El periodista y la obsesión

el periodista y la obsesión

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El periodismo como territorio obsesivo. Los grandes reportajes, crónicas y perfiles, esconden a menudo a un periodista obsesionado. La obsesión, sin embargo, no garantiza nada.  Es sólo una condición previa de la investigación.  La verdad requiere pruebas. Nadie espere tampoco hacer fortuna. Si la búsqueda se prolonga quizás arruine su salud, carrera o  matrimonio. Incluso, en alguna ocasión, los protagonistas de sus  reportajes iniciarán un pleito acorde con su estatuto real.  Al final llega la necrológica, que si es buena estará escrita con cierta antelación y dirá que el periodista murió solo, como es fama en los traidores. El periodista y la obsesión se dedica a ilustrar este lead.

 

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el periodista y la obsesión

El crimen detallado

Hace algún tiempo, no mucho, me entrevisté con familiares, amigos, y compañeros de trabajo de un ahorcado. También con un guardia civil. Durante una semana acudía puntual para charlar con el hijo del difunto en el backoffice de una empresa de recambios sanitarios. Mi intención era recomponer los instantes finales remontando al hombre. Fracasé. Es decir, no supe dar con el equilibrio que buscaba entre la vida y su estertor. Si una era un breve, el otro parecía una enciclopedia. Pero no me engaño: fue mi culpa. Entre las notas que todavía conservo no hay nada, a excepción de su currículum, sus haciendas, y su familia, que le recuerde. Ni viajes, ni comuniones, ni enfermedades, ni anécdotas memorables. Del trabajo a casa y al pueblo por la feria. En cambio, tuve un extraordinario acceso a su suicidio y sus herramientas. Medí la viga, toqué el sillón donde se sentó a fumar, subí la escalera, y hasta compré una de las novelitas del oeste que leía, Espuela defectuosa, de Marcial Lafuente Estefanía.  De vez en cuando la hojeo, pero soy incapaz de seguir su rastro hasta Holbrook. Creáme que lo siento, sheriff.

El crimen es alguien que se levanta, baja al bar, sube a casa, ve un rato la televisión, vuelve al bar, conduce hasta el almacén de material donde trabaja, limpia los restos del asado del día anterior, fuma, cuelga una braga de montacargas a una viga del techo, llama a un compañero de trabajo, le dice lo que se propone, y se ahorca. Cuando se publicó hubo gente que me echo en cara el morbo refiriéndose a los detalles. Algunas instituciones y organismos oficiales aconsejan al periodismo evitarlos. Es curioso dado que una de las preguntas que fundan el oficio remite precisamente al cómo. Sin embargo, creo que en la habitual asociación entre los detalles y lo escabroso de los deontólogos hay algo más. La obligación de detallar la vida si se detalla el crimen. Los periódicos son una tumba, pero sobre ella ha de escribirse una vida. Cerrar dignamente el ataúd. También los protagonistas menores tienen derecho a su epitafio. No hacerlo es darle la razón a los piensan que sólo las malas noticias son noticia. O a los que sólo imprimen los crímenes aliados con la fama y luego lavan su conciencia en tribunas sobre Las desventuras del joven Werther y su supuesto efecto contagio.

Gordon Burn murió de cáncer en julio de 2009 con 61 años. Colaboró en Esquire, Rolling Stone y The Guardian. “Examinó la obsesión contemporánea por la celebridad en una serie de libros que abarca tres décadas”, se lee en la necrológica del último. Uno de esos libros, de lo más detallado, trata de la Casa de los Horrores y sus moradores Fred y Rose West. He leído tantas veces la última página que temo no distinguir ya entre el periodismo y los periódicos: “Una vez arrasada la casa y rellenado el sótano, pusieron bloques de asfalto ordenados en espiguilla; plantaron tres arbolitos y levantaron bordillos fijados con cemento de grano grueso: cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. Instalaron postes para farolas Urbis pintados en negro brillante y farolas Son-T sobre columnas de acero de cinco metros. Cuatro farolas. Pusieron topes en forma de bolardos de hierro fundido para tapar las entradas de los dos extremos e impedir el acceso a los vehículos: siete en el lado de Cromwell Street y cuatro en St Michael’s Square; cinco en medio para que a nadie se le ocurriera jugar a la pelota”. Cemento ST4 sobre material granulado del 1 de 150mm. La máxima precisión es la única forma de contarlo.

Última carta

Vinaroz, 1976

Hacía poco que había reunido cuarenta artículos sobre la obsesión y los había enviado a una veintena de editoriales. El último situaba escuetamente las circunstancias del impulso. Mi amigo Braulio García Jaén, redactor jefe de Crimen en Factual, me había llamado una tarde de finales del 2009 hablándome de un blog sobre el suicidio. Se titularía Última Carta y en él trataríamos de conseguir notas de despedida y desgarrar el tabú. Ahí es nada. Nos alcanzó para una carta y para entrevistar a algunos psiquiatras, pero nada más. El diario cerró y volví a la jornada completa en el negocio familiar de material de construcción para pagar la hipoteca y los pañales. ¡Journalist at work! Obviamente, y respecto al periodismo, pensé en abandonar.

El artículo también daba la noticia, con un retraso de más de 30 años, del suicidio de Vicente González Luelmo, estudiante, esquizofrénico y leonés. Y la daba para obligarme. Una de las noches de aquel diario, íbamos hablando del blog mientras lo llevaba a su casa y mi padre enlazó. El relato describía a su hermano pequeño como un cadáver al lado de las vías en el verano de 1977, sin mayor apunte biográfico que un escándalo alucinado en una pensión remota de la provincia de Castellón. Viajaba en autostop de León a Vinaroz y el dueño llamó a los gendarmes. Mi sorpresa fue absoluta y contrariada. Pregonaba la muerte del tabú y resulta que lo llevaba en el asiento de mi propio coche. Mi cabeza, como casi siempre que una historia me caía en las manos, empezó a despegar. ¿Quién era Vicente? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué mi padre nunca había hablado de su familia? ¿Por qué tras viajar por todo el país nunca habíamos pisado León? Conozco pocos azares más imperativos.

Dos años después, intentaba disuadirme abrumado por la propuesta. Le había llamado por teléfono y le había dicho que deberíamos sentarnos en su cocina. Las cosas, según yo las veía, eran sencillas. Quería escribir sobre Vicente y él era su principal testigo. Algo de tabú y estadísticas puede que deslizara. Él empezó por la enfermedad: “Vicente requería tratamiento psiquiátrico. Estaba… de psiquiátrico, ¿me entiendes?”. Respondí que eso era justamente lo que me interesaba. Aunque mi cara no debía delatar nada a esas horas. “No te entiendo. Si dijeras que Vicente descubrió algo o inventó algo… ¡Pero era un chico normal!”. “Bueno, normal, normal…” Mi padre es un tipo escéptico y pragmático. Así que después resumir algunos fracasos le hablé de sacar la cabeza. El suicidio era la oportunidad. No quería soltarla. La disuasión dio pasó a la protección desbocada. Iba a perder dinero. Podría no compensarme. Tendría que hacer muchos viajes. Of course. Pero esta vez, a diferencia de otras, siempre podría detenerme y recuperar el aliento. No caducaba.

Por las noches había ido calentándome. Abría los álbumes de fotos y me imaginaba sus vidas. Me detenía en el semblante de Mary en la boda de mis padres, un mes después. En Vicente y sus botas de cuero, un mediodía portuario. Y en el piso de Maestro Uriarte, con mis abuelos, unas navidades y de las últimas. El pie de todas aquellas fotos presentaba a mi padre como el testigo mudo de una destrucción familiar. Un hombre cansado y al que nunca había visto leer un libro, por lo demás. Me acostaba, apagaba la luz de la mesilla y le reservaba un hueco al esquizofrénico.

De repente sucedió algo inesperado. Antes de aceptar, mi padre dijo que tenía miedo. Me extraño esa muestra de pusilanimidad en un hombre de suyo tan contenido. Me había acostumbrado a que exagerara las perspectivas, pero aquello no parecía ninguna. ¿De qué tenía miedo? Se lo pregunté y contestó, ya levantándose, que nos veríamos el sábado. Poco a poco creo que he ido situando ese miedo: menos temor que superstición y derrota. Es decir, uno de los productos fundamentales del silencio y el bisbiseo colectivo. Empecé a despreciar cualquier obstáculo que impidiera enfrentarme con aquello.

La semana siguiente compré sobres y sellos y empecé a escribir cartas a una pequeña lista de destinatarios.

Prime time

El reportaje de Informe Semanal salió al aire el 14 de abril por la noche. Se tituló La ley del silencio y mostraba un amplio catálogo de agentes del suicidio: supervivientes, psiquiatras, enfermeros, periodistas. El caso de Vicente ilustró la autopsia psicológica a través del blog: recopilación de documentos y entrevistas con familiares y allegados con vistas a una biografía. El reportaje tenía un prólogo explosivo: la madre de un suicida con la frase: “se muere de suicidio como de cualquier otra causa”. Nada de los habituales estigmas y misterios. Sentado en la butaca, frente al televisor, aplaudía con la mirada.

La subdirectora del programa Cándida Godoy me había llamado dos semanas antes. Me preguntó si me consideraba un superviviente. Dije que no, dada la nula contemporaneidad. En la terraza, mientras el realizador, el cámara y el técnico de sonido grababan algunos documentos en el salón, hablábamos sin comprometernos mucho, de la herencia. Yo me había referido en un momento de la entrevista al indudable lazo genético, y estaba intrigada. Repetí lo que había leído: diversos estudios citaban un aumento del riesgo para los poseedores de una historia familiar de suicidio. Justo el doble que el resto. En cualquier caso y según los expertos, un factor secundario. Nada por lo que agobiarse. Pero que añadiría una razón más para no esconder el asunto. Darles a los familiares la oportunidad de defenderse. Aunque uno no sepa cómo lidiar un gen, siempre puede mantenerse alerta.

En el reportaje, Última carta precedía al Linguistic Inquiry and Word Count (LIWC), un software que desgranaba cualquier tipo de discurso en más de 70 categorías y que los suicidólogos empleaban para analizar notas de despedida, principalmente a partir de las expresiones de angustia o los verbos de acción. La voz en off subrayaba que los suicidas tendían a utilizar la primera persona, exculpar a los familiares y a despedirse en tiempos verbales futuros. Sobre la máquina lingüística retornaban las palabras de una enfermera del Hospital de Sant Pau de Barcelona acerca del mindfulness, una técnica de meditación que según parece, diversos estudios neurofisiológicos y bioquímicos apoyan en su eficaz combate contra el estrés, y que empleaban para que los pacientes se centraran en la actualidad, desalojando pasado y futuro.

Durante la entrevista surgió también algún por qué. Dije: “Bueno, pensé que antes de romper cualquier tabú ajeno, yo debía romper mi propio tabú familiar. Me pareció una cuestión de decencia”. Yo, el decente. En fin, ya pasó. Estuvimos alrededor de dos horas y mostré fotografías. Al realizador le pareció buena idea que saliera abriendo la caja donde guardo las fotos y las postales de Vicente mientras lo presentaba. Informe Semanal es uno de los programas líderes en el prime time de los sábados y éste sería el mensaje más poderoso que yo podría pulverizar.

El blog se inundó de visitas enseguida. También de algunos comentarios. Empecé a leerlos vorazmente. La mayoría eran de supervivientes agradecidos, personal sanitario, supuestos suicidas y bloggers. Siempre es emocionante oír a alguien decir y yo también. Respondí los más personales y censuré los que invocaban a Dios o aludían al asunto en términos conspirativos, crípticos o poéticos. No es que no sean dignos de entrar en mi casa, es que no había pruebas.

Por último, algo que voy constatando con frecuencia creciente. Incluso personalmente. La voz de los suicidas. No se oye. Hablo de los que lo han intentado. No están para entrevistas, podría argüirse. Puede ser. A menudo los supervivientes tampoco lo están. En el reportaje esa ausencia se compensaba con la representación de una llamada telefónica de un suicida a una enfermera. Obviamente, la enfermera era la única que hablaba. Y con un breve recorrido por los rostros del weblog francés Project Attempters, que mezcla fotos e historias de quienes lo intentaron y volvieron. He leído todas las historias. Esquemáticamente, los suicidas hablan de su experiencias, de su entorno y de su vida posterior con valentía y decisión. Como Amélie: “Espero que la gente que vea estas fotos no me juzgue. Espero que vean que no hay nada de lo que avergonzarse. […] Espero que la gente que se sienta sola y sienta lo mismo, se dé cuenta de que es bueno hablar de ello”. Es la voz. La única que no puede ignorarse. La más difícil de registrar.

Durante la semana siguiente no recibí ninguna pista nueva sobre Vicente, aunque sí algunos sitios donde buscarlas.

El suicidio y la publicidad

Según una estadística de España Nueva, desde el 1º de diciembre hasta ahora han ocurrido en Madrid 17 suicidios. Los suicidios frustrados están, con muy buen sentido, eliminados de esta estadística. No hay nada más convencional que un suicida frustrado. Se explica el fracaso de un homicidio, porque contra la voluntad de matar que impulsa al criminal lucha la voluntad de vivir que anima a la víctima. Lo que no se explica es el fracaso de un suicidio. En un suicidio, el criminal y la víctima son una misma persona. No hay sólo el deseo de instalar una bala, por ejemplo, en un cerebro. Hay también una buena intención de recibirla y de acogerla. Cuando yo quiera matar a alguien, tal vez no lo logre; pero cuando quiera suicidarme, es indudable que me suicido.

Descartando, pues, la tentativa de suicidio, tenemos que, en menos de mes y medio, han ocurrido en Madrid 17 suicidios efectivos. ¿Por qué se han suicidado estos 17 caballeros? ¿Por falta de dinero? ¿Por contrariedades amorosas?

España Nueva no dice que se hayan suicidado para salir en los periódicos; pero insinúa la idea de que la publicidad periodística es una de las causas que influyen en el desarrollo del suicidio. A este propósito, el popular periódico de la noche recuerda que, hace algún tiempo, la Prensa madrileña acordó no acoger en sus columnas las noticias que se refiriesen a los suicidas, y propone que este acuerdo vuelva a ponerse en práctica.

Yo voto en contra, y no como suicida, sino como periodista. El día en que los periódicos no publiquen noticias de los suicidios ni de los crímenes, los particulares dejarán de matarse; pero entonces, sin pan y sin trabajo, los que tendrán que matarse serán los reporters. ¿Qué va a ser de los reporters si se decide no publicar en los periódicos más que noticias de una ejemplaridad virtuosa? ¿Qué va a ser del periodismo?

El periodismo consiste en informar. Cuando ocurre un suicidio sensacional y se hace acerca de él una buena información, el periódico que la publique tiene que aumentar su tirada. Si el ejemplo cunde, el dolor será para las familias de los muertos, pero no para los periódicos. Los periódicos tienen entonces motivo para una información nueva y para un nuevo aumento de ejemplares. Este aumento de ejemplares es la verdadera ejemplaridad periodística.

¿Y la caridad? La caridad es otra cosa. Con ella se hacen asilos; pero no se hacen periódicos. Un periódico no es una obra de beneficiencia. Es una obra de sinceridad y de pensamiento.

Por lo demás, yo no creo que un señor, al que le vaya muy bien en la vida, tome el acuerdo de matarse al leer en los periódicos el suicidio de un hambriento. Para matarse hace falta tener una profunda convicción filosófica que no se adquiere leyendo, precisamente, la sección de sucesos: la de que la vida es una porquería.

Julio Camba (El Mundo, 15 de enero 1908)

 Páginas escogidas. Ed. Austral

En caso de perturbación colectiva

Leo un reportaje del New York Times. Apoyado en dos recientes estudios sociológicos publicados en The Lancet, el primer diario del mundo concluye que los suicidios aumentan en Europa por la crisis económica. Este párrafo: “En Grecia, el suicidio de los hombres ha aumentado en un 24% de 2007 a 2009, según las estadísticas del gobierno. En Irlanda, durante el mismo período, los suicidios masculinos lo han hecho en un 16%. En Italia, los suicidios motivados por las dificultades económicas han incrementado en un 52%, 187 en 2010 –el último año con estadísticas disponibles- frente a los 123 de 2005”. Como cualquier asunto humano, el suicidio tiene causas. El plural es importantísimo. El suicidio no es un acto inexplicable pero tampoco responde a una sola. Sin embargo, hay que quitarse el sombrero frente a la precisión italiana, artífice de la crisis económica como principal y novedoso factor de riesgo. Es lógico que los periódicos tarareen el descubrimiento. Se trata de una noticia sensacional.

Entre estadísticas y declaraciones, el periódico incrusta algunos suicidios de constructores endeudados, aludiendo al del jubilado griego que se disparó a las puertas del Parlamento como la punta de iceberg. Dimitris Christoulas se hizo famoso a principios de abril después de que los periódicos publicaran una carta de despedida en la que responsabilizaba al gobierno de su suicidio. Antes de atender a su cáncer y sus 77 años, o a la venta de la farmacia que regentó en activo por parte de su hija, -algunos de ellos aunque secundarios, clasificados factores de riesgo-, los periódicos prefirieron encajar a Christoulas en el relato de la crisis. Las notas de despedida son para leer. No se puede abordar el suicidio sin encararse con ellas. Con su esfuerzo sintético. Pero sin olvidar que la escritura sirve también para encubrir. Destacadamente, una enfermedad mental.

Javier Jiménez, presidente de la Asociación para la Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (Aipis), lee una media de veinte noticias de suicidios al día. Las organiza según se adhieran a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para los medios de comunicación. A veces, sobre todo cuando el medio es español, escribe cartas a los periódicos quejándose del tratamiento. “Algunos periódicos mejicanos son para ponerse a temblar”, me dijo una tarde desde su casa en la sierra madrileña. Por teléfono le pregunto sobre la supuesta relación entre crisis y suicidio: “Los suicidios no aumentan por las crisis económicas, sólo puede hablarse de determinadas situaciones que producen un aumento del estrés. Como el desempleo, que si es un factor de riesgo”. Hay, sin embargo, una cuestión que impide vincular claramente desempleo y suicidio. Y es que la enfermedad mental es también uno de los factores principales de desempleo.

Recientemente, el psiquiatra de la Fundación Jiménez Díaz e investigador del Cibersam, Enrique Baca García, ha elaborado junto a su equipo un estudio que abarca 50 años con datos de la Organización Mundial de Salud y del Banco Mundial sobre el particular. ¿Tanta fuerza tiene una crisis económica? Dice Baca, en conversación telefónica: “La respuesta es que depende. Depende del contexto socioeconómico del país. Hay países ricos en los que un descenso del PIB va acompañado de un menor estrés y países pobres en los que el aumento del PIB va acompañado de un mayor estrés. En general, cualquier situación de cambio para un sujeto susceptible, sobre todo relacionado con el concepto de pérdida, puede derivar en un aumento del estrés: desempleo, ruptura amorosa, soledad, incapacidad, desesperanza, etc. La desesperanza es el predictor más potente del suicidio”.

La conclusión del estudio, que se publicará pronto en el British Medical Journal, revalida el suicidio anómico formalizado por Durkheim. Tras constatar la influencia de la crisis de Viena en 1873 y del crac de la bolsa de París en 1892 en la tendencia al suicidio, el francés descubrió una curva similar durante los meses de la Exposición Universal de París en 1878: “Así pues, si las crisis industriales o financieras aumentan los suicidios, no es por lo que empobrecen, puesto que las crisis de prosperidad tienen el mismo resultado; es porque son crisis, es decir, perturbaciones de orden colectivo”, escribió en El suicidio.

Llamé entonces a Víctor Pérez Sola, psiquiatra del Hospital Sant Pau de Barcelona. Era mediodía y estaba esperando el autobús: “Grecia e Italia son países que registran el suicidio peor que España”, me dijo, cauteloso. “Aunque es evidente que el suicida es mucho más sensible a los cambios sociales que el resto”. En la encuesta anual de salud general en Cataluña (Escat) se percibe un crecimiento de la sintomatología depresiva en el último año: del 6%, los hombres han pasado a un 12%, igualando el porcentaje de las mujeres, que se ha mantenido estable. Sola glosa: “Existe un aumento del malestar entre los hombres, debido principalmente a la pérdida de rol social causado por el desempleo, al que a menudo se añade una automedicación en forma de alcohol. Pero de ahí a concluir que el número de suicidios aumenta por la crisis hay un mundo”. Ese mundo está delimitado para el psiquiatra, por la enfermedad mental y los estresantes: “Hacen falta muchas más cosas para suicidarse que una crisis económica”.

El problema es que los periódicos no consideran la enfermedad mental una causa. De ahí que el New York Times no convoque a psiquiatras, sino a sociólogos y empresarios que descifren la clave social. Como si bastara. “Las crisis financieras ponen la vida de la gente normal en riesgo, pero lo más peligroso es cuando se producen recortes en la protección social”, dice uno en el reportaje. La gente normal. Para ponerse a temblar.

Nota necrológica

Macario frecuentaba por las tardes los bares del barrio de San Esteban, al noroeste de la ciudad. El camarero del 16 válvulas me dijo que probablemente y dada la hora lo encontraría en el Nevada y allí me dirigí.  Abrí la puerta y le pregunté a la camarera que me señaló con la mirada una de las mesas. Yo había imaginado a un anciano frágil, y lo que tenía delante era a un hombre de 75 años, lúcido y enérgico, con el pelo canoso y abundante, muletas, físicamente parecido al actor James Stewart. Me presenté y me senté.  Y Macario dobló el periódico donde rellenaba los pasatiempos con un bolígrafo. Empecé a sacar fotos de Vicente. “Ah, Vicentín”, fue su comentario instantáneo. Con el tiempo he aprendido a situar ese diminutivo. No la abyecta corteza, sino su correspondiente leonés. Como quien dice “¡Qué tiempín tenemos hoy!”.

Empezamos a hablar de los viejos tiempos. Macario había sido el alma del equipo juvenil del San Esteban. El que fichaba y el que decía quién y quién no jugaba: “Lo de los córners casi que me lo impuso él. Yo le veía bajito y le decía pero tú no me vas a llegar. Y en el primer partido que jugó, sacó de córner y lo metió directo”. Macario viste una chaqueta de nylon oscuro encima del habitual mono azul. Siempre así, desde que trabajaba en la tienda de reparación de radios, ya desaparecida, donde se reunían los niños futbolistas. He oído varias veces el adjetivo retraído aplicado a Vicente, tantas veces quizás como el de extrovertido. Retraído suele ser producto del observador lejano, extrovertido al revés. Resulta difícil guiarse a través de ese tipo de averiguaciones. Macario era del primer grupo, aunque matizaba: “Bueno, retraído hasta que cogía confianza”.

Le pregunté por la Cultural Leonesa y su intento fracasado de fichar a Vicente, y rápidamente interrumpió: “Hombre, si fueran a ficharlos para las categorías superiores pues sí, pero ficharlos para su equipo juvenil, de eso nada. Nosotros también queríamos ganar”. El alma aún se enorgullece de aquel equipo: “Gago, Granja, Placi, Trapero, Vicente…Había jugadores muy buenos, porque a mi me gustaban los mejores”.

En agosto de 1977 Macario debía tener cuarenta o treinta y nueve años. Una mañana de camino a la tienda se paró frente una esquela pegada al cristal del bar Rosy. La leyó y ya no pudo quitarse a Vicente de la cabeza en todo el día. Le pregunté qué periódico era, pero no se acordaba. Quizás el Diario de León, apuntó.

A la mañana siguiente me acerqué  hasta el departamento comercial del periódico. Quería saber si disponían de una hemeroteca, digital o no, y la chica del mostrador me remitió a la Biblioteca Pública de León. Allí, un mozo atento y silencioso empezó a explicarle a mi mujer cómo funcionaba la base de datos, mientras yo revisaba los volúmenes encuadernados del Diario de León y La Hora Leonesa, las cabeceras principales de entonces. El día 20 de agosto de 1977, en la página 18 de sucesos del último, entre ladrones detenidos, colisiones y robos frustrados, estaba la necrológica. Aunque por su contenido fuera más bien una nota de agradecimiento:

La familia de Don Vicente González Luelmo, recientemente fallecido en Cegoñal, ante la imposibilidad de hacerlo personalmente, da por nuestro conducto las más expresivas gracias a cuantas personas se asociaron a su gran dolor.

Making of

La periodista Ángela Gallardo, de TVE, me había escrito. Estaba preparando un reportaje sobre el tabú del suicidio para el fin de semana, había leído el blog y quería entrevistarme. Añadiendo que podría explicar el proyecto y que sería buena idea leer alguna carta. Llamé a mi mujer a Madrid y se lo conté. Diferimos sólo en detalles circunstanciales: ella pensaba que era la oportunidad del blog y yo que era la oportunidad de atacar la historia de Vicente González. Nada más colgar, llamé a Gallardo. Era miércoles por la tarde, así que no había demasiado tiempo que perder. No estaba muy seguro de querer leer una carta, pero ya acostado y con la cabeza en pleno centrifugado, pensé que leerla me aliviaría incluso de tener que explicarme. Al día siguiente, mientras ponía en orden el puñado de tabú que tenía claro, me llamaron desde la redacción de los informativos en Alicante. Había surgido un imprevisto en la otra punta de la ciudad y tendríamos que aplazarlo.

El viernes por la tarde me encontré con el periodista Luis Pérez, un cámara y un chófer en el ambulatorio del pueblo, y los llevé a mi casa. Pérez, alto y apacible, llevaba mi blog en el móvil. Había estado leyéndolo en el camino, dado el trabajo y la urgencia. Le dije que no se incomodara: las instrucciones eran precisas:  tocaríamos el silencio informativo y leería una carta. La carta al juez, le adelanté a Pérez, al que la respuesta del juzgado había satisfecho tan poco como a mi. Los recursos, es decir las imágenes que soportan la narración, quedaban a nuestro criterio. Yo había pensado en mostrar fotos. Sobre todo las de Vicente en las Cuevas de Valporquero, su época de mayor vigor, no sólo epistolar. Subimos, el cámara desenfundó, yo abrí el portátil, y buscamos algo de luz en la penumbra.

Por lo demás, me trabé una cuantas veces, se me secó la boca y a punto estuvimos de olvidarnos la carta, pero quedé contento con el reportaje (sumario y min. 28). Hablé de los supervivientes, de la prevención y de la terapia con carta adjunta. Pérez y yo todavía seguimos un tiempo en medio del salón charlando sobre la televisión y la prensa mientras el cámara recogía. Luego los acompañé al coche, al otro lado de la calle y entre los árboles, y mientras esperábamos a que el chófer volviera, le hablé de Vicente y de las flores que aparecían en su lápida de León cada año por el día de difuntos. Muchos años después de muerto y sin que mediara autoría familiar. Un hilo, y de los gordos. La remotísima posibilidad de que mi tío hubiera dejado descendencia antes del diagnóstico. Busco a una mujer embarazada a principios de los 70. La busco para hacerle las preguntas clásicas what, who, when… La historia tenía dos inconvenientes: era verosímil y era muy bonita, le dije. Y yo, llegado el caso, sería el hombre encargado de destrozarla.

Con los escasos asuntos de mi interés puedo llegar a ser torrencial. La investigación excita mucho. Sobre todo cuando el aliento del mundo, simple espejismo, se concreta en un interlocutor ocasional como Pérez. Nos estrechamos la mano y el coche arrancó. Luego me acercaría a la casa de mi padre a ponerlo sobre aviso. Pero mientras volvía de despedirlos, casi mefistofélico, sólo me imaginaba a una voz confirmándome: su mensaje ha sido enviado.

Golden Gate

Eric Steel es el director y productor de The Bridge, un documental sobre el suicidio en el Golden Gate. Lo he visto varias veces y cada vez me ha parecido más aturdidor. Y eso que Steel no se ocupa de los cuerpos devastados. A partir de un reportaje publicado en el New Yorker, el director decidió que había llegado la hora de filmar a los jumpers. Para lograrlo les vendió a las autoridades una película sobre una de las siete maravillas del mundo. Instaló las cámaras y empezó a grabar 24 horas al día durante el 2004, el año en que 24 suicidas saltaron. A lo largo de la película la mayoría de ellos, mezclada con los recuerdos de familiares y allegados, va precipitándose. El relato más revelador quizás sea el del suicida Kevin Himes, de 24 años. Nada más saltar se preguntó qué había hecho. Vaporizaba las sábanas con desinfectante porque estaba convencido de que había insectos que le transmitían el sida. Y llego a escribir cinco versiones de su carta de despedida, desechándolas por “malvadas”. Al final lo salvó saltar con un cierto ángulo y una foca, lo único que le mantenía a flote una vez rota la región lumbar.

El trámite se sucede sin demasiadas variaciones: tras unos segundos de vacilación, alguien  escala la barandilla, salta, desaparece en el agua y las ondas alcanzan un barco o un kitesurfista. “Para la mayoría de nosotros, mañana será otro día”, dice un familiar al final del documental. Quizás sea esa una de las claves del puente: abreviar la distancia entre el suicidio y las tablas de surf: otro día, de repente. De hecho, la disponibilidad, la limpieza y la belleza son los factores esgrimidos por los suicidas. Con el primero no parece que haya demasiados problemas. Otra cosa son los otros. Aunque diferente sea desaparecer en el agua y arrojarse a un tren, para hablar de limpieza hay que preguntar también a los forenses. Este párrafo de un examen de autopsias realizado en 1967 sobre 169 suicidas del puente: “El mecanismo más común de lesiones ha sido el aplastamiento de la caja torácica, como resultado de la fractura bilateral de las costillas y su penetración en los órganos vitales (85,2%). Le siguen la laceración de los pulmones, la rotura del hígado, lesiones en el cerebro y ahogamiento”.

Sobre la belleza, no veo que las cámaras de Steel la recojan, más allá de los distintos planos con que se encuadra el puente. ¿Dónde si no podrían? El psicólogo Thomas Joiner, en su libro Why people die by suicide y dados los escasos estudios científicos al respecto, apunta una explicación puramente especulativa: la de que en la mente del suicida que está a punto de morir, la muerte es algo no sólo deseable sino bello, más si cabe en lugares como el Gran Cañón o el Golden Gate. El periodista Tad Friend cita, sin embargo, unas palabras del director de la Asociación Americana de Suicidología, el doctor Alan Berman, algo más esclarecedoras: “Los suicidas tienen fantasías de transformación y son propensos al pensamiento mágico al igual que los niños y los psicóticos”. Ésta sí que parece una línea de investigación apropiada. La puerta de oro, el argumento enfermo.

Hubo familiares e instituciones que le reprocharon a Steel su documental aludiendo al suicidio como una ceremonia privada. Está también aquel pecio de Ferlosio: “Siempre hay un hijo de la gran puta capaz de esperar horas al suicida indeciso en la cornisa del rascacielos para poder fotografiarlo en el aire un instante antes de estrellarse contra el suelo”. Es muy discutible, si se piensa en alguien que pone fin a su vida al pie de turistas multimedia. Pero mucho más discutible es que ambos argumentos proyecten una sombra de libertad  sobre el suicidio. Steel miró y no es inocente. Hay personas que prefieren no mirar.

La literatura suicidológica se organiza comúnmente a partir del relato de los supervivientes. El relato de su dolor. No siempre tendrán razón, pero mirar el suicidio es sobre todo mirarlos. Escucharlos. Casi al final del documental hay una mujer de perfil y ligeramente oscurecida. Se ha limpiado las lágrimas varias veces. Esto no lo dice llorando: “Podría haberme quedado cerca de él. Pero a la vez, no quería humillarlo o verlo en un hospital psiquiátrico, porque no estaba segura de que ellos pudiesen ayudar […] Pero nunca más dejaré de entrometerme. No voy a volver a respetar la privacidad. Y nunca más voy a quedarme sin hacer nada por tener miedo a que ellos se sientan avergonzados”. La ceremonia privada. Ésa por la que también se suicidan.

Periódicos

Existe un hombre llamado David Phillips, profesor de sociología en la Universidad de California y magna cum laude por Harvard. En un estudio de 1974, basándose en datos del FBI, portadas del New York Times, estadísticas de suicidios y otros documentos, Phillips concluyó que cuando un suicidio es objeto de gran publicidad en la prensa, se incrementa el número de suicidios en el área geográfica donde se ha publicado. El profesor denominó a este hallazgo “el efecto Werther”, en alusión a Las desventuras del joven Werther, el libro de Goethe publicado en 1774 que contaba el suicidio de su protagonista tras un amor no correspondido, y que al parecer, desencadenó una ola de suicidios en Alemania.

A pesar de advertir que la censura no es pertinente, Phillips recomienda a los editores “titulares vagos, que no mencionen el suicidio explícitamente”. Algo así, imagino: “Muere un joven al caer por accidente a la vía del metro”. Es evidente que los editores de medios españoles siguen acudiendo al efecto Werther para justificar su silencio frente al suicidio. Un problema de salud pública ausente no sólo de los periódicos, sino de la vida política española, como no podía ser de otra forma en un país de declaraciones.

Sin embargo, lo más extraordinario, es que el efecto contagio haya sobrevivido también a Durkheim, quien lo desmanteló hace más de un siglo: “Puede decirse que, salvo raras excepciones, la imitación no es un factor original del suicidio. Se limita a exteriorizar un estado que es la verdadera causa generadora del acto, y que seguramente hubiese encontrado medio de producir su efecto natural, aunque ella no hubiese intervenido”, se lee en El suicidio. Es decir, otro de los casos donde triunfa la temible falacia “después de, a causa de”, emborronando los límites entre el desencadenante y la causa. Como si una enfermedad mental pudiera contagiarse a través de la lectura. Es obvio que tanto para Phillips como para los editores de periódicos el suicidio engendra suicidio, dada la clave cultural. Uno se pregunta cómo pueden seguir leyendo periódicos y por qué los accidentes de tráfico, los laborales, los asesinatos y la llamada violencia doméstica no engendrarán accidentes y violencias semejantes.

“El efecto contagio en prensa no está muy demostrado”, me dice el suicidólogo Enrique Baca García al otro lado del teléfono. “Pero sí que está demostrado en círculos cercanos, como en residencias de ancianos, el ejército, etc”. Le pregunto entonces porque habría de diferenciarse de la violencia doméstica: “La violencia doméstica provoca rechazo, pero el suicidio puede provocar imitación. Puede. Hay que evitar sobre todo que los lectores se identifiquen con el suicida y que los detalles deriven en un manual de instrucciones. Los detalles no sirven para nada. Informar correctamente y evitar los detalles son dos cosas importantes y no creo que sean incompatibles”, acaba Baca García, para quien una información modélica fue la del portero alemán Enke.

Esta opinión me merece un profundo respeto. Aunque no la comparta plenamente. Pongamos que alguien informa de que un preso se ha suicidado ingiriendo las pilas del mando a distancia. Puede que alguien lo imite, pero también es probable que gracias a esa información otros lectores encaucen su defensa. Que el método devenga primero en información, en concienciación y luego en prevención. Cuesta muchísimo trabajo decir que el periodismo salva vidas. Nadie lo juraría. Pero así es, si aceptamos que a menudo e injustamente también las destroza.

Lo contrario es este  silencioso resumen: a falta de cerrar sus estadísticas, 3429 personas se suicidaron en España en 2009, según el INE. La mayoría de ellas no mereció la atención de los medios. Por otro lado, desoyendo las recomendaciones de la OMS, España sigue sin un plan de prevención contra el suicidio.

Me lo dijo una amiga por teléfono en navidad del 2009, después de desvelarme el suicidio de su hermano: “Aquí es que ya parece que nadie se suicide”.  Aunque en honor a la verdad, hay que decir que la frase sonaba mucho  más contundente entonces. Modestamente, ya no lo parece tanto.