Cómo funciona una pistola

Hace diez años, el psicólogo estadounidense Thomas Joiner publicó un libro importante, Why people die by suicide, donde formulaba un novedoso marco teórico. Apoyándose en diversos de estudios sobre la superior tolerancia al dolor de los suicidas frente a la población general, Joiner concluía que el suicidio era una aleación entre el deseo de morir y la ausencia de miedo, dicho sea rápidamente. Leyéndolo uno aprendía, entre otras cosas, que querer suicidarse no era lo mismo que poder hacerlo. Se requería cierta habilidad que normalmente aparecía con la práctica, aunque también fortuitamente. Pero que una vez adquirida, y al contrario que el volátil deseo de morir, se solidificaba como las perlas o las estalactitas: “Las personas que se han lesionado (intencionadamente sobre todo, pero también accidentalmente), que saben cómo funciona una pistola, que han investigado las propiedades tóxicas y letales de una sobredosis de droga, que saben hacer nudos, y que son capaces de mirar a alguien a los ojos y mostrar resolución para seguir adelante con el suicidio, son poseedores de un substancial riesgo”. Estudio tras estudio, la suicidología ha ido demostrando la exactitud de esta sentencia. La presencia de un arma en casa está asociada de forma significativa con un mayor riesgo de suicidio, especialmente entre los jóvenes. Hasta el punto, como reseñaba hace poco un tal Hemenway en Scientific American, de explicar las diferentes tasas entre ciudades, regiones y estados, mejor que otros factores como las enfermedades mentales, el número de psiquiatras, la ideación o los intentos. La relación no es causal, obviamente. Pero apunta a la posibilidad de que tener armas alrededor reduzca el miedo a su potencia mortífera. Sin un arma al lado sólo los muy frívolos dicen que van a pegarse un tiro.

El problema español surge, naturalmente, cuando los que se suicidan son los que deben llevarlas. Hay un debate realmente obsceno en los periódicos entorno a las causas de la alta tasa de suicidios en la Guardia Civil (14,5 por 100.000 en 2012). El doble que la española, si tuviera sentido comparar dos tasas a partir de tramos de edad diferentes. La principal asociación de guardia civiles ha utilizado esas cifras para atacar, ¡como un sindicato!, las condiciones laborales y la naturaleza militar del instituto armado, y el Ministerio del Interior se ha defendido aleteando causas personales y familiares. Me gustaría decirles que en medio siglo, y con todo el peso de la ciencia a sus espaldas, la suicidología sólo ha logrado elaborar una lista con factores de riesgo, como haberlo intentado anteriormente, poseer una historia familiar de suicidio o sufrir un trastorno mental. Pero qué duda cabe de que ésta es la profundidad del debate público de mi país entorno al suicidio: dar con el asesino. Con todo, entre el griterío se han descolgado algunos datos del máximo interés. Mientras la Organización Mundial de la Salud calcula que por cada suicidio en el mundo hay entre diez y veinte intentos, en el instituto armado hubo entre 2005 y 2014, el doble de suicidios (116) que de tentativas (52). Otro dato se refiere al método. A pesar de que en España los más utilizados son el ahorcamiento y la precipitación, la inmensa mayoría de guardia civiles, más de un 95%, se dan muerte con su arma de fuego.

He estado leyendo algunos documentos relativos al suicidio y la guardia civil. Entre lo más interesante y con cierta aspiración objetiva está el perfil del agente suicida trazado por el psicólogo Miguel Ángel Vidal, de la Universidad CEU de Valencia hace una década y del que dio cuenta ABC. Examínese este párrafo a la luz de Joiner: “Respecto a las causas que llevan a los agentes a quitarse o intentar quitarse la vida, éstas no son fijas ni comunes. Van desde las situaciones estresantes, cambios en la rutina, problemas en el ámbito laboral o en la familia. Y se vislumbran habitualmente en un proceso de paulatino aislamiento. Además comienzan a gastar innecesariamente y a realizar prácticas de riesgo para sus vidas, como conducir a toda velocidad o un alto consumo sustancias. De hecho, entre los fallecidos se encontraron muchos accidentes de tráfico precedentes al suicidio”. En efecto. Las causas no son fijas ni comunes. Un paso más y dirán que son confusas. A diferencia del riesgo. En España faltan todavía muchos estudios clave sobre las profesiones con mayores tasas. Una ausencia fatal, desde luego. Saber cómo funciona una pistola y luchar contra el crimen, con la erosión del miedo que lleva aparejado el sintagma, confieren a los agentes un riesgo considerable. Al que habría que añadir el más modesto de ser hombres, en su mayoría. No parece casual que los únicos planes de prevención sobre grupos se dediquen a la guardia civil y los presos. La ley y la delincuencia. A las que, en brutal paradoja, hay que chequear por igual sobre sus deseos de morir.

(FronteraD, 2016)

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