Expiación

canarias 1977

¿Qué historia me vas a contar? La pregunta está en medio de un email de Braulio. Añade: Si es la historia de una búsqueda, ¿de qué búsqueda? Le respondo, sintetizando, que se trata de la búsqueda de Vicente y que la joven embarazada es sólo una parte. Pero es más, mucho más: el silencio tras pasar por un tanque de revelado. Luego le describo una escena que ignora: mi padre viajó hace poco a León para acudir a una boda. En algún momento se separó de mi madre y mis dos hermanas y se acercó a la vivienda familiar. Entró en la galería interior y husmeó. Se fijó en los cambios. Es decir, hizo lo que yo había hecho seis meses antes. Viajó a la ciudad que él no había pisado en 30 años y en la que yo acababa de hacerlo por primera vez. Se había separado de mi madre y mis hermanas. Aquello me alegró primero y me desalentó después. ¿Qué esperaba?

Recientemente  fui a ver a mi madre a la casita de campo para hablar de Vicente. Desde que había empezado el proyecto temía su reacción. Uno de los días que yo había salido por televisión, me había dicho que el suicidio no era un tema que le gustase, ciertamente. A mi tampoco. Pero yo no había podido elegir. Esto último no se lo dije.  Sin embargo, aquel día habló con una extraña serenidad. ¿También vas a escribir sobre mí?  Mi padre y ella nunca habían hablado del asunto. Ella nunca le había preguntado. Ni mis hermanas. Y el silencio había resultado imbatible. La única vez que le había oído hablar de ello fue cuando con ocho años me habían llevado al psicólogo por la historia de la uña. De vez en cuando la he contado a las visitas entre los restos desperdigados de una cena, pero de pequeño la historia de la uña me había traumatizado durante mucho tiempo. Una noche en el cine de verano del pueblo había sentido un pinchazo en la garganta mientras bebía un refresco. Se me metió en la cabeza que tenía una uña atravesada en la garganta. Salí del cine y fui  a casa con la boca abierta y muy histérico para decirle que mirara bien adentro. No había nada. Una faringitis. Pero a partir de entonces, cada vez que me servían pescado, lo desmenuzaba con las manos y lo machacaba hasta asegurarme de que allí no había ninguna raspa. Por no hablar del miedo que empecé a dedicarle a las agujas. Temía que por un inesperado azar una de ellas saliera del costurero y se me atravesara en la garganta. Me llevaron  a varios médicos. Duró tanto la chifladura que de vuelta a Guadalajara, donde pasábamos el resto del año, me habían llevado al psicólogo. Me sentaba enfrente, me daban papel y lápices de colores y dibujaba gánsters. “Tu padre te veía tan obsesionado que le contó al psicólogo lo de su hermano”, dijo mi madre.

Adiviné que desde pequeño, aunque no lo supiera, llevaba al esquizofrénico atravesado en la garganta. Él organizaba todos nuestros miedos. Era la historia que había convertido a mi padre en un supersticioso y que había engullido al resto de nuestra familia convirtiéndonos en seres mutilados, con vidas censuradas. ¿Por qué si no se había opuesto a que de pequeño jugara el fútbol en un equipo? ¿Por qué nos había prohibido a mis hermanas y a mi viajar en el autobús del colegio los días de excursión ofreciéndose él, cuando insistíamos en acudir, a llevarnos en su coche? ¿De dónde surgía esa protección asfixiante, esa exageración permanente de las amenazas? Su madre era una mujer pesimista. Probablemente él heredó su carácter, pero también una tragedia sin nombre. Para mi padre, un hombre temeroso, áspero y sombrío, aunque con destellos de un humor antiguo, la historia de su familia se había convertido en lo que no podía volver a suceder. Pero antes de permitir defendernos, como había hecho indirectamente en la consulta del psicólogo, había decidido no tentar al diablo.

Ella tenía 19 años. Él 30. Se conocieron en marzo de 1977, en la oficina de la empresa familiar donde ella trabajaba, dedicada a la provisión de tejas, ladrillos y cemento a pequeños constructores locales. La misma empresa en la que yo trabajaré 30 años después aunque emplazada en otro lugar. Ella era guapa, castaña y tenía los huesos muy fuertes. Él estaba deprimido por la muerte de sus padres. Se estaba quedando calvo. Ella dice que lo conoció así. A los dos meses ella se había quedado embarazada de mi. Y recuerda al esquizofrénico como a un tipo aparentemente serio, pero con un gran sentido del humor. Un mes antes de que se casaran se había suicidado. Ella no viajó al entierro en León. Él había vuelto medio mudo. Se casaron en la iglesia parroquial de Calpe el 27 de septiembre, en una ceremonia en la que Mary no lloró precisamente de emoción. Viajaron de luna de miel a Tenerife y en las fotografías mi madre baja del avión, entra en el Loro Park y corona el Teide.

Pero había algo en lo que yo no había reparado hasta que ella lo dijo: el embarazo y la boda le habían cerrado la puerta al esquizofrénico. Significaba que a partir de entonces no podría visitar con tanta asiduidad a su hermano. En Guardo, Mary y J. L ya tenían tres hijos. El horizonte aparecía francamente ennegrecido. Es obvio por qué habían guardado silencio: nadie habla de la víctima en presencia del asesino. Mejor aún: nadie abre el pico delante de un asesino. ¿Lo habían hecho para que no me sintiera culpable? ¿Sabían quizás que en cuanto lo supiera me obsesionaría, que me dispondría al instante a expiar mi crimen? ¿Por qué lo había colocado yo al principio de aquel borrador de novela? ¿Intuiría ya que era aquel secreto era la prueba de fuego para convertirme en escritor, lo que me impedía dar la cara y amenazaba con dar al traste con mis aspiraciones?

No sabía si lo que yo escribiera aliviaría a mi padre, pero debía darle aliento al muerto. De lo contrario, algún día también yo corría el riesgo de tener que hablarle a mi hijo de miedo y de derrota.  Una situación dramática, sin duda, para alguien que cuando le acompañaba al colegio despreciaba secreta y furiosamente al resto de padres exitosos con los que se cruzaba en la puerta antes de despedirse de él. No estaba dispuesto, sinceramente.

El email de Braulio situaba también el asunto en ese territorio agonístico tan propicio a mi carácter. Él decía: “Puestos a fracasar, que sea a lo grande”. Yo iba más lejos aún: o escribir esta historia hasta el fondo o callarme para siempre. No debía haber nada en medio.

Cuatro veranos

guía de las cuevas

La vida laboral de Vicente es un documento exiguo con apenas cuatro contratos. Tenía 24 cuando murió. Bien. Pero también estaba loco y los locos no trabajan. A partir de 1974 sólo consta que lo hiciera un día. Fue para una sociedad cooperativa y probablemente se tratara de una jornada en la vendimia dado el septiembre. Es cierto también que era estudiante, pero desde octubre de 1975 en su expediente sólo rezan dos aprobados. Y uno de ellos, regalado. El resto de fechas del informe consigna tres temporadas como guía en Valporquero, 1970, 1971 y 1973. También lo hizo en 1972, pero sin que le dieran de alta. ¿Volvería a las Cuevas después de aquella historia con la joven embarazada? Esta pregunta siempre me había llevado a suponer que ocurrió en 1973. Es decir, a suponer que no volvió.

Mi padre recuerda también un trabajo de invierno como informador en la estación de esquí de San Isidro y cree que fue tras abandonar Valporquero. Pudiera ser el invierno de 1974. O el del 75. Tanto el trabajo de guía subterráneo como el de informador en la nieve dependían de la Diputación, es decir, de la mano de mi abuelo. “Después de morir mi padre, Vicente no tuvo interés por nada”, es su frase inaugural y que señala, seguramente, el pistoletazo esquizofrénico.

En su primera carta, I. cree recordar otro trabajo: “A los 14 años, creo recordar, que por el verano trabajó en una droguería de recadero, yo lo hice en una ortopedia. […] Recuerdo que mi suelto era de 750 pesetas al mes, es decir 4,51 euros, por lo que imagino que el suyo sería igual o parecido”. También está la postal que reseña un trabajo esporádico como albañil en 1970.

El trabajo de guía era otra cosa: les pagaban bien, les llevaban en un jeep y les daban un uniforme con la banderita de España. “Nosotras estábamos ociosas y los guías tenían mucho éxito: ligaban donde quiera que fuesen”, me dijo al teléfono una de las chicas que veraneaba por allí, cuarenta años después y sin la reválida pendiente. Cuando acababan la jornada en la Cueva, las chicas les esperaban en la puerta o sentadas en el merendero. El furor del uniforme. El aburrimiento de las chicas. Las estalagmitas. Los pueblos leoneses. Una carta bucólica, sin duda. Una carta de presentación.

Es cosa de hombres, 1962-1975

Mi padre tiene 15 años, Mary 17 y Vicente 10 cuando la familia viaja a León en invierno de 1963. Mi padre dice que él llegó tres meses antes. Se instaló en un piso de patrona y después en un cuartel militar. Lo hicieron así para que el traslado no le partiera el curso. Estudia quinto de bachiller, baja a comer y cenar al comedor castrense y el resto del tiempo se aburre de frío. Sólo algún domingo acude a la doble sesión del cine Trianón. Confía en que mi abuelo rechace la plaza en la Diputación y tenga que volverse a Asturias donde le esperan sus amigotes. Su plan fracasa. Y la familia ocupa un segundo piso en el número 18 de la calle La Sierra (después Maestro Uriarte). Yo lo estuve contemplando una tarde desde la acera de enfrente por si asomaba por la ventana el esquizofrénico. Había llegado a través de las indicaciones que él mismo me había marcado en un mapa antes de partir. Crucé una galería que daba al patio interior y me encontré a un anciano regando las plantas. Una tarde en el campo con su mujer y mis abuelos, recordaba, una tormenta repentina les había obligado a recoger el picnic y meterse en el coche muy deprisa. Era el único que quedaba de aquella época, me dijo. Como cambiaran la numeración de los portales le pregunté y me señaló el piso que mi padre describe ahora como con forma de tenedor.

Él comparte habitación con su hermano, y la habitación de Mary está en la otra punta, junto a la de mis abuelos. Sus vidas siguen edificándose a partir de la sobriedad económica. Una de las chilabas marroquíes acaba convertida, tras pasar por la máquina de coser de mi abuela, en un abrigo kitsch. De cortarle el pelo a los chicos se ocupa mi abuelo, disimulando los trasquilones con betún y provocando que en los días de lluvia un reguero negro les recorra la mejilla. Mi padre y yo nos reímos al unísono mientras lo cuenta. Comen cocidos y zurcen calcetines. Y por navidad, él se acerca a La Robla para cortar un pino con Marcelino, el guarda forestal y marido de Remedios, que se trae de vuelta en el tren.

Mi abuelo también es el encargado de remendar los zapatos, siempre los domingos y siempre después de comer, en una mesa supletoria que arma en la cocina. Les cambia la suela y les arregla el tacón, añadiéndole al de Vicente unos centímetros de más. No debería ocuparme de supuestos complejos. Acabaré convertido en uno de esos que se sientan de perfil y concluyen que el suicidio es sólo furia volcada hacia dentro y que con palabras se libera.  Pero ¿qué significado tiene ese gesto? ¿Se lo pidió Vicente o fue iniciativa suya, una forma de protegerlo frente al mundo? Ya se ve que es un diálogo sordo. El reparto del amor familiar, sin embargo, había quedado así: Mary es el ojito derecho de su padre, mi padre el de su madre y Vicente el protegido de todos.

¿A qué se dedica exactamente mi abuelo? Mi padre habla de un trabajo gris y rutinario, pero solemne. Como auxiliar administrativo se encarga de traspasar manualmente los recibos de la contribución de los municipios a libros contables en unas mazmorras. Todos llevan chaleco, traje y sombrero. La ciudad, pétrea y exasperada, produce este tipo de hombres. Fecundamente. Aunque mi abuelo  vistiera así desde antes. Con el tiempo se exacerbará su carácter entusiasta y volcánico: suelta frases en supuesto árabe, hace imitaciones al compás del televisor y se inventa bailes. Esto no le impide sacarse el cinturón y zurrar a sus hijos adolescentes, salvo a Mary, para corregirles la conducta. O cerrarle la puerta a mi padre cuando llega con la madrugada liquidada para que duerma en las escaleras. Mi abuela también intentará corregirles, pero con la zapatilla y sin eficacia. Es, según mi padre, una mujer de su tiempo: a excepción de las compras en un par de comercios y visitas esporádicas para tomar café fuerte en casa de las vecinas, permanece confinada en casa. Ésa es la imagen que él tiene: ella, una lámpara, hilo y aguja.

Releo lo anterior y me divierto pensando en las veces que yo, ¡golfo!, he dormido también en esas escaleras adolescentes.

Nada más llegar a la ciudad, mi tía Mary empieza Magisterio, aunque salvo una sustitución nunca lo ejercerá después de casarse. Mi padre la define por entonces como una joven impetuosa, guapa y acaparadora. A diferencia de Vicente, al que define como abnegado y abierto. Y describe la relación entre los hermanos como excelente. Aunque reconoce que entre Mary y él, quizás fuera más estrecha, por edad. La imagen que guarda de su hermano pequeño es la de un virtuoso del balón, un estilo Fleitas, que nunca se revolvía cuando un contrario lo tiraba al suelo. Él ve en esa actitud una muestra de educación y buen comportamiento. Yo veo, sin embargo, a un joven susceptible de padecer esquizofrenia y por lo tanto, insensible al dolor y a las temperaturas bajas. Para sortear la sobriedad, insiste, él y su pandilla leonesa se aliaron con la audacia. Incluso con el delito. Vicente, no. “Vicente”, dice como protegiéndolo, “no era así”. “No era un bala”.

Zanjando, ¿de dónde surgía toda esa presión por los estudios? La respuesta de mi padre es rápida y seca: “De que no teníamos un duro”. Mary acaba Magisterio, mi padre se saca Minas. Los dos se van fuera. Cuando mueren mis abuelos, Vicente se queda solo en León y ya no los alcanzará.

Dice también que a mi abuelo se le daban muy bien las cartas. Sabía encabezarlas según quién fuera el destinatario. Casi siempre otro militar al que requería un favor. Ésas las escribía a máquina. Las que enviaba a la familia, más afectuosas, a mano. Un día, ya de los últimos, será él el que le pida a mi padre que le escriba a su hermano aconsejándole. El motivo pudo ser un suspenso o algún renuncio descubierto, según mi padre. La cuestión es que a mi abuelo le gustó tanto la carta que se la guardó para un caso de emergencia. Una carta sobre el esfuerzo y la recompensa, debió ser. Yo no la tengo. Pero tengo una postal. Salou, 1970. Mi padre está haciendo la mili en Lérida y pasa unos días en la playa:

“Recibí vuestra carta con las señas, aunque bastante tardía. Aquí el recibir cartas es una de las cosas que nos alegra. Vicente, no seas tonto y sal de la obra, todo eso de que “es cosa de hombres” está muy bien, pero aún está mejor la categoría y personalidad que uno tiene. Me estoy enterando si algún superior sirvió en Regulares y me parece que hay uno”.

Categoría y personalidad son dos palabras que no suele pronunciar mi padre. Me sorprende que se las esculpiera a su hermano. Aunque puede que también hayan sido engullidas. El joven Vicente había acabado quinto de bachiller y mientras llegaba el otoño le ponía remedio a la sobriedad. Cosa de hombres. ¿Sería una inercia como ésa la que le llevaría a fantasear con las oposiciones al finalizar el curso preuniversitario? ¿Por qué, en cambio, se matriculó finalmente en Filosofía y Letras? ¿Sentiría que se estaba traicionando así mismo?

Dos años antes, en 1968, mi abuela le había detectado un bulto en el cuello a su marido. “Si no me duele”, dijo él. Le extirparon el linfoma en un hospital militar de Valladolid, pero con el tiempo volvió a manifestarse. Empezaron periódicas sesiones de radioterapia en el Hospital Princesa Sofía. Perdió peso. En las últimas fotografías es una sombra del comercial subido a una Vespa y con traje que visitaba los pueblos de Asturias vendiendo zapatos. También una sombra del instructor regular. Murió el 19 de octubre de 1975 en una cama del hospital. Mi padre dice que le telefonearon y que condujo toda la noche desde Gandía y que cuando llegó se fue directamente allí. La habitación estaba vacía y les preguntó a dos enfermeras. “El hombre que estaba aquí ya falleció”, le dijeron. Él respondió: “Pero si era mi padre…”. Subió otra vez al ascensor y empezó a llorar.

Escrito al dictado

Los estudios son un tema frecuente en la correspondencia de mi abuela con su hermana Domitila. Los estudios y el sufrimiento: “Por Tere sé que los estudiantes hacen poco, pues tú no sufras, ellos verán, para ellos es […]”. Si hay que creer a mi padre, el más aplicado de los tres hermanos durante el bachillerato será Vicente. Lo que no significa gran cosa. Aprobará la Reválida con un 5,6 y la nota media de COU será un Bien. En el resto de cursos saca notables, aprobados y excepcionalmente algún sobresaliente. Las asignaturas que más suspende son Matemáticas, Latín y Francés, el idioma moderno. Y la que más le gusta, Historia. En su primera carta, el memorioso I., despliega un complacido recuerdo del curso preuniversitario: “Ese curso fue fundamental para muchos de nosotros, entre los profesores tuvimos personas de una talla intelectual que no encontraríamos después en la Facultad. Quiero recordar a D. Luis López Santos, canónigo de la Catedral de León, inteligente y vago, que nos puso la lingüística al alcance de nuestras capacidades, […] como lo que es, un instrumento de uso cotidiano. Pero sobre todo, a D. Lucio Ortega, profesor de Filosofía, que nos ayudó en la medida de lo posible a pensar: poniendo a nuestra disposición su biblioteca privada y obligándonos a leer cada uno un libro por trimestre que elegías libremente, a resumirlo y a exponerlo en clase al resto de compañeros. Qué interesante sería para ti, conocer los libros que eligió tu tío. En mi caso fueron El azar y la necesidad, de Jacques Monod, La historia social de la ciencia, de John Bernal y El origen de las especies, de Darwin”. Qué interesante sería. En la misiva, I. desconoce el motivo por el que Vicente se decidió por las Letras. Mi padre cree que por esquivar las matemáticas. Él siempre ha mantenido que le hubiera gustado que su hermano estudiase Ciencias y así poder ayudarle. Yo le creo. Pero también creo en la mineralización de los sentimientos de culpabilidad. Es probable, sin embargo, que  Filosofía y Letras no convocara el interés principal de su hermano. Entre sus postales se encuentra la siguiente de su puño y letra. Nunca la envió. No consta el remite:

“¡Hola chaval! Con este año finalizo mi trabajo en la Cueva de Valporquero y es muy probable que el año que viene me vaya por esos lugares a trabajar. Acabo de aprobar el COU y el año venidero me pondré a preparar las plazas de [tachado]. Cuéntame algo de lo que haces tú y cómo va esa vida con los franceses. Sin más. Vicente”.

Acabó el COU en junio de 1972, pero al año siguiente continuaría en Valporquero. Siempre me ha llamado la atención el tachón. No se trata de una censura al azar. Quizás, dice mi padre ante la postal, fueran las oposiciones su primer impulso y sólo se pusiera a ello una vez muertos sus padres. ¿Censurarían mis abuelos los deseos de Vicente por ser funcionario de prisiones? Mi padre se encoge de hombros.

La prueba de acceso al Instituto Padre Isla en marzo de 1964, consistió en una operación aritmética, un análisis morfológico y un dictado del Quijote:

Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerias, ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula”.

Tiene 11 años y, salvo la tilde de niñerías, lo acierta todo.

Alcazarquivir

He hojeado varios libros sobre Alcazarquivir, donde viajó mi abuelo con su familia en 1946 para incorporarse al Grupo de Regulares 4 como instructor de moros: Pequeña historia marrueca: Alcazarquivir, evocación de la infancia escrita por Tomás Ramírez Ortiz. Y Alcazarquivir 1950, de Humberto Cortacero Henares, síntesis de oficialidad y heroísmo: “El Campamento […] ocupa una extensión superficial de diez hectáreas y veinte centiáreas, con sus instalaciones de pistas, oficinas, depósitos, almacenes, dormitorios y servicios. Destacan la puerta monumental de entrada, la torre de mando, que recuerda levemente a la Torre del Oro; el espléndido pabellón de estilo árabe para Sala de Banderas, […], y la sala de Caides exornada al estilo del país. Frente al pabellón, que tiene para el acceso una artística galería de columnas, se alza en cuidado jardín con una reproducción de la Fuente de los Leones, de Granada”.

El Grupo, perteneciente al Ejército Español de África y cuyo emblema es una media luna sobre dos fusiles cruzados, se acuartela  al este de la ciudad, rodeada de naranjos y chumberas, con el fin de custodiar la temblorosa frontera francesa. La familia, sin embargo, no se establece en el campamento, sino en una casa destinada a los militares de rango en el barrio de la Hára. Cuatro paredes encaladas, rústicamente amueblada y sin confort, como la describe mi padre. Y con un patio en la parte de atrás donde tenían el water y un pequeño cercado con gallinas, pollos y el cerdo para la matanza. Allí nació él el 5 de enero de 1947, el segundo hijo, bajo la mirada severa en algunas fotografías de una arruga negra y fantasmal: su abuela Candelas, trasladada desde Zamora para ayudar a su hija en las labores domésticas.

Una tarde invité a mi padre a mi casa y saqué a colación Alcazarquivir. Mientras se rascaba la calva, sentado en el sofá, rescataba fragmentos. El achique de espacios para matar las moscas. Entraban armados con trapos en una habitación, las ahuyentaban y la cerraban. Así hasta que las moscas quedaban todas en una sola habitación. Entonces entraban con los trapos pero a matarlas. O el gato al que  mi abuelo disparó con su pistola, una Llama de nueve milímetros que mi padre conserva inutilizada en el garaje, porque cazaba a los pollos.

Los fines de semana, mi abuelo colgaba el uniforme militar y se enfundaba un traje negro con corbata, chaleco  y una estilográfica en el bolsillo de la chaqueta. Su estilo habitual. Cogía la cámara de fotos, una Bilora Box fabricada en la Alemania Federal, y salía con su mujer y los niños a pasear. Si eran fiestas, compraban churros y se acercaban al carrusel. Mientras lo escuchaba no me costaba esfuerzo imaginarme la escena. Los niños embelesados girando en los caballitos, el matrimonio orgulloso y el Negro Zumbón interpretado por una orquesta de seis o siete enroscándose en los naranjos de la llanura. Por las tardes, y con la misma estilográfica, mi abuelo escribía en el reverso de las fotografías que había tomado por la mañana, y las enviaba a Zamora como si fueran los niños los autores:

“Con todo nuestro cariño sincero junto con un millón de besos y abrazos se lo enviamos a nuestra abuelita, tíos y primitos. Mary y Venancio. Alcazarquivir.  (ininteligible). 1948”.

El hombre que esto escribe tiene 32 años y en el campamento enseña a los moros a desfilar, a desmontar y limpiar las armas, y a disparar. “Cuando se reunía con los demás suboficiales, siempre repetía que no le parecía bien enseñarles. Algún día podrían volverse contra ellos. Nunca se fió”, dice mi padre.

El 27 de septiembre de 1952 nace Vicente, el tercer hijo y el último. ¿Cómo fue su  parto? ¿Habría complicaciones? A mi padre, siempre le dijeron, que si no hubiera sido por la penicilina, él no hubiera sobrevivido. No parece ser éste el caso de Vicente. Aunque era bajo, su complexión siempre fue atlética. Pero quién sabe. ¿Conservaría algún recuerdo bereber? Mi padre lo duda. Demasiado pequeño y demasiado rápido. Apenas un año y medio después, un tren los conducía hacia Asturias donde un mozo les ayudó con las maletas hasta una pensión nocturna de Mieres.

Correspondencias

[Picos de Europa, sin fecha]

Hola chaval: Como verás no me he olvidado de los amigos. Aquí las cosas si son diferentes y se vive como las abejas volando de pico en pico, es de algo que hay alguna y la verdad que no puedo contarte mucho ya que hace dos días que vinimos, o sea que cuando vuelva ya te contaré. En la postal se ve el refugio Verónica es para 6 o 7 personas y está muy maja. Hasta luego, que no cojo el correo si no la echo.

Tu amiga Victoria.

[San Juan (Alicante), 7 de julio de 1970]

Estoy escribiéndote desde la playa y no se si entenderas la letra pero aqui no puedo hacerlo mejor (lo siento). Esta otra postal es del Peñón de Ifach, está a 20 km. de Benidorm, te estoy mandando vistas aéreas para que no te de tanta envidia el agua ¿No te quejaras?

Piedad. Recuerdos de mi prima.

[San Juan (Alicante), 7 de julio de 1970]

Estimado amigo: Como ves de cada sitio que estoy te mando una postal. Esto es Benidorm y me gusto mucho pero solo estuvimos una tarde es que así vimos muy poco. Espero que tu me mandes una postal de tu campamento como me dijiste. Recibe un saludo de esta amiga.

Piedad.

[Oviedo, sin fecha]

Hola Vicente: ¿qué tal te va? A mi muy bien pues estos días no tengo nada que hacer. Repito 1º con 4 y me voy a examinar libre de 2º. Te escribo con la condición de que tu me contestes. En otra carta yo te contaré una cosa.

Feliz cumpleaños. Chusi.

[Llanes, 8 de octubre de 1970]

Estimado amigo: nos alegró mucho recibir tu postal pues en estos momentos se encontraba aquí Rosi que llegaba del Instituto y te manda muchos recuerdos. Te saluda atentamente. Tu amiga.

Mª Rosario

[Barcelona (sin fecha)]

Querido amigo, te escribo desde Barcelona y te mando una foto mia imitando a Guillermotell. Sin mas que decirte me despido esperando la carta que todavía no ha llegado.

P. O. La dirección que esta puesta en el Rte es la de mis abuelos pero tu escribe a la que yo te di.

Brigido.

Correspondencias

[San Juan (Alicante), 4 de julio de 1970]

Como mi prima te manda una postal de tierra a dentro yo te la mando de la playa pero no es para dar envidia te la mando con toda buena intención para que veas la playa. Esto es muy tranquilo, fíjate que sólo tenemos un cine y el baile más cerca está a 9 km, así que como para ir. Bueno ya te contaré algo más en la próxima. Saludos.

Piedad.

[Oviedo, 3 de agosto de 1970]

Hola Vicente: Te mando esta tarjeta, para que veas que no me olvido de ti. Ya te escribiré un día de estos, porque ahora tengo mucho trabajo en la oficina. Saludos de tu amiga.

María José.

[La Coruña, 9 de marzo de 1972]

¡Hola Vicente! Hoy es el día de mi cumpleaños, y me he acordado de ti al recibir las tarjetas de felicitación, así que me he puesto a escribirte, me gustó mucho la postal que me enviaste en Navidades, y también la poesía, te mando una vista de La Coruña, pues he pensado que así, si no la conoces, puedes conocerla por lo menos por las tarjetas postales. Bueno ya nada más, recibe un cordial saludo de tu amiga.

Mª José.

[Oviedo, sin fecha]

Hola Vicente: Cumplo la promesa de escribirte aunque con un poco de retraso, aquí me tienes contándote algo de mi vida en Oviedo. Al principio me encontraba un poco descentrada porque no conocía a nadie, ahora ya me encontré con unos amigos de León, estudiantes de Filosofía y me pasa el tiempo sin enterarme. El trabajo es estupendo, son 7 horas con treinta y cinco minutos de descanso, donde la compañía tiene el detalle de darnos un café gratis. Estoy en una residencia del Amor de Dios, de monjas, los horarios no es que sean muy malos, pero la hora de entrada son  las diez, no está mal del todo. La tarjeta es de la Catedral que creo fue lo que me dijiste. Te dejo, tengo que marcharme. Tu amiga.

(firma ininteligible)

[Luarca (Asturias), sin fecha]

Hola Vicente qué tal estás?  Aunque un poco tarde te mando la postal que te prometí, hoy como es fiesta tenemos todo el día libre, y ahora hasta la hora de salir, me voy a dedicar a escribir a los que me faltan, que son bastantes. De aquí no tengo nada que contarte. Vamos todos los días a la playa y por la tarde vamos al Marisol, un jardín. Si nos vieras a las [ininteligible] entrar por la puerta, como nos dijo un corresponsal de la Voz de Asturias hoy, que nosotros embellecíamos el pueblo. Hasta otra.

Chus.

En caso de perturbación colectiva

Leo un reportaje del New York Times. Apoyado en dos recientes estudios sociológicos publicados en The Lancet, el primer diario del mundo concluye que los suicidios aumentan en Europa por la crisis económica. Este párrafo: “En Grecia, el suicidio de los hombres ha aumentado en un 24% de 2007 a 2009, según las estadísticas del gobierno. En Irlanda, durante el mismo período, los suicidios masculinos lo han hecho en un 16%. En Italia, los suicidios motivados por las dificultades económicas han incrementado en un 52%, 187 en 2010 –el último año con estadísticas disponibles- frente a los 123 de 2005”. Como cualquier asunto humano, el suicidio tiene causas. El plural es importantísimo. El suicidio no es un acto inexplicable pero tampoco responde a una sola. Sin embargo, hay que quitarse el sombrero frente a la precisión italiana, artífice de la crisis económica como principal y novedoso factor de riesgo. Es lógico que los periódicos tarareen el descubrimiento. Se trata de una noticia sensacional.

Entre estadísticas y declaraciones, el periódico incrusta algunos suicidios de constructores endeudados, aludiendo al del jubilado griego que se disparó a las puertas del Parlamento como la punta de iceberg. Dimitris Christoulas se hizo famoso a principios de abril después de que los periódicos publicaran una carta de despedida en la que responsabilizaba al gobierno de su suicidio. Antes de atender a su cáncer y sus 77 años, o a la venta de la farmacia que regentó en activo por parte de su hija, -algunos de ellos aunque secundarios, clasificados factores de riesgo-, los periódicos prefirieron encajar a Christoulas en el relato de la crisis. Las notas de despedida son para leer. No se puede abordar el suicidio sin encararse con ellas. Con su esfuerzo sintético. Pero sin olvidar que la escritura sirve también para encubrir. Destacadamente, una enfermedad mental.

Javier Jiménez, presidente de la Asociación para la Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (Aipis), lee una media de veinte noticias de suicidios al día. Las organiza según se adhieran a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para los medios de comunicación. A veces, sobre todo cuando el medio es español, escribe cartas a los periódicos quejándose del tratamiento. “Algunos periódicos mejicanos son para ponerse a temblar”, me dijo una tarde desde su casa en la sierra madrileña. Por teléfono le pregunto sobre la supuesta relación entre crisis y suicidio: “Los suicidios no aumentan por las crisis económicas, sólo puede hablarse de determinadas situaciones que producen un aumento del estrés. Como el desempleo, que si es un factor de riesgo”. Hay, sin embargo, una cuestión que impide vincular claramente desempleo y suicidio. Y es que la enfermedad mental es también uno de los factores principales de desempleo.

Recientemente, el psiquiatra de la Fundación Jiménez Díaz e investigador del Cibersam, Enrique Baca García, ha elaborado junto a su equipo un estudio que abarca 50 años con datos de la Organización Mundial de Salud y del Banco Mundial sobre el particular. ¿Tanta fuerza tiene una crisis económica? Dice Baca, en conversación telefónica: “La respuesta es que depende. Depende del contexto socioeconómico del país. Hay países ricos en los que un descenso del PIB va acompañado de un menor estrés y países pobres en los que el aumento del PIB va acompañado de un mayor estrés. En general, cualquier situación de cambio para un sujeto susceptible, sobre todo relacionado con el concepto de pérdida, puede derivar en un aumento del estrés: desempleo, ruptura amorosa, soledad, incapacidad, desesperanza, etc. La desesperanza es el predictor más potente del suicidio”.

La conclusión del estudio, que se publicará pronto en el British Medical Journal, revalida el suicidio anómico formalizado por Durkheim. Tras constatar la influencia de la crisis de Viena en 1873 y del crac de la bolsa de París en 1892 en la tendencia al suicidio, el francés descubrió una curva similar durante los meses de la Exposición Universal de París en 1878: “Así pues, si las crisis industriales o financieras aumentan los suicidios, no es por lo que empobrecen, puesto que las crisis de prosperidad tienen el mismo resultado; es porque son crisis, es decir, perturbaciones de orden colectivo”, escribió en El suicidio.

Llamé entonces a Víctor Pérez Sola, psiquiatra del Hospital Sant Pau de Barcelona. Era mediodía y estaba esperando el autobús: “Grecia e Italia son países que registran el suicidio peor que España”, me dijo, cauteloso. “Aunque es evidente que el suicida es mucho más sensible a los cambios sociales que el resto”. En la encuesta anual de salud general en Cataluña (Escat) se percibe un crecimiento de la sintomatología depresiva en el último año: del 6%, los hombres han pasado a un 12%, igualando el porcentaje de las mujeres, que se ha mantenido estable. Sola glosa: “Existe un aumento del malestar entre los hombres, debido principalmente a la pérdida de rol social causado por el desempleo, al que a menudo se añade una automedicación en forma de alcohol. Pero de ahí a concluir que el número de suicidios aumenta por la crisis hay un mundo”. Ese mundo está delimitado para el psiquiatra, por la enfermedad mental y los estresantes: “Hacen falta muchas más cosas para suicidarse que una crisis económica”.

El problema es que los periódicos no consideran la enfermedad mental una causa. De ahí que el New York Times no convoque a psiquiatras, sino a sociólogos y empresarios que descifren la clave social. Como si bastara. “Las crisis financieras ponen la vida de la gente normal en riesgo, pero lo más peligroso es cuando se producen recortes en la protección social”, dice uno en el reportaje. La gente normal. Para ponerse a temblar.

Correspondencias

[Lure, 31 de agosto de 1970]

Cher Bissente: je t´ecris ces quelques lignes pour te dire que je suis bien arrivés, j´espere que tu te porte vien moi ça va. Envoie moi ton adresse de León car je l´ai perdus. Recuerdos a todos de ahí. Grosses beses.

Roseta.

[Oviedo, 21 de junio de 1971]

Hola Vicente: Me encantó Valporquero, y la cueva. Tengo muchas ganas de volver, hasta entonces que te diviertas mucho (aunque sea jugando a las cartas). Lo que no me va a encantar tanto van a ser las notas de rebálida (sic). Bueno, espero que tu tengas suerte. Hasta pronto. ¡Ah! ¿Sabes que estoy estudiando? El siglo de la música: de Vivaldi a Beethoven. Lección 32 de Historia del Arte y de la Cultura. Vaya rollista que soy verdad?

Mariví.

[Oviedo, 23 de junio de 1971]

Hola Vicente: Te dije que te escribiría una postal cuando me dieran las notas pero como no me las dan todavía, te la mando cuando Chus y Mariví. No te extrañe la letra pues estamos en una cafetería pasando el rato luego voy a coger las notas de la Alianza, estábamos comentando que a las niñas de ahora nos da por escribir en los sitios más raros, así que no te extrañes. Au revoire.

Toya.

[París, 4 de agosto de 1971]

Perdona Vicente por no haberte escrito antes, no creas que no me he acordado. Lo que pasa es que aquí llevo una vida muy agitada y un día por otro lo he ido dejando. Yo parto para allá el día 7. Ya te contaré, si te veo, mis aventuras, sobre todo las que me ocurrieran durante los días (5) que tardamos en llegar a París ya que lo hicimos en auto-stop. Creo que me quedaré en León dando clase en los Agustinos. Hasta pronto, tu amigo.

Manolo.

[París, 1 de septiembre de 1971]

Querido amigo: Ya estoy de nuevo en París. Espero que sigas tan enamorado como cuando yo te vi y sigas trabajando tanto de guía. Si ves a Manolo le das recuerdos. Sin más se despide tu amigo.

Eduardo.

[Madrid, 5 de octubre de 1972]

¡Hola 007! La verdad es que no tengo mucho que contarte pero a los amigos siempre les hago un huequecito en mis escapadas. En general, lo que he visto de Madrid, no está mal. Solo que a mi me gustan los sitios tranquilos. Pero para correrte una buena juerga está genial. Es el sitio que te recomiendo, cuando termines de estudiar. Hasta luego.

Victoria.

[Madrid, sin fecha]

Qué tal te encuentras Vicente. Aquí si que hay tías buenas y lo demás es cuento. Si vieras como está la chacha del hotel, voy a ver si la invito una de estas por la noche. Un abrazo.

(firma ininteligible)

Acuse de recibo

Estimado I. :
Tu carta es excepcional. La he leído como ocho veces y cada vez mi perplejidad aumentaba. Me he entrevistado con diez o quince personas que conocieron a Vicente, casi todas con recuerdos muy fragmentarios. Ha pasado mucho tiempo. Por eso, digo excepcional y me siento empequeñecido. Es la prueba de que tú fuiste quien mejor lo conoció, fuera de su familia. La fiabilidad de los datos es tal, que no sé cómo agradecértelo ni si podré. Baste un ejemplo: cuando leí que la asignatura que se le atragantó fue Latín, busqué enseguida el expediente académico y allí estaba. La aprobó en la penúltima convocatoria, y según me han dicho, después de que intercediera su hermana ante la profesora. O que te acordaras del escultor de Zamora, Hipólito, ya fallecido. Te agradezco sobre todo la franqueza. No puedo escribir sobre Vicente atenuando. No tendría sentido. Tú señalas la inmadurez de Vicente. Es una palabra que yo iba sospechando a través de algunas entrevistas y su correspondencia, pero todavía no había dado con ella. Por lo demás, el nombre de B. B. había salido en alguna conversación, lo había buscado, pero al señalarme tú Alicante, di con él. Es profesor […], a ocho kilómetros de donde vivo. Acabo de ir a verle, hemos hablado poco tiempo, pero nos veremos la semana que viene. Le he contado lo de tu carta y le he dicho que le daré tu email. Es lo justo. Se ha quedado tan sorprendido de la casualidad como yo. Tu carta hace progresar  la biografía de Vicente hasta un punto que yo ni soñaba. Ya veo que haré de ella un uso máximo. Respetando, por supuesto, si no me comunicas lo contrario, las condiciones de anonimato que me has indicado. Se me agolpan las preguntas, pero no creo que sea el momento. Tu gesto se merecía, antes que nada, una respuesta. Cualquier pista sobre a qué puertas llamar, te la agradeceré igualmente. […] En fin, I., próximamente tengo pensado viajar a León para entrevistarme con algunas personas que lo conocieron. Me gustaría que nos viéramos. Pero otro día, si te parece, te escribo con más cuestiones. Te adjunto una foto. B. B. me ha dicho que eres tú.
Abrazos.
Sergio.