Voces, 1976-1977

Vicente leyendo

En el verano de 1976 viajó en autostop desde de León a Vinaroz para pasar unos días en la playa con su hermano. Ya se le había diagnosticado de esquizofrenia y había estado ingresado un par de semanas en el Hospital San Juan de Dios. Antes de llegar al destino, alquiló una habitación en una pensión de la provincia. Mi padre no recuerda el pueblo, pero dice que no estaba demasiado lejos, puede que fuera Torreblanca. Por la noche empezó a armar escándalo y el dueño llamó a la Guardia Civil. Telefonearon a León para comprobar algunos datos y al día siguiente siguió a dedo hasta la playa. Pidió las llaves en recepción y se sentó a esperar a su hermano en el bungalow. Durante ese intervalo mi abuela llamó a mi padre preguntándole si había llegado ya. Dijo que no. Cuando llegó a casa y lo encontró, le preguntó qué había pasado. Y el esquizofrénico dijo nada, que dos tipos querían entrar en la habitación a robarme. Mi padre dice que al principio se lo creyó, pero que después dedujo lo contrario. Mientras se sentaban en algún bar a tomar algo y su hermano pequeño se agitaba creyendo que todos le miraban, por ejemplo. Se agitaba tanto que una vez, mi padre y un compañero de la autopista tuvieron que disculparse frente al aludido: “Perdone, pero es que no está bien”.

Las sesiones de grabación con mi padre se interrumpieron en enero y se reanudaron a finales de agosto. En el viaje a León había acumulado tanto material que urgía trabajar sobre él. No quería que nada se perdiera. Pero, a excepción de las declaraciones de Remedios, ningún testimonio remitía a la enfermedad. Las preguntas que yo tenía que hacer sólo podía responderlas mi padre. Así que nos sentamos y le pedí que empezáramos desde el principio. Y el principio era el sueño. Se le había perturbado y la primera en advertirlo había sido mi abuela. Desde la muerte de mi abuelo, vivían los dos solos con una pensión de viudedad: “Yo recuerdo que me llamó una vez a Vinaroz, al poco de morir mi padre, y me dijo que Vicente hablaba mucho por las noches y que eso le extrañaba. Pero bah, yo no le daba importancia. Luego en verano ocurrió lo de la pensión y lo de los bares. Él oía voces, yo de eso me di cuenta. Te decía lo que estaban hablando dos tipos detrás de la pared”.

El 27 de septiembre de ese año, mi tío cumplió 24 años. Ese día enterraron a su madre. Mi padre había pedido tres o cuatro días en el trabajo que no le alcanzaron para decirle nada en el hospital. Estaba sedada. Por la noche fue el único que se quedó a dormir en el piso vacío de Maestro Uriarte. Su hermano se quedó en el piso de patrona del barrio de Crucero y su hermana durmió en Guardo. Mi padre dice que apenas durmió. Su cabeza era la rueda de un hámster y el cable mal enrollado de una estufa buscaba su posición haciendo ruido. Por la mañana, Mary y Vicente hicieron acto de presencia. Mi tía le preguntó qué tal la noche. Mi padre dijo que mal y explicó lo del cable. Cuando mi padre desapareció por el pasillo, el esquizofrénico se apresuró a desafiar el sentido común de su hermana: “¿Ves, Venancio también oye ruidos!”

Las fotografías de sus estancias en Calpe a partir de marzo de 1977 ofrecen una lectura sintomática. Vicente en pijama en la puerta del bungalow. Vicente durmiendo en el sofá junto a un cachorro de pastor alemán. Vicente y la mascota frente a un plato con un huevo duro y una loncha de bacon en el jardín. Dormía de día y permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada. El resto del día languidecía. Estaba apático. Leía en el jardín. O se fundía con el sofá fumando como un poseso. Los días más luminosos, iba a la playa andando. Mi padre me había contado que le consiguió una entrevista para entrar a trabajar en su empresa como ayudante de topógrafo llevando el trípode. Lo desecharon. También dice que salían de vez en cuando y trataban de divertirse y que a veces lo conseguían. Aquel julio eran cuatro en el Renault 5 naranja: mi padre y mi madre, como novios; Vicente y Pili, una prima de mi madre, como acompañantes. Una tarde fui a ver a mi madrina Pili. Describió a un chico educado, amable y culto, aunque deprimido. “Nos sentábamos detrás en el coche de tu padre y me hacía reír. Éramos las alcahuetas. Paseábamos, íbamos a las cafeterías de entonces. Se notaba que era extrovertido sólo con la gente con la que tenía confianza”. Un día le contó que sus padres habían muerto y de vez en cuando ella recuerda que se detenía en medio de alguna conversación y que lo notaba triste.

Mi padre también recuerda haberle llamado la atención algunas veces. Volvía del trabajo por la tarde y lo veía tumbado en el sofá con la mesa por recoger y moscas en el plato. A mi tío no le gustaba que le corrigiesen. Enseguida se cabreaba. Una vez mi padre le echó una bronca por haber cogido un taxi para ir a una discoteca, que estaba a un par de kilómetros. “Yo le daba dinero, pero le dije que debíamos arrimar el hombro todos y él empezó pues si no me lo quieres dar, no me lo des. Yo le respondí que sí que se lo daba, pero que no era necesario coger un taxi, que podía ir andando”. Puede que aquella fuera la última discusión entre ambos. La memoria de mi padre se apelmaza al llegar aquí e intuyo que si siguiera se le quebraría la voz. Dice que no recuerda nada más. ¿Lo olvidó para sobrevivir? Es probable y respeto mucho ese instinto, pero soy partidario de poner la supervivencia en sus justos términos de censura y superstición. No recuerda que la estancia de Vicente coincidiera por ejemplo con la de su prima Tere y su marido, el escultor Hipólito. Al teléfono, Tere me había contado que Vicente desapareció durante algunos días, al cabo de los cuales volvió. Ella le  preguntó dónde había estado y él sólo dijo: “Vengo a despedirme de mi hermano, porque no voy a venir a la boda”. Al día siguiente, un día cualquiera entre el 5 y el 15 de agosto, Tere, su madre, su marido Hipólito, los hijos de éstos y Vicente se subieron en el coche hasta Madrid. Tere recuerda que iban cantando. ¿Cantarían un elefante se balanceaba? ¿El árbol de la montaña, quizás? Lo dejaron en la estación de autobuses de Madrid, desde donde continúo hasta León, donde le esperaba su cuñado J. L. para llevarlo a Guardo. Fue la última vez que mi padre lo vio. Le había preguntado por qué no se quedaba faltando tan poco para la boda. El esquizofrénico debió dar alguna excusa.

Una de aquellas tardes agitadas mi padre cuenta que él y su amigo Román, que disfrutaba de unos días de vacaciones en el bungalow con su mujer y sus dos hijos, le propusieron ir a un médico en su consulta privada. El esquizofrénico aceptó. La consulta estaba en un edificio del centro del pueblo y el doctor tenía una barba negra y caudalosa con un gran puro en medio. Mi padre y Román esperaron fuera. He imaginado muchas veces esta escena y el sentimiento de humillación y rabia que me produce nunca ha menguado. Salieron al cabo de un rato. Primero el esquizofrénico y muy cerca el doctor que tal vez llevara todavía el puro entre los dientes o tal vez lo hubiera dejado apagado o humeante en el cenicero de la mesa. Al despedirse, el doctor le dio una palmada en la espalda y le dijo al paciente como para que los presentes lo oyeran: “Pórtate bien, si no quieres que te encierren en un chiquero”.

Había escrito esta frase para rematarla: “No consta que nadie se abalanzara sobre el barbudo y le hiciera tragarse el puro”. ¿Por qué no se abalanzaron? ¿Por qué ni siquiera le afearon el gesto? He tardado en comprender que la vida real no funciona así.  En la vida real los familiares oyen chiquero, agachan la cabeza y se vuelven a casa arrastrando un poco más de vergüenza. La intención, además, resultaba tan obvia que repugnaba: pretendía salvarme. Y por ese camino, no lo conseguiré.

Cuatro veranos

guía de las cuevas

La vida laboral de Vicente es un documento exiguo con apenas cuatro contratos. Tenía 24 cuando murió. Bien. Pero también estaba loco y los locos no trabajan. A partir de 1974 sólo consta que lo hiciera un día. Fue para una sociedad cooperativa y probablemente se tratara de una jornada en la vendimia dado el septiembre. Es cierto también que era estudiante, pero desde octubre de 1975 en su expediente sólo rezan dos aprobados. Y uno de ellos, regalado. El resto de fechas del informe consigna tres temporadas como guía en Valporquero, 1970, 1971 y 1973. También lo hizo en 1972, pero sin que le dieran de alta. ¿Volvería a las Cuevas después de aquella historia con la joven embarazada? Esta pregunta siempre me había llevado a suponer que ocurrió en 1973. Es decir, a suponer que no volvió.

Mi padre recuerda también un trabajo de invierno como informador en la estación de esquí de San Isidro y cree que fue tras abandonar Valporquero. Pudiera ser el invierno de 1974. O el del 75. Tanto el trabajo de guía subterráneo como el de informador en la nieve dependían de la Diputación, es decir, de la mano de mi abuelo. “Después de morir mi padre, Vicente no tuvo interés por nada”, es su frase inaugural y que señala, seguramente, el pistoletazo esquizofrénico.

En su primera carta, I. cree recordar otro trabajo: “A los 14 años, creo recordar, que por el verano trabajó en una droguería de recadero, yo lo hice en una ortopedia. […] Recuerdo que mi suelto era de 750 pesetas al mes, es decir 4,51 euros, por lo que imagino que el suyo sería igual o parecido”. También está la postal que reseña un trabajo esporádico como albañil en 1970.

El trabajo de guía era otra cosa: les pagaban bien, les llevaban en un jeep y les daban un uniforme con la banderita de España. “Nosotras estábamos ociosas y los guías tenían mucho éxito: ligaban donde quiera que fuesen”, me dijo al teléfono una de las chicas que veraneaba por allí, cuarenta años después y sin la reválida pendiente. Cuando acababan la jornada en la Cueva, las chicas les esperaban en la puerta o sentadas en el merendero. El furor del uniforme. El aburrimiento de las chicas. Las estalagmitas. Los pueblos leoneses. Una carta bucólica, sin duda. Una carta de presentación.

Un siglo después

Un siglo después de que el síndrome se identificara por primera vez, las dos únicas cosas que pueden decirse con seguridad sobre la esquizofrenia son que culpar a las madres poco afectivas era un error y que en cierto modo el síndrome es sumamente heredable. A parte de esto, casi cualquier combinación de explicaciones es posible. Muchos genes influyen claramente en la susceptibilidad a la esquizofrenia y puede que muchos respondan a ella en compensación, pero parece que pocos son los causantes. La infección prenatal parece ser decisiva en muchos casos, pero puede que no sea ni necesaria ni suficiente. La dieta puede exacerbar los síntomas e incluso tal vez desencadenar su comienzo, pero es probable que sólo en aquellos que son genéticamente susceptibles.

Al abordar la psicosis, ni las teorías que atañen a la naturaleza ni las que atañen al entorno son capaces de distinguir la causa del efecto. El cerebro humano está cableado para buscar causas sencillas. Evita sucesos sin una causa perceptible y a cambio prefiere deducir que cuando A y B se observan juntos, o bien A es la causa de B o B es la causa de A. Esta tendencia es más intensa en los esquizofrénicos, que ven conexiones causales entre las coincidencias más patentes. Pero a menudo A y B son simplemente síntomas paralelos de alguna otra cosa. O, aún peor, A puede ser tanto la causa como el efecto de B.

Así pues, esto nos brinda un ejemplo perfecto de que la naturaleza y el entorno son tan importantes la una como el otro. Kraepelin hacía bien en ser agnóstico acerca de la causa. Aun con todo el peso de la ciencia moderna detrás de ellos, sus sucesores no lograron encontrarla. Ni siquiera lograron distinguir causa de efecto. En cambio, parece sumamente probable que la explicación definitiva de la esquizofrenia incluirá tanto a la naturaleza como al entorno y ninguno de los dos podrá reclamar la primacía.

Matt Ridley

Qué nos hace humanos, 2005

Habréis tenido miedo…

En el ascensor del Hospital General Princesa Sofía, cuando le preguntaron qué le pasaba, Vicente les dijo a su hermana y a Remedios A. que tenía que ver a un psiquiatra. “Uno de los criterios diferenciales de la esquizofrenia típica es el curso junto a una conciencia clara”, escribo, copiando a Colodrón. La escena tiene lugar a principios de 1976 con su madre  invadida por un cáncer de matriz en una de las plantas. Había ido a tratarse una hernia y se lo descubrieron. Los médicos decidieron que no valía la pena limpiar y volvieron a cerrar. Su hijo también había pasado visita. A escondidas. Comenzó el juego del gato y el ratón. Remedios y Mary empezaron a buscarlo e interrogaron repetidamente a las enfermeras. Su madre estaba preguntando por él y sabían que estaba allí. Se mostraron firmes. No se irían hasta que lo trajeran. Al final encontraron a Vicente, se subieron al ascensor y fueron a ver a un psiquiatra privado que les habló de esquizofrenia y de la necesidad de ingreso. Esa noche se quedó a dormir en casa de Remedios. Ella y su marido, ama de casa y guarda forestal, apenas pegaron ojo. A la mañana siguiente, el esquizofrénico les dijo: “Supongo que habréis tenido miedo por si os hacía algo”. El matrimonio no respondió.

La mayor parte del relato anterior pertenece a Remedios A., cuya amistad con la familia tiene un origen antiguo. Mi padre y el mayor de sus hijos iban juntos al instituto Padre Isla en torno a 1965. Es decir, casi cuarenta años de antigüedad. Un día operaron al menor de sus hijos de anginas. Estaba lloviendo y debía coger el tren desde León hasta su casa en la Robla, donde había empezado a trabajar de limpiadora para fortalecer el magro sueldo forestal. Fue a casa de mis abuelos y les preguntó si podrían quedárselo aquella noche. Se lo quedaron dos días. Los domingos ambos matrimonios remachaban su amistad comiendo churros en una chocolatería cercana a la Cruz Roja.

He escuchado la historia del hospital tres veces de boca de Remedios. De vez en cuando la llamo por teléfono en busca de algún cabo suelto. Es en vano. Siempre cuenta lo mismo: Vicente se escondía y las enfermeras le encubrían diciendo que allí no había nadie. La narración presenta unas lagunas formidables, pero nunca podré traer aquí ni a Mary ni a su madre para que la completen. Ni a Vicente. ¡Y mucho que me gustaría! ¿Qué contaba Vicente? “Él no contaba nada”. También por esta frase, que repite como un mantra, visité a Remedios el segundo día que pasé en León, un mediodía, tras cruzar el río. En el salón de su casa, un piso reciente envuelto de chopos y discreción, mi mujer iba tomando notas mientras yo dejaba fotografías a su alcance. Viuda, logroñesa, flaca, 86 años, miope y con dolor de huesos, guardaba un recuerdo vivísimo de aquellas jornadas que no escurría el socavón:  “No hay año en que no nos acordemos de aquello. Fue un desastre”. Su aprecio por mi familia resultaba muy convincente y suponía un alto grado de implicación.

A punto de morir mi abuela, Mary, que vivía a 100 kilómetros, le había pedido que se hiciera cargo de Vicente, comida y alojamiento, a cambio de dinero. Ella, que ya vivía en la ciudad, dijo que no. Y desprecia cualquier peso que la frase del esquizofrénico tres párrafos más arriba acarreara en aquella negación. Tenía cuatro hijos y no cabían. Acercándose a los ojos una fotografía de Vicente apoyado en una columna de Valporquero, abundaba en sus conclusiones: “Yo creo que sacarlo del hospital fue la perdición. Luego lo metieron en otro, y luego dijeron que con las pastillas saldría adelante fuera. Y nada”. El día que murió mi abuela, alrededor de seis meses después de que se le detectara el cáncer, mi padre me contó que fue a darle la noticia a su hermano a un piso de patrona en el barrio de Crucero donde se alojaba. Mi padre le despertó de madrugada y le dijo vamos que la mamá ha muerto. El no dijo nada y se vistió.

Algunas noches Mary llamaba desde Guardo a la patrona para hablar con Vicente. Si la patrona decía que no había vuelto todavía, Mary se desorientaba y llamaba a Remedios, que salía a buscarlo. Sin fortuna. Y ésa es la imagen donde todavía hoy lleva anclada la impotencia y la angustia: ella, sola por las calles, buscando al hijo de sus amigos muertos. De vez en cuando, su hijo, dueño por entonces de una tienda de ropa a la que acudía Vicente a por vaqueros y que ahora cocinaba pasta, ternera y pastel de kiwi en la cocina, interrumpía la conversación para señalarnos que en los últimos tiempos el esquizofrénico había engordado, fumaba uno tras otro y su cabeza era una intermitente conspiración. Y afilada, al decir de Remedios. Después de morir Vicente, una vecina de Maestro Uriarte le había contado que un día había visto al suicida asomado a la ventana con un cuchillo. “¿Tú te crees?”, me interrogaron aquellos ojos. Yo no dije nada, porque desconfío mucho del rumor vecinal y porque estoy convencido de que sólo se defendía. Pero ¿quién o quienes le atacaban?

Antes de sentarnos a la mesa le pregunté a Remedios por la joven embarazada. Dijo que mi abuela lloraba mucho. Se metía en la habitación y lloraba contra la cama. Se quedarían con el bebé, le decía a su amiga, pero si tuvieran garantías de la paternidad de Vicente. Remedios también contó que por entonces, un técnico de Telefónica había acudido a instalarle el teléfono en su casa del barrio de Crucero. Hablando de los chicos y las chicas, Remedios incrustó el caso en la conversación y el técnico respondió que él era justamente el padrino de la criatura. Una niña. Que a la chica le pegaban sus padres y que su mujer y él, la habían acogido durante un tiempo en su casa.

Cogí la agenda y apunté a un lado técnico de telefónica y padrino y al otro vecina y cuchillo. Luego, nos sentamos a la mesa.

Prime time

El reportaje de Informe Semanal salió al aire el 14 de abril por la noche. Se tituló La ley del silencio y mostraba un amplio catálogo de agentes del suicidio: supervivientes, psiquiatras, enfermeros, periodistas. El caso de Vicente ilustró la autopsia psicológica a través del blog: recopilación de documentos y entrevistas con familiares y allegados con vistas a una biografía. El reportaje tenía un prólogo explosivo: la madre de un suicida con la frase: “se muere de suicidio como de cualquier otra causa”. Nada de los habituales estigmas y misterios. Sentado en la butaca, frente al televisor, aplaudía con la mirada.

La subdirectora del programa Cándida Godoy me había llamado dos semanas antes. Me preguntó si me consideraba un superviviente. Dije que no, dada la nula contemporaneidad. En la terraza, mientras el realizador, el cámara y el técnico de sonido grababan algunos documentos en el salón, hablábamos sin comprometernos mucho, de la herencia. Yo me había referido en un momento de la entrevista al indudable lazo genético, y estaba intrigada. Repetí lo que había leído: diversos estudios citaban un aumento del riesgo para los poseedores de una historia familiar de suicidio. Justo el doble que el resto. En cualquier caso y según los expertos, un factor secundario. Nada por lo que agobiarse. Pero que añadiría una razón más para no esconder el asunto. Darles a los familiares la oportunidad de defenderse. Aunque uno no sepa cómo lidiar un gen, siempre puede mantenerse alerta.

En el reportaje, Última carta precedía al Linguistic Inquiry and Word Count (LIWC), un software que desgranaba cualquier tipo de discurso en más de 70 categorías y que los suicidólogos empleaban para analizar notas de despedida, principalmente a partir de las expresiones de angustia o los verbos de acción. La voz en off subrayaba que los suicidas tendían a utilizar la primera persona, exculpar a los familiares y a despedirse en tiempos verbales futuros. Sobre la máquina lingüística retornaban las palabras de una enfermera del Hospital de Sant Pau de Barcelona acerca del mindfulness, una técnica de meditación que según parece, diversos estudios neurofisiológicos y bioquímicos apoyan en su eficaz combate contra el estrés, y que empleaban para que los pacientes se centraran en la actualidad, desalojando pasado y futuro.

Durante la entrevista surgió también algún por qué. Dije: “Bueno, pensé que antes de romper cualquier tabú ajeno, yo debía romper mi propio tabú familiar. Me pareció una cuestión de decencia”. Yo, el decente. En fin, ya pasó. Estuvimos alrededor de dos horas y mostré fotografías. Al realizador le pareció buena idea que saliera abriendo la caja donde guardo las fotos y las postales de Vicente mientras lo presentaba. Informe Semanal es uno de los programas líderes en el prime time de los sábados y éste sería el mensaje más poderoso que yo podría pulverizar.

El blog se inundó de visitas enseguida. También de algunos comentarios. Empecé a leerlos vorazmente. La mayoría eran de supervivientes agradecidos, personal sanitario, supuestos suicidas y bloggers. Siempre es emocionante oír a alguien decir y yo también. Respondí los más personales y censuré los que invocaban a Dios o aludían al asunto en términos conspirativos, crípticos o poéticos. No es que no sean dignos de entrar en mi casa, es que no había pruebas.

Por último, algo que voy constatando con frecuencia creciente. Incluso personalmente. La voz de los suicidas. No se oye. Hablo de los que lo han intentado. No están para entrevistas, podría argüirse. Puede ser. A menudo los supervivientes tampoco lo están. En el reportaje esa ausencia se compensaba con la representación de una llamada telefónica de un suicida a una enfermera. Obviamente, la enfermera era la única que hablaba. Y con un breve recorrido por los rostros del weblog francés Project Attempters, que mezcla fotos e historias de quienes lo intentaron y volvieron. He leído todas las historias. Esquemáticamente, los suicidas hablan de su experiencias, de su entorno y de su vida posterior con valentía y decisión. Como Amélie: “Espero que la gente que vea estas fotos no me juzgue. Espero que vean que no hay nada de lo que avergonzarse. […] Espero que la gente que se sienta sola y sienta lo mismo, se dé cuenta de que es bueno hablar de ello”. Es la voz. La única que no puede ignorarse. La más difícil de registrar.

Durante la semana siguiente no recibí ninguna pista nueva sobre Vicente, aunque sí algunos sitios donde buscarlas.

En caso de perturbación colectiva

Leo un reportaje del New York Times. Apoyado en dos recientes estudios sociológicos publicados en The Lancet, el primer diario del mundo concluye que los suicidios aumentan en Europa por la crisis económica. Este párrafo: “En Grecia, el suicidio de los hombres ha aumentado en un 24% de 2007 a 2009, según las estadísticas del gobierno. En Irlanda, durante el mismo período, los suicidios masculinos lo han hecho en un 16%. En Italia, los suicidios motivados por las dificultades económicas han incrementado en un 52%, 187 en 2010 –el último año con estadísticas disponibles- frente a los 123 de 2005”. Como cualquier asunto humano, el suicidio tiene causas. El plural es importantísimo. El suicidio no es un acto inexplicable pero tampoco responde a una sola. Sin embargo, hay que quitarse el sombrero frente a la precisión italiana, artífice de la crisis económica como principal y novedoso factor de riesgo. Es lógico que los periódicos tarareen el descubrimiento. Se trata de una noticia sensacional.

Entre estadísticas y declaraciones, el periódico incrusta algunos suicidios de constructores endeudados, aludiendo al del jubilado griego que se disparó a las puertas del Parlamento como la punta de iceberg. Dimitris Christoulas se hizo famoso a principios de abril después de que los periódicos publicaran una carta de despedida en la que responsabilizaba al gobierno de su suicidio. Antes de atender a su cáncer y sus 77 años, o a la venta de la farmacia que regentó en activo por parte de su hija, -algunos de ellos aunque secundarios, clasificados factores de riesgo-, los periódicos prefirieron encajar a Christoulas en el relato de la crisis. Las notas de despedida son para leer. No se puede abordar el suicidio sin encararse con ellas. Con su esfuerzo sintético. Pero sin olvidar que la escritura sirve también para encubrir. Destacadamente, una enfermedad mental.

Javier Jiménez, presidente de la Asociación para la Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (Aipis), lee una media de veinte noticias de suicidios al día. Las organiza según se adhieran a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para los medios de comunicación. A veces, sobre todo cuando el medio es español, escribe cartas a los periódicos quejándose del tratamiento. “Algunos periódicos mejicanos son para ponerse a temblar”, me dijo una tarde desde su casa en la sierra madrileña. Por teléfono le pregunto sobre la supuesta relación entre crisis y suicidio: “Los suicidios no aumentan por las crisis económicas, sólo puede hablarse de determinadas situaciones que producen un aumento del estrés. Como el desempleo, que si es un factor de riesgo”. Hay, sin embargo, una cuestión que impide vincular claramente desempleo y suicidio. Y es que la enfermedad mental es también uno de los factores principales de desempleo.

Recientemente, el psiquiatra de la Fundación Jiménez Díaz e investigador del Cibersam, Enrique Baca García, ha elaborado junto a su equipo un estudio que abarca 50 años con datos de la Organización Mundial de Salud y del Banco Mundial sobre el particular. ¿Tanta fuerza tiene una crisis económica? Dice Baca, en conversación telefónica: “La respuesta es que depende. Depende del contexto socioeconómico del país. Hay países ricos en los que un descenso del PIB va acompañado de un menor estrés y países pobres en los que el aumento del PIB va acompañado de un mayor estrés. En general, cualquier situación de cambio para un sujeto susceptible, sobre todo relacionado con el concepto de pérdida, puede derivar en un aumento del estrés: desempleo, ruptura amorosa, soledad, incapacidad, desesperanza, etc. La desesperanza es el predictor más potente del suicidio”.

La conclusión del estudio, que se publicará pronto en el British Medical Journal, revalida el suicidio anómico formalizado por Durkheim. Tras constatar la influencia de la crisis de Viena en 1873 y del crac de la bolsa de París en 1892 en la tendencia al suicidio, el francés descubrió una curva similar durante los meses de la Exposición Universal de París en 1878: “Así pues, si las crisis industriales o financieras aumentan los suicidios, no es por lo que empobrecen, puesto que las crisis de prosperidad tienen el mismo resultado; es porque son crisis, es decir, perturbaciones de orden colectivo”, escribió en El suicidio.

Llamé entonces a Víctor Pérez Sola, psiquiatra del Hospital Sant Pau de Barcelona. Era mediodía y estaba esperando el autobús: “Grecia e Italia son países que registran el suicidio peor que España”, me dijo, cauteloso. “Aunque es evidente que el suicida es mucho más sensible a los cambios sociales que el resto”. En la encuesta anual de salud general en Cataluña (Escat) se percibe un crecimiento de la sintomatología depresiva en el último año: del 6%, los hombres han pasado a un 12%, igualando el porcentaje de las mujeres, que se ha mantenido estable. Sola glosa: “Existe un aumento del malestar entre los hombres, debido principalmente a la pérdida de rol social causado por el desempleo, al que a menudo se añade una automedicación en forma de alcohol. Pero de ahí a concluir que el número de suicidios aumenta por la crisis hay un mundo”. Ese mundo está delimitado para el psiquiatra, por la enfermedad mental y los estresantes: “Hacen falta muchas más cosas para suicidarse que una crisis económica”.

El problema es que los periódicos no consideran la enfermedad mental una causa. De ahí que el New York Times no convoque a psiquiatras, sino a sociólogos y empresarios que descifren la clave social. Como si bastara. “Las crisis financieras ponen la vida de la gente normal en riesgo, pero lo más peligroso es cuando se producen recortes en la protección social”, dice uno en el reportaje. La gente normal. Para ponerse a temblar.

Carta registrada

Calpe, 1977

Calpe, 1977

La mayoría de personas con esquizofrenia que se suicidan lo hacen en los diez primeros años de enfermedad. Como cabría esperar, aproximadamente tres cuartas partes son hombres. Los de mayor riesgo poseen un curso de remisión y recaída, una buena comprensión (es decir, saben que están enfermos), una pobre respuesta a la medicación, aislamiento social, desesperanza hacia el futuro, y una gran discrepancia entre sus logros anteriores y su actual nivel de funciones. Cualquier paciente con estas características y con una depresión asociada posee un alto riesgo. El momento más común para el suicidio se produce durante una remisión de la enfermedad seguida inmediatamente de una recaída.

Las personas con esquizofrenia cometen suicidio ocasionalmente en un estado de psicosis aguda. Por ejemplo, se precipitan desde un edificio porque piensan que pueden volar o porque escuchan voces que les animan a hacerlo. La mayoría de suicidios en la esquizofrenia, sin embargo, son deseados y planeados cuidadosamente. Como todos los profesionales de la salud mental que han tratado a gran cantidad de pacientes esquizofrénicos, yo  he conocido a numerosos suicidas, y sus muertes evocan una gran tristeza.

Los gestos suicidas del pasado o intentos previos son un importante predictor de futuros intentos. Las expresiones de culpa e inutilidad, desconfianza hacia el futuro, renuencia a planificar u ordenar sus asuntos (por ejemplo, regalando posesiones preciadas o haciendo testamento) son banderas rojas que nos indican un inminente intento de suicidio. […]

Algunas personas temen preguntar sobre el suicidio porque creen que así ponen la idea en la cabeza de la otra persona. Esto no es verdad, ya que a menudo la persona se anima a hablar sobre sus pensamientos y planes suicidas. La mayoría de suicidas tienen sentimientos encontrados sobre el suicidio. No se debe discutir sobre el suicidio directamente con ellas, pero si destacar las razones para no hacerlo. Una, excelente en este momento, es la promesa de más medicación efectiva y con escasos efectos secundarios que estará disponible en los próximos años.

Hay que evitar que la persona entre en contacto con el método planeado para cometer suicidio (por ejemplo, una pistola o píldoras) y el resto de utensilios similares del ámbito doméstico. También hay que asegurarse de que el psiquiatra que la visite esté al corriente de sus intentos de suicidio, y urgirle a tratar agresivamente la depresión. Si el psiquiatra es reacio a actuar, escriba sus avisos y exhortaciones en una carta registrada dirigida al psiquiatra, añadiendo, si es necesario, que ha consultado a su abogado sobre el particular.

E. Fuller Torrey

Surviving Schizophrenia

Síntoma o enfermedad

A principios de siglo, el doctor Jonathan Cavanagh y un equipo de psiquiatría de la Universidad de Glasgow clavaron los codos frente a un voluminoso fardo de autopsias psicológicas. El estudio, publicado en la revista Psychological Medicine en 2003, descubrió que aproximadamente el 95 por ciento de los suicidas sufren un determinado trastorno mental en el momento de su muerte. Un porcentaje gigantesco que conjuga aquella teoría clásica de la psiquiatría según la cual explicar el suicidio es atender al cerebro y sus alteraciones. Véase el suicida delirante de Esquirol, por ejemplo. Algunas preguntas viejas, sin embargo, continúan convocando a los psiquiatras: ¿Es el suicidio una enfermedad mental o sólo su último síntoma? ¿Es posible un suicidio racional?

“Actualmente conviven las dos posturas”, me dice por teléfono el suicidólogo Enrique Baca García, Jefe de Servicio en la Fundación Jiménez Díaz, “la que considera el suicidio una entidad nosológica en sí misma y la que lo considera una consecuencia. Nosotros, al final lo que decimos es que da igual: lo importante es que el médico consigne al paciente como un enfermo”. Baca continúa: “Las autopsias psicológicas lo que nos están indicando es que en una mayoría de casos existe una enfermedad mental que impide que el suicida actúe con libertad”. Para el suicidólogo el cinco por ciento restante del estudio de Glasgow  impide descartar el supuesto suicidio racional. Aunque también pudiera ser que los síntomas de un cinco por ciento deprimido pongamos, resultaran insuficientes para elevar un diagnóstico.

No siempre sigo al suicidólogo. A veces me pierdo. Pero ahí está el artículo al que me remite de primeras. Lo publicó la revista American Journal of Psyquiatry hace cuatro años y en él, Baca y su equipo proponían a la Asociación Americana de Psiquiatría la inclusión del comportamiento suicida en el sexto eje de la próxima edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V): “Dado que el examen del estado mental se dirige a la situación actual, los pacientes que niegan suicidio no pueden ser preguntados por actos suicidas pasados, lo que podría derivar en una subestimación del riesgo de suicidio. Sin embargo, una historia de comportamiento suicida es el factor más fiable para replicar intentos de suicidio o su ejecución”. Es sólo una de las razones expuestas.

El actual DSM-IV-TR consta de cinco ejes. El primero incluye los trastornos mentales más graves, como la esquizofrenia, los desórdenes de ansiedad o los provocados por el abuso de sustancias. El segundo, los desórdenes de personalidad. Es desde el progresivo encaje entre los síntomas del paciente y la nomenclatura de estos dos ejes, sobre todo, que la psiquiatría vislumbra al suicida. “Las compañías de seguros”, sin embargo y como señala Baca, “están muy interesadas en que la conducta suicida se incluya específicamente”. El suicidio, cabe recordar, es la única causa que impide el cobro de las pólizas en los seguros de vida. Aunque no parece que las compañías sean una excepción a los propios psiquiatras, los jueces o la industria farmaceútica. Por diferentes motivos todos reclaman jerarquía. O esquizofrenia o suicidio. O síntoma o enfermedad. El próximo manual no incluirá el suicidio en un eje separado, pero renovará sus instrumentos de medición. Los arreglos describen la condición provisional de los prontuarios. Pero también la más árida y difícil de la suicidología. La de un work in progress pendiente de su edición definitiva.

Golden Gate

Eric Steel es el director y productor de The Bridge, un documental sobre el suicidio en el Golden Gate. Lo he visto varias veces y cada vez me ha parecido más aturdidor. Y eso que Steel no se ocupa de los cuerpos devastados. A partir de un reportaje publicado en el New Yorker, el director decidió que había llegado la hora de filmar a los jumpers. Para lograrlo les vendió a las autoridades una película sobre una de las siete maravillas del mundo. Instaló las cámaras y empezó a grabar 24 horas al día durante el 2004, el año en que 24 suicidas saltaron. A lo largo de la película la mayoría de ellos, mezclada con los recuerdos de familiares y allegados, va precipitándose. El relato más revelador quizás sea el del suicida Kevin Himes, de 24 años. Nada más saltar se preguntó qué había hecho. Vaporizaba las sábanas con desinfectante porque estaba convencido de que había insectos que le transmitían el sida. Y llego a escribir cinco versiones de su carta de despedida, desechándolas por “malvadas”. Al final lo salvó saltar con un cierto ángulo y una foca, lo único que le mantenía a flote una vez rota la región lumbar.

El trámite se sucede sin demasiadas variaciones: tras unos segundos de vacilación, alguien  escala la barandilla, salta, desaparece en el agua y las ondas alcanzan un barco o un kitesurfista. “Para la mayoría de nosotros, mañana será otro día”, dice un familiar al final del documental. Quizás sea esa una de las claves del puente: abreviar la distancia entre el suicidio y las tablas de surf: otro día, de repente. De hecho, la disponibilidad, la limpieza y la belleza son los factores esgrimidos por los suicidas. Con el primero no parece que haya demasiados problemas. Otra cosa son los otros. Aunque diferente sea desaparecer en el agua y arrojarse a un tren, para hablar de limpieza hay que preguntar también a los forenses. Este párrafo de un examen de autopsias realizado en 1967 sobre 169 suicidas del puente: “El mecanismo más común de lesiones ha sido el aplastamiento de la caja torácica, como resultado de la fractura bilateral de las costillas y su penetración en los órganos vitales (85,2%). Le siguen la laceración de los pulmones, la rotura del hígado, lesiones en el cerebro y ahogamiento”.

Sobre la belleza, no veo que las cámaras de Steel la recojan, más allá de los distintos planos con que se encuadra el puente. ¿Dónde si no podrían? El psicólogo Thomas Joiner, en su libro Why people die by suicide y dados los escasos estudios científicos al respecto, apunta una explicación puramente especulativa: la de que en la mente del suicida que está a punto de morir, la muerte es algo no sólo deseable sino bello, más si cabe en lugares como el Gran Cañón o el Golden Gate. El periodista Tad Friend cita, sin embargo, unas palabras del director de la Asociación Americana de Suicidología, el doctor Alan Berman, algo más esclarecedoras: “Los suicidas tienen fantasías de transformación y son propensos al pensamiento mágico al igual que los niños y los psicóticos”. Ésta sí que parece una línea de investigación apropiada. La puerta de oro, el argumento enfermo.

Hubo familiares e instituciones que le reprocharon a Steel su documental aludiendo al suicidio como una ceremonia privada. Está también aquel pecio de Ferlosio: “Siempre hay un hijo de la gran puta capaz de esperar horas al suicida indeciso en la cornisa del rascacielos para poder fotografiarlo en el aire un instante antes de estrellarse contra el suelo”. Es muy discutible, si se piensa en alguien que pone fin a su vida al pie de turistas multimedia. Pero mucho más discutible es que ambos argumentos proyecten una sombra de libertad  sobre el suicidio. Steel miró y no es inocente. Hay personas que prefieren no mirar.

La literatura suicidológica se organiza comúnmente a partir del relato de los supervivientes. El relato de su dolor. No siempre tendrán razón, pero mirar el suicidio es sobre todo mirarlos. Escucharlos. Casi al final del documental hay una mujer de perfil y ligeramente oscurecida. Se ha limpiado las lágrimas varias veces. Esto no lo dice llorando: “Podría haberme quedado cerca de él. Pero a la vez, no quería humillarlo o verlo en un hospital psiquiátrico, porque no estaba segura de que ellos pudiesen ayudar […] Pero nunca más dejaré de entrometerme. No voy a volver a respetar la privacidad. Y nunca más voy a quedarme sin hacer nada por tener miedo a que ellos se sientan avergonzados”. La ceremonia privada. Ésa por la que también se suicidan.

Plutchik

Si tecleamos “Plutchik” en la barra del buscador, en algún momento nos topamos con un cuestionario de 15 preguntas: ¿Toma de forma habitual algún medicamento como aspirinas o pastillas para dormir? ¿Tiene dificultades para conciliar el sueño? ¿A veces nota que podría perder el control sobre sí mismo? etc.  Se trata de la versión española de un cuestionario original de 26, que el psicólogo Robert Plutchik  diseñó junto a un equipo de la Escuela de Medicina Albert Enstein de la Universidad de Yeshiva en Nueva York. Lo denominaron escala de riesgo suicida y fue chequeada originalmente con 82 pacientes externos, 157 pacientes hospitalizados y 83 estudiantes universitarios. Los resultados, publicados en 1989,  discriminaban  entre pacientes y estudiantes, y también entre aquellos pacientes que habían relatado uno o varios intentos de suicidio previos y los que no. En el test, autoadministrado, cada respuesta afirmativa suma un punto. Y se considera riesgo de suicidio una puntuación igual o superior a 6.

Un estudio de autopsia psicológica del Departamento de Medicina de la Universidad de Glasgow  reveló en 2003, que el historial de autolisis y los intentos de suicidio conviven al menos en un 40% de los suicidios consumados. Para la suicidología el que intenta quitarse la vida se parece mucho al que se la acaba quitando.  Sobre esta similitud se instala la escala de Plutchik, una criba que sin embargo, demuestra un escaso poder de predicción. “Las escalas tienen un valor predictivo poco fiable”, señala la suicidóloga Carmen Tejedor, del Hospital Sant Pau en Barcelona. “Es como si yo le pregunto a usted si va a suicidarse y me dice que no, pero luego va y se suicida. Son instrumentos para cuantificar e intercambiar información entre diversos grupos, por ejemplo entre los presos de Jérez de la Frontera y los de Alcalá-Meco,  y ver con el tiempo qué ítems nos han sido útiles, nada más.  Eso pasa con cualquier escala”.

Llamé al suicidólogo Enrique Baca García, y le pregunté qué pasaría si alguien – yo había sacado un cuatro- respondiera afirmativamente a siete de los ítems del cuestionario: “Se trata de escalas muy buenas, muy sensibles,  identifican muy bien, pero no significa nada. Si la escala te descarta, estás descartado; pero si te recoge, no quiere decir necesariamente que tengas riesgo de suicidio”. “Tienen una utilidad sobre todo, investigativa, para aislar factores de riesgo. Y si a la escala de riesgo suicida, le añades otras, como recomiendan, como la de la desesperanza de Beck o la del alcoholismo de Tweak, su fiabilidad es mucho mayor”, añadió. Una de las ventajas de las escalas psicométricas es que implican poco esfuerzo del paciente, apenas un par de minutos.

La suicidología busca al suicida, con prisa. Plutchik, muerto en 2006 a la edad de 78 años, registró, de manera sencilla, el perímetro por donde no se mueve.