De una simplicidad bíblica

“Ciertos autores que atribuyen a la imitación un poder que no tiene, han pedido que se prohíba a los periódicos el relato de suicidios y de crímenes. Es posible que esta prohibición sirviese para disminuir en algunas unidades el total anual de estos actos. Pero es muy dudoso que pueda modificar la cifra social. La intensidad de la inclinación colectiva permanecería la misma, y el estado moral de los grupos no se modificaría por eso. Si se pusiesen frente a las problemáticas y débiles ventajas que podría tener esta medida, los graves inconvenientes que lleva consigo la supresión de toda publicidad judicial, se concebiría que el legislador no se apresurase a seguir el consejo de los especialistas. En realidad lo que puede contribuir al desarrollo del suicidio y del homicidio no es el hecho de hablar de él, sino la manera como se habla. Allí donde estas prácticas son aborrecidas, los sentimientos que originan se traducen a través de los relatos que de ellos se hacen y, por consiguiente, neutralizan más que excitan las predisposiciones individuales. Pero, a la inversa, cuando la sociedad está desamparada, el estado de incertidumbre en que se encuentra le inspira una especie de indulgencia para los actos inmorales, que se exterioriza cada vez que de ellos se habla y que hace menos sensible la imitación. Entonces el ejemplo resulta verdaderamente nocivo, no en cuanto ejemplo, sino porque la tolerancia o la indiferencia social disminuyen la repulsión que debiera inspirar.

Lo que prueba, sobre todo, este capítulo, es lo poco fundado de la teoría que hace de la imitación el supremo manantial de toda la vida colectiva. No hay hecho tan fácilmente transmisible por vía de contagio como el suicidio, y acabamos de ver que esta capacidad de contagio no produce efectos sociales. Si en este caso se encuentra tan desprovista de influencia social, no tendrá más, probablemente, en los otros; las virtudes que se le atribuyen son, pues, imaginarias. Puede muy bien determinar en un círculo muy restringido algunas repeticiones de un mismo pensamiento o de una misma acción, pero no alcanza nunca repercusiones tan extensas y tan profundas que afecten y modifiquen el alma de la sociedad. Los estados colectivos, gracias a la adhesión casi unánime y generalmente secular de que son objeto, resultan demasiado resistentes para que pueda modificarlos una innovación privada. ¿Cómo un individuo que sólo es un individuo, podría tener fuerza bastante para formar la sociedad a su imagen? Si no nos representáramos todavía el mundo social tan groseramente como el hombre primitivo el mundo físico, si contrariando todas las inducciones de la ciencia no admitiéramos, al menos tácitamente y hasta sin darnos cuenta, que los fenómenos sociales no son proporcionados a sus causas, no nos detendríamos en una concepción que, a la vez que de una simplicidad bíblica, está en contradicción flagrante con los principios fundamentales del pensamiento”.

 

Emile Durkheim, El suicidio

 

 

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