Estudiantes preguntan

Durkheim
– ¿Cómo deberían tratarse según el código deontológico las noticias sobre un suicidio? ¿Se cumplen estas normas?
– La primera norma y fundamental diría que es saber que en la mayoría de casos hay un trastorno mental detrás y actuar en consecuencia. Esto es: no describir el suicidio en términos románticos ni como un ejercicio de libertad, etc. Estas normas en la mayoría de casos no se cumplen. Pero es que incluso en España los libros de estilo desaconsejan la publicación de suicidios, salvo en casos de famosos o que sugieran un problema social. Como si el suicidio no fuera ya de por si un problema social o como si el efecto de imitación no pudiera desatarse en estos casos. De cualquier forma, aunque el suicidio no se aborde demasiado bien (en las contadas ocasiones en que se aborda) me atrevería a decir que cada vez se trata mejor. Bastante mejor que en los periódicos de los años ochenta, por ejemplo.
– ¿Es ético publicar sobre suicidios?
– ¡Es que compartir información es una forma básica de prevenirlos! 
–  ¿Es de interés general? ¿Se puede considerar más un tema privado y familiar? 
– Según la OMS, un millón de personas se suicidan al año en todo el mundo. Singularmente en España, casi cuatro mil. Diría que son cifras muy interesantes. Sobre la privacidad, yo entiendo que algunos familiares no quieran hablar sobre sus difuntos. Lo entiendo, aunque no lo comparta. Pero no todos los familiares opinan así. Yo conozco a otros que están dispuestos a hablar y entienden que la información que guardan sobre sus seres queridos es muy útil. También depende de la habilidad y de la suerte del periodista, desde luego.
– ¿Se suele hablar de los suicidios en los medios?
– No. El tabú no se ha roto. Esto resulta evidente cuando se compara el tratamiento periodistico que recibe la llamada violencia doméstica, por poner un ejemplo, con el que recibe el suicidio, cuyo numero de victimas en España es 80 veces mayor. 
– ¿Se hace de una forma rigurosa y respetuosa, o simplemente como un suceso? 
– La pregunta sugiere que los sucesos no pueden tratarse con rigor y respeto. No estoy de acuerdo. El problema es que al no tratar el suicidio, cuando de repente lo abordan, los medios suelen hacerlo mal. Como en el caso aquel de la enfermera que pasó el teléfono durante una broma radiofónica o el del niño que dejó una nota de despedida repudiando el colegio.
– ¿Hay suicidios más noticiables que otros? 
– Yo creo que sí. Es decir, no es lo mismo que se suicide el portero de la selección alemana que el portero de mi edificio. Esto no quita para que sobre los dos se puedan escribir textos valiosos. Pero en el segundo caso, diría, menos ligados a la actualidad.
– ¿Hay algunas épocas en las que se publiquen más noticias sobre suicidios, por ejemplo, los suicidios provocados por la crisis?
– Lo primero que debo decir es que no existen los suicidios provocados por la crisis. Por la sencilla razón de que la causa de un suicidio es imposible de determinar. Hace algún tiempo salió en televisión una mujer cuyo hijo se había suicidado. La periodista le preguntó por qué. Respondió: no hay respuesta. Me pareció sublime. De todas formas, vuestra pregunta es muy interesante. No he hecho ninguna comprobación, pero diría que si hay algún momento en el que se publiquen más noticias, ese momento podría ser la primavera, que es cuando hay un pico en los suicidios. Se podría mirar.
– ¿Qué piensa del llamado efecto dominó? ¿Hablar de suicidios en los medios lleva a que se produzcan más?
– A mi el término contagio no me gusta demasiado. Prefiero hablar de imitación. Sobre este asunto lo único que se puede decir sin temor a equivocarse es que muy excepcionalmente hay suicidios que se apiñan en el tiempo y en el espacio. El papel que juega la prensa en este sentido no está demasiado claro. Aunque los estudios más sensatos dicen que los periódicos lo único que hacen es adelantar suicidios que se hubieran acabado produciendo. Durkheim también lo señalaba cuando dijo que la imitación no afectaba a la cifra social. Habitualmente los protagonistas de este tipo de suicidios apiñados se conocen y comparten ciertos factores de riesgo.
– Algún dato de interés…
– Un estudio publicado en la revista Psychological Medicine en 2003 y realizado por el doctor Jonathan Cavanagh y un equipo de psiquiatría de la Universidad de Glasgow mediante el examen de autopsias psicológicas. Su conclusión: el 95 por ciento de los suicidas sufren un determinado trastorno mental en el momento de su muerte. 

 

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Un apunte sobre imitación

Escribe Charles M. Cross en Heavier than Heaven, su biografía sobre Kurt Cobain: “Jesse y Kurt pasaban la mayoría de tardes viendo una cinta de vídeo de un hombre disparándose en la cabeza. “El tenía este vídeo de un senador”, recuerda Jesse, “volándose la tapa de los sesos en directo. El hombre sacó una magnum 357 de un sobre manila y se disparó. Era muy gráfico. Kurt consiguió la cinta en alguna tienda de vídeos snuff”. El vídeo era el suicidio de R. Budd Dwyer, un senador de Pensilvania acusado de soborno, que en enero de 1987 convocó una rueda de prensa, les dio las gracias a su mujer y sus hijos, les pasó un sobre a su equipo con su nota de suicidio y dijo a los reporteros: “Algunos de los que habéis llamado habéis dicho que yo soy un moderno Job”. Con la cámara grabando, Dwyer se puso la pistola en la boca y apretó el gatillo muriendo al instante. Después del suicidio, circularon copias piratas de la cinta y Kurt había conseguido una. Él vio ese suicidio obsesivamente durante 1992 y 1993, casi tan a menudo como el ultrasonido de su hija en el útero de su pareja”.

Se trata de un párrafo extraordinario, que señala, por oposición, las enormes dificultades que se presentan a la hora de formalizar la imitación. ¿Cómo se aisla lo que está por todas partes? Pero también, y quizá más importante, el papel secundario que ya le atribuyera Durkheim. Lo segundo, cuando uno piensa en suicidarse, es buscar el cómo. Quizá por ello, aparentemente, en los llamados clusters (suicidios apiñados en el espacio y en el tiempo) predominen los intentos sobre los suicidios consumados. Suicidarse no es fácil, reza uno de mis mantras.

El siglo XX contribuyó decisivamente al prestigio de la imitación. Puesto que para la tabla rasa no existía la naturaleza humana, la enfermedad sólo podía estar en el ambiente: medios de comunicación, cultura de la violencia, pobre socialización, malos padres. No digo que no contribuyan, pero el que se suicida siempre es alguien más importante. Cobain se suicidó disparándose en la cabeza con una escopeta en abril de 1994. La cuestión no es si el tiempo transcurrido entre ambos suicidios impide o no considerarlo un suicidio imitativo. La cuestión es si no será siempre el suicidio una imitación. Si de alguna forma cualquier suicidio no provocará siempre un inopinado y triste cluster.

 

FronteraD, 2016

 

 

 

 

 

 

Un asunto masculino

Apreciado amigo:

He estado leyendo un estudio sobre la brecha de género en el suicidio, que tanto te interesa. La autora es la doctora Anne Maria Möller-Leimkükler, del departamento de psiquiatría de la Universidad Ludwig-Maximilians, en Munich, y fue publicado en 2002 en la revista European Archives of Psychiatry and Clinical Neurosciencies. Lo tienes adjunto, pero intentaré resumirlo. Según parece, la brecha nace en los años 70 debido no sólo a un aumento en la tasa de los hombres sino también a un descenso en la de las mujeres. Hasta ese momento, apunta Möller, las tasas convergían. Al menos desde los años 20, cuando la femenina aumentó debido a los profundos cambios en el rol de la mujer: aumento de los divorcios y mutación de las actitudes respecto a la fertilidad, la educación y el mercado laboral. La cara b de los 50 y 60, tan ye-yés. Los cambios provocan estrés y anomia, que es la ausencia de normas. Hasta que se consolidan. Aunque no haya que menospreciar la importancia que tuvo en la reducción la aparición de los modernos antidepresivos y la mayor eficacia en la detección de la depresión.

Como sabes, en la mayoría de países los hombres son cuatro veces más proclives a suicidarse que las mujeres. La excepción suele ser China, donde el número de mujeres supera al de hombres. Ciertos autores aluden al Confucianismo y el lugar subordinado que en él ocupa la mujer para explicarlo. Aunque también hay quien cita al deporte, donde la superioridad de las chinas sobre los chinos es manifiesta, como el procedimiento por el que las mujeres adquirirían un plus de agresividad. Pero no quiero desviarme. No hallarás en el estudio los motivos de que la muerte autoinfligida sea un asunto eminentemente masculino, pero sí algunas pistas:

  1. La negación de la ansiedad y los problemas derivados de las situaciones de peligro, dificultad y amenazas.
  2. La existencia de un estándar preciso sobre lo que es el éxito y el fracaso.
  3. Una identidad marcada por la competencia y el aislamiento donde los sentimientos no son tema de conversación: revelar depresión o desesperanza puede dar ventaja a otros competidores.
  4. Una fuerte asociación entre los síntomas depresivos y el mundo de la mujer.
  5. La percepción culturalmente dañina para los hombres de sobrevivir a un intento de suicidio. Lo que en la práctica se traduce en el empleo de métodos más letales como armas de fuego y ahorcamiento.
  6. Una pobre integración social donde la esposa suele ser la única fuente de apoyo.
  7. Un código de expresión donde se acepta socialmente la agresividad, la ira y la hostilidad.
  8. El consumo de alcohol como una práctica simbólica para demostrar masculinidad.
  9. Un mayor impacto de la inseguridad y temporalidad laboral sobre la salud de los hombres, donde el desempleo suele ser menos aceptado culturalmente que en las mujeres.

La suicidología tiene un riguroso mantra para describir este estado de cosas: “las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren”. Es decir, mudos y solos. ¡Con la admiración que despiertan esos tipos solitarios a los que nunca sobra una palabra! Hay otros, sin embargo, más paradójicos. Como el que incide en que las mujeres, a pesar de suicidarse cuatro veces menos, lo intentan tres veces más que los hombres y sufren depresión en la misma superior proporción. Las cifras de suicidio suelen ser cifras aproximadas debido al tabú y otros asuntos. Pero las que se refieren a intentos siempre me han parecido directamente etéreas. En España, que es lo que conozco, no disponemos de ese dato, que sólo podría obtenerse centralizando las bases de datos de las policías y cribando las actuaciones referidas a intentos autolíticos. Y aún así: si algunos suicidios se difuminan como accidentes, ¿qué no pasará con algunos intentos? Por otro lado: ¿Qué otra forma habría de detectar la depresión masculina sino con una profunda entrevista con sus parejas, en el caso de que dispongan?

España es un país sacudido por esta desigualdad a niveles de tipo medio (3,7 hombres por cada mujer en 2012), lejos de sociedades del este como Lituania (6,07), Bielorrusia (5,10) o Hungría (4,37). No obstante, un 75 por ciento de suicidas masculinos es un porcentaje asombroso y crucial, que no goza en la prensa española del eco que debiera. Y que tal vez contribuya a acabar con esa cantinela mediática que convierte a cada hombre en un potencial asesino machista. La perspectiva de género se ha centrado sistemáticamente en las mujeres, sorteando a los hombres. Algunas conclusiones de Möller (“El sexo masculino es un destino, pero la masculinidad, no”) me parecen, de momento, un perfecto callejón sin salida. Pero su importancia también radica en el paso al frente. Si la suicidología requiere de un ojo interdisciplinar, parece lógico que la perspectiva de género sea una herramienta más de la investigación.

Abrazos.

Sergio.

 

 

(FronteraD,  2016)

Secularizar

“La opinión pública inglesa fue sacudida por un aumento espectacular del número de suicidios después de 1680. Nuestra principal fuente de información, las estadísticas de mortalidad londinense, muestra un crecimiento desde una media de 18 suicidios por año en la década de 1680-90 hasta una de 20 suicidios por año en la de 1690-1700; 25 en 1700-10; 30 en 1710-20; 42 en 1720-30, y más de 50 en 1730-40, con picos de  más de 60 suicidios por año.

No es de extrañar que algunos observadores expresaran su preocupación . En 1698 William Congreve escribió: “¿Hay más suicidios y lunáticos melancólicos en Inglaterra que en el resto de Europa? “. En 1705 John Evelyn afirmó que “jamás se había oído que tantos de entre nosotros se fueran como en estos últimos años, tanto hombres de calidad como de los demás”.

La impresión provocada por las cifras se vio reforzada por el crecimiento de la prensa popular que obtuvo un amplio público a finales del S.XVII. Se estima que los principales periódicos imprimían 15.000 copias por número y  que alrededor de 1704 muchos de ellos aparecían dos o tres veces por semana. No sólo publicaban las estadísticas de mortalidad, también imprimían artículos sobre los casos de suicidio más interesantes, extraños y sorprendentes, indagando en sus causas y circunstancias. Así fue como el público se familiarizó con un tipo de historias de interés humano que hasta entonces había resultado excepcional. A través de las cifras, los lectores de periódicos no sólo se percataron de que el suicidio era algo permanente en la vida urbana, sino que los comentarios, escritos u orales, mantuvieron y amplificaron la seriedad de la situación.

La prensa también contribuyó a secularizar la visión que se tenía del suicidio, presentándolo bajo una luz exclusivamente humana. Y dado que el tono habitual de los artículos publicados era neutro, los lectores se acostumbraron a ver el suicidio como el resultado de circunstancias sociales y psicológicas. Poco a poco, la opinión pública empezó considerar el suicidio como un azote social donde los sujetos eran más víctimas que criminales y a verlo como algo menos culpable”.

 

George Minois, History of Suicide

La condición humana

Al ensayista Ramón Andrés, autor de Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente, lo entrevistaron recientemente en La Vanguardia. Uno de los graves inconvenientes de escribir sobre el suicidio es que por el mero hecho de hacerlo ya parece que el mundo te deba cinco duros. Yo trato de no pensar demasiado en ello. Este fragmento era el más llamativo:

R.A: Las familias ocultan sus casos, la prensa calla, la invisibilidad es lo habitual: creo que reconocer la realidad es un buen modo de respetar al suicida como ser humano.

P: ¿Qué quiere decir?

R.A: ¡Hoy se considera al suicida un enfermo mental! O sea, primero fue delincuente, después fue pecador… ¡y ahora es un loco!

P: ¿Quién dice tal cosa?

R.A: La medicina oficial: sostiene que el 90% de los suicidas tenían una patología mental. ¡Qué falta de respeto a esa persona doliente!

P. Se indigna usted…

R.A: ¡Qué desconocimiento de la condición humana! Si mi desesperación me llevase a quitarme la vida, ¿sería ya un enfermo mental?

P: No lo sé.

R.A: ¡No! Sólo en un tercio de los suicidas subyace una patología mental. El resto, qué reduccionista encajarlos en un diagnóstico médico: ¡la humanidad no cabe en una etiqueta!

¡Y ahora es un loco!, dice Andrés. Se trata de un equívoco recurrente, una de esas palabras demasiado grandes que tapan más de lo que descubren. ¿Están locos los suicidas? La mayoría, no. En absoluto. Padecen un trastorno mental, algo sorprendentemente frecuente y que se calcula que afectará a un 25% de la población en algún momento de su vida. Pero sólo una minoría son psicóticos o dementes o deliran. Hace poco me vi con un recepcionista que había hablado con una mujer minutos antes de que se arrojara al vacío desde un apartamento: “Bueno, ella vivía en un quinto. Y esa tarde bajó aquí, con total normalidad, y me dijo que necesitaba que le limpiasen su apartamento y que si mientras tanto le podía dejar la llave de otro. Le dejé las llaves de un undécimo”, dijo levantando las cejas y apretando mucho la boca. Con total normalidad. Se antoja contrario a toda lógica, pero la literatura suicidológica nos cuenta justamente que en la inmensa mayoría de casos los suicidas se muestran serenos y coherentes antes de morir. Y de ahí nuestra incapacidad para preverlo, incluso mediante la entrevista clínica.

Por lo demás, como en estos diálogos promocionales suele haber poco espacio, voy a traer aquí una modesta bibliografía: Robins et al, 1959; Barraclough et al, 1974; Lesage et al, 1994; Shaffer et al, 1996; Foster et al, 1999; Cavanagh et al, 2003. Todos estos estudios, basados en la autopsia psicológica (entrevistas con familiares y amigos y examen del historial clínico y otros documentos del difunto) sitúan el porcentaje de suicidas con un trastorno mental diagnosticable en el momento de su muerte entre un 90 y un 95%. Ha pasado más de medio siglo desde el primero. Francamente, creo que va siendo hora de que sobre los que relativizan el vínculo entre suicidio y trastorno recaiga la carga de la prueba.

 

(FronteraD, 2016)

 

 

 

 

 

 

A los cuatro vientos

“Es posible que la nota de suicidio exista desde la Antigüedad, quizá desde tiempos tan remotos como el Antiguo Egipto. Alcanzó notoriedad en su forma moderna y reconocible en la Inglaterra del siglo XVIII como consecuencia de los procesos de alfabetización y el rápido auge y difusión de la prensa escrita. Lo peculiar de las notas de suicidio dieciochescas es que la gente que tenía la intención de quitarse la vida acostumbraba a enviarlas a los periódicos, como vimos en las últimas voluntades de la familia Smith. Así pues, la nota de suicidio moderna es, en origen, una publicación, un acto intensamente público, una perversa pieza publicitaria. Las pruebas históricas deberían hacernos reflexionar cuando, como suele ocurrir hoy en día, envolvemos la nota de suicidio en un manto de secretismo y la consideramos del dominio sacrosanto de cónyuges o familiares. Puedo serlo a veces, pero a menudo no lo es.

En efecto, el deseo de mantener en secreto los detalles de un suicidio resulta cuestionable. Como todo el mundo sabe, el Golden Gate es un destino popular para los suicidas. Sin embargo, todos los suicidas saltan del lado del puente que mira a la ciudad de San Francisco. Nadie quiere saltar del lado que da al océano Pacífico. Curioso, ¿no? Se trata, a menos que uno acepte que el suicidio es con frecuencia un acto público, de un acto publicitario. Este detalle quizá nos permita explicar la popularidad de ciertos lugares entre los suicidas, como el puente de Brooklyn, el cabo Beachy en la costa meridional de Inglaterra, el viaducto de Bloor Street en Toronto y los hoy muy vigilados y vallados puentes que cruzan las gargantas de la universidad de Cornell, al norte del estado de Nueva York, destino popular entre los suicidas de la Ivy League.

La nota de suicidio es, por tanto, una forma de mostrarse, el síntoma de un exhibicionismo premeditado. Cierto es que, para sus lectores, las notas de suicidio son una especie de pornografía. Nos vemos convertidos en voyeurs de un estado mental oculto o prohibido y las notas ejercen una especie de atracción morbosa. Pero eso no significa que no debamos echar un vistazo. Podríamos aprender algo. También es verdad que el exhibicionismo de la nota de suicidio suele ser un rasgo característico de las personas melancólicas o deprimidas. Lo curioso de los melancólicos -que, no lo olvidemos, somos muchos de nosotros- es que, lejos de quedarse callados, suelen proclamar interminable y locuazmente sus propias penas a los cuatro vientos”.

 

Simon Critchley, Apuntes sobre el suicidio, Alpha Decay, 2016.

El psiquiatra y el suicida

“La investigación sobre este asunto es clara y consistente. Cuando los terapeutas que han perdido a un paciente por suicidio (entre el 20 y el cincuenta por ciento de ellos) son estudiados de manera grupal, la mayoría dice sentirse profundamente afectada. Un estudio realizado mediante un instrumento llamado escala sobre impacto de los eventos señala que, en promedio, la sensación de shock y pérdida es semejante a la de la muerte de un miembro de la propia familia. Las dudas sobre sí mismos derivadas de la experiencia han sido tan profundas para algunos terapeutas que incluso han pensado en abandonar la profesión.

Sin embargo, podría aducirse: ¿Qué tiene de especial? Los cirujanos y los cuidadores de ancianos pierden pacientes todo el tiempo, entienden que son gajes del oficio. La pérdida de un paciente en psicoterapia difiere en algunos aspectos importantes. En primer lugar, después del suicidio surgen innumerables pensamientos sobre si se podría haber evitado: ¿Qué me he perdido? ¿qué podría haber hecho para evitarlo? En segundo lugar, en contraste con los cirujanos, la herramienta principal de la psicoterapia es la persona en sí. Y, en la medida en que la terapia ha fracasado, se puede argumentar que es el yo del terapeuta el que ha fallado. […] Por último, es prácticamente imposible que un ser humano tenga un conocimiento profundo del sufrimiento de otra persona sin compartir, en cierta medida, ese sufrimiento y, por extensión, el sufrimiento como respuesta a la muerte de esa persona. Se trata simplemente del modo en que estamos conectados. ¿Ha notado lo incómodo que se siente cuando ve que alguien está siendo avergonzado o herido física o emocionalmente? Imagine la muerte de alguien que ha compartido con usted sus inseguridades más profundas, los miedos y los recuerdos más traumáticos, y alguien en quien usted ha visto la promesa y la posibilidad de una felicidad futura. La magnitud de la tragedia de una muerte autoinfligida nunca resulta más evidente que en este contexto.

Es bien sabido que una de las razones principales de las demandas por negligencia contra los profesionales de salud mental es el suicidio de un familiar. Lo que es menos conocido es que, con mayor frecuencia, las familias entienden las dificultades a las que el médico se enfrentó y las limitaciones de la psicoterapia en los casos difíciles. Algunos piensan que la libertad, aun limitada por la enfermedad, puede ser una opción para poner fin a la vida. De hecho, las historias de familiares, incluso en la agonía del dolor, acercándose a un terapeuta para preguntarle si está bien son muy habituales.

Cuando un médico pierde a una paciente por suicidio, la memoria de la personas y las experiencias compartidas, permanecen. El luto por la pérdida implica a menudo una ceremonia conmemorativa, así como la discusión con los colegas y la reflexión privada. Al igual que otras pérdidas, las expresiones de compasión y sufrimiento compartido son quizá la ruta más segura para afrontarlo y para una eventual recuperación”.

 

Thomas Ellis & Michael Groat:  Therapists have feelings, too: On the loss of a patient to suicide.

 

 

 

 

Fósiles vivientes

A principios de los años noventa del siglo XX, el psicólogo evolutivo Denys DeCatanzaro se enfrentó a una aparente paradoja: ¿Tiene el suicidio un significado adaptativo? ¿cómo ha perseverado a través de la evolución un acto que atenta tan radicalmente contra la supervivencia y la trasmisión genética? La hipótesis que iba a poner a prueba era si éste tenía más probabilidades de darse en individuos que vieran su eficacia biológica gravemente mermada. Es decir, aquellos que se percibieran como una carga para sus parientes, con los que compartían genes.

A partir de un sencillo cuestionario y una  muestra que englobaba desde el común a pacientes de hospital psiquiátrico, convictos, ancianos y homosexuales, el psicólogo confirmó una estrecha relación entre la ideación suicida y los siguientes ítems: sentimiento de representar una carga, poco sexo en el último mes, poco éxito en el emparejamiento, ninguna relación sexual, escasa estabilidad emocional, poco sexo en el último año, escaso número de hijos, baja contribución familiar, mala salud, futuros problemas financieros, homosexualidad, escaso número de amigos y soledad. Para los suicidas, según DeCatanzaro, la muerte es mucho más valiosa en términos genéticos que la vida. Algo ligeramente distinto del suicidio altruista formalizado por Durkheim, defensor de la tabla rasa y autor de esta frase: “Cada vez que un fenómeno social se explica directamente gracias a un fenómeno psicológico, podemos estar seguros de que la explicación es falsa”. Donde el fundador de la sociología acentuaba el bien del grupo, el evolucionista subraya el propio éxito biológico. El problema del estudio de DeCatanzaro es que la ideación suicida es sólo una parte de la historia. Pero, ¿y si algún día se verificara en suicidios consumados?

Hay gran cantidad de ejemplos en el resto de animales que apoyan la hipótesis adaptativa. Las migraciones caóticas que emprenden los lemmings y que les hacen precipitarse desde los acantilados cuando su población supera sus fuentes alimenticias. O las llamadas hormigas de fuego, en las que el macho segrega todo el esperma que necesitará la hembra para el resto de su vida, antes de ser canibalizado por ella. Pero también, arañas australianas, leones, chimpancés, monos Rhesus. El suicidio y las autolesiones no son conductas exclusivamente humanas, como saben los empleados de los zoológicos. Como método para regular emociones están documentadas en primates y pacientes con trastorno borderline de personalidad. Alguien aducirá que el suicidio implica conciencia de la propia muerte, cierto sentido de la individualidad, pero me parece una descripción algo inflada. Lo fundamental es la autodestrucción.

Estoy leyendo un libro muy limpio y entretenido, Las mejores decisiones, editado por John Brockman, de Edge. En un artículo sobre narración psicológica, Timothy D. Wilson cita a Steve Pinker cuando señala que no todo es adaptación: “el color rojo de la sangre no tiene por qué deberse a la selección natural. Pero la verdad es que es muy fácil crear una narración que explique por qué es roja. Supongamos que en los primeros mamíferos la sangre era más oscura que ahora y que se produjo una mutación que la hizo más roja y que acabó favoreciendo la supervivencia: si un animal de sangre roja sangraba había más probabilidades de que los demás lo notaran y lamieran la herida. Puesto que lamer una herida contribuye a que se cure, la sangre roja era una ventaja para la supervivencia y la selección natural la conservó. ¿Estoy en lo cierto? ¿O tiene razón Steve cuando dice que el color rojo no es una adaptación? Quién sabe. La plausibilidad de una narración no permite resolver científicamente una cuestión”. Por supuesto, la verosimilitud no es la verdad. Pero tampoco, como dice el autor más abajo, la evolución es una teoría. Somos nosotros.

Da muchos problemas decir que el suicidio es una adaptación, si alguna vez lo fue. ¡Como si dijéramos que es un acto de supervivencia! Conozco a algunos familiares a los que esta posibilidad ofende. La posibilidad de que sus seres queridos se considerasen una carga y acabaran soltando lastre. Pero la psicología evolutiva ha abierto una línea de investigación muy interesante donde se instalan cómodamente la soledad, el desorden mental, incluso los sentimientos de culpa de los supervivientes. No parece descabellado que algunos mecanismos psicológicos dictados por la selección natural en el pasado les hagan sentirse una carga. Como tampoco, que por debajo del dolor y la tristeza, en los familiares de vez en cuando aparezca una huella de alivio.

Lo dice una madre al final de ese inmenso documental, The bridge: “Ahora estoy triste, pero cuando recibí la noticia sentí un desahogo, porque él nunca más estaría decepcionado o triste”.

 

FronteraD, 2015

10 de septiembre

Ha muerto Norman Farberow a los 97 años. La noticia me la trae Alfonso Armada, director de esta revista. Farberow fue un psicólogo muy importante. Junto al psicólogo Edwin Shneidman y el psiquiatra Robert Litman, fundó el primer centro de prevención del suicidio, en Estados Unidos. Aunque su fama le viene, mayormente, de su investigación en la muerte de Marilyn Monroe y la formalización de la autopsia psicólogica, una especial recolección de datos destinada a recomponer el perfil psicológico de alguien en el momento de su muerte. Ese método que sería el mejor plan de prevención en España, si a los periodistas y a los políticos (salvo excepciones) les importaran esos 3870 muertos anuales para algo más que para arrojárselos a la cabeza, ciertamente desahuciada.

Una de las aportaciones inestimables de Farberow fue la de la ambivalencia. El psicólogo, convertido en forense de Los Ángeles en 1950, tuvo acceso a una cantidad formidable de informes de autopsia, expedientes judiciales y notas de despedida. Se sentó enfrente y concluyó que una décima parte de los suicidas nunca quiso morir. Ignoro si existe un drama mayor. El invierno pasado le escribí al psicólogo Thomas Joiner, autor de Why people die by suicide. Sostenía que la mayoría de los que lo intentaban se arrepentían después y quise saber qué porcentaje y cómo encajaba todo con el hecho de que los intentos previos fueran el principal indicador de riesgo individual. Respondió escuetamente que dos tercios. Y que por el tercio restante eran importantes los intentos previos. Me quedé sorprendido, pero no puedo extenderme más allá de este párrafo suyo: “Incluso aquellos que han desarrollado hasta el extremo la capacidad para infligirse un daño letal, retienen cierto miedo al suicidio debido al extraordinario poder del instinto de supervivencia. Ese miedo produce el deseo de ser rescatado”. El instinto de supervivencia y el miedo a la muerte son universales y parece lógico pensar que persistan hasta en aquellos que los han suprimido hasta el punto de beber veneno o saltar desde un rascacielos. La ambivalencia contribuye, además, a desmantelar un poderoso mito: el de que los suicidas no hacen planes de futuro. Los hacen. Aunque no todos, desde luego. Pasado mañana tienen una entrevista de trabajo, incluso días antes anuncian su próximo viaje por Europa. La suicidología parece hasta el momento más una ciencia de excepciones que de reglas.

Aún Farberow. Fue un pionero en la lucha contra el estigma y antes del desarrollo del tratamiento farmacológico de los trastornos mentales, estableció un sencillo protocolo de escucha, que se extendió velozmente por el mundo y que empezaba de manera muy gentil: ¿En qué puedo ayudarle? Algunas de sus conclusiones adolecen de un cierto ambientalismo, pero es que el ambientalismo fue la ideología dominante en el S.XX.

Un azar amable quiso que muriera el día que se conmemora en el mundo la prevención del problema al que consagró su vida. Días antes se había caído por unas escaleras.

 

FronteraD, 2015

 

 

El duelo

Cecilia Borrás tenía 43 años cuando sonó el teléfono. Había nacido en Barcelona en 1966 y su infancia había tenido una luz discreta. Vivía en un piso del barrio de Poblenou, donde su padre regentaba un comercio de biclicetas y recambios de automoción. Se levantaba e iba al colegio. En cuanto a su madre, sentaba a los cinco hijos en la mesa del salón con los plumieres hasta que la letra no salía torcida. Salvo la perserverancia, nunca ocurría nada. Y Borrás recuerda pasar el trapo en la tienda los sábados y pedalear con el abuelo los domingos con un orgullo tonificante. El padre le había dicho que quería dejarla a las puertas de la universidad. Las cruzó. Estudió psicología clínica y se doctoró en psicología con una tesis sobre la demencia en pacientes con esclerosis múltiple. Aquella mañana, marzo de 2009, dirigía una empresa que ofrecía recursos de investigación a la industria farmacéutica. Al teléfono, su marido le estaba preguntando por Miquel. Ella se había despedido de su hijo al salir de casa y no sabía nada. Al colgar, recordó haber oído previamente el sonido de un mensaje en su móvil. T’estimo molt, a tu i al papa, ho sento pel que faré. Es sabido que los suicidas suelen emplear tiempos verbales futuros. Cogió el coche hasta la estación de Arco de Triunfo, llamó al móvil de su hijo sin obtener respuesta y empezó a rogar para sus adentros que no lo hiciera.

Ni Borrás ni su marido han visto las imágenes registradas por las cámaras de seguridad del metro. Pero hay una imagen donde todavía lleva anclada la angustia y la incredulidad de aquel día: los dos, custodiados por un policía de paisano en unos vestuarios de la estación, gritando. Así es muchas veces: se grita con todas las fuerzas tratando de espantar la realidad. Incluso puede que antes del grito le dijera al policía: “Vamos, usted está de broma, mi hijo estará pintando algún graffiti por ahí”. El psicólogo de urgencia fue el último en llegar. El matrimonio llevaba allí abajo una hora y media, en la que no había llamado a nadie. Como si coger el teléfono certificase la tragedia. Al final llamaron a un cuñado. Llegó el psicólogo y dio una serie de instrucciones que Borrás todavía considera valiosas para que el dolor no se encapsule: nada de hipnóticos ni de diazepam. Que lloren, que griten, que no coman si no quieren. Sólo oblíguenlos a beber.

Existe una diferencia notable entre el duelo de los padres y de las madres que han perdido a un hijo por suicidio, según los expertos: los padres lamentan la desaparición del futuro, incluso con rabia. La graduación que no fotografiaran, ufanos, y la boda en la que no figurarán como padrinos. Las madres, el presente desaparecido: ¿a quién cuido yo ahora?, se repetía Borrás. Dice que le costó algunas semanas aceptar que su hijo no estaba de colonias. Cualquier ligero movimiento representaba un esfuerzo descomunal. Ella, no obstante, se obligó a salir de casa y pasear un cuarto de hora con las gafas de sol. Un día se quedó dudando en la puerta del supermercado. Le molestaba la luz, el color, la música. Al final entró, compró una barra de pan y salió corriendo. Otro día, repasó de arriba abajo el Manual diagnóstico de las enfermedades mentales, DSM-IV, en busca de su hijo y empezó a leer sus notas y citarse con amigos y profesores como en una autopsia psicológica. Nada. Miquel tenía 19 años. Estudiaba diseño gráfico. No fumaba, no bebía, no se drogaba. Pintaba graffitis. Planeaba un interrail para el verano. Le había escrito a una amiga diciéndole que era feliz. Acababa de discutir con su novia, cierto. Pero la vida va llena. ¿Entonces? Borrás habla de un intervalo de una hora entre ideación y ejecución. Es su hipótesis y la de la psiquiatra Carmen Tejedor. Un trastorno mental transitorio. Un desequilibrio en la actividad de los neurotransmisores equivalente a una depresión muy profunda. Pero en el peor de los escenarios:”Si hubiese estado en otro sitio quizás la hubiese emprendido contra una papelera”.

El matrimonió dedicó el fin de semana a preparar la despedida del hijo. Escogieron canciones y elaboraron un powerpoint con fotografías. A Miquel le gustaban Bach, Dire Straits, el rap. Los amigos grafitteros pintarían el ataúd en el departamento de pompas fúnebres. Dos días después del entierro, entregaron tarjetas de agradecimiento a los profesores. Y una semana después, se incorporaron al trabajo. Dejarte ayudar, ser flexible, estar activo, declina Borrás. En 2012, fundaron la asociación de supervivientes, Después del suicidio, que ella preside. En sus conferencias, suele comenzar con una diapositiva de la zona cero de Nueva York. Buscaba una imagen que conjugase la sensación de irrealidad y la desolación más absoluta y le pareció exacta. Sobre el aparente desajuste entre el término supervivientes y la realidad, explica: “Evidentemente no se trata de un accidente de avión. Pero hay un momento del duelo en que sólo te dedicas a sobrevivir. Se trata de un proceso muy marcado. Estás enfadado y te sientes culpable. Incluso, aunque aprendas a convivir con ello, la tristeza sigue presente en momentos muy señalados. Tú, por ejemplo, no podrías dirigirme la palabra el día de la madre”.

Recordé una frase de Annie Ernaux en aquel libro inaudito, El acontecimiento (2001) y pensé que me gustaría recitársela la próxima vez (“El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, da el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe una verdad inferior”). Y  preguntarle si, respecto al suicidio, no se trataba también de una dolorosa obligación. Respondió que no. No se puede obligar a nadie. Ella vive, sin embargo, con la intimidad exhibida. Desde aquel día en que se sentó delante de las cámaras de Informe Semanal y despedazó el tabú diciendo: “Se muere de suicidio como de cualquier otra causa”. Yo estaba sentado en la butaca del salón y me pregunté cuándo se habría escuchado por televisión algo semejante.

(FronteraD, 2015)