Con la ayuda de Dios

La suicidología muestra una gran confianza en el efecto disuasor de las creencias religiosas. Dado que Dios les da la vida, señala, los creyentes no se sienten con derecho a arrebatársela con sus propias manos. El primero en poner en duda este razonamiento fue, justamente, Durkheim en su clásico ensayo El suicidio. Una de las conclusiones que podían extraerse de aquel libro era que si los católicos, protestantes y judíos se suicidaban en menor proporción que los no creyentes no era porque el suicidio fuera pecado, sino porque la religión era una sociedad. Es decir, algo que promovía un feliz sentido de pertenencia y dificultaba la alienación. Ser miembro de una iglesia quedaría emparentado así con ser seguidor de cualquier equipo con una amplia masa social. Y es sintomático, en este sentido, el descenso de los niveles de suicidio en Estados Unidos durante el famoso domingo de la Super Bowl en comparación con otros días festivos. Otra teoría apunta a la supuesta reducción del estrés y el consiguiente alargamiento de la vida que generarían las creencias religiosas. Es posible. Aunque, en mi opinión, el milagro deba encarar todavía el sagaz escepticismo de Steven Pinker: “Una persona congelada no encuentra consuelo en creer que está caliente; a una persona que está cara a cara con un león no se le facilitan las cosas por la convicción de que ese león es un conejo”.

Pero si relativa resulta la influencia protectora de la religión, mucho más evidente resulta su carga maligna. El miedo y la ignorancia que extiende sobre la mayoría de asuntos se ha cernido sobre el suicidio con especial virulencia a lo largo de la historia. Desde las estacas clavadas en el corazón de los suicidas hasta los enterramientos extramuros del cementerio. Es una reacción natural rechazar cualquier acto que atente contra la preservación de la especie. Pero creo que podemos ponernos de acuerdo en que nada como la religión ha contribuido más firmemente al fortalecimiento del tabú. Lo que la convierte, de algún modo, en responsable indirecta de infinidad de suicidios. Por no hablar de la devaluación de la vida humana. Los creyentes siempre esperan reunirse en otro lugar, incomparablemente más bello y confortable. La huella de esta devaluación puede rastrearse fácilmente en suicidios colectivos como el de Jonestown (918 muertos), el de Kanunga (cerca de 800) o el de la Orden del Templo Solar (74). Alguien podría objetar que se trata de excepciones, ligadas una multitud azuzada. Pero tengo delante las notas de despedida de dos hombres que se suicidaron hace poco. Este fragmento: “Nunca me he sentido tan mezquino, tan ruin … tan engañado… tan dolido… No me queda 1 gr de fuerza para pasar por el final… Jesús ayúdame… no sé que os explicarán de por qué os quedásteis sin papá tan pequeños y tan de repente … pero no puedo … no puedo … ahora no podría aportaros nada bueno … Jesús ayúdame”. Y éste otro: “No sé lo que Dios tendrá guardado para mí. Le pido perdón de todo corazón por el daño que he hecho en esta vida. No hagáis esquelas mortuorias, decidme una misa en Madrid y de allí al cementerio del Burgo”. Lo que no sólo demuestra que Dios espera al otro lado y ayuda en el difícil tránsito, sino que arroja la incómoda sospecha de si los suicidólogos no habrán ido demasiadas veces de la teoría a la práctica y no al revés. Y no al revés.

 

(FronteraD, 2016)

Cómo funciona una pistola

Hace diez años, el psicólogo estadounidense Thomas Joiner publicó un libro importante, Why people die by suicide, donde formulaba un novedoso marco teórico. Apoyándose en diversos de estudios sobre la superior tolerancia al dolor de los suicidas frente a la población general, Joiner concluía que el suicidio era una aleación entre el deseo de morir y la ausencia de miedo, dicho sea rápidamente. Leyéndolo uno aprendía, entre otras cosas, que querer suicidarse no era lo mismo que poder hacerlo. Se requería cierta habilidad que normalmente aparecía con la práctica, aunque también fortuitamente. Pero que una vez adquirida, y al contrario que el volátil deseo de morir, se solidificaba como las perlas o las estalactitas: “Las personas que se han lesionado (intencionadamente sobre todo, pero también accidentalmente), que saben cómo funciona una pistola, que han investigado las propiedades tóxicas y letales de una sobredosis de droga, que saben hacer nudos, y que son capaces de mirar a alguien a los ojos y mostrar resolución para seguir adelante con el suicidio, son poseedores de un substancial riesgo”. Estudio tras estudio, la suicidología ha ido demostrando la exactitud de esta sentencia. La presencia de un arma en casa está asociada de forma significativa con un mayor riesgo de suicidio, especialmente entre los jóvenes. Hasta el punto, como reseñaba hace poco un tal Hemenway en Scientific American, de explicar las diferentes tasas entre ciudades, regiones y estados, mejor que otros factores como las enfermedades mentales, el número de psiquiatras, la ideación o los intentos. La relación no es causal, obviamente. Pero apunta a la posibilidad de que tener armas alrededor reduzca el miedo a su potencia mortífera. Sin un arma al lado sólo los muy frívolos dicen que van a pegarse un tiro.

El problema español surge, naturalmente, cuando los que se suicidan son los que deben llevarlas. Hay un debate realmente obsceno en los periódicos entorno a las causas de la alta tasa de suicidios en la Guardia Civil (14,5 por 100.000 en 2012). El doble que la española, si tuviera sentido comparar dos tasas a partir de tramos de edad diferentes. La principal asociación de guardia civiles ha utilizado esas cifras para atacar, ¡como un sindicato!, las condiciones laborales y la naturaleza militar del instituto armado, y el Ministerio del Interior se ha defendido aleteando causas personales y familiares. Me gustaría decirles que en medio siglo, y con todo el peso de la ciencia a sus espaldas, la suicidología sólo ha logrado elaborar una lista con factores de riesgo, como haberlo intentado anteriormente, poseer una historia familiar de suicidio o sufrir un trastorno mental. Pero qué duda cabe de que ésta es la profundidad del debate público de mi país entorno al suicidio: dar con el asesino. Con todo, entre el griterío se han descolgado algunos datos del máximo interés. Mientras la Organización Mundial de la Salud calcula que por cada suicidio en el mundo hay entre diez y veinte intentos, en el instituto armado hubo entre 2005 y 2014, el doble de suicidios (116) que de tentativas (52). Otro dato se refiere al método. A pesar de que en España los más utilizados son el ahorcamiento y la precipitación, la inmensa mayoría de guardia civiles, más de un 95%, se dan muerte con su arma de fuego.

He estado leyendo algunos documentos relativos al suicidio y la guardia civil. Entre lo más interesante y con cierta aspiración objetiva está el perfil del agente suicida trazado por el psicólogo Miguel Ángel Vidal, de la Universidad CEU de Valencia hace una década y del que dio cuenta ABC. Examínese este párrafo a la luz de Joiner: “Respecto a las causas que llevan a los agentes a quitarse o intentar quitarse la vida, éstas no son fijas ni comunes. Van desde las situaciones estresantes, cambios en la rutina, problemas en el ámbito laboral o en la familia. Y se vislumbran habitualmente en un proceso de paulatino aislamiento. Además comienzan a gastar innecesariamente y a realizar prácticas de riesgo para sus vidas, como conducir a toda velocidad o un alto consumo sustancias. De hecho, entre los fallecidos se encontraron muchos accidentes de tráfico precedentes al suicidio”. En efecto. Las causas no son fijas ni comunes. Un paso más y dirán que son confusas. A diferencia del riesgo. En España faltan todavía muchos estudios clave sobre las profesiones con mayores tasas. Una ausencia fatal, desde luego. Saber cómo funciona una pistola y luchar contra el crimen, con la erosión del miedo que lleva aparejado el sintagma, confieren a los agentes un riesgo considerable. Al que habría que añadir el más modesto de ser hombres, en su mayoría. No parece casual que los únicos planes de prevención sobre grupos se dediquen a la guardia civil y los presos. La ley y la delincuencia. A las que, en brutal paradoja, hay que chequear por igual sobre sus deseos de morir.

(FronteraD, 2016)

De una simplicidad bíblica

“Ciertos autores que atribuyen a la imitación un poder que no tiene, han pedido que se prohíba a los periódicos el relato de suicidios y de crímenes. Es posible que esta prohibición sirviese para disminuir en algunas unidades el total anual de estos actos. Pero es muy dudoso que pueda modificar la cifra social. La intensidad de la inclinación colectiva permanecería la misma, y el estado moral de los grupos no se modificaría por eso. Si se pusiesen frente a las problemáticas y débiles ventajas que podría tener esta medida, los graves inconvenientes que lleva consigo la supresión de toda publicidad judicial, se concebiría que el legislador no se apresurase a seguir el consejo de los especialistas. En realidad lo que puede contribuir al desarrollo del suicidio y del homicidio no es el hecho de hablar de él, sino la manera como se habla. Allí donde estas prácticas son aborrecidas, los sentimientos que originan se traducen a través de los relatos que de ellos se hacen y, por consiguiente, neutralizan más que excitan las predisposiciones individuales. Pero, a la inversa, cuando la sociedad está desamparada, el estado de incertidumbre en que se encuentra le inspira una especie de indulgencia para los actos inmorales, que se exterioriza cada vez que de ellos se habla y que hace menos sensible la imitación. Entonces el ejemplo resulta verdaderamente nocivo, no en cuanto ejemplo, sino porque la tolerancia o la indiferencia social disminuyen la repulsión que debiera inspirar.

Lo que prueba, sobre todo, este capítulo, es lo poco fundado de la teoría que hace de la imitación el supremo manantial de toda la vida colectiva. No hay hecho tan fácilmente transmisible por vía de contagio como el suicidio, y acabamos de ver que esta capacidad de contagio no produce efectos sociales. Si en este caso se encuentra tan desprovista de influencia social, no tendrá más, probablemente, en los otros; las virtudes que se le atribuyen son, pues, imaginarias. Puede muy bien determinar en un círculo muy restringido algunas repeticiones de un mismo pensamiento o de una misma acción, pero no alcanza nunca repercusiones tan extensas y tan profundas que afecten y modifiquen el alma de la sociedad. Los estados colectivos, gracias a la adhesión casi unánime y generalmente secular de que son objeto, resultan demasiado resistentes para que pueda modificarlos una innovación privada. ¿Cómo un individuo que sólo es un individuo, podría tener fuerza bastante para formar la sociedad a su imagen? Si no nos representáramos todavía el mundo social tan groseramente como el hombre primitivo el mundo físico, si contrariando todas las inducciones de la ciencia no admitiéramos, al menos tácitamente y hasta sin darnos cuenta, que los fenómenos sociales no son proporcionados a sus causas, no nos detendríamos en una concepción que, a la vez que de una simplicidad bíblica, está en contradicción flagrante con los principios fundamentales del pensamiento”.

 

Emile Durkheim, El suicidio

 

 

¿Qué será de ellos?

Ayer vi Saving 10.000, un documental sobre el suicidio en Japón. Su autor, Rene Duignan, un economista irlandés que trabajaba para la delegación de la Unión Europea en Tokyo, se decidió a realizarlo tras el suicidio de una vecina de su apartamento. La mujer le visitaba frecuentemente para contarle sus penas, Duignan se cansó y no le abrió la puerta más. La culpa es un excelente motor de la acción. En el segundo capítulo, titulado Economy, se ve a Duignan impartiendo una conferencia: “Usted ha perdido su trabajo. Le afectó el recorte de los subsidios. Le faltan por pagar 20 años de hipoteca y la educación de sus hijos. ¿Qué hacer? La solución está al alcance. Es muy fácil. Además de saldar todas sus deudas, liquidará el pago de su hipoteca y sus hijos tendrán una buena educación. Recibirá unos 300.000 dólares por el módico precio de su vida. La gente firmaba una póliza y a continuación se tiraba al tren más cercano. Al darse cuenta, las aseguradoras establecieron un período de exención de un año. Que el suscriptor de la póliza espere un año a quitarse la vida o no cobra. No es mal trato, si estás desesperado. La tasa de suicidios se disparaba al decimotercer mes”.

Hay varios mitos que salen malparados. Uno es la creencia, mero reflejo de la desolación en la que quedan las familias, de que los suicidas no reparan en las consecuencias de sus actos. En absoluto. ¡Y no sólo hasta el punto de firmar una póliza, sino hasta el de disfrazar su suicidio como un accidente! Otro es el de la improvisación. La creencia de que el suicidio suele sobrevenir en un momento de arrebato. Es difícil establecer reglas generales, pero me atrevería a decir que en la mayoría de casos no es así. Dado que en la muerte autoinfligida se alinean dos tipos de miedo, el de matar y el de morir, suicidarse es un acto mucho más difícil que el homicidio. Y una de las pruebas es que en Japón haya 300.000 intentos al años y sólo 30.000 suicidios, aproximadamente.

Es obvio que estoy pensando en la noticia en la que el Tribunal Supremo condenaba a una compañía aseguradora a indemnizar con 1.500.000 euros a la familia de un hombre que se suicidó al decimotercer mes. Tengo delante la sentencia. Aegón Seguros alega que el hombre había mentido sobre su nivel de endeudamiento y sobre sus antecedentes familiares de suicidio. Son cuestiones importantes, aunque supeditadas a los plazos previstos en la ley para la invalidación. Poseer una historia familiar de suicidio parece duplicar el riesgo de un individuo, bajo de por sí, incrementándolo o reduciéndolo en función del número de familiares suicidados. Y el estrés, generado por las deudas o por cualquier otra circunstancia, es un factor nada despreciable entre los que se dan muerte. Sin embargo, hay algo más llamativo. Esta frase de la sentencia: “No entiende el Tribunal de apelación, fuera del ámbito meramente especulativo, que el asegurado concertase el seguro un año antes con la finalidad de suicidarse”. Los pruritos profesionales son muy loables, pero en este caso algo excesivos y alejados de la navaja de Occam. Si alguien contrata una póliza por la que su familia recibirá 1.500.000 euros si se suicida al cabo de un año y al cumplirse el plazo se suicida dejando una nota de despedida en la que dice “para que mi familia salga adelante”, hay poco espacio para que intervenga el azar. El suicidio de este hombre no se pudo evitar. Pero que no sepamos lo que tenía en la cabeza en el momento de suscribir la póliza no significa que no sepamos lo que hizo: firmar, pagar y esperar.

La preocupación por el futuro de sus familiares es una característica ampliamente compartida por los suicidas, sobre todo si se tienen hijos. Y que actúa a menudo como un eficaz disuasor. Creo que es un error de extrema gravedad que las compañías aseguradoras, aun parcialmente, lo resuelvan.

 

(FronteraD, 2016)

Alfa y omega

Cuando escribí sobre el caso del piloto Lubitz lo hice en un estado de ignorancia superior. Lo he corregido este verano leyendo The Perversion of Virtue, lo último de Thomas Joiner, una vigorosa actualización de todo lo que se sabe, incluso se intuye, sobre el morir matando. En Estados Unidos se calcula que un 2% de todos los suicidios ocurren dentro de ese dramático contexto. Que ese porcentaje mínimo cope portadas de periódicos, minutos de radio y televisión y que el 98% restante pase prácticamente inadvertido, dice algunas cosas de interés sobre el profundo desequilibrio con el que los medios reflejan el mundo. Y quizá otras sobre el estigma de la enfermedad mental, aunque en este caso los reproches, en mi opinión, deban ser más tenues. El psicólogo Joiner, que perdió a su padre por suicidio, es uno de los mayores especialistas del mundo en la materia, y la noticia que trae encuentra el benéfico acomodo de la actualidad: es el suicidio y no el asesinato el que dicta los pasos a seguir. Para demostrarlo se apoya en diversas similitudes y no es la menor que mientras el número de asesinatos desciende en todo el mundo, el de suicidios y asesinatos suicidios se mantenga estable. Otras son la premeditación, tan común a los suicidas como a los asesinos suicidas; el trastorno mental (la mayoría de asesinos a secas no lo presentan); el uso de antidepresivos o las tentativas previas. Que los asesinos suicidas se parezcan más a los suicidas que a los asesinos, sin embargo, no los convierte en suicidas. Sólo significa que una vez tomada la decisión de suicidarse pueden dedicarse más concienzudamente a la matanza. Los periódicos se escriben desde el lugar de las víctimas entre otras cosas porque es imposible adentrarse en ninguna cabeza. Aunque también desde Joiner porque esas cabezas están manejadas por la Virtud. Una pareja que acuerda suicidarse y examina la difícil situación en la que quedaran sus retoños y decide darles muerte antes de quitarse la vida es una pareja con una visión defectuosa la realidad. Y los periódicos no deberían exagerar. Un hombre al que se le había denegado el asilo se suicida en Alemania dejando 15 heridos. La exageración.

Joiner trata de manera muy oblicua el terrorismo yihadista. Y creo que hace bien. No sólo porque Dios esté detrás, sino por su carácter grupal y su absoluto desdén por la identidad de las víctimas. El terrorismo yihadista, al contrario del asesinato con suicidio, no es una cuestión personal. El libro se publicó en Estados Unidos en 2014, antes de la tragedia de los Alpes. Salvo con la tripulación, no parece que el narcisista guardara ninguna relación con sus víctimas. Un caso excepcional, desde luego. Aunque yo diría (“Algún día haré algo que cambiará el sistema”) que sabía perfectamente a quién pertenecía el avión.

La vigilancia

“En The Final Months, el extenso estudio de Eli Robins sobre 134 muertos por suicidio, aproximadamente el 70% comunicó abiertamente sus intenciones a otras personas. De ese 70%, la media de avisos fue de tres. Me gustaría señalar, sin embargo, que existen personas que proclaman sus intenciones durante décadas y que nunca intentan suicidarse. Este hecho no debe producir menosprecio, porque no demuestra que estas personas estén mintiendo, sino más bien que no son capaces de cometer un acto tan horrible como el suicidio. Tampoco debería provocar sorpresa, porque hay muchos asuntos así. Por ejemplo, hay células de la piel precancerosas que, no obstante, durante décadas, no desarrollan cáncer. Y sería reprochable si un dermatólogo, después de detectarlas, dijera:`Oh, no se preocupe por esto, si fueran a desarrollar un cáncer ya lo habrían hecho´. También sería contraproducente aplicar inmediatamente alta cirugía invasiva. ¿Qué hace un dermatólogo competente en este caso? Tomar medidas moderadas como la extirpación del área afectada y, en una palabra, vigilar. Es decir, una monitorización periódica de la situación clínica, con la intención de que las próximas decisiones a tomar dependan de un información actualizada. Si durante dicha monitorización se produce cualquier emergencia entonces se opta por la hospitalización o la cirugía. Los profesionales de salud mental competentes actúan así sobre el supuesto riesgo de suicidio.

Por decirlo de otra forma, sobre un determinado grupo de personas con crónicos sentimientos suicidas, no hay forma de saber, en un punto determinado, quién morirá o no. […] Pero ¿por qué este hecho provoca desdeño en algunos profesionales de salud mental y las células precancerosas activan la vigilancia en los dermatólogos? Mi opinión es que es debido a la estigmatización de la enfermedad mental y la conducta suicida, perceptible incluso en el personal de salud mental”.

Thomas Joiner, The Perversion of Virtue

Un apunte sobre imitación

Escribe Charles M. Cross en Heavier than Heaven, su biografía sobre Kurt Cobain: “Jesse y Kurt pasaban la mayoría de tardes viendo una cinta de vídeo de un hombre disparándose en la cabeza. “El tenía este vídeo de un senador”, recuerda Jesse, “volándose la tapa de los sesos en directo. El hombre sacó una magnum 357 de un sobre manila y se disparó. Era muy gráfico. Kurt consiguió la cinta en alguna tienda de vídeos snuff”. El vídeo era el suicidio de R. Budd Dwyer, un senador de Pensilvania acusado de soborno, que en enero de 1987 convocó una rueda de prensa, les dio las gracias a su mujer y sus hijos, les pasó un sobre a su equipo con su nota de suicidio y dijo a los reporteros: “Algunos de los que habéis llamado habéis dicho que yo soy un moderno Job”. Con la cámara grabando, Dwyer se puso la pistola en la boca y apretó el gatillo muriendo al instante. Después del suicidio, circularon copias piratas de la cinta y Kurt había conseguido una. Él vio ese suicidio obsesivamente durante 1992 y 1993, casi tan a menudo como el ultrasonido de su hija en el útero de su pareja”.

Se trata de un párrafo extraordinario, que señala, por oposición, las enormes dificultades que se presentan a la hora de formalizar la imitación. ¿Cómo se aisla lo que está por todas partes? Pero también, y quizá más importante, el papel secundario que ya le atribuyera Durkheim. Lo segundo, cuando uno piensa en suicidarse, es buscar el cómo. Quizá por ello, aparentemente, en los llamados clusters (suicidios apiñados en el espacio y en el tiempo) predominen los intentos sobre los suicidios consumados. Suicidarse no es fácil, reza uno de mis mantras.

El siglo XX contribuyó decisivamente al prestigio de la imitación. Puesto que para la tabla rasa no existía la naturaleza humana, la enfermedad sólo podía estar en el ambiente: medios de comunicación, cultura de la violencia, pobre socialización, malos padres. No digo que no contribuyan, pero el que se suicida siempre es alguien más importante. Cobain se suicidó disparándose en la cabeza con una escopeta en abril de 1994. La cuestión no es si el tiempo transcurrido entre ambos suicidios impide o no considerarlo un suicidio imitativo. La cuestión es si no será siempre el suicidio una imitación. Si de alguna forma cualquier suicidio no provocará siempre un inopinado y triste cluster.

 

FronteraD, 2016

 

 

 

 

 

 

Un asunto masculino

Apreciado amigo:

He estado leyendo un estudio sobre la brecha de género en el suicidio, que tanto te interesa. La autora es la doctora Anne Maria Möller-Leimkükler, del departamento de psiquiatría de la Universidad Ludwig-Maximilians, en Munich, y fue publicado en 2002 en la revista European Archives of Psychiatry and Clinical Neurosciencies. Lo tienes adjunto, pero intentaré resumirlo. Según parece, la brecha nace en los años 70 debido no sólo a un aumento en la tasa de los hombres sino también a un descenso en la de las mujeres. Hasta ese momento, apunta Möller, las tasas convergían. Al menos desde los años 20, cuando la femenina aumentó debido a los profundos cambios en el rol de la mujer: aumento de los divorcios y mutación de las actitudes respecto a la fertilidad, la educación y el mercado laboral. La cara b de los 50 y 60, tan ye-yés. Los cambios provocan estrés y anomia, que es la ausencia de normas. Hasta que se consolidan. Aunque no haya que menospreciar la importancia que tuvo en la reducción la aparición de los modernos antidepresivos y la mayor eficacia en la detección de la depresión.

Como sabes, en la mayoría de países los hombres son cuatro veces más proclives a suicidarse que las mujeres. La excepción suele ser China, donde el número de mujeres supera al de hombres. Ciertos autores aluden al Confucianismo y el lugar subordinado que en él ocupa la mujer para explicarlo. Aunque también hay quien cita al deporte, donde la superioridad de las chinas sobre los chinos es manifiesta, como el procedimiento por el que las mujeres adquirirían un plus de agresividad. Pero no quiero desviarme. No hallarás en el estudio los motivos de que la muerte autoinfligida sea un asunto eminentemente masculino, pero sí algunas pistas:

  1. La negación de la ansiedad y los problemas derivados de las situaciones de peligro, dificultad y amenazas.
  2. La existencia de un estándar preciso sobre lo que es el éxito y el fracaso.
  3. Una identidad marcada por la competencia y el aislamiento donde los sentimientos no son tema de conversación: revelar depresión o desesperanza puede dar ventaja a otros competidores.
  4. Una fuerte asociación entre los síntomas depresivos y el mundo de la mujer.
  5. La percepción culturalmente dañina para los hombres de sobrevivir a un intento de suicidio. Lo que en la práctica se traduce en el empleo de métodos más letales como armas de fuego y ahorcamiento.
  6. Una pobre integración social donde la esposa suele ser la única fuente de apoyo.
  7. Un código de expresión donde se acepta socialmente la agresividad, la ira y la hostilidad.
  8. El consumo de alcohol como una práctica simbólica para demostrar masculinidad.
  9. Un mayor impacto de la inseguridad y temporalidad laboral sobre la salud de los hombres, donde el desempleo suele ser menos aceptado culturalmente que en las mujeres.

La suicidología tiene un riguroso mantra para describir este estado de cosas: “las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren”. Es decir, mudos y solos. ¡Con la admiración que despiertan esos tipos solitarios a los que nunca sobra una palabra! Hay otros, sin embargo, más paradójicos. Como el que incide en que las mujeres, a pesar de suicidarse cuatro veces menos, lo intentan tres veces más que los hombres y sufren depresión en la misma superior proporción. Las cifras de suicidio suelen ser cifras aproximadas debido al tabú y otros asuntos. Pero las que se refieren a intentos siempre me han parecido directamente etéreas. En España, que es lo que conozco, no disponemos de ese dato, que sólo podría obtenerse centralizando las bases de datos de las policías y cribando las actuaciones referidas a intentos autolíticos. Y aún así: si algunos suicidios se difuminan como accidentes, ¿qué no pasará con algunos intentos? Por otro lado: ¿Qué otra forma habría de detectar la depresión masculina sino con una profunda entrevista con sus parejas, en el caso de que dispongan?

España es un país sacudido por esta desigualdad a niveles de tipo medio (3,7 hombres por cada mujer en 2012), lejos de sociedades del este como Lituania (6,07), Bielorrusia (5,10) o Hungría (4,37). No obstante, un 75 por ciento de suicidas masculinos es un porcentaje asombroso y crucial, que no goza en la prensa española del eco que debiera. Y que tal vez contribuya a acabar con esa cantinela mediática que convierte a cada hombre en un potencial asesino machista. La perspectiva de género se ha centrado sistemáticamente en las mujeres, sorteando a los hombres. Algunas conclusiones de Möller (“El sexo masculino es un destino, pero la masculinidad, no”) me parecen, de momento, un perfecto callejón sin salida. Pero su importancia también radica en el paso al frente. Si la suicidología requiere de un ojo interdisciplinar, parece lógico que la perspectiva de género sea una herramienta más de la investigación.

Abrazos.

Sergio.

 

 

(FronteraD,  2016)

Secularizar

“La opinión pública inglesa fue sacudida por un aumento espectacular del número de suicidios después de 1680. Nuestra principal fuente de información, las estadísticas de mortalidad londinense, muestra un crecimiento desde una media de 18 suicidios por año en la década de 1680-90 hasta una de 20 suicidios por año en la de 1690-1700; 25 en 1700-10; 30 en 1710-20; 42 en 1720-30, y más de 50 en 1730-40, con picos de  más de 60 suicidios por año.

No es de extrañar que algunos observadores expresaran su preocupación . En 1698 William Congreve escribió: “¿Hay más suicidios y lunáticos melancólicos en Inglaterra que en el resto de Europa? “. En 1705 John Evelyn afirmó que “jamás se había oído que tantos de entre nosotros se fueran como en estos últimos años, tanto hombres de calidad como de los demás”.

La impresión provocada por las cifras se vio reforzada por el crecimiento de la prensa popular que obtuvo un amplio público a finales del S.XVII. Se estima que los principales periódicos imprimían 15.000 copias por número y  que alrededor de 1704 muchos de ellos aparecían dos o tres veces por semana. No sólo publicaban las estadísticas de mortalidad, también imprimían artículos sobre los casos de suicidio más interesantes, extraños y sorprendentes, indagando en sus causas y circunstancias. Así fue como el público se familiarizó con un tipo de historias de interés humano que hasta entonces había resultado excepcional. A través de las cifras, los lectores de periódicos no sólo se percataron de que el suicidio era algo permanente en la vida urbana, sino que los comentarios, escritos u orales, mantuvieron y amplificaron la seriedad de la situación.

La prensa también contribuyó a secularizar la visión que se tenía del suicidio, presentándolo bajo una luz exclusivamente humana. Y dado que el tono habitual de los artículos publicados era neutro, los lectores se acostumbraron a ver el suicidio como el resultado de circunstancias sociales y psicológicas. Poco a poco, la opinión pública empezó considerar el suicidio como un azote social donde los sujetos eran más víctimas que criminales y a verlo como algo menos culpable”.

 

George Minois, History of Suicide

La condición humana

Al ensayista Ramón Andrés, autor de Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente, lo entrevistaron recientemente en La Vanguardia. Uno de los graves inconvenientes de escribir sobre el suicidio es que por el mero hecho de hacerlo ya parece que el mundo te deba cinco duros. Yo trato de no pensar demasiado en ello. Este fragmento era el más llamativo:

R.A: Las familias ocultan sus casos, la prensa calla, la invisibilidad es lo habitual: creo que reconocer la realidad es un buen modo de respetar al suicida como ser humano.

P: ¿Qué quiere decir?

R.A: ¡Hoy se considera al suicida un enfermo mental! O sea, primero fue delincuente, después fue pecador… ¡y ahora es un loco!

P: ¿Quién dice tal cosa?

R.A: La medicina oficial: sostiene que el 90% de los suicidas tenían una patología mental. ¡Qué falta de respeto a esa persona doliente!

P. Se indigna usted…

R.A: ¡Qué desconocimiento de la condición humana! Si mi desesperación me llevase a quitarme la vida, ¿sería ya un enfermo mental?

P: No lo sé.

R.A: ¡No! Sólo en un tercio de los suicidas subyace una patología mental. El resto, qué reduccionista encajarlos en un diagnóstico médico: ¡la humanidad no cabe en una etiqueta!

¡Y ahora es un loco!, dice Andrés. Se trata de un equívoco recurrente, una de esas palabras demasiado grandes que tapan más de lo que descubren. ¿Están locos los suicidas? La mayoría, no. En absoluto. Padecen un trastorno mental, algo sorprendentemente frecuente y que se calcula que afectará a un 25% de la población en algún momento de su vida. Pero sólo una minoría son psicóticos o dementes o deliran. Hace poco me vi con un recepcionista que había hablado con una mujer minutos antes de que se arrojara al vacío desde un apartamento: “Bueno, ella vivía en un quinto. Y esa tarde bajó aquí, con total normalidad, y me dijo que necesitaba que le limpiasen su apartamento y que si mientras tanto le podía dejar la llave de otro. Le dejé las llaves de un undécimo”, dijo levantando las cejas y apretando mucho la boca. Con total normalidad. Se antoja contrario a toda lógica, pero la literatura suicidológica nos cuenta justamente que en la inmensa mayoría de casos los suicidas se muestran serenos y coherentes antes de morir. Y de ahí nuestra incapacidad para preverlo, incluso mediante la entrevista clínica.

Por lo demás, como en estos diálogos promocionales suele haber poco espacio, voy a traer aquí una modesta bibliografía: Robins et al, 1959; Barraclough et al, 1974; Lesage et al, 1994; Shaffer et al, 1996; Foster et al, 1999; Cavanagh et al, 2003. Todos estos estudios, basados en la autopsia psicológica (entrevistas con familiares y amigos y examen del historial clínico y otros documentos del difunto) sitúan el porcentaje de suicidas con un trastorno mental diagnosticable en el momento de su muerte entre un 90 y un 95%. Ha pasado más de medio siglo desde el primero. Francamente, creo que va siendo hora de que sobre los que relativizan el vínculo entre suicidio y trastorno recaiga la carga de la prueba.

 

(FronteraD, 2016)