, todos los suicidas saltan del lado del puente que mira a la ciudad de San Francisco. Nadie quiere saltar del lado que da al océano Pacífico. Curioso, ¿no? Se trata, a menos que uno acepte que el suicidio es con frecuencia un acto público, de un acto publicitario. Este detalle quizá nos permita explicar la popularidad de ciertos lugares entre los suicidas, como el puente de Brooklyn, el cabo Beachy en la costa meridional de Inglaterra, el viaducto de Bloor Street en Toronto y los hoy muy vigilados y vallados puentes que cruzan las gargantas de la universidad de Cornell, al norte del estado de Nueva York, destino popular entre los suicidas de la Ivy League.

La nota de suicidio es, por tanto, una forma de mostrarse, el síntoma de un exhibicionismo premeditado. Cierto es que, para sus lectores, las notas de suicidio son una especie de pornografía. Nos vemos convertidos en voyeurs de un estado mental oculto o prohibido y las notas ejercen una especie de atracción morbosa. Pero eso no significa que no debamos echar un vistazo. Podríamos aprender algo. También es verdad que el exhibicionismo de la nota de suicidio suele ser un rasgo característico de las personas melancólicas o deprimidas. Lo curioso de los melancólicos -que, no lo olvidemos, somos muchos de nosotros- es que, lejos de quedarse callados, suelen proclamar interminable y locuazmente sus propias penas a los cuatro vientos”.

 

Simon Critchley, Apuntes sobre el suicidio, Alpha Decay, 2016.

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El psiquiatra y el suicida

“La investigación sobre este asunto es clara y consistente. Cuando los terapeutas que han perdido a un paciente por suicidio (entre el 20 y el cincuenta por ciento de ellos) son estudiados de manera grupal, la mayoría dice sentirse profundamente afectada. Un estudio realizado mediante un instrumento llamado escala sobre impacto de los eventos señala que, en promedio, la sensación de shock y pérdida es semejante a la de la muerte de un miembro de la propia familia. Las dudas sobre sí mismos derivadas de la experiencia han sido tan profundas para algunos terapeutas que incluso han pensado en abandonar la profesión.

Sin embargo, podría aducirse: ¿Qué tiene de especial? Los cirujanos y los cuidadores de ancianos pierden pacientes todo el tiempo, entienden que son gajes del oficio. La pérdida de un paciente en psicoterapia difiere en algunos aspectos importantes. En primer lugar, después del suicidio surgen innumerables pensamientos sobre si se podría haber evitado: ¿Qué me he perdido? ¿qué podría haber hecho para evitarlo? En segundo lugar, en contraste con los cirujanos, la herramienta principal de la psicoterapia es la persona en sí. Y, en la medida en que la terapia ha fracasado, se puede argumentar que es el yo del terapeuta el que ha fallado. […] Por último, es prácticamente imposible que un ser humano tenga un conocimiento profundo del sufrimiento de otra persona sin compartir, en cierta medida, ese sufrimiento y, por extensión, el sufrimiento como respuesta a la muerte de esa persona. Se trata simplemente del modo en que estamos conectados. ¿Ha notado lo incómodo que se siente cuando ve que alguien está siendo avergonzado o herido física o emocionalmente? Imagine la muerte de alguien que ha compartido con usted sus inseguridades más profundas, los miedos y los recuerdos más traumáticos, y alguien en quien usted ha visto la promesa y la posibilidad de una felicidad futura. La magnitud de la tragedia de una muerte autoinfligida nunca resulta más evidente que en este contexto.

Es bien sabido que una de las razones principales de las demandas por negligencia contra los profesionales de salud mental es el suicidio de un familiar. Lo que es menos conocido es que, con mayor frecuencia, las familias entienden las dificultades a las que el médico se enfrentó y las limitaciones de la psicoterapia en los casos difíciles. Algunos piensan que la libertad, aun limitada por la enfermedad, puede ser una opción para poner fin a la vida. De hecho, las historias de familiares, incluso en la agonía del dolor, acercándose a un terapeuta para preguntarle si está bien son muy habituales.

Cuando un médico pierde a una paciente por suicidio, la memoria de la personas y las experiencias compartidas, permanecen. El luto por la pérdida implica a menudo una ceremonia conmemorativa, así como la discusión con los colegas y la reflexión privada. Al igual que otras pérdidas, las expresiones de compasión y sufrimiento compartido son quizá la ruta más segura para afrontarlo y para una eventual recuperación”.

 

Thomas Ellis & Michael Groat:  Therapists have feelings, too: On the loss of a patient to suicide.